La derrota política de Alan García

Alan Garcia
En sus peores días (Foto: El Comercio)

En su libro “La Calavera en Negro”, Gustavo Gorriti tuvo la certeza que el caso Langberg llegaba a su final cuando el investigado por narcotráfico fue detenido sin mayores problemas. Con ello, el hoy veterano periodista supo que su primer caso estaba cerca de su conclusión.

Cuando Alan García, en la puerta de su casa de San Antonio, exclamó la frase (convertida en viral) “Demuéstrenlo pues, imbéciles”, tuve la cereza que el dos veces expresidente del Perú ha terminado de perder la batalla política. Más allá de lo que ocurra ante un tribunal.

La clara pérdida de los estribos de García denotó lo que, hace una semana, Marco Sifuentes identificaba bien como el temor de ser apresado. Pero se conecta claramente con un síndrome que siempre le pasó factura a AGP: llegar tarde a su tiempo.

García fue estatista en tiempos en los que comenzaba el giro hacia la economía liberal en la región. De allí que cuando señala, sin ningún sobresalto, que ha hecho algunos aportes novedosos a la economía mundial, uno oscila entre la carcajada, el estupefacto y el recuerdo de una época que pocos recuerdan precisamente en términos gratos para su bolsillo.

Pero para él nunca hubo punto medio. Si  bien el APRA la pegaba de partido socialdemócrata en los 90s y a inicios del 2000, en realidad García – quien, recuerden, en la campaña de 2001 hablaba de Banco Agrario y control de tarifas por vía estatal – nunca hizo ese tránsito a la moderación.

Como Gorriti relató alguna vez, luego del fallido Paro Nacional de 2004 – aquel donde quiso ser proclamado por presidente por las masas y terminó siendo una mala emulación de Jefferson Farfán – se fue a Washington y se transformó rápidamente en Inversiones García. Astutamente, durante la campaña electoral, supo ponerse entre una Lourdes Flores que era tan defensora del mercado que hacía ver a los muchachos del Instituto Peruano de Economía como unos socialdemócratas y un Ollanta Humala que emulaba, en forma y en fondo, a Juan Velasco Alvarado. Ganó.

Pero el gobierno de García tuvo de social demócrata tanto como un miembro de Con Mis Hijos No Te Metas enarbola la bandera de la tolerancia. Uno podría entender al converso que desea no incurrir en los mismos errores que convirtieron a la economía peruana en la sucursal del Titanic. Y hasta podría comprender la táctica de subir a bordo a quienes podrían considerarlo como el cuco como una forma de contrarrestarlos. Lo que no se terminaba de entender era porque su segunda administración terminó siendo la partera del conservadurismo peruano actual.

Un esbozo de respuesta es que García prometía ser el guardián ante distintos entes de la sociedad. El anticomunismo aprista lo vacunaba frente a cualquier posible intento de conciliación con la izquierda. La sospecha con la que las organizaciones de defensa de derechos humanos lo veían – primero por su actuación durante el periodo de violencia y luego por cómo se comportó frente a conflictos sociales – lo emparentó con el fujimorismo y los militares que violaron derechos humanos en su gobierno. La necesidad de una conciliación con enemigos históricos lo llevó a tener buenas relaciones con El Comercio y con el sector más conservador de la Iglesia Católica peruana (desde Cipriani hasta Eguren). Y sus vínculos con empresas privadas de seguridad e intereses empresariales hacían que terminara arriando cualquier bandera que no fuera la del libre mercado, a su modo.

Porque lo que terminó prevaleciendo fue el mercantilismo más ramplón. Y, sobre todo, la de la obra pública sobrevalorada – en todas las acepciones del término – y hechos que merecen ser investigados a la luz del Código Penal. Acabado el gobierno, García era aplaudido por esos sectores altos a los que tanto se debió su segunda administración. Y pensó que su imagen de conferencista global, invitado (en público y en privado) por empresas que habían tenido pingües ganancias durante su mandato le auguraría un tercer periodo. Creyó ser Piérola. Y aspiró a superarlo.

El problema es que García volvió a ser sobrepasado por las circunstancias. El fujimorismo supo sacar mayor provecho temporal de intereses conservadores y ilegales, hasta su reciente debacle. Su modo de hacer política mediante la palabra había sido enterrado entre discursos que parecían listados de lavandería de obras y artículos que harían enrojecer incluso al Haya de Treinta Años de Aprismo. Ya no podía tener el trato directo con los dueños de comunicación porque ahora sus amigos se están jubilando (igual que en el Poder Judicial y el Ministerio Público) y las nuevas generaciones no le tienen precisamente respeto o devoción, menos aún en las redes sociales donde lo vuelven en blanco de burlas. Y, sobre todo, la corrupción, aquel mal que caracterizó a sus dos gobiernos, volvió a aparecer en el ambiente.  Narcoindultos primero, Lava Jato después.

Desde 2016, se le ve perdiendo cada vez más los papeles. Lanzando tuits cada vez más incomprensibles desde el punto de vista político, pero sí desde la defensa judicial. Maltratando a periodistas que solo cumplen con hacer su trabajo. Tejiendo posibles cortinas de humo sin llegar a colocar en gran medida temas en agenda. Y al llamar imbéciles a los periodistas y fiscales que lo investigan, terminó, finalmente, claudicando.

