REFLEXIONES DE INICIO DE CARRERA

Para Beatriz Boza, Javier Ciurlizza, Eduardo Dargent, Javier Neves y Elizabeth Salmón. Se ganaron el justo derecho de llamarlos maestros

Toda historia tiene su inicio y su final. La mía en la PUCP tendrá su conclusión este viernes. Pero comienza otra, en la que el Derecho, de alguna u otra manera, estará presente. Y es por ello que me tomo la libertad de dejar a un lado la reflexión coyuntural para, en voz alta, dar algunas pequeñas ideas respecto a la vocación que escogí y a lo que he podido aprender en estos años. Más que un compilado contaminado de juridicidad, es un testimonio personal.

Ciertamente, los abogados nos hemos ganado una mala fama. Se nos acusa de enredados, corruptos, poco consecuentes con la justicia, manipuladores del lenguaje y capaces de defender hasta al mismísimo Satanás. No en vano nos hemos ganado dicha impresión. Muchos colegas han hecho de la profesión ciertamente algo reñido con la competencia profesional, la ética y la defensa de los valores democráticos. Mencionar ejemplos sería ocioso, pues todos nos hemos topado con un letrado que tenga alguna de estas características. Y claro, cuando hago con sarcasmo la pregunta: ¿qué sería del mundo sin los abogados?, 9 de cada 10 personas me responden: un lugar mejor.

Cuando escogí la carrera de Derecho – luego de dilucidar entre Historia y Periodismo como otras opciones – lo hice consciente de esa mala imagen de la profesión. Y también lo hice en un momento particular de nuestra historia: cuando la ley era manipulada por una dictadura de manera tal que podía permitir arbitrariedades mayores y las instituciones eran absolutamente maltratadas. Ese fue un primer impulso para plantearme el camino jurídico: evitar que el colapso institucional sea mayor.

A pesar que la caída del régimen autoritario se produjo antes que entrara propiamente a la Facultad, creo que ese reto sigue presente. Aunque en menor medida, los recursos legales son utilizados como armas para la arbitrariedad y el gobierno que tenemos ahora no es precisamente fanático de la consolidación institucional, más allá de medidas aisladas. Ser abogado en el Perú implica lidiar con esta precariedad, pero también nos impone un reto: hacer que la institucionalidad se pueda consolidar. Buena parte de esa inquietud ha sido plasmada en la mayor parte de los cerca de 900 posts que tiene este blog en casi tres años.

En el camino recorrido he ido aprendiendo varias lecciones profesionales y personales. Quizás la primera de ellas es que, ante todo, somos seres humanos, que debemos preguntarnos quienes somos y que queremos. La respuesta a estas inquietudes no será la misma conforme andamos en el tiempo, pero si persiste una esencia personal en cada afirmación que damos a dichas interrogantes. Como alguien me dijo: La cantidad y calidad de tus dudas deben alegrarte más que preocuparte, pues son una señal de que estás “vivito y coleando”.

La segunda, es que no se puede ser un buen abogado – mejor dicho, un buen profesional – si es que no se adquieren destrezas, competencias y conocimientos. ¿Qué implica ello? Para quienes optamos por esta locura llamada Derecho, pues nos lleva a leer harto, hacernos varias preguntas, intentar mejorar cada día nuestra redacción y nuestra expresión oral. Si no contamos con las herramientas necesarias para pensar jurídicamente – ojo, hablo de pensar y no de paporretear códigos, pues las leyes siempre pueden cambiar -, pues ofreceremos un mal servicio a la persona que nos contrata y seguiremos contribuyendo a la mala imagen que tenemos ante buena parte de la sociedad.

Una tercera, que me toca de manera cercana, es tener en claro que nos proyectamos a la comunidad en la que vivimos. En apariencia, alguien que se dedica a ver los impuestos de una empresa no tiene la misma proyección social que dar que alguien que tiene como tema central la protección de los derechos humanos. Sin embargo, el mismo hecho de ser honesto con el trabajo que se hace, tener en cuenta las consecuencias de los actos que se van a avalar ya implica tener en cuenta a quienes te rodean y constituye un gran paso para sacudirnos del prurito de defensores de lo indefendible.

Como pretendo ser algo breve, dentro del desborde verbal que caracteriza a este espacio, me permito cerrar con una comprobación. Los abogados no tenemos la última palabra sobre todo. Aun en sociedades como la nuestra, se sigue pensando que los hombres de leyes manejan todos los temas y tienen respuestas para todo. Con el pasar de los años, me doy cuenta que necesitamos de nuestros amigos antropólogos, comunicadores, sociólogos, economistas, lingüistas, filósofos y un largo etcétera para poder comprender – o intentar comprender – la compleja realidad del mundo de hoy. La palabra multidisciplinariedad es síntoma de estos tiempos.

Una mención final para quienes puse al inicio de este post. Quienes veo como maestros y amigos – y no solo como meros docentes – me enseñaron a ver muchas de estas cosas que les he comentado, a través de distintas áreas tan disímiles como el conocimiento de la responsabilidad profesional y con nosotros mismos, la defensa de la dignidad del ser humano, la reflexión teórica pura y aplicada y las herramientas para pensar jurídicamente desde lo laboral y lo internacional. Y por supuesto, tener en cuenta que hay un mundo más allá de lo jurídico que es interesante vivir y sentir.

Decía al inicio que todo tiene un inicio y un final. Ciertamente este post también lo tiene. Pero no quiero cerrar esta reflexión meramente personal sin preguntarme si, luego de 50 años de egresado, tendré la misma intensidad con la carrera que escogí que la que tengo ahora. Quizás la mejor respuesta esté en una frase que le robo a Frank Lloyd Wright: La juventud es un estado de ánimo. La juventud implica ideas frescas, audacia e ir siempre detrás de la verdad. El tiempo me dirá si es que ese ánimo que quiero conservar hasta que la vida me indique la puerta de salida se habrá mantenido. El intento de hacerlo comienza hoy.

SOBRE LA VOCACION

Hace unos días conversábamos y salió por allí el tema de la vocación.

Notaba tu preocupación pues pensabas que la carrera que habías escogido no te iba a dar lo suficiente para vivir lo que querías (preocupación que todos tenemos, especialmente los que estamos en clase media) o que no te iba a terminar de satisfacer o llenar como persona, pues tenías otras preocupaciones y metas que te estaban haciendo pensar si la decisión que tomaste al iniciar la universidad era la mejor.

Te di una respuesta, que salía del corazón y que procurara que miraras más allá de la contingencia monetaria que a todos nos agobia, que te impulsaba a ver dentro de ti, para que comenzaras a buscar en tu interior que era aquello que te motivaba a ser una persona mejor y a que te pusieras como meta ser la mejor persona en lo que te desempeñaras (cuestión que, sin duda, te abrirá muchas más puertas y te dará aquella tranquilidad que esperas). Pero aun no estoy convencido de que mi aun corta experiencia vital pueda servir de mucho.

Por ello recurro a las palabras que hace un tiempo escribió un amigo mio, que me enseñó algo más que filosofía. Siempre que puedo recurro a él, para que ayude a tener las ideas más claras. Y a pesar que ya no está físicamente aquí para aconsejarme, lo que redactó hace algunos años, cuando le preguntaron que era lo que esperaba de sus alumnos, creo que te puede servir.

Algunas cosas de aquel texto las reproduzco a continuación, acompañadas de algún comentario mio suelto por allí, pero dejaré que sea él quien hable más en esta ocasión. Ojalá te pueda servir. Me lo comentarás la próxima vez que nos veamos.

La vida de la mayoría de los hombres es un camino muerto que no conduce a nada, pero otros saben desde la infancia que se dirigen hacia un mar infinito; ya el sabor de la sal quema sus labios, el viento de los cuatro horizontes silva a sus orejas, hasta que, franqueada la última duna, esta pasión infinita les abofetea de arena y espuma; les queda entonces sumergirse en ella o hacer marcha atrás”.

¿Qué metas tenemos para este ciclo? ¿Para este año? ¿Para dentro de 5 años? ¿Cuál es mi ubicación en el mundo? ¿Hacia donde espero ir? ¿Qué quiero hacer como profesional y como persona?

“Encuentro triste que sólo se enseñe el resultado de las ciencias y no su historia: este fascinante viaje entre las hipótesis adoptadas y descartads, entre las intuiciones y los instrumentos de medida que las confirman o desmiente; estas mil pistas abiertas y cerradas; este recorrido alucinante que nos lleva desde Demócrito hasta Einstein; estos millones de experiencias detectivescas que sirvieron para desenmascarar un virus; esta concatenación, en el tiempo y el espacio, de conocimientos elaborados por una multitud de cerebros hermanados que rescatan lo que queda, en el hombre, de grandeza y de dignidad.

Actualmente, un alumno de primer año de ingeniería sabe más de física que Leonardo Da Vinci o Pascal; pero ¿sabrá pensar como ellos?

Todos, en algún momento de nuestra vida, tenemos varios profesores, pero verdaderos pocos maestros. ¿Cuántas veces recurrimos a ellos? Pensaba en lo que Salomón Lerner Febres podría decirle a sus alumnos de filosofía en la PUCP no sólo sobre su experiencia en el estudio de Heidegger, sino como parte de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, o Juan Gargulevich le podría transmitir a las varias generaciones de periodistas que ha formado en las aulas o en los medios que ha trabajado, o en las reflexiones y manejo teórico que alguien como Julio Cotler transmite a sus colegas jóvenes en el IEP.

Si estas mentes lúcidas, de las cuales hay pocas, están allí, al alcance de tu mano, recurre a ellas para plantearles las dudas que tienes o por dónde quieres enfocar tu carrera. No te digo que pienses como ellos ni mucho menos, sino que te puedan dar las herramientas necesarias para que tu puedas encontrar tus propias respuestas.

“Uno, a veces, sale de su clase con moretones en el alma.

“¿De que me sirve?” Esta es la madre de todas las preguntas. “¿De qué sirve una flor, una puesta de sol, de qué sirve un cuadro de Van Gogh si no fuera por su valor mercantil, de qué sirve el amor?”

(…)

La Recoleta (cámbiale por la PUCP o el nombre que te parezca) nunca tuvo como meta primordial el fabricar minicerebros lo bastante chatos como para poder deslizarse cómodamente por la grita de las respuestas “correctas” que dan acceso a las universidades amputadas de lo “universal”; mentes de opción única, homúnculos anémicos, víctimas de un sistema que termina por convertir al joven, no en hombre (o mujer), sino en cosa, en artefacto eficiente henchido de conocimientos de los cuales el factor humano ha sido eliminado“.

Una cosa que me ha enseñado la vida es a procurar ir más allá de lo que daba el currículo escolar o universitario. En hacerme otras preguntas. Tuve la suerte de encontrar personas con las mismas inquietudes. Pero también tuve la fortuna de encontrar a las personas que me ayudaran a vivir aquellos momentos fuera de lo académico, que me hicieran avanzar por aquello que los veteranos llaman “universidad de la vida”, de la cual sólo nos graduamos el día que de aquí partimos. Y procuro disfrutar cada una de aquellas cosas con la riqueza y la novedad con la que llegan a mi vida. A veces fallo, me equivoco, como todos, nadie es perfecto, pero hay que tener la fortaleza necesaria para conocer nuestras limitaciones y saber afrontar esas dificultades. Y no olvidarnos que en un país como el Perú, somos parte de los privilegiados y que hay que saber aprovechar, en el buen sentido del término, esa oportunidad que lamentablemente otros no tienen.

“Todo el mundo puede pasar un examen, trabar amistades o enemistades, todo el mundo puede ganar o perder plata, ser víctima de un duelo. Pero lo esencial es el significado de este éxito, de este duelo o de esta amistad en la perspectiva de aquella búsqueda de sí mismos, de aquella encuesta y conquista que representa para cada uno, el cumplimiento de su destino.

Finalmente, uno nace príncipe o vendedor de salchichas. La fórmula seduce y llevarla has su conclusión lógica me procuraría una satisfacción lógica me procuraría una atisfacción perversa. Desgraciadamente, no resiste a la experiencia. Todos hemos conocido a algún tendero o mercachifle que en el curso de una noche de naufragio o de incendio se reveló superior a sí mismo y este incendio permanecerá como la noche de su vida. Pero a falta de nuevas ocasiones, a falta de terreno favorable, a fltade religión exigente, volió a dormir sin tener fe en su propia grandeza. Ciertamente las vocaciones ayudan al hombre a liberarse, pero igualmente necesrio liberar las vocaciones. Así se expresaba, en substancia, Saint Exupéry”.

Creo que es lo central de lo que trato de decir. No comments. Voy con el último extracto.

“Es por todo aquello, amiga, por todo aquello que acabo de escribir con una especie de rabia adolescente, que no quise darte una respueta encerrada en párrafo pulcramente alineados como tarros. de mermelada sobre los estantes de un super-mercado ¿Por qué no confesarlo? El niño que fui todavía se agita en mi viejo esqueleto y traba contigo misteriosas complicidades.

No espero nada, nada que ya no lleves en sí como la fruta su cuesco. Al fin y al cabo, cuando se despierta un incendio, el bosque sólo se quema por intermedio de sus propios árboles.

Esperar…no tengo tiempo de esperar, nadie lo tiene. Como lo canta Joan Baez en su admirable elegía To Bobby “the time is short and there is work to do”.

Termino. Este texto ha sido una invitación para que vayas un poco más allá de la interrogante que me planteaste hace unos días. Espero que te ayude a iluminar tu camino y a ayudar a que te pongas grandes metas que luego puedas alcanzar, y a que, desde lo que haces, puedas contribuir a que las cosas – en lo personal y en el entorno que nos rodea – puedan mejorar. Bueno, este texto es un inicio. Conseguiste que me saliera de mis preocupaciones habituales, sacara la política de este espacio y me pusiera a cranear como poder responder de mejor manera a aquello que me daba vueltas desde hacía días. Ya lo conversaremos.

(Las partes en cursiva de este texto las he extraido de “¿Qué espera usted de sus alumnos?”, escrito por Hubert Lanssiers originalmente para ser publicado en el Boletín Escolar del Colegio Recoleta. El texto lo pueden ubicar en la recopilación Los Dientes del Dragón, editada por Petroperú hace algunos años. Creo que el libro aún lo pueden conseguir en El Virrey y, of course, en la Recoleta).