El Comercio y la política peruana del siglo XXI – Palabras de presentación

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Anoche presentamos, en el Instituto de Estudios Peruanos, “El Comercio y la política peruana del siglo XXI”, texto académico que profundiza en el estudio del diario más antiguo del país como actor político. Los comentarios estuvieron a cargo de Rosa María Palacios y Fernando Tuesta. A continuación, las palabras que ayer pronuncié, por el lanzamiento del libro. 

La presentación de un libro supone la culminación de un conjunto de esfuerzos intelectuales. El germen de este texto apareció hace once años, cuando algunos de quienes estamos hoy presentes aquí teníamos un blog y comentábamos los cambios en el Grupo El Comercio. En forma académica, el volumen que varios de ustedes tienen hoy en sus manos – o ya en sus bibliotecas – se comenzó a gestar hace cuatro años, cuando estudiaba la Maestría en Ciencia Política y Gobierno en la PUCP. Y hoy, en la histórica casa del Instituto de Estudios Peruanos, cerramos formalmente esta investigación.

Rosa María Palacios y Fernando Tuesta, quienes hoy me acompañan en esta mesa, no solo han sido estupendos comentaristas de este texto. Ambos formaron parte del mismo. Rosa María fue una de las más de veinte personas con las que dialogué para formar el texto que hoy presentamos. En dicho diálogo, fue tan acuciosa en los detalles como lo es cada vez que tiene que enfrentar – periodísticamente hablando – a alguno de los políticos que confía en la ausencia de memoria ciudadana. Fernando apoyó este trabajo en su calidad de asesor de la tesis en la que se basa este libro. Y en dicha calidad, me animó a contar una historia que, en principio, hubiera sido más acotada. De ese modo, me animó a ser especialista en un diario y una familia que han acompañado la mayor parte de la vida independiente de un país que está ad portas de su bicentenario. Gracias a ambos por sus comentarios y por su apoyo a esta investigación.

El Comercio y la política peruana del siglo XXI es, no hay que olvidarlo, un texto académico. Los datos, anécdotas y no pocas revelaciones que ustedes encontrarán sobre el diario decano de la prensa nacional – con el perdón de la frase hecha – buscan explicar que los medios de comunicación no se construyen con el consenso impuesto que se tendría dentro del Partido Comunista de la Unión Soviética en tiempos de Stalin o del Partido Fascista dirigido por Benito Mussollini. Por el contrario, la construcción de la noticia tiene, en muchos casos, como ingrediente principal las pugnas, tensiones y, en no pocas ocasiones, broncas internas que se suscitan en cualquier sala de redacción, corresponda a un medio tradicional o a uno digital. Detrás de muchas noticias, existen varios No y también muchos Sí. Conseguir estos últimos implica mucho esfuerzo y, en ocasiones, una conjunción de factores en la que el azar, ese viejo factor al que Jorge Basadre dedicara un libro sobre su rol en la historia, juega también cierto papel.

Escogimos el caso de El Comercio por ser emblemático en nuestro país y en América Latina. Como en buena parte de la región, las empresas periodísticas son, a su vez, conglomerados articulados alrededor de una familia. Y, como ocurre con las familias, sobre todo aquellas que se extienden en número como los Buendía de Cien Años de Soledad, los visos de modernidad – en este caso, en empaque de gerencia moderna y directores independientes – se entraman con resistencias al cambio, cierto sentido de la tradición y un tono contemporizador que busca preservar la historia del presente, como es la pretensión de los diarios de referencia. La familia Miró Quesada resume esa tensión entre modernidad y tradición, entre liberales y conservadores, entre la audacia y la prudencia, para el caso peruano. Otras investigaciones podrán dar cuenta de fenómenos similares en otras partes de la región. Pensemos en los Azcarraga en México, los Edwards en Chile o los Marinho en Brasil.

Además, se buscó cubrir una época clave en la historia peruana. Los últimos veinte años implicaron una gesta para recuperar la democracia (y luego, para mantenerla), una comisión de la verdad para investigar lo que nos pasó en los años de mayor violencia de nuestro rumbo como nación independiente, siete personajes ocuparon la Presidencia de la República y tuvimos cuatro alcaldes de Lima, creció una mayor conciencia de los derechos de las mujeres y de los ciudadanos LGTBI, conocimos casos de corrupción de mayor o menor calado cuyas consecuencias pagamos ante hoy, contamos con un significativo crecimiento económico que no se vio acompañado por la suficiente construcción institucional, padecimos hasta hace poco a un arzobispo limeño que encarnó tendencias retardatarias, sufrimos desastres naturales agudizados por imprevisiones humanas. E incluso presenciamos, casi milagrosamente, un Mundial de Futbol al que asistió Perú. En todos estos hechos estuvo presente El Comercio. Y, en la mayor parte, las pugnas entre directivos, directores, editores y periodistas forjaron el producto que cada mañana vemos colgado en un kiosko o cuyo contenido revisamos a través de nuestros teléfonos celulares. La historia del presente fue construida en base a distinciones ideológicas en ocasiones y, en otras, procurando la mayor distancia posible de lo que se pensaban algunas personas con puestos de decisión. Los resultados fueron muy dignos y significativos en ocasiones y, en otros, como lo señalan algunos protagonistas de esta historia, la categoría de desastre estuvo bien colocada.

Hace algunos días, una persona muy querida, con el rigor e inteligencia que le caracteriza, me lanzaba una interrogante: ¿qué le puede decir este texto a un lector fuera del mundo académico? Me parece una buena pregunta que respondo brevemente. Considero que quien tiene, por primera vez, un acercamiento a este mundo, encontrará un relato entretenido sobre lo que ocurre al interior de una redacción y cómo se construye la información en forma real. Puede conocer cómo cambia un modelo de negocio que otrora brindó ganancias mayoritarias y hoy genera serias dudas sobre la sostenibilidad económica de la prensa escrita. Y tendrá, de primera mano, una historia sobre una empresa familiar, tan común en nuestro país, que se extiende desde aquellas compañías que integran alguno de los gremios que conforman la CONFIEP, hasta aquellas que implican emprendimientos personales de búsqueda de la sobrevivencia.

Este texto tuvo un reto adicional. Ante la ausencia casi total de bibliografía que sostuviera cómo se construía la noticia al interior de un medio de comunicación, recurrí a las entrevistas personales. Fue particularmente valioso para este texto que cuatro personas que tuvieron poder de decisión dentro de El Comercio – Alejandro Miró Quesada Cisneros, Francisco Miró Quesada Rada, Martha Meier Miró Quesada y Fernando Berckemeyer Olaechea – se animaran a contar sus versiones de los hechos. A ellos se suma Bernardo Roca Rey, quien sigue ligado a la empresa de su familia. Y, por supuesto, las contribuciones de quienes pasaron por el diario y el grupo El Comercio fueron fundamentales: Nelly Luna, Fabiola Torres, Rosa María Palacios, Daniel Yovera, Oscar Castilla, Jaime Cordero, David Hidalgo, Luis Davelouis, Pedro Salinas, Augusto Álvarez Rodrich, Enrique Pasquel, David Rivera del Águila, Tito Castro y Mario Cortijo. Tengo también una mención especial para quienes aún se encuentran en el viejo local del ahora jirón Santa Rosa: Pedro Ortiz Bisso y Fernando Vivas.

Agradezco las generosas palabras que dos personas a las que respeto mucho, Juan Carlos Tafur y Gustavo Gorriti, han dedicado al libro en distintos espacios. Y a Marco Sifuentes y Roberto Bustamante, viejos cómplices en varias aventuras, pues sin ellos no se hubiera inoculado el bicho de escribir sobre El Comercio.

Como mencionaba hace unos minutos, el libro tuvo como germen la tesis para graduarme como magister en Ciencia Política y Gobierno en la PUCP. Por ello, agradezco especialmente al jurado que calificó la tesis como sobresaliente y que brindó comentarios que sirvieron para el texto final: a Stephanie Rousseau, Eduardo Dargent y Fernando Tuesta, hoy presente aquí.

No estaríamos hoy celebrando la aparición de este volumen sin el Instituto de Estudios Peruanos. Gracias especiales a Ricardo Cuenca, quien se interesó por este texto desde el inicio. A Ludwig Huber y Odín del Pozo, un reconocimiento especial por responder a todas mis interrogantes y llevar a cabo una estupenda edición del texto, labor que implicó una revisión en base a un lector anónimo que hizo importantes críticas. Y a todo el equipo encargado de realizar esta presentación.

Finalmente, a mi familia, que ha sido el sostén emocional para emprender muchas aventuras a lo largo de los últimos años. A mis padres, a mis hermanos y a Romy, quienes me ayudan a navegar con felicidad en aquel mar con aguas calmas y turbulencias al que llamamos vida, gracias por todo su amor, consejos y respaldo.

Espero que disfruten, comenten y critiquen este libro. Ahora, “El Comercio y la política peruana del siglo XXI” es de ustedes y para ustedes. Gracias por su asistencia y por su lectoría.

Panorama político al final de 2018

Año Nuevo 2019

Alejandro Toledo: Con un proceso de extradición por fin en marcha. Irrelevante políticamente, su destino judicial estará en juego en 2019. De todos los casos vinculados a Lava Jato, es el más redondo en términos legales. De venir a Lima, su destino es la DIROES.

Alberto Fujimori: El indulto otorgado por PPK no solo no fue el baño de popularidad que esperaba. Tampoco obtuvo una revindicación histórica, ni siquiera en sus propios predios. Con la cantada revocación del indulto, ha optado por el limbo en la Clínica Centenario. La cárcel y la irrelevancia política lo esperan en 2019.

Daniel Salaverry: En rebeldía abierta con lo que queda de la cúpula de Fuerza Popular. El presidente del Congreso busca tener un juego propio. Se espera que encabece a un conjunto de disidentes provincianos, en una nueva bancada. La ruptura espera al destino final de la lideresa de su aún partido.

Kenji Fujimori: En el retiro. En privado, ha mandado decir que no quiere saber nada con la política. Papá aún espera que reconsidere esa posición.

Verónika Mendoza: Sumida entre pocas apariciones públicas y las dificultades de construir una agrupación que no tiene aún inscripción. Su bancada tiene buenos representantes, pero no logra consolidar una alta aprobación con miras a 2021. Sigue siendo la mejor carta zurda para las próximas elecciones.

Julio Guzmán: Con la mayor aprobación entre los políticos, pero aún insuficiente para consolidar una buena postulación presidencial. Cumplirá el sueño del partido propio en las próximas semanas. Su voz debería escucharse más, más allá de sus trinos en Twitter.

Luis Castañeda Lossio: En el ocaso de su carrera política. Su opaco tercer periodo, autodemolido cuando su calendario personal avanza rápido, es casi una sepultura política. Lo que prevalece aún subsistente es un estilo que él encarnó: obras de infraestructura con poca transparencia. Ojo a OAS si decide suscribir un convenio similar al de Odebrecht.

Jorge Muñoz: Sus primeros anuncios apuntan a otro estilo de gobierno de la ciudad: firmeza en la toma de decisiones, mayor transparencia, tendencia a la concertación. Tendrá que manejar las expectativas, considerando el estado de la capital que le deja su antecesor. Golpea a Castañeda, pero sin caer en la confrontación directa que le hizo daño al arranque de la gestión Villarán.

Gustavo Gorriti: Sus investigaciones han marcado la agenda periodística 2018, sobre todo, en lo que se refiere a Lava Jato y Lava Juez. Probablemente lo continúen haciendo en 2019, con las delaciones de Odebrecht y otras compañías. Justo para la primera década de IDL – Reporteros como medio de referencia en el Perú.

Juan Luis Cipriani: Todo indica que Roma le dará las gracias por los servicios prestados en pocos meses. Aunque lo más probable es que su sucesor sea un moderado, buscará espacios mediáticos para seguir transmitiendo sus mensajes conservadores. Más aún cuando tendrá más tiempo libre.

Alan García: Nada le salió bien en 2018. Pensó ser el campeón del “conservadurismo limpio”, pero su frustrado intento de asilo fue casi una confesión de parte. Ha consolidado al APRA como el furgón de cola del fujimorismo, sepultando al más añejo partido del Perú. Sus maniobras para evitar la acción de la justicia marcarán el 2019.

Pedro Chávarry: Un rehén de sí mismo, que tiene en incertidumbre los dos principales casos de corrupción del país. La flamante Junta Nacional de Justicia debería proceder con su destitución. Pero antes que ello ocurra, puede causar mucho daño al país y al sistema de justicia. Si mañana no confirma ciertas designaciones, muchos ya preparan las zapatillas para marchar.

César Villanueva: El premier político que Vizcarra quiere, en medio de un coro de ministros más bien técnicos. Su reto es mejorar la actuación sectorial, a la que los peruanos le pondrán mayor atención.

Keiko Fujimori: En su peor año. Se fumó todas las oportunidades que tenía de cambiar del mismo modo que Valeriano López prendía sus cigarros con billetes de 100 dólares. Insistimos en que el dinero recibido desde Odebrecht no es más que la caja de Pandora que va a destapar otros fondos de campaña mucho menos defendibles. Su partido está dividido y sus opciones al 2021 son cada vez mas reducidas.

Pedro Pablo Kuczynski: La irrelevancia política de su año y meses en la presidencia se ha trasladado a su actual estatus. Con un partido inexistente, opta por el silencio.

Martín Vizcarra: El gran ganador político del año. Llegó a la Presidencia sin capital político, se mostró dubitativo en sus primeros meses y luego se supo montar bien en la ola anticorrupción. Su reto para el 2019 es mejorar la actuación del Estado, sin dejar de preocuparse por las reformas judicial y política. A cuidar más sus declaraciones públicas.

Feliz 2019 para todos.

Vizcarra y los retos post referéndum

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Luego del 9 de diciembre, ¿podrá plantear una nueva agenda? (Foto: EFE)

Dos conclusiones rápidas se desprenden de la más reciente encuesta del Instituto de Estudios Peruanos: a) el Presidente de la República obtendría un importante triunfo político el 9 de diciembre, pues triunfarían sus opciones en el referéndum sobre reformas políticas y judiciales; y b) es claro que deberá tener una agenda para luego del triunfo, en la que pueda incidir en temas que la ciudadanía reclama, más allá de lo planteado en la consulta popular que se realizará en una semana y media.

¿Cuáles son los temas en los que Palacio de Gobierno va a tener que incidir más? Sin ningún orden en particular, aquí van algunos:

Gabinete: es claro que la popularidad del Presidente no es transmitida al gobierno en su conjunto, que tiene la mitad de aprobación que Vizcarra. Salvo Villanueva y, por momentos, los titulares de los sectores Educación e Interior, no hay mayores respuestas políticas en el equipo ministerial.  Esto es producto del perfil de un gabinete que fue producto de un mandatario que llegó producto del azar y del desastroso manejo político de su antecesor. Con alrededor de 60% de aprobación y reflejos políticos comprobados, Vizcarra puede convocar a nuevos y mejores actores que refresquen un equipo que, en conjunto, es anodino. Al mismo tiempo, ello le puede permitir mejorar la actuación sectorial.

Economía: Poco a poco se instala la idea que el gobierno requiere hacer algo más para mejorar las cifras macroeconómicas. Es cierto que el contexto internacional no ayuda (la guerra comercial China – Estados Unidos, las crisis en Turquía y Argentina), pero queda la sensación que el MEF podría ser un poco más atrevido en sus propuestas. Por ahora, Carlos Oliva ha sorteado bien la segunda mitad del año, pero se espera más de él. Quizás podrían tomar en cuenta algunas de las ofertas que vengan del Consejo Privado de Competitividad, que se presentará esta semana en CADE. Y en lo sectorial, convendría ponerle un impulso mayor a las actividades económicas a las que mejor les ha ido este año, como agroindustria, turismo o pesca.  En una reciente entrevista en Semana Económica, Vizcarra también ha insistido en proyectos fuertes de infraestructura como otro motor del crecimiento.

Reconstrucción: Si bien este tema no depende enteramente del Poder Ejecutivo – buena parte de la ejecución pasa por gobiernos regionales y locales -, es notorio que en el norte del país existe descontento por el avance de las obras. Aquí será importante la coordinación que se hagan con las nuevas autoridades en esta zona. Al mismo tiempo, convendrá evaluar, un año y medio después, si la actual estructura de la Autoridad para la Reconstrucción con Cambios resulta ser la más adecuada para su propósito.

Salud: El tema en el que el gobierno se encuentra más desaprobado. Si el gobierno de Humala se caracterizó por una agenda reformista en educación – que el ministro Alfaro ha recuperado -, el gobierno de Vizcarra debería centrarse más en esta agenda. El Presidente ha anunciado que lo hará, pero no ha dado aún la letra de esta reforma. ¿Lo hará luego del referéndum?

Corrupción: Esta es la materia que mejores resultados le ha rendido y no debe descuidarla. Una cuestión pendiente que tiene es una mejora de la legislación sobre lobbies y gestión de intereses. Asimismo, cortar por lo sano con casos de su gobierno, como el ocurrido con el viceministro de Patrimonio Cultural e Industrias Culturales, lo que supone sanciones y correcciones inmediatas.  Una prueba de fuego serán las obras de los Panamericanos y aquellas destinadas a la conmemoración del Bicentenario.

Reforma política y judicial: En lo urgente, el gobierno deberá presentar proyectos de Ley vinculados a la organización de la flamante Junta Nacional de Justicia, así como sobre financiamiento partidario. También deberá observar el mamotreto que planean aprobar en el Congreso sobre delitos vinculados a financiamiento irregular de agrupaciones políticas. Se debería esperar un mayor impulso a otras reformas vinculadas a la justicia – una actualización del Informe de la CERIAJUS no vendría mal como inicio – así como un replantamiento de la bicameralidad a partir de lo señalado por varios expertos.

Papas calientes políticas: Finalmente, Vizcarra deberá tener en cuenta que deberá tomar decisiones claves en estos temas: a) destino final de Alberto Fujimori (léase, cuando vuelve al Establecimiento Penal Barbadillo); b) qué hacer frente a la decisión final de Uruguay sobre el pedido de asilo de Alan García; c) nuevas arremetidas del fujimorismo; d) decisión judicial sobre el enfoque de género en el Currículo Educativo Escolar y nuevas movilizaciones conservadoras.

Como vemos, el gobierno recién comienza de verdad. Ojalá así lo entiendan en Palacio.

La derrota política de Alan García

Alan Garcia
En sus peores días (Foto: El Comercio)

En su libro “La Calavera en Negro”, Gustavo Gorriti tuvo la certeza que el caso Langberg llegaba a su final cuando el investigado por narcotráfico fue detenido sin mayores problemas. Con ello, el hoy veterano periodista supo que su primer caso estaba cerca de su conclusión.

Cuando Alan García, en la puerta de su casa de San Antonio, exclamó la frase (convertida en viral) “Demuéstrenlo pues, imbéciles”, tuve la cereza que el dos veces expresidente del Perú ha terminado de perder la batalla política. Más allá de lo que ocurra ante un tribunal.

La clara pérdida de los estribos de García denotó lo que, hace una semana, Marco Sifuentes identificaba bien como el temor de ser apresado. Pero se conecta claramente con un síndrome que siempre le pasó factura a AGP: llegar tarde a su tiempo.

García fue estatista en tiempos en los que comenzaba el giro hacia la economía liberal en la región. De allí que cuando señala, sin ningún sobresalto, que ha hecho algunos aportes novedosos a la economía mundial, uno oscila entre la carcajada, el estupefacto y el recuerdo de una época que pocos recuerdan precisamente en términos gratos para su bolsillo.

Pero para él nunca hubo punto medio. Si  bien el APRA la pegaba de partido socialdemócrata en los 90s y a inicios del 2000, en realidad García – quien, recuerden, en la campaña de 2001 hablaba de Banco Agrario y control de tarifas por vía estatal – nunca hizo ese tránsito a la moderación.

Como Gorriti relató alguna vez, luego del fallido Paro Nacional de 2004 – aquel donde quiso ser proclamado por presidente por las masas y terminó siendo una mala emulación de Jefferson Farfán – se fue a Washington y se transformó rápidamente en Inversiones García. Astutamente, durante la campaña electoral, supo ponerse entre una Lourdes Flores que era tan defensora del mercado que hacía ver a los muchachos del Instituto Peruano de Economía como unos socialdemócratas y un Ollanta Humala que emulaba, en forma y en fondo, a Juan Velasco Alvarado. Ganó.

Pero el gobierno de García tuvo de social demócrata tanto como un miembro de Con Mis Hijos No Te Metas enarbola la bandera de la tolerancia. Uno podría entender al converso que desea no incurrir en los mismos errores que convirtieron a la economía peruana en la sucursal del Titanic. Y hasta podría comprender la táctica de subir a bordo a quienes podrían considerarlo como el cuco como una forma de contrarrestarlos. Lo que no se terminaba de entender era porque su segunda administración terminó siendo la partera del conservadurismo peruano actual.

Un esbozo de respuesta es que García prometía ser el guardián ante distintos entes de la sociedad. El anticomunismo aprista lo vacunaba frente a cualquier posible intento de conciliación con la izquierda. La sospecha con la que las organizaciones de defensa de derechos humanos lo veían – primero por su actuación durante el periodo de violencia y luego por cómo se comportó frente a conflictos sociales – lo emparentó con el fujimorismo y los militares que violaron derechos humanos en su gobierno. La necesidad de una conciliación con enemigos históricos lo llevó a tener buenas relaciones con El Comercio y con el sector más conservador de la Iglesia Católica peruana (desde Cipriani hasta Eguren). Y sus vínculos con empresas privadas de seguridad e intereses empresariales hacían que terminara arriando cualquier bandera que no fuera la del libre mercado, a su modo.

Porque lo que terminó prevaleciendo fue el mercantilismo más ramplón. Y, sobre todo, la de la obra pública sobrevalorada – en todas las acepciones del término – y hechos que merecen ser investigados a la luz del Código Penal. Acabado el gobierno, García era aplaudido por esos sectores altos a los que tanto se debió su segunda administración. Y pensó que su imagen de conferencista global, invitado (en público y en privado) por empresas que habían tenido pingües ganancias durante su mandato le auguraría un tercer periodo. Creyó ser Piérola. Y aspiró a superarlo.

El problema es que García volvió a ser sobrepasado por las circunstancias. El fujimorismo supo sacar mayor provecho temporal de intereses conservadores y ilegales, hasta su reciente debacle. Su modo de hacer política mediante la palabra había sido enterrado entre discursos que parecían listados de lavandería de obras y artículos que harían enrojecer incluso al Haya de Treinta Años de Aprismo. Ya no podía tener el trato directo con los dueños de comunicación porque ahora sus amigos se están jubilando (igual que en el Poder Judicial y el Ministerio Público) y las nuevas generaciones no le tienen precisamente respeto o devoción, menos aún en las redes sociales donde lo vuelven en blanco de burlas. Y, sobre todo, la corrupción, aquel mal que caracterizó a sus dos gobiernos, volvió a aparecer en el ambiente.  Narcoindultos primero, Lava Jato después.

Desde 2016, se le ve perdiendo cada vez más los papeles. Lanzando tuits cada vez más incomprensibles desde el punto de vista político, pero sí desde la defensa judicial. Maltratando a periodistas que solo cumplen con hacer su trabajo. Tejiendo posibles cortinas de humo sin llegar a colocar en gran medida temas en agenda. Y al llamar imbéciles a los periodistas y fiscales que lo investigan, terminó, finalmente, claudicando.

No sabemos si la importante pista revelada por Gorriti y Romina Mella terminará derivando en un juicio oral. Tampoco si Jorge Barata terminará confirmando las sospechas de miles de peruanos. O si las otras conferencias dictadas con posterioridad a su gobierno terminarán llevando a posibles pistas sobre, para decirlo elegantemente, una relación contaminada entre lo público y lo privado.

Lo que sabemos es que el tiempo de Alan García ha terminado.

 

 

Comisiones Investigadoras: una evaluación

Rosa Bartra
Rosa Bartra y los viejos defectos de las comisiones investigadoras (Foto: Gestión)

La semana pasada, el Congreso de la República se enfrascó en la discusión sobre los informes de la Comisión Investigadora sobre el caso Lava Jato, presidida por la parlamentaria Rosa Bartra. Al final, la mayor parte de congresistas aprobó el documento encabezado por la congresista fujmorista y rechazó discutir el documento presentado por Humberto Morales (Frente Amplio) en minoría.

Existe un consenso entre especialistas sobre los defectos serios del informe Bartra. Lejos de añadir elementos nuevos de juicio tanto para las indagaciones del Ministerio Público como para el examen histórico, el manuscrito redunda en hechos ya conocidos, antes que en acontecimientos nuevos. Además de la inexplicable exclusión de Alan García y Keiko Fujimori de responsabilidades políticas, el informe Bartra no suma ni siquiera para el objetivo último que tenía el fujimorismo con este grupo de trabajo: hundir políticamente a sus rivales.

Pero el informe Morales tampoco supera la valla. Si bien incluye a García y a Fujimori, la evidencia que anota tampoco es concluyente para la imputación de delitos. En general, tanto los documentos en minoría como en mayoría carecen de un buen análisis político y jurídico de los hechos que tenían entre manos indagar.

Solo por citar un ejemplo, en el reciente libro del politólogo Francisco DurandOdebrecht. La empresa que capturaba gobiernos” existen muchos mayores elementos de contexto que permiten establecer una historia más cabal de lo ocurrido con el caso Lava Jato. Más allá de la discusión sobre la aplicación del concepto “captura del Estado” a esta trama de corrupción, lo cierto es que hay eventos nuevos que permiten trazar una historia que se remonta a las postrimerías del gobierno de Morales Bermúdez, así como eventos que permiten arribar a algunas conclusiones dirigidas a mejorar la transparencia, la contratación pública y los planes de infraestructura en el Perú.

De hecho, la intención primigenia de las comisiones investigadoras es a)  hacer un buen recuento de hechos, b) evidenciar problemas legislativos y de política pública y c) presentar recomendaciones de modificación legislativa o cambios en la actuación institucional. Palabras más, palabras menos, lo que hace Durand en su libro. Y, por cierto, nada de lo que presenta el informe Bartra.

El problema es que nuestras comisiones no se concentran en ello, sino en posibles aspectos penales. ¿Por qué?

Una primera respuesta sería un supuesto apoyo a la acción de la justicia. Sin embargo, existe unanimidad entre los agentes del sistema de justicia – en particular, jueces y fiscales – en que los informes de las comisiones investigadoras, en su mayoría, han tenido aportes muy acotados en los procesos judiciales que se han seguido tanto en casos de corrupción como de violaciones a los derechos humanos (las dos materias que más han ocupado a este tipo de grupos de trabajo). Lo mismo señala José Ugaz en su libro “Caiga Quien Caiga”, sus memorias como Procurador Anticorrupción.

Un segundo argumento sería aportar elementos para posibles acusaciones constitucionales o infracciones a la Constitución. Sin embargo, este tipo de procesos puede tramitarse en forma independiente, como lo demostraron las acciones parlamentarias en el caso del vocal supremo César Hinostroza o de los exmiembros del fenecido Consejo Nacional de la Magistratura.

Así, solo queda un argumento en pie para este tipo de indagaciones: el uso de las mismas como arma política para invalidar o sacar de carrera a rivales políticos. Cuestión que es evidente que no puede sostener este tipo de grupos de trabajo.

Es cierto que no todas las comisiones investigadoras han seguido, necesariamente, este patrón. Y que algunas han tenido buenos resultados en sus indagaciones. El informe Ames sobre la matanza de los penales, el documento sobre el caso La Cantuta elaborado por Roger Cáceres, las revelaciones de los narcoindultos hechas por el grupo de trabajo encabezado por Sergio Tejada o la hoja de ruta sobre el caso Lava Jato plasmada por el exparlamentario Juan Pari son algunos ejemplos de ello.

En esa línea va la comisión investigadora sobre abusos a menores encabezada por el congresista Alberto de Belaúnde. Lejos de hacer un trabajo para la búsqueda de titulares, se realizan sesiones que apuntan a los elementos básicos de una comisión investigadora. Y, a tal punto llega la prudencia que, previendo que estamos ante un tema mayor, De Belaúnde propondrá la creación de una Comisión de la Verdad por parte del Poder Ejecutivo. Una iniciativa que ya tenía en mente, pero que fue frustrada por el gobierno de PPK.

Por ello, debemos repensar el mecanismo de las comisiones investigadoras, tanto a la luz de buenas prácticas parlamentarias (que las hay, como ya hemos anotado), como sobre posibles ajustes legislativos. Por ejemplo, se podría acotar su alcance en temas penales. Y deben concentrarse en cambios legislativos y de política pública. Es un tema que debería tomarse en cuenta para un segundo impulso reformista, luego del referéndum del 9 de diciembre.

 

Alcaldía de Lima: una elección aún abierta

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Foto: RPP

Es claro que, para muchos, Renzo Reggiardo y Ricardo Belmont no reúnen las cualidades para encabezar la ciudad más importante del país. Y resulta evidente que sus planes de gobierno no son precisamente consistentes para enfrentar los retos de una ciudad tan compleja como Lima. Sin embargo, gozan de las simpatías iniciales de un público que aún no termina de enganchar con la campaña electoral.

Por ello, es necesario ir más allá de lo que pueden generarnos ambos candidatos y entender porque los limeños, por ahora, le brindan su favoritismo.

1. Campaña apática y presencia mediática: Por distintos motivos, la campaña electoral no ha logrado conectar con los ciudadanos. En ese escenario, ser conocido brinda mayores posibilidades de intención de voto. Reggiardo tiene hace varios años un programa de televisión sobre seguridad ciudadana y Belmont tiene micrófono abierto en su propia emisora durante varias décadas. Sumemos a Urresti, quien a pesar de las acusaciones serias en su contra, se hace notar en los medios de comunicación.

2. Buenos candidatos que no prenden: Existe cierto consenso en que los mejores planes de gobierno corresponden – en orden alfabético – a Alberto Beingolea, Gustavo Guerra García, Jorge Muñoz y Manuel Velarde. Sin embargo, ninguna de las campañas ha logrado prender del todo, tanto por cuestiones de recursos, como por la debilidad de sus organizaciones y errores de los postulantes. Por ahora, Beingolea tiene más opciones, tanto por su ubicación en las encuestas como por la recordación de marca que tiene el PPC, así como la de su propia figura personal.

Pero, luego de la ausencia de Reggiardo en el debate de ayer (volveré luego a este punto), los otros tres tienen opciones aún de posicionarse en estos 14 días que quedan.  Muñoz fue el mejor en términos propositivos en el debate de ayer, pero sigue teniendo serios problemas de aterrizaje de sus ofertas electorales, a lo que se suma una campaña que apostó por lo elitista.

3. Los limeños y la política: En la muy buena tesis doctoral de Hernán Chaparro – próxima a convertirse en libro – se brindan una serie de datos interesantes en torno a la conexión que tienen los ciudadanos de la ciudad con los políticos: capital social bajo, desconfianza interpersonal alta, baja percepción de respeto a las normas, baja percepción de eficacia, muy poca vinculación e interés con temas políticos. En ese panorama, pedir compromiso suena pedir fresas a los naranjos. El voto se definirá en las dos últimas semanas. Harían bien quienes están más involucrados en estas materias en no suponer que todos tienen el mismo interés.

4. Seguridad: Lima es la ciudad que más señala que la seguridad ciudadana es un problema. En particular, porque el hurto y el robo se concentra en objetos tangibles que para muchos supone un gran esfuerzo conseguir (sueldo, cartera, celular). Y si bien es claro que las competencias de la Municipalidad Metropolitana de Lima son escasas en este sentido, la ausencia de políticas por parte del gobierno central – ¿sabían que el ministro del Interior se llama Mauro Medina? – hace que muchos sientan que nadie los atiende en este reclamo.

Por ello, que un político brinde aunque sea un mínimo de preocupación a partir de un programa de televisión les suena a muchos como sinónimo de empatía. Sí, es cierto que el espacio televisivo de Reggiardo es un show y que su plan de gobierno (que, para remate, tiene plagios) no da pie con bola. Pero, para un sector de votantes, “ya es algo”. Lo mismo con Urresti, quien ayer recitaba propuestas directas…para el Ministerio del Interior (que ya ocupó, sin muchos resultados).

5. Insatisfacción: Es notorio que la gente está harta de los políticos y que, en ese clima, alguien que “diga las verdades” (a pesar que sean, en realidad, postverdades) tiene como calar. Belmont (al igual que Philip Butters) recurre al elector más amargo con la política, les da sentidos comunes en los que pensar y los empaqueta en un discurso mediático que le da legitimidad a las bajas pasiones que muchos sienten. No importa que tan machista o xenófobo sea este discurso (y, por tanto, condenable), un sector de ciudadanos se siente identificado con alguien que reafirma su visión del mundo. Y no importa que Belmont presente un PPT bastante rudimentario como plan. No tuvo un plan en 1989, no debatió y ganó. A eso aspira a repetir casi tres décadas después.

6. Locuacidad: Reggiardo y Belmont (y hasta cierto punto, Urresti) son productos mediáticos que se sostienen en base a la palabra y el mensaje directo, sin remilgos. Y en ello se oponen al cada vez más impopular Luis Castañeda Lossio. Como indica Alfredo Torres, una ley histórica en el Perú es que muchas veces el elector busca a un candidato con características opuestas a la actual autoridad. Si el alcalde es poco locuaz, ahora están buscando a alguien con “floro directo”.

Por ello – además de las cuestiones de principio – es que el desplante de ayer de Reggiardo le puede salir bastante caro. No acudir al debate no solo es una falta de respeto a los electores, sino que también, en términos tácticos, es un error serio. El postulante de Perú Patria Segura ha apelado a la victimización, pero esta le puede salir cara. Y probablemente Belmont esté pensando en acudir al debate, luego que vio que Urresti acudió a la polémica y buscó aprovechar ese espacio.

¿Puede cambiar el panorama? Sí. El primer debate y el berrinche de Reggiardo ha tenido el acierto de comenzar a colocar en agenda la campaña municipal. Hay un grupo que rechaza a los tres punteros que mira otras opciones. El destino judicial de Urresti – procesado por el asesinato del periodista Hugo Bustíos – se define tres días antes de las elecciones. Los colocados en el segundo debate tienen mayor opción de recordación y van a ver lo hecho por los otros diez contendientes. En un contexto donde la seguridad solo es un golpe de efecto y el transporte ya no será una potestad de la MML (está por aprobarse la Autoridad Única de Transporte en segunda votación), hay aún mucho pan por rebanar.

Para variar, esta elección se definirá en los últimos días.

Partidor municipal limeño

MML
Foto: Gestión

La campaña electoral para la Alcaldía Metropolitana de Lima sigue en el mismo tenor que hace dos meses: la apatía.

Varias razones explican el fenómeno: la concentración de la atención pública en los escándalos de corrupción vinculados al sistema de justicia; la ausencia de un candidato que concentre un antivoto bastante alto como para convertir la elección en plebiscitaria (Luis Castañeda Pardo solo hereda parcialmente las antipatías sobre su padre); el desgaste de las gestiones Villarán y Castañeda Lossio ha generado que la plaza limeña sea un puesto menos atractivo en lo político y, por supuesto, la ausencia de un proyecto político que seduzca al elector limeño.

Por ello, es que, en todas las encuestas, el real puntero es el candidato denominado Ninguno. A todos los factores antes mencionados, debe anotarse uno más. Muchas personas han optado, ante el desencanto sobre los políticos, por mantenerse ajenas a los asuntos públicos o a las noticias políticas. Por tanto, su atención se producirá en los días previos a la elección. Ello hace que el resultado de la elección siga siendo impredecible, aun cuando solo falten seis semanas para acudir a las urnas. Más aún cuando, salvo un candidato, el resto no supera el 10% de intención de voto en las encuestas.

Resulta relevante que la encuesta más reciente de Ipsos Perú incluya entre sus preguntas el conocimiento de los candidatos. Al ver esta pregunta con la intención de voto, existe una correlación entre conocimiento del candidato y su posición en las encuestas. Aquellos postulantes que tienen menos recordación tienen menor intención de voto. Y en una campaña apática, resulta fundamental hacerse conocido. El problema es que, hasta el momento, ninguno de los candidatos tiene una estrategia clara para ello.

Reggiardo
Foto: El Comercio

Así es que se puede explicar el primer lugar que Renzo Reggiardo ocupa en las encuestas. El excongresista ha mantenido un programa televisivo dedicado a la seguridad ciudadana, una de las principales preocupaciones de los limeños. Más allá que muchas de las fórmulas prometidas por el líder de Perú Patria Segura sean más cercanas a un aspirante al Ministerio del Interior que a la alcaldía de Lima, lo cierto es que está fórmula le ha rendido resultados. A ello se suma la adhesión momentánea de ciudadanos más cercanos a Fuerza Popular o Solidaridad Nacional, pero que no simpatizan con sus candidatos actuales. Sin embargo, no tiene la carrera ganada. Hasta ahora, nadie explota la endeblez de sus propuestas o que su partido sea una suerte de empresa familiar (en forma literal).

Belmont
Foto: Trome

A muchos ha sorprendido el puesto que ocupa Ricardo Belmont. Pero responde la misma lógica que Reggiardo: medios que permanentemente transmiten sus mensajes y, ademas, una relativa buena imagen ganada con un mensaje que ha calado en un sector: las deficiencias de su gestión municipal se debieron al boicot de Fujimori. Cuestión que solo es parcialmente cierta, considerando que Andrade hizo más con los mismos recursos y facultades recortadas. Al mismo tiempo, el Hermanón empata con ciertos sentidos comunes extremistas. Basta escuchar sus programas para ver la mezcla de teoría de la conspiración con xenofobia que es alentada por oyentes que creen a pie juntillas su discurso. Su flanco débil: además de sus declaraciones del siglo XIX, su indescriptible plan de gobierno.

Urresti
Foto: Perú.21

Lo mismo ocurre con Daniel Urresti. El controvertido exministro del Interior es seguido por una mezcla de amantes del efectismo en materia de seguridad y de gente que aprecia los trolleos a apristas y fujimoristas. Pero Urresti lleva dos pesadas mochilas: su juicio por su presunta participación en el asesinato del periodista Hugo Bustios (que ya le ha costado una denuncia por posible falsificación de documentos) y las conexiones del vientre de alquiler que lo lleva – Podemos Peru – con el operador José Cavassa, hoy en prisión por sus vínculos con la mafia judicial que escuchamos en los audios.

LAy
Foto: El Comercio

Humberto Lay vive de la imagen de persona honesta y de su recordación como congresista. Pero no mucho más que eso. Su plataforma municipal es endeble, mantiene una vision conservadora, varios de sus candidatos distritales son poco conocidos y la edad – considerando el antecedente de PPK – le juega en contra.

Castañeda Pardo
Foto: El Comercio

Luis Castañeda Pardo no tiene más mérito que el apellido. Ello explica su intención de voto y también su antivoto. Aunque la elección no es plebiscitaria sobre el tres veces alcalde de Lima, lo cierto es que las cruces del candidato son la mediocre tercera gestión de Solidaridad Nacional y los alcaldes distritales elegidos en 2014 con colores amarillos y que hoy están presos.

Capuñay
Foto: Perú.21

Esther Capuñay aprovecha también la exposición mediática. Pero, a diferencia de otros postulantes, tiene dos radios a su disposición para promocionarla. Ello le ha permitido salir del pelotón de otros. También ha buscado hacerse notar como la única candidata mujer, pero sin añadir un enfoque de género a su plataforma. Las intervenciones de Capuñay usan su trabajo clientelista, pero aportan poca sustancia al debate sobre la ciudad.

Enrique Cornejo
Foto: La República

En la elección pasada, Enrique Cornejo fue una sorpresa. Mostró conocimiento técnico sobre la ciudad y arrinconó a Castañeda. Pero hoy es una sombra. Sin duda, ir con un partido nuevo y las complicaciones del caso Lava Jato lo han dejado con pocas opciones.

Beingolea
Foto: RPP

Alberto Beingolea podría merecer mejor suerte. No solo es una persona seria y fue un buen parlamentario. Y el plan de gobierno del PPC está bastante bien estructurado. Pero su campaña ha tenido perfil bajo, su partido no termina de recuperarse de su crisis interna y, en algunos casos, se ha caído en querer forzar reelecciones directas o conyugales. En lo personal, creo que el principal baldón de su candidatura es llevar a un procesado por desaparición forzada, el actual alcalde de San Borja Marco Álvarez Vargas, como teniente alcalde.

Muñoz
Foto: Perú.21

El caso de Jorge Muñoz es un claro ejemplo de lo que no se debe hacer en comunicacion política. Su campaña ha buscado convencer al elector que puede tener un “Limaflores”, aún cuando no necesariamente eso sea lo que aspire, por diversos motivos. Peor aún, la campaña se le ha vuelto un boomerang pues, a las acusaciones de supuesta pituqueria, le ha abierto un flanco con los vecinos insatisfechos de su propio distrito. Muñoz no ha sabido tener un sello que potencie ir con un partido relativamente limpio como Acción Popular y con un plan de gobierno que tiene buenos aportes.

Manuel Velarde
Foto: La República

Manuel Velarde anda en pasos similares a Muñoz, aunque con menor gravedad. Su principal problema es desconocimiento y hasta ahora no puede revertirlo. En la última semana ha ensayado enfilar como el candidato anticorrupción, donde su perfil contrario a Castañeda lo puede ayudar, pero aún no prende, por problemas de ejecución de la estrategia. Velarde tiene uno de los planes de gobierno más consistentes, pero tampoco lo explota. Y su gestión en San Isidro le ha ganado defensores y detractores, pero ambos siguen siendo AB. Tiene poco tiempo para resolver este problema.

Gustavo Guerra García
Foto: La República

Gustavo Guerra García tiene también un buen plan de gobierno y un perfil honesto. Pero sus dificultades son otras. No comunica en sencillo y requiere una dosis adicional de soltura. Pero su principal problema es ser, entre quiénes lo conocen, demasiado identificado con la gestión Villarán. Por más que GGG haya tomado distancia de la exalcaldesa y haya hecho un mea culpa, está va a ser su cruz, además del desconocimiento sobre él.

Los demás tienen menos opciones. Entre ellos, es especialmente bochornosa es la campaña de Diethell Columbus, con cambio de nombre y propuestas inviables, además de los costos de ser el candidato fujimorista en el peor momento de la agrupación desde el 2000.

Quedan seis semanas. Tiempo aún largo en una campaña electoral peruana.