No sabemos si la importante pista revelada por Gorriti y Romina Mella terminará derivando en un juicio oral. Tampoco si Jorge Barata terminará confirmando las sospechas de miles de peruanos. O si las otras conferencias dictadas con posterioridad a su gobierno terminarán llevando a posibles pistas sobre, para decirlo elegantemente, una relación contaminada entre lo público y lo privado.

Lo que sabemos es que el tiempo de Alan García ha terminado.

 

 

Comisiones Investigadoras: una evaluación

Rosa Bartra
Rosa Bartra y los viejos defectos de las comisiones investigadoras (Foto: Gestión)

La semana pasada, el Congreso de la República se enfrascó en la discusión sobre los informes de la Comisión Investigadora sobre el caso Lava Jato, presidida por la parlamentaria Rosa Bartra. Al final, la mayor parte de congresistas aprobó el documento encabezado por la congresista fujmorista y rechazó discutir el documento presentado por Humberto Morales (Frente Amplio) en minoría.

Existe un consenso entre especialistas sobre los defectos serios del informe Bartra. Lejos de añadir elementos nuevos de juicio tanto para las indagaciones del Ministerio Público como para el examen histórico, el manuscrito redunda en hechos ya conocidos, antes que en acontecimientos nuevos. Además de la inexplicable exclusión de Alan García y Keiko Fujimori de responsabilidades políticas, el informe Bartra no suma ni siquiera para el objetivo último que tenía el fujimorismo con este grupo de trabajo: hundir políticamente a sus rivales.

Pero el informe Morales tampoco supera la valla. Si bien incluye a García y a Fujimori, la evidencia que anota tampoco es concluyente para la imputación de delitos. En general, tanto los documentos en minoría como en mayoría carecen de un buen análisis político y jurídico de los hechos que tenían entre manos indagar.

Solo por citar un ejemplo, en el reciente libro del politólogo Francisco DurandOdebrecht. La empresa que capturaba gobiernos” existen muchos mayores elementos de contexto que permiten establecer una historia más cabal de lo ocurrido con el caso Lava Jato. Más allá de la discusión sobre la aplicación del concepto “captura del Estado” a esta trama de corrupción, lo cierto es que hay eventos nuevos que permiten trazar una historia que se remonta a las postrimerías del gobierno de Morales Bermúdez, así como eventos que permiten arribar a algunas conclusiones dirigidas a mejorar la transparencia, la contratación pública y los planes de infraestructura en el Perú.

De hecho, la intención primigenia de las comisiones investigadoras es a)  hacer un buen recuento de hechos, b) evidenciar problemas legislativos y de política pública y c) presentar recomendaciones de modificación legislativa o cambios en la actuación institucional. Palabras más, palabras menos, lo que hace Durand en su libro. Y, por cierto, nada de lo que presenta el informe Bartra.

El problema es que nuestras comisiones no se concentran en ello, sino en posibles aspectos penales. ¿Por qué?

Una primera respuesta sería un supuesto apoyo a la acción de la justicia. Sin embargo, existe unanimidad entre los agentes del sistema de justicia – en particular, jueces y fiscales – en que los informes de las comisiones investigadoras, en su mayoría, han tenido aportes muy acotados en los procesos judiciales que se han seguido tanto en casos de corrupción como de violaciones a los derechos humanos (las dos materias que más han ocupado a este tipo de grupos de trabajo). Lo mismo señala José Ugaz en su libro “Caiga Quien Caiga”, sus memorias como Procurador Anticorrupción.

Un segundo argumento sería aportar elementos para posibles acusaciones constitucionales o infracciones a la Constitución. Sin embargo, este tipo de procesos puede tramitarse en forma independiente, como lo demostraron las acciones parlamentarias en el caso del vocal supremo César Hinostroza o de los exmiembros del fenecido Consejo Nacional de la Magistratura.

Así, solo queda un argumento en pie para este tipo de indagaciones: el uso de las mismas como arma política para invalidar o sacar de carrera a rivales políticos. Cuestión que es evidente que no puede sostener este tipo de grupos de trabajo.

Es cierto que no todas las comisiones investigadoras han seguido, necesariamente, este patrón. Y que algunas han tenido buenos resultados en sus indagaciones. El informe Ames sobre la matanza de los penales, el documento sobre el caso La Cantuta elaborado por Roger Cáceres, las revelaciones de los narcoindultos hechas por el grupo de trabajo encabezado por Sergio Tejada o la hoja de ruta sobre el caso Lava Jato plasmada por el exparlamentario Juan Pari son algunos ejemplos de ello.

En esa línea va la comisión investigadora sobre abusos a menores encabezada por el congresista Alberto de Belaúnde. Lejos de hacer un trabajo para la búsqueda de titulares, se realizan sesiones que apuntan a los elementos básicos de una comisión investigadora. Y, a tal punto llega la prudencia que, previendo que estamos ante un tema mayor, De Belaúnde propondrá la creación de una Comisión de la Verdad por parte del Poder Ejecutivo. Una iniciativa que ya tenía en mente, pero que fue frustrada por el gobierno de PPK.

Por ello, debemos repensar el mecanismo de las comisiones investigadoras, tanto a la luz de buenas prácticas parlamentarias (que las hay, como ya hemos anotado), como sobre posibles ajustes legislativos. Por ejemplo, se podría acotar su alcance en temas penales. Y deben concentrarse en cambios legislativos y de política pública. Es un tema que debería tomarse en cuenta para un segundo impulso reformista, luego del referéndum del 9 de diciembre.

 

Alcaldía de Lima: una elección aún abierta

MML 1
Foto: RPP

Es claro que, para muchos, Renzo Reggiardo y Ricardo Belmont no reúnen las cualidades para encabezar la ciudad más importante del país. Y resulta evidente que sus planes de gobierno no son precisamente consistentes para enfrentar los retos de una ciudad tan compleja como Lima. Sin embargo, gozan de las simpatías iniciales de un público que aún no termina de enganchar con la campaña electoral.

Por ello, es necesario ir más allá de lo que pueden generarnos ambos candidatos y entender porque los limeños, por ahora, le brindan su favoritismo.

1. Campaña apática y presencia mediática: Por distintos motivos, la campaña electoral no ha logrado conectar con los ciudadanos. En ese escenario, ser conocido brinda mayores posibilidades de intención de voto. Reggiardo tiene hace varios años un programa de televisión sobre seguridad ciudadana y Belmont tiene micrófono abierto en su propia emisora durante varias décadas. Sumemos a Urresti, quien a pesar de las acusaciones serias en su contra, se hace notar en los medios de comunicación.

2. Buenos candidatos que no prenden: Existe cierto consenso en que los mejores planes de gobierno corresponden – en orden alfabético – a Alberto Beingolea, Gustavo Guerra García, Jorge Muñoz y Manuel Velarde. Sin embargo, ninguna de las campañas ha logrado prender del todo, tanto por cuestiones de recursos, como por la debilidad de sus organizaciones y errores de los postulantes. Por ahora, Beingolea tiene más opciones, tanto por su ubicación en las encuestas como por la recordación de marca que tiene el PPC, así como la de su propia figura personal.

Pero, luego de la ausencia de Reggiardo en el debate de ayer (volveré luego a este punto), los otros tres tienen opciones aún de posicionarse en estos 14 días que quedan.  Muñoz fue el mejor en términos propositivos en el debate de ayer, pero sigue teniendo serios problemas de aterrizaje de sus ofertas electorales, a lo que se suma una campaña que apostó por lo elitista.

3. Los limeños y la política: En la muy buena tesis doctoral de Hernán Chaparro – próxima a convertirse en libro – se brindan una serie de datos interesantes en torno a la conexión que tienen los ciudadanos de la ciudad con los políticos: capital social bajo, desconfianza interpersonal alta, baja percepción de respeto a las normas, baja percepción de eficacia, muy poca vinculación e interés con temas políticos. En ese panorama, pedir compromiso suena pedir fresas a los naranjos. El voto se definirá en las dos últimas semanas. Harían bien quienes están más involucrados en estas materias en no suponer que todos tienen el mismo interés.

4. Seguridad: Lima es la ciudad que más señala que la seguridad ciudadana es un problema. En particular, porque el hurto y el robo se concentra en objetos tangibles que para muchos supone un gran esfuerzo conseguir (sueldo, cartera, celular). Y si bien es claro que las competencias de la Municipalidad Metropolitana de Lima son escasas en este sentido, la ausencia de políticas por parte del gobierno central – ¿sabían que el ministro del Interior se llama Mauro Medina? – hace que muchos sientan que nadie los atiende en este reclamo.

Por ello, que un político brinde aunque sea un mínimo de preocupación a partir de un programa de televisión les suena a muchos como sinónimo de empatía. Sí, es cierto que el espacio televisivo de Reggiardo es un show y que su plan de gobierno (que, para remate, tiene plagios) no da pie con bola. Pero, para un sector de votantes, “ya es algo”. Lo mismo con Urresti, quien ayer recitaba propuestas directas…para el Ministerio del Interior (que ya ocupó, sin muchos resultados).

5. Insatisfacción: Es notorio que la gente está harta de los políticos y que, en ese clima, alguien que “diga las verdades” (a pesar que sean, en realidad, postverdades) tiene como calar. Belmont (al igual que Philip Butters) recurre al elector más amargo con la política, les da sentidos comunes en los que pensar y los empaqueta en un discurso mediático que le da legitimidad a las bajas pasiones que muchos sienten. No importa que tan machista o xenófobo sea este discurso (y, por tanto, condenable), un sector de ciudadanos se siente identificado con alguien que reafirma su visión del mundo. Y no importa que Belmont presente un PPT bastante rudimentario como plan. No tuvo un plan en 1989, no debatió y ganó. A eso aspira a repetir casi tres décadas después.

6. Locuacidad: Reggiardo y Belmont (y hasta cierto punto, Urresti) son productos mediáticos que se sostienen en base a la palabra y el mensaje directo, sin remilgos. Y en ello se oponen al cada vez más impopular Luis Castañeda Lossio. Como indica Alfredo Torres, una ley histórica en el Perú es que muchas veces el elector busca a un candidato con características opuestas a la actual autoridad. Si el alcalde es poco locuaz, ahora están buscando a alguien con “floro directo”.

Por ello – además de las cuestiones de principio – es que el desplante de ayer de Reggiardo le puede salir bastante caro. No acudir al debate no solo es una falta de respeto a los electores, sino que también, en términos tácticos, es un error serio. El postulante de Perú Patria Segura ha apelado a la victimización, pero esta le puede salir cara. Y probablemente Belmont esté pensando en acudir al debate, luego que vio que Urresti acudió a la polémica y buscó aprovechar ese espacio.

¿Puede cambiar el panorama? Sí. El primer debate y el berrinche de Reggiardo ha tenido el acierto de comenzar a colocar en agenda la campaña municipal. Hay un grupo que rechaza a los tres punteros que mira otras opciones. El destino judicial de Urresti – procesado por el asesinato del periodista Hugo Bustíos – se define tres días antes de las elecciones. Los colocados en el segundo debate tienen mayor opción de recordación y van a ver lo hecho por los otros diez contendientes. En un contexto donde la seguridad solo es un golpe de efecto y el transporte ya no será una potestad de la MML (está por aprobarse la Autoridad Única de Transporte en segunda votación), hay aún mucho pan por rebanar.

Para variar, esta elección se definirá en los últimos días.

Partidor municipal limeño

MML
Foto: Gestión

La campaña electoral para la Alcaldía Metropolitana de Lima sigue en el mismo tenor que hace dos meses: la apatía.

Varias razones explican el fenómeno: la concentración de la atención pública en los escándalos de corrupción vinculados al sistema de justicia; la ausencia de un candidato que concentre un antivoto bastante alto como para convertir la elección en plebiscitaria (Luis Castañeda Pardo solo hereda parcialmente las antipatías sobre su padre); el desgaste de las gestiones Villarán y Castañeda Lossio ha generado que la plaza limeña sea un puesto menos atractivo en lo político y, por supuesto, la ausencia de un proyecto político que seduzca al elector limeño.

Por ello, es que, en todas las encuestas, el real puntero es el candidato denominado Ninguno. A todos los factores antes mencionados, debe anotarse uno más. Muchas personas han optado, ante el desencanto sobre los políticos, por mantenerse ajenas a los asuntos públicos o a las noticias políticas. Por tanto, su atención se producirá en los días previos a la elección. Ello hace que el resultado de la elección siga siendo impredecible, aun cuando solo falten seis semanas para acudir a las urnas. Más aún cuando, salvo un candidato, el resto no supera el 10% de intención de voto en las encuestas.

Resulta relevante que la encuesta más reciente de Ipsos Perú incluya entre sus preguntas el conocimiento de los candidatos. Al ver esta pregunta con la intención de voto, existe una correlación entre conocimiento del candidato y su posición en las encuestas. Aquellos postulantes que tienen menos recordación tienen menor intención de voto. Y en una campaña apática, resulta fundamental hacerse conocido. El problema es que, hasta el momento, ninguno de los candidatos tiene una estrategia clara para ello.

Reggiardo
Foto: El Comercio

Así es que se puede explicar el primer lugar que Renzo Reggiardo ocupa en las encuestas. El excongresista ha mantenido un programa televisivo dedicado a la seguridad ciudadana, una de las principales preocupaciones de los limeños. Más allá que muchas de las fórmulas prometidas por el líder de Perú Patria Segura sean más cercanas a un aspirante al Ministerio del Interior que a la alcaldía de Lima, lo cierto es que está fórmula le ha rendido resultados. A ello se suma la adhesión momentánea de ciudadanos más cercanos a Fuerza Popular o Solidaridad Nacional, pero que no simpatizan con sus candidatos actuales. Sin embargo, no tiene la carrera ganada. Hasta ahora, nadie explota la endeblez de sus propuestas o que su partido sea una suerte de empresa familiar (en forma literal).

Belmont
Foto: Trome

A muchos ha sorprendido el puesto que ocupa Ricardo Belmont. Pero responde la misma lógica que Reggiardo: medios que permanentemente transmiten sus mensajes y, ademas, una relativa buena imagen ganada con un mensaje que ha calado en un sector: las deficiencias de su gestión municipal se debieron al boicot de Fujimori. Cuestión que solo es parcialmente cierta, considerando que Andrade hizo más con los mismos recursos y facultades recortadas. Al mismo tiempo, el Hermanón empata con ciertos sentidos comunes extremistas. Basta escuchar sus programas para ver la mezcla de teoría de la conspiración con xenofobia que es alentada por oyentes que creen a pie juntillas su discurso. Su flanco débil: además de sus declaraciones del siglo XIX, su indescriptible plan de gobierno.

Urresti
Foto: Perú.21

Lo mismo ocurre con Daniel Urresti. El controvertido exministro del Interior es seguido por una mezcla de amantes del efectismo en materia de seguridad y de gente que aprecia los trolleos a apristas y fujimoristas. Pero Urresti lleva dos pesadas mochilas: su juicio por su presunta participación en el asesinato del periodista Hugo Bustios (que ya le ha costado una denuncia por posible falsificación de documentos) y las conexiones del vientre de alquiler que lo lleva – Podemos Peru – con el operador José Cavassa, hoy en prisión por sus vínculos con la mafia judicial que escuchamos en los audios.

LAy
Foto: El Comercio

Humberto Lay vive de la imagen de persona honesta y de su recordación como congresista. Pero no mucho más que eso. Su plataforma municipal es endeble, mantiene una vision conservadora, varios de sus candidatos distritales son poco conocidos y la edad – considerando el antecedente de PPK – le juega en contra.

Castañeda Pardo
Foto: El Comercio

Luis Castañeda Pardo no tiene más mérito que el apellido. Ello explica su intención de voto y también su antivoto. Aunque la elección no es plebiscitaria sobre el tres veces alcalde de Lima, lo cierto es que las cruces del candidato son la mediocre tercera gestión de Solidaridad Nacional y los alcaldes distritales elegidos en 2014 con colores amarillos y que hoy están presos.

Capuñay
Foto: Perú.21

Esther Capuñay aprovecha también la exposición mediática. Pero, a diferencia de otros postulantes, tiene dos radios a su disposición para promocionarla. Ello le ha permitido salir del pelotón de otros. También ha buscado hacerse notar como la única candidata mujer, pero sin añadir un enfoque de género a su plataforma. Las intervenciones de Capuñay usan su trabajo clientelista, pero aportan poca sustancia al debate sobre la ciudad.

Enrique Cornejo
Foto: La República

En la elección pasada, Enrique Cornejo fue una sorpresa. Mostró conocimiento técnico sobre la ciudad y arrinconó a Castañeda. Pero hoy es una sombra. Sin duda, ir con un partido nuevo y las complicaciones del caso Lava Jato lo han dejado con pocas opciones.

Beingolea
Foto: RPP

Alberto Beingolea podría merecer mejor suerte. No solo es una persona seria y fue un buen parlamentario. Y el plan de gobierno del PPC está bastante bien estructurado. Pero su campaña ha tenido perfil bajo, su partido no termina de recuperarse de su crisis interna y, en algunos casos, se ha caído en querer forzar reelecciones directas o conyugales. En lo personal, creo que el principal baldón de su candidatura es llevar a un procesado por desaparición forzada, el actual alcalde de San Borja Marco Álvarez Vargas, como teniente alcalde.

Muñoz
Foto: Perú.21

El caso de Jorge Muñoz es un claro ejemplo de lo que no se debe hacer en comunicacion política. Su campaña ha buscado convencer al elector que puede tener un “Limaflores”, aún cuando no necesariamente eso sea lo que aspire, por diversos motivos. Peor aún, la campaña se le ha vuelto un boomerang pues, a las acusaciones de supuesta pituqueria, le ha abierto un flanco con los vecinos insatisfechos de su propio distrito. Muñoz no ha sabido tener un sello que potencie ir con un partido relativamente limpio como Acción Popular y con un plan de gobierno que tiene buenos aportes.

Manuel Velarde
Foto: La República

Manuel Velarde anda en pasos similares a Muñoz, aunque con menor gravedad. Su principal problema es desconocimiento y hasta ahora no puede revertirlo. En la última semana ha ensayado enfilar como el candidato anticorrupción, donde su perfil contrario a Castañeda lo puede ayudar, pero aún no prende, por problemas de ejecución de la estrategia. Velarde tiene uno de los planes de gobierno más consistentes, pero tampoco lo explota. Y su gestión en San Isidro le ha ganado defensores y detractores, pero ambos siguen siendo AB. Tiene poco tiempo para resolver este problema.

Gustavo Guerra García
Foto: La República

Gustavo Guerra García tiene también un buen plan de gobierno y un perfil honesto. Pero sus dificultades son otras. No comunica en sencillo y requiere una dosis adicional de soltura. Pero su principal problema es ser, entre quiénes lo conocen, demasiado identificado con la gestión Villarán. Por más que GGG haya tomado distancia de la exalcaldesa y haya hecho un mea culpa, está va a ser su cruz, además del desconocimiento sobre él.

Los demás tienen menos opciones. Entre ellos, es especialmente bochornosa es la campaña de Diethell Columbus, con cambio de nombre y propuestas inviables, además de los costos de ser el candidato fujimorista en el peor momento de la agrupación desde el 2000.

Quedan seis semanas. Tiempo aún largo en una campaña electoral peruana.

Una aclaración pertinente

Ministerio Público - El Comercio.jpeg
(Foto: El Comercio)

Desde ayer, diversos periodistas cercanos al conservadurismo han iniciado una campaña en la que pretenden equiparar reuniones indebidas con citas regulares con altos funcionarios públicos para conocer información de primera mano sobre asuntos de interés.

Cómo varias personas, asistí en el mes de diciembre de 2017 a una reunión informativa en la que el entonces Fiscal de la Nación Pablo Sánchez Velarde y el fiscal Rafael Vela Barba nos dieron un estado de la cuestión del caso Lava Jato.

En la reunión participó un grupo plural de periodistas, entre quiénes se encontraban Augusto Alvarez Rodrich, Mirko Lauer, Rolando Toledo, Fernando Rospigliosi, Fernando Vivas, Mitra Taj (quién fue presidenta de la Asociación de Prensa Extranjera) y César Campos (quien llegó con algo de retraso a la cita). No estuvieron ni Juan de la Puente ni Paola Ugaz, como lo ha referido un medio digital con serias tendencias a la tergiversación.

Cómo pueden atestiguar todos los asistentes, la reunión tuvo fines informativos y buscó responder varias interrogantes sobre el estado del caso Lava Jato. Los presentes hicimos preguntas que, en no pocos casos, merecieron algunos arqueos de cejas y titubeos por parte de nuestros interlocutores.

No fue un aquelarre, ni tampoco una reunión en que se buscara trato favorable por parte de la prensa. De hecho, muchos de los asistentes hemos criticado la actuación dispar del Ministerio Público en el caso Lava Jato y la lentitud en el avance de las investigaciones sobre este y otros casos en instancias fiscales.

Tampoco fue una cita en la que se insinuara campaña alguna contra el actual Fiscal de la Nación, Pedro Chávarry. La reunión terminó y, por lo menos en lo que a mí respecta, no he vuelto a tener contacto con Pablo Sánchez Velarde ni con Rafael Vela. Y no tengo reparo alguno en dar cuenta de mi presencia en esta cita.

Una reunión cómo esta es, sin duda, muy distinta de aquella cita organizada, en forma aconchavada por los señores Antonio Camayo (hoy en prisión), César Hinostroza y Pedro Chávarry, en la que se buscaba tener un trato favorable hacia el hoy Fiscal de la Nación. Como bien lo ha señalado Fernando Rospigliosi, si esta cita no tenía ningún propósito subalterno, ¿por qué ningún periodista reconoce su asistencia?

Cómo ha quedado atestiguado en los audios que hoy hemos escuchado sobre una cita en la que Hinostroza busca convencer a Aldo Mariátegui que se convierta en poco menos que su cheerleader – a lo que él se ha negó -, estos personajes mencionados en el párrafo anterior tenían la subalterna intención de hacer frente a lo que consideraban como “una iniciativa caviar”. Esta visión binaria de los hechos, en la que prima la ideología antes que la verdad, es que viene caracterizando al conservadurismo más ramplón en no enfocarse en que, en este caso, “los enemigos de sus enemigos” son personas con conductas que tranquilamente vulneran el Código Penal.

Esta campaña de equiparación de citas de corte distinto es enunciada por los mismos personajes que ayer quedaron en ridículo con un audio en el que buscaban enlodar a la periodista Rosa María Palacios. Son los mismos personajes con alianzas claras con el fujimorismo, el aprismo y con un plagiador serial que funge de Arzobispo de Lima.

Y con este tipo de campañas, sin duda, se busca evitar el fondo del asunto: la develación de una red de corrupción enquistada en el sistema de justicia, que tiene fuertes ramificaciones políticas, mediáticas y una conexión clara con el trafico ilícito de drogas. Una trama en la que es la investigación periodística y fiscal paciente la que hace rendir sus frutos para revelarla.

No cabe duda que los operadores mediáticos de intereses oscuros y oscurantistas volverán a buscar enlodar a personas honorables. Que estas campañas no nos distraigan de la verdad.

Solo una pregunta final: ¿Cuántos de los que han buscado enlodar a periodistas y analistas honestos fueron a la reunión con Chávarri, Hinostroza y Camayo?

La letra pequeña del mensaje de Vizcarra

Vizcarra EFE
Abriendo juego. Vizcarra inicia su presidencia en la práctica (Foto: EFE)

El mensaje presidencial por Fiestas Patrias ha supuesto un parteaguas. Para todo efecto práctico, Martín Vizcarra ha inaugurado su periodo en forma efectiva. Luego de mucho tiempo, vimos a un jefe de Estado y de gobierno planteando medidas de agenda nacional en un discurso que se había convertido en la habitual gimnasia verbal de presentación de cifras, recuento de carreteras y algunos anuncios efectistas.

El Presidente de la República parece haber entendido – como no lo hizo su predecesor – que, para gobernar frente a un Congreso con mayoría opositora, resulta necesario hacer política. Y ello implica presentar iniciativas, comprometer a la ciudadanía con la aprobación de las mismas y jugar en pared con otras fuerzas políticas. En ello, el mensaje ha sido positivo.

Reformas políticas

Resulta claro que Vizcarra ha leído el evidente hartazgo de la ciudadanía con la clase política. La iniciativa para plantear un referéndum sobre la no reelección de congresistas, el financiamiento privado a los partidos y la bicameralidad manteniendo el número legal de congresistas busca, antes que un planteamiento técnico más fino, representar tres medidas que, en la cabeza de la gente, pueden presentar el inicio de algunos cambios en la representación.

Varios politólogos ya han señalado que la prohibición de autoridades, per se, no necesariamente implica una mejora de la calidad. De hecho, en el caso peruano, son los parlamentarios novatos quienes han protagonizado más escándalos y presentan los proyectos normativos más estrambóticos, además que la tasa de reelección de autoridades es bastante baja. Medidas menos sexys, pero más efectivas, para mejorar la calidad se podrían vincular con el fin de la inmunidad parlamentaria o el cambio de la fecha de las elecciones parlamentarias.

Sin embargo, más allá de lo que se decida sobre la reelección, la formación de partidos políticos más sólidos parece ser una medida más adecuada para una profesionalización de la política. Y en ello, salvo la alusión al financiamiento partidario (¿prohibición? ¿mejor regulación?), no se dijo mucho hoy. Pero también resulta cierto que la prohibición de la reelección es harto popular entre los ciudadanos y, por ello, Vizcarra la ha puesto en agenda, para pechar a un Congreso de la República que ha reaccionado como era de esperarse (léase, defendiendo el sueldo).

En torno a la bicameralidad, resulta evidente que Vizcarra ha sido tímido en esta iniciativa. Todos los expertos serios en temas políticos y electorales refieren que el Congreso peruano es pequeño en términos de representatividad numérica. Por tanto, el planteamiento presidencial juega a la popularidad antes que a la precisión técnica.

En suma, las medidas buscan arrinconar a un Congreso de la República que se sentía muy seguro en su rol de dirimente de las disputas políticas, pero que arrastra una muy baja popularidad. Vizcarra apuesta a un sentido común muy enraizado: primero la depuración, luego la necesidad de carrera política. Y en esa línea también se inscribió el reconocimiento al periodismo de investigación.

Reforma judicial

Precisamente, en la misma medida va la propuesta constitucional doble sobre el Consejo Nacional de la Magistratura. De un lado, modificar su conformación, sin anunciar previamente cuál sería la nueva propuesta, permitirá discutir en serio las propuestas sobre la materia. De otro lado, revisar todos los nombramientos hechos por la recientemente expulsada conformación, permitiría la salida de César Hinostroza Pariachi y Ángel Romero de la Corte Suprema de Justicia.

Los seis proyectos de Ley presentados, en principio, son bastante adecuados para lo que se pide. Sin embargo, se pudo ser más ambicioso en cuestiones de transparencia, al solicitar que las elecciones judiciales también se adecuen a estos criterios, como viene requiriendo el Instituto de Defensa Legal hace varios años. Al mismo tiempo, serán necesarias modificaciones legales de fondo para reducir la posibilidad que las redes de corrupción que han copado parte del sistema de justicia puedan reproducirse.

Género, educación y derechos: luces y sombras. 

Sorprendió gratamente que el Presidente de la República se haya referido, con todas sus letras, al enfoque de género. Y que planteara que a fin de año se tendrá una Política Nacional de Igualdad de Género. Conmovió a todos que el mandatario hiciera alusión, con nombre y apellido, de los casos de feminicidio que más han impactado a la opinión pública. Al mismo tiempo, fue sensato recordar que la responsabilidad para acabar con el machismo también se encuentra en la sociedad peruana. Sin duda, este fue uno de los puntos más altos del mensaje y se refleja en las casi inmediatas reacciones de grupos conservadores.

Pero también es notorio que se ha dejado de lado a los derechos de los ciudadanos LGTBI, sea por cálculo político – midiendo que la coalición conservadora puede tener una baja importante con la salida de Cipriani en diciembre – o porque ha considerado que solo puede lidiar con algunas batallas en lugar de otras. Sin duda, aquí hay una importante deuda presidencial.

Fue importante que el presidente proponga, expresamente, un marco legal contra el racismo y que se siga incidiendo en un canal del Estado para todos los peruanos. También resultó clave el pedido para dejar de usar paulatinamente bolsas de plástico.

En términos educativos, fue destacado que se enfatizara en la necesidad de incorporar componentes en “formación de valores y pensamiento crítico”, además de la calidad académica. También fue importante que reafirmara su compromiso con la reforma universitaria.

Sin embargo, quedó en deuda en relación con los contenidos escolares sobre género y el periodo de violencia. En general, sobre este último punto, Vizcarra no hizo alusiones al tema, salvo al referirse a la lucha contra los remanentes terroristas en el VRAEM, lo que le valió algunos de los pocos aplausos fujimoristas. Temas como el LUM, la búsqueda de personas desaparecidas o la anulación del indulto a Fujimori no estuvieron en la mesa.

Finalmente, entre lo positivo, merece destacarse los anuncios hechos en materia de Defensa Civil, como el sistema de alerta temprana en la costa peruana, que se implementará para 2021.

Ausencias y vacíos

A las ausencias y vacíos ya comentados, se añade que el tratamiento económico del mensaje fue relativamente cansino. Aquí Vizcarra entró, salvo cuando enunció los proyectos mineros y el crecimiento del PBI a 4% en 2018, en la intrascendencia o el mero desarrollo de lo que se viene haciendo. Y, más allá de remarcar que no subirá impuestos o tasas impositivas para quienes menos ganan, tampoco soltó mucha prenda sobre lo que hará con las facultades delegadas por el Congreso de la República hace algunas semanas.

Lo mismo ocurrió con la descentralización, materia en la que se esperaba más de un mandatario y un presidente del Consejo de Ministros que provienen del mundo regional. Más allá de continuar con los GORE y MUNI Ejecutivo, así como con transferencias presupuestales, la audacia que Vizcarra ha tenido en temas políticos y judiciales no se notó en esta materia.

Otras ausencias notables son los derechos de las personas con discapacidad, la ciencia y la tecnología y, por cierto, las actividades vinculadas al Bicentenario de la Independencia.

Interrogantes (a modo de conclusión)

¿Cuáles serán los siguientes pasos de Vizcarra? ¿Cómo va a jugar políticamente con las bancadas ajenas al fujimorismo en el Congreso de la República? ¿Cuál va ser la postura política de Fuerza Popular más allá de las rabietas de hoy? ¿Cómo articulará el Presidente una coalición que pueda hacer frente a los grupos conservadores que le tienen pavor a la palabra género?

El Presidente ha planteado un rumbo y una agenda de discusión. Ello es positivo en medio de mandatarios que han preferido no arriesgar. Es momento, ahora, de ver la letra pequeña de cada uno de los anuncios.

H & H. Vida privada, historia nacional

H&H
(Portada: Planeta)

Decía Balzac que la novela es la vida privada de las naciones, como bien lo ha recordado mi colega Iván Lanegra. Contemporáneamente, el periodismo – sobre todo, la crónica -, se ha encargado de aquella labor otrora dejada a la ficción. Más aún en países en los que la institucionalidad es escasa y la vida privada de quienes toman las decisiones, sin duda, es en sí misma un tópico de interés nacional. La trastienda del poder resulta tan o más importante que partidos convertidos en entelequias o instituciones que, como lo comprueban los audios revelados en estas semanas, terminan resolviendo sus decisiones entre ceviches, whisky de doce años y reuniones informales con periodistas.

Marco Sifuentes ha tomado esta premisa para escribir – con prosa prolija – la historia del matrimonio más famoso de la política nacional en H & H. Escenas de la vida conyugal de Ollanta Humala y Nadine Heredia (Lima, Planeta, 2018). Una empresa difícil porque, como nos consta a quienes hemos seguido de cerca los avatares de las personas más influyentes en la política peruana entre 2011 y 2016, el misterio ha primado sobre aquellos personajes que conocemos como Ollanta y Nadine.

¿Cómo acomete Sifuentes esta aventura? Son dos los recursos periodísticos que ayudan a generar un relato creible y comprobado. De un lado, el cotejo de buena parte de las investigaciones y datos sueltos que han aparecido sobre las familias Humala y Heredia desde que aparecieron en la política en 2000, en medios de distintas tendencias ideológicas. De otro lado, un conjunto de entrevistas a 71 personas. El trabajo de Sifuentes y Jonathan Castro – quien  emprende una tarea de verificación de información consagratoria en su carrera periodística – resulta pródigo en recordar hechos que habían quedado sumergidos en la nave del olvido, descartar teorías de la conspiración que involucran al matrimonio más célebre de la política peruana (y a otros personajes) y traer a la luz auténticas revelaciones.

Otro mérito de H & H es la construcción de un hilo conductor atractivo para el lector. Una arquitectura narrativa que se asemeja – por confesión de su autor – al Rayuela de Cortazar o a las estructuras intricadas de Vargas Llosa. Con ello, no solo se permite avanzar con libertad en el relato y contar con capítulos redondos en sí mismos, sino también hace que el lector pueda formar su propia construcción de los personajes centrales y el núcleo que los rodea. Y el ritmo tan bien manejado hace que uno quiera pasar las páginas como si estuviéramos con el síndrome de abstinencia que – a algunos con culpa y a varios sin ella – teníamos ante cada capítulo de la serie de Luis Miguel en Netflix.

Precisamente, no han tardado en aparecer las analogías entre el auténtico protagonista de la serie mexicana – el cantante, manager y explotador profesional Luis Rey – y uno de los actores de reparto de esta historia. Isaac Humala es retratado como un villano auténtico, no solo capaz de perpetrar frases genuinamente disparatadas y racistas, sino también de conducir a su propia familia a un desenlace que se asemeja a las tragedias griegas que inspiraron algunos de los nombres de sus hijos.

¿Cómo quedan los protagonistas de esta historia? Mi interpretación es que el libro no dejará satisfechos a los pocos hinchas que aún le quedan a los Humala, pero tampoco a los rabiosos detractores (sobre todo, mediáticos) que tiene la pareja. Sin caer en el spoiler, el texto de Sifuentes deja en claro que estamos ante dos personas menos calculadoras de lo que se piensa, pero también menos inocentes de lo que ellos mismos consideran.

El libro da cuenta del camino que ambos emprendieron para hacerse del poder, así como aquel que los llevó por nueve meses a prisión. No hay sentencias, pero por momentos uno termina sintiendo compasión y, en otros ratos, rabia por la mediocridad con la que manejaron sus asuntos públicos y privados ambos personajes. El relato señala que hay hechos que deberían ser aclarados ante un tribunal, pero que también hay imputaciones disparatadas. Y también hay cabos que quedan sueltos, precisamente al halo de misterio al que aludimos al inicio de esta reseña.

Es claro, por los retuits de Nadine Heredia, que la aparición del libro no le ha caído nada bien. Y por los comentarios de varios trolls que ni siquiera han comentado el texto, que tampoco agradará a quienes consideran que la pareja es culpable de nuestros males contemporáneos.

Finalmente, otro mérito del texto es que, a través de los comentarios de las fuentes que se refieren a los Humala Heredia, podemos encontrar varios de los males que rigen la vida peruana: racismo, machismo, homofobia, discriminación. Se trata de un fresco sobre las relaciones entre las élites y quienes desean pertenecer a ellas que podría leerse, en paralelo, con los pornográficos audios que conmueven a la nación en estos días.

Por estas razones, H & H. Escenas de la vida conyugal de Ollanta Humala y Nadine Heredia es un libro imprescindible para quien desee reconstruir la vida política peruana. Felicitaciones a Sifuentes y Castro por este estupendo fresco del Perú contemporáneo.

Disclaimer: el autor de esta reseña leyó una primera versión del manuscrito.