Guía para la elección presidencial 2021

(Imagen: Andina)

Advertencia: Mucho de lo que voy a señalar aquí va a romper con tu cámara de eco. Así que, antes de matar al mensajero – o a los que voy a citar aquí – sería bueno que te concentres mucho más en el contenido.

La historia enseña. Sobre todo, cuando la misma es adecuadamente leida e interpretada, a partir de información fiable y clara.

Recientemente, Alfredo Torres – el director de Ipsos Perú por décadas – ha publicado un texto que recomiendo leer: Elecciones y Decepciones. Coincido con José Carlos Yrigoyen y Omar Awapara con que la parte de relato histórico podría ser prescindible, pero que, sin duda alguna, la sistematización de tendencias que realiza sobre las tendencias de los votantes peruanos en las últimas cuatro décadas es bastante acertada. Si bien Torres ha tenido errores graves – basta ver el fiasco que fue su intervención en el caso del indulto a Fujimori -, cuando se dedica a lo suyo ha presentado información muy fiable.

Y a partir del texto de Torres, creo que podríamos mandar las siguientes premisas claras a nuestras élites que, como cada elección presidencial, se asustan con varios resultados.

El peruano promedio no está interesado en la política: Amigo que paras en Twitter o en Facebook haciendo tus statments, devoras cuanta información sale en medios de comunicación y redes sociales, asume que eres una minoría. Sostenidamente, todas las empresas que hacen encuestas de opinión pública señalan que este sector está entre el 20% y el 30% de ciudadanos. Y no es que tus compatriotas sean unos irresponsables, pues hay varias razones para ello: no tienen tiempo, no tienen ganas, no consideran que el Estado les va a resolver sus problemas o sus ocupaciones no les permiten estar atentos a estos temas. Es decir, la desafección política tiene ya buen tiempo larvando.

El peruano promedio es nominalmente religioso: Esto quiere decir dos cosas. De un lado, un mensaje abiertamente laico no es algo que aún cale en un país donde más del 90% dice que se adscribe a una confesión religiosa. De otro lado, que tampoco optará mayoritariamente por opciones radicales en esa materia, pues normalmente va a un servicio religioso más por cuestión social que por convicción real. Pero, ojo, rasgos como la honestidad sí son bien vistos por la gente. Y esto explica, con mayor certeza, por qué la gente votó por el Frepap en 2020 para darle una bancada importante. Además, no todo religioso es conservador, cuestión importante para lo que veremos luego.

Ni los mensajes de izquierda ni los de derecha son mayoritarios en el Perú: Nuestros zurdos locales pecan, salvo honrosas excepciones, de ir más por la doctrina y la ideología que por cuestiones más concretas. La historia lo dice: sus mejores resultados han sido cuando han tenido líderes que tradujeron sus consignas en cuestiones más concretas (Barrantes, Villarán, e incluso Mendoza en 2016) o sus propuestas pasaban como slogans (Humala). Pero lo mismo le pasa a nuestra derecha más liberal y a buena parte de la conservadora. De allí los límites naturales de candidatos como Vargas Llosa, Lourdes Flores y PPK.

Esto no quiere decir que exista un centro ideológico: Si bien es cierto que la mayor parte de gente dice ser “de centro”, esto significa varias cosas. O que no tiene claras estas categorías ideológicas, o que prefiere colocarse al medio para “no chocar con nadie”, o que la categoría puede incluir populismos de diverso tipo al igual que a doctrinarios de lo que llamaríamos – tomando las palabras de McEvoy y Vergara – republicanismo. Es una categoría a la cual la gente le coloca lo que quiere y que la entiende como desea.

No somos ni tan estatistas ni tan pro mercado: Una cuarta parte del país cree genuinamente en la inversion privada en forma nítida. Pero hay un sector importante que cree en empresas públicas o en algún tipo de control de precios, sobre todo, por el tema de las tarifas. En realidad, el sector mayoritario es al que Torres le llama “semi libre mercado” con 47%. Digamos que Jaime de Althaus y Óscar Dancourt podrían tomarse unas chelas, con distancia social, contemplando que el Perú no calza con ninguno de sus supuestos ideológicos.

Con estas coordenadas puestas, comencemos a aterrizar en el presente. Esta elección se desarrolla en medio de una de las peores crisis de la historia peruana: más de 100,000 muertos con la pandemia, miles de peruanos que pasaron de retorno a la pobreza, procesos de duelo inacabado – que se suman a otros, como los vividos durante el periodo de violencia 1980 – 2000 -, rabia, crisis política de noviembre (y que a cada rato amenaza con repetirse) y desesperación por el día a día. En ese contexto, la desafección crece y resulta difícil que las personas se interesen en la política.

Entonces, al ver la historia y el presente, es que podemos entender mejor por qué tenemos las encuestas y simulacros de votación que tenemos ahora. Y a partir de allí podemos concluir que:

Ninguno es el candidato preferido: Hoy menos que nunca la gente está enchufada en la política y no ha pensado siquiera en quién va a votar. Más aún, en un quinquenio en el que hemos tenido cuatro presidentes, dos Congresos que han sido una desgracia, las secuelas de los casos Lava Jato y Cuellos Blancos y a todos nuestros presidentes desde Morales Bermúdez para adelante – con excepción de los fallecidos Belaúnde y Paniagua – condenados o investigados por violaciones a los derechos humanos y/o casos de corrupción. Esta desafección es más notoria en un sector bastante claro, como bien ha apuntado Mauricio Saravia: mujeres fuera de Lima, mayores, pertenecientes a sectores socieconómicos más pobres. Hasta ahora, ningún candidato les ha hablado a ellas, ni en propuestas ni con un ápice de humanidad. Añadiría también a los jóvenes que salieron a marchar contra el régimen de Manuel Merino, a los que ningún candidato se ha dirigido.

Por ahora, Lescano ha apuntado mejor sus fichas: Esto se debe a varios factores: un rostro que era relativamente conocido y que ha sido consistente en su prédica sobre la defensa del consumidor – que sus medidas sean impracticables o poco técnicas es otra cosa – en un contexto en el cual hay una creciente mala imagen de las empresas privadas (Lava Jato, Club de la Construcción, aportes ocultos de campaña, problemas previos de trato a los clientes y comportamiento de algunas compañías durante la pandemia). Sumen a ello que postula por una marca conocida que es una confederación de caciques locales – desde gobernadores regionales hasta alcaldes en distritos mesocráticos de Lima -, en la que Merino aparece como uno más – y del que Lescano quiere diferenciarse al toque – , donde hoy todos los bandos internos están alineados para ganar. No en vano AP ha sido el único sobreviviente de todos los partidos históricos (el APRA ha muerto para todo fin práctico y el PPC se juega la permanencia en la categoría).

La disputa por el segundo lugar es entre candidatos que solo le han hablado a su capilla: López Aliaga recoge el voto conservador que por años construyó Cipriani – buen apunte de Álvarez Rodrich – y que busca emular a Bolsonaro. Keiko Fujimori ha quedado pasmada en su voto duro que vive del recuerdo ya no tan eterno de su padre, el último dictador. George Forsyth es la novedad que se ha desinflado a falta de buen contenido y operadores políticos efectivos. Y Verónika Mendoza ha insistido con temas como una nueva Constitución que solo le hablan a su público zurdo y, peor, sin considerar que, la demanda es más acogida para plasmar pulsiones conservadoras lejanas de su programa. Todos, en general, están empatados. Y todos, además, le hablan a sus votantes de siempre.

Existe un segundo pelotón con miras a subir, ayudar a su lista parlamentaria o mantener la categoría: Allí se encuentran Avanza País, el Partido Morado, Alianza Para el Progreso, Perú Libre, Somos Perú, Podemos Perú y el Partido Nacionalista, con candidatos que representan a un archipiélago de intereses que, en algún momento, pudieron abarcar más sectores pero que hoy, por lo menos en la lid presidencial, se encuentran atrapados en las limitaciones de sus líderes. Aquí se encuentran representados el liberalismo económico semi conservador (de Soto), el centro más ideológico (Guzmán), el empresario provinciano con miras de hacerla en la capital (Acuña), el dirigente sindical provinciano radical (Castillo), el político provinciano con cierto kilometraje (Salaverry), el exmilitar de mano dura (Urresti) y el único expresidente que postula (Humala). Básicamente, este es el sector que puede moverse más hacia el pelotón de arriba y saltar a una segunda vuelta o liquidar cualquier opción futura.

La campaña será la más corta en décadas: A diferencia de otras contiendas electorales, que se iniciaron incluso con largo tiempo – recuerden la campaña de 1990, que duró 3 años -, esta apenas tendrá 3 semanas. Tiempo suficiente para que las distintas postulaciones puedan ajustar mensajes y contracampañas. Aquel que sea más empático con las necesidades de las personas y con su estado de ánimo, pasará a segunda vuelta. Por ahora, salvo quienes aparecen en otros, todos los demás tienen opción. Prepárense para lo que viene. Será bastante duro.

Maradona (1960 – 2020)

Diego Armando Maradona comenzó a morir hace 26 días. En su última aparición pública, con motivo de su cumpleaños número 60, en la cancha de Gimnasia y Esgrima, el club al que dirigía, apareció una figura lastimera. Con andar lento y pausado, apoyado por dos auxiliares, dijo algunas palabras, recogió algunos recuerdos entregados por la dirigencia actual del fútbol argentino y, luego de algunos minutos en el sillón – trono en el estadio vacío, se retiró. Luego vinieron las noticias sobre un coagulo cerebral del que se tuvo que operar de urgencia, drones para captar su salida de la clínica y, finalmente, hoy, la certificación de su deceso.

Con la muerte de Maradona, se termina de liquidar el siglo XX argentino. No solo fallece una de las grandes figuras consideradas como mito en el país del sur, sino que se acaba un tipo de liderazgo que sería imposible en estos tiempos.

Sin duda, los grandes fans de Maradona recordarán al genio deportivo. No hay duda que fue, con la pierna izquierda, un superdotado del balón y el primer personaje en reclamarle a Pelé aquel puesto discutido de “mejor jugador de todos los tiempos”. Sacó campeón a Argentina gracias a su genio y fue subcampeón con un equipo inferior en juego, pero con amplia garra. Inventó al Napoli y lo hizo el mejor de la liga italiana dos veces.

Pero la síntesis de lo que fue Maradona como jugador se condensa en lo que Andrés Burgo bautizó como El Partido: el encuentro Argentina – Inglaterra de 1986. Allí fue capaz de hacer un gol abiertamente tramposo, convertido en la muestra de la criollada latinoamericana – a tal punto que lo bautizaron como “La Mano de Dios” – y también de convertir el tanto que ha sido catalogado unánimemente como el mejor de la historia de los Mundiales. Esta contradicción no fue ajena a los otros Maradonas que habitaron en él.

Era un deportista con un don especial, pero también estaba atrapado por sus adicciones. Primero la cocaína, luego las pastillas, finalmente el alcohol. Y, por supuesto, un entorno capaz de exprimirlo – como lo hicieron con tantos ídolos latinoamericanos, como Lavoe, como La Lupe, como Lucha Reyes – hasta el último, hasta que diera lástima.

Se podía solidarizar con causas justas, como la búsqueda de hijos y nietos robados durante la última dictadura militar argentina. Pero también le dio abrazos a Menem – quien indultó a los jerarcas de la Junta – y era amigo de Fidel y de Chávez, que no pasarían un test sobre respeto a los derechos humanos.

Hoy, día de la no violencia contra la mujer, se ha recordado, con justicia y con razón, las serias acusaciones contra Maradona sobre agresión física y psicológica contra varias de sus exparejas y sobre pedofilia en Cuba. Además del reconocimiento tardío de varios hijos extramatrimoniales. Y, desde Argentina, con perplejidad para muchos (me incluyo), aparecen personas que se proclaman como feministas y que revindican la apropiación de algunos aspectos del controvertido deportista.

Trataba de autojustificarse con una frase como “la pelota no se mancha” que, como señalaba hoy el sociólogo Pablo Alabarces, era errónea, porque olvidaba la corrupcion existente en la FIFA. Aquella entidad con la que se peleó – “me cortaron las piernas”, dijo ante el caso de dopaje en Estados Unidos 1994 – y se amistó a ratos. Como lo hizo con la prensa, a la que le dedicaba varios de sus mejores bytes, pero a la que, en alguna ocasión, le disparó perdigones.

Esta mañana, en RPP, la radio más importante del país, el legendario periodista argentino Ezequiel Fernández Moores recordaba un programa televisivo llamado “El Gen Argentino”, en el que se buscaba reconocer a los personajes más importantes de la historia de dicho país, ad portas de su bicentenario. En la categoría Deportes, los finalistas eran el quíntuple campeón mundial de Fórmula 1, Juan Manuel Fangio y Maradona. Ganó el corredor. Tenía un imagen más limpia, a pesar que, como recordó EFM, el automovilista tenía acusaciones de colaboración con la dictadura militar y un hijo no reconocido.

Lo mismo le pasaba en la comparación con Pelé, más cercano al establishment de la FIFA y a las corporaciones. Como menciona el título de un largo artículo del periodista Alejandro Wall sobre las luces y las sombras del futbolista, Maradona era la confusión argentina. Y por ello genera las pasiones que motivó, incluso en el día de su deceso.

Finalmente descansa. De sí mismo y de su entorno.

La Coalición Conservadora

En su columna de esta semana en IDL – Reporteros, Gustavo Gorriti señala que:

El lunes 9 se perpetró el ataque usurpador contra la democracia. Descrito con dureza pero precisión por Eloy Jáuregui como “el asalto vandálico a Vizcarra organizado por el fujimorismo chavetero, los rateros del Lava Jato, los Cuellos Blancos del Puerto, los fascistas religiosos, los mafiosos de las universidades, los populistas y la anuencia de la derecha bruta y achorada”. Hubo algunos que se sumaron a la usurpación por razones pequeñas, sin saber qué estaba en juego, pero lo que hubo detrás de todo fue una conspiración manejada por la ultraderecha, aquella que navega entre Torquemada y las offshore, para borrar lo logrado en la etapa más longeva de vigencia democrática en nuestra historia“.

En la cobertura que se ha tenido sobre el proceso de vacancia, ha primado la crónica sobre los intereses menudos y más visibles. Aquellos que tenían forma de universidad no licenciada, procesos judiciales en curso – que van desde casos vinculados al conflicto armado interno hasta Lava Jato, pasando por Los Cuellos Blancos de la Corrupción – y el asalto al presupuesto nacional. Pero no se ha tomado en consideración a un conjunto de personajes que resultó visible en el efímero gabinete de Antero Flores – Araoz y que tiene una agenda clara, que se ha ido redefiniendo con el transcurrir de las últimas dos décadas.

Cuando Valentín Paniagua asumió la Presidencia de la República, esta facción estaba muy golpeada. Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos fugaron. Sus secuaces comenzaron a ir a la prisión y otros comenzaron el largo camino hacia el reciclaje. Algunos intentaron una candidatura que buscara darle opciones, como la de Carlos Boloña, pero las revelaciones de aquel verano de 2001 y su impúdica estadía en un asentamiento humano para ganar votos lo sepultaron. No dejaron de buscar alguna capacidad de golpe, traducida en una celada de Nicolás Lucar con un falso testimonio en contra de Paniagua, que el entonces mandatario supo responder con elegancia y firmeza. En esos momentos, querían resistir.

Este grupo comenzó a rearmarse contra el gobierno de Alejandro Toledo. La eterna vocación por el yerro en su vida personal, las negociaciones bajo la mesa con un sector cercano a estas voces – aquellas conversaciones con representantes de broadcasters caídos en desgracia, antes que el gobierno quisiera retirar las licencias a los canales cuyos dueños delinquieron, fueron la mayor muestra – y el manejo frívolo de la cosa pública que caracterizaban al otrora líder de Perú Posible generaron que, rápidamente, estas personas recobraran fuerzas.

Fue en ese contexto que se pudieron cancelar algunos procesos de reforma – como el recambio constitucional impulsado por Henry Pease, que tantas cosas hubiera resuelto -, atacar instituciones transicionales de prestigio como la Comisión de la Verdad y Reconciliación y, por supuesto, comenzar con el epíteto como descalificación a sus críticos. Fue en ese contexto que surgieron chapas como “cívicos” o “caviares”, una muestra de la necesidad de empatar la defensa de la democracia y los derechos humanos con cierto color de piel y la descalificación de esas personas como elitistas y lejanas de las necesidades populares. No pudieron vacar a Toledo porque, en aquel momento, los políticos opositores acordaron defender el régimen. Eran los años en los que Alan García salía a paros nacionales a la par que viajaba a Washington para asumir posiciones más cercanas al mercado. O Flores Araoz no dudaba en defender la Constitución frente al Andahuaylazo.

En paralelo, como ha contado Gorriti en su libro Petroaudios, hubo una importante ósmosis entre espías que habían quedado desempleados con la caída de Montesinos, ciertos gobiernos regionales, operadores políticos y empresariales con columnas de opinión y ciertos intereses con sabor a naranja y a uniforme de camuflaje. Varias de las primicias contra Toledo, señala el veterano periodista en su texto, vinieron desde allí. Y esa ósmosis operó durante la campaña electoral de 2006, en la que Alan García ganó la presidencia otra vez, a pesar de su desastrosa primera administración.

Fue precisamente en los años en los que García volvió a gobernarnos en que esta coalición conservadora se empoderó. Ya en la campaña electoral, periodistas como Marco Sifuentes comenzaron a notar que habían cercanías que recordaban que el mal menor de aquella elección seguía siendo un mal. Ya en el poder, se desarrolló un proceso que Alberto Vergara describió con precisión al final de aquel periodo:

Etapa política inicial: García tenía el Parlamento bajo control con una sólida bancada aprista, pero le temía a la derecha informal (empresarios, militares e Iglesia), le inquietaba que comploten contra él, por lo cual, astuto, decidió incluirlos en su coalición de gobierno: era mejor tener al enemigo en casa. Fue un matrimonio por conveniencia. Etapa sociológica: a García le hizo ilusión que sus nuevos compañeros de ruta lo piropeasen, que los mismos que lo maltrataron tanto lo reconociesen como uno de ellos, y así el estratégico matrimonio por conveniencia fue transformándose en cariño. Etapa final e ideológica: si ya no era matrimonio por conveniencia, la relación no podía fundarse en meros intereses, el enamoramiento requería de votos de amor a la familia, a la propiedad privada, al Perú blanco y sagrado. Transcurridas las tres etapas, no solo se había amistado con el libre mercado, era la versión laica de Cipriani

Eran los años en los que García hizo del hortelanismo – aquella masacota fofa que ligaba cantos a la inversión privada con el conservadurismo más ramplón – la doctrina aceptada en la CONFIEP. Pero también fueron los años en los que se buscó la toma de dos instituciones importantes en el país.

Los conservadores lograron la captura, por unos años, de El Comercio, el diario más importante del país, ante un director ausente, que llegó luego de un golpe de Estado familiar. Mientras que el entonces Arzobispo de Lima, azuzado por una turba que en España sería defensora de Vox, buscaba apoderarse de la Pontificia Universidad Católica del Perú. En el segundo caso, luego de un enfrentamiento donde algunos prelados hoy caídos en desgracia fueron los aliados vaticanos del purpurado, la llegada al poder de un pontífice argentino cambió la correlación de fuerzas. En el primero, la torpeza con la que editores y editoras conservadoras manejaron la posición del diario decano durante la elección presidencial de 2011, sumado a otros errores, generaron un golpe de timón que derivó en una posición más liberal, que dejó en el desempleo a varias de estas personas.

Precisamente, aquella campaña electoral alineó más claramente a estos sectores con tres agrupaciones políticas: el APRA, el fujimorismo y Solidaridad Nacional. Fueron allí que vinieron varias batallas. La primera, evitar que Ollanta Humala encarnara la democracia y perdiera las elecciones de 2011, cuestión en la que perdieron. La segunda, tratar de lavarle la cara al fujimorismo, grupo político al que algunos auguraban una conversión parecida a la de franquistas y pinochetistas a cierto conservadurismo más democrático, pero cuya vocación por la fechoría terminaba liquidando cualquier intento de reconversión. La tercera, revocar a una alcaldesa con un manejo político torpe y que terminó sucumbiendo – como sabríamos años después – ante la corrupción. Y se sumarían a ellos los intentos por sabotear las indagaciones de la Megacomisión presidida por Sergio Tejada, que revelaban varias de las pistas de corrupción del segundo alanismo, que terminarían reventando años después en las ya conocidas confesiones de Nava y Atala.

Y fueron ellos quienes alentaron las campañas contra un Humala apocado y contra su esposa, convertida en el símbolo de la estabilidad emocional presidencial a la que querían bombardear (Claro está, ambos abonaron, con errores y cuestiones que se están investigando en el Ministerio Público, a estas campañas). Fueron los años en los que el resaltador se comenzó a convertir en símbolo de la investigación periodística con fuente envenenada.

Para el 2016, se alinearon claramente con Fuerza Popular. Pero no dejaron de envenenar la campaña, con exclusiones discutibles y discutidas, como las de Julio Guzmán y César Acuña. O se infiltaron con algunos personajes en algunas campañas, con resultados pendientes de revelar hasta el día de hoy. Perdieron por apenas 40,000 votos.

De allí, en adelante, a partir de una pataleta constante, la señora Fujimori buscó obstaculizar al gobierno de quien la venció. Y hubo tres ejes de actuación que quedaron claros: la toma de la educación peruana para salvar a universidades de dudosa reputación y consagrar la educación al conservadurismo más duro, el aprovechamiento de las investigaciones del caso Lava Jato para dejar a sus rivales antifujimoristas como más corruptos que su padre y, finalmente, obstaculizar cualquier acción de gobierno. A ese carro se subió esta coalición, que ya desde el 2017 pretendía que Flores Araoz fuera presidente del Consejo de Ministros. Pero, en el camino, las torpezas con las que se condujeron, las discrepancias sobre qué hacer con un Alberto Fujimori en libertad y, finalmente, las revelaciones que llevaron a Keiko Fujimori a ocupar temporalmente una celda en Chorrillos reventaron ese plan.

Lograron que PPK renuncie y que Martín Vizcarra ocupara su lugar. Sin embargo, no pensaron que un astuto político moqueguano les diera un primer jaque. Acostumbrado a cuidarse las espaldas de su segundo, como cualquier gobernador regional, Vizcarra les libró una guerra en la que fue capaz de arrinconarlos con iniciativas de reforma, presentar audacias como un adelanto de elecciones y, finalmente, disolverlos constitucionalmente cuando querían asaltar el Tribunal Constitucional.

Pero Vizcarra cometió varios errores: no quiso tener una bancada en el Congreso o, al menos, aliados. Se fió demasiado de un entorno muy cercano, que tenía sus propios demonios adentro. Su gestión del día a día no fue precisamente prolija. Y tenía rondando los fantasmas de su paso como gobernador en Moquegua. Cuando perdió el entorno en medio del caso Swing, se quedó solo, sin reflejos. El resto de la historia es conocida.

Cuando el usurpador Merino asumió el mando, esta coalición apareció repartiendose el botín y mostrando su rostro. Cartas notariales a la SUNEDU con sabor a amenaza. Reparto de puestos ministeriales en programas conservadores vía Facebook. Un gabinete que tranquilamente hubiera podido ser el equipo de gobierno de Jorge Videla. Intentos fallidos de utilizar a las Fuerzas Armadas para reprimir al pueblo movilizado en defensa de su democracia. Dos muertos, secuestro de personas, decenas de heridos. Promulgación de una norma que perfora parcialmente las finanzas fiscales. Y no hicieron más porque la digna y valiente reacción popular hizo que la proto dictadura terminara en apenas 5 días.

Están golpeados, pero no derrotados. La infame quitada de cuerpo de cuatro magistrados del Tribunal Constitucional – algunos de los cuales son nítidamente afines a esta coalición – para no acotar la incapacidad moral permanente es una muestra de ello. Está advertido el presidente Francisco Sagasti. Estas personas buscarán obstaculizar su gobierno. Y no solo a través del Congreso de la República. Van a buscar satanizar un gabinete paritario, competente y laico, así como a los manifestantes juveniles y sus métodos de protesta. Querrán buscar debajo de las piedras cualquier cuestión que suene a sospecha. No van a dudar en buscar algún expediente de algún personaje del nuevo gobierno para repartirlo en sobre de manila, a fin que sea colocado con resaltador. Jugarán sucio en el próximo proceso electoral. Porque no querían quedarse solo ocho meses, sino hacer un trabajo de largo tiempo. Una larga noche para el país. Porque aquí se mezcla la billetera, la búsqueda de evitar la prisión y el espíritu de cruzada de gente fanática. Claro, con una torpeza tal que los ha desnudado y que hoy lleva a que la Constitución de 1993 esté camino a la pira.

Afortunadamente, las fuerzas democráticas ya están preparadas y han demostrado su capacidad de movilización y coraje. Deberán sumarle vigilancia y, sobre todo, constancia. Hoy la mirada no solo debe estar en el Congreso y en el Tribunal Constitucional. Debe estar también en estos intereses, que ya develaron sus cartas, a los que cinco días en el poder no les fueron suficientes. A ellos, el país será claro en decirles: compitan, no comploten.

No olvidemos

(Foto: Ernesto Benavides – Getty Images)

No olvidemos a Manuel Merino de Lama, principal responsable de una tragedia política nacional. Sujeto que usurpó la Presidencia de la República, tonto útil de un cúmulo de intereses diversos, balbuceante señalador de naderías. Un aprendiz de dictador que no solo quedará como un pie de página en la historia, sino también como una sentencia penal.

No olvidemos a Ántero Flores Araoz, racista consuetudinario, conservador de baja estofa, convertido en un zombie político que no sabía que la mitad de su gabinete ya no existía. El hombre preferido por el Trumpismo peruano para ser presidente del Consejo de Ministros por su “sagacidad política” – alguien a quien proponían en casa de Cipriani desde 2017, como se ha relatado bien en KO PPK – terminó siendo el segundo responsable político de una ignonimia que, a diferencia de Bagua, debería pagarla en la DIROES. Un señor lleno de conflictos de intereses con universidades y otros sectores.

No olvidemos a Gastón Rodríguez, “ministro del Interior” de este régimen ilegítimo, investigado por sus vínculos con Iza Motors. Principal responsable en la cadena de mando por dos asesinatos, una chica vejada sexualmente en la DININCRI, un número no calculado de heridos y chicos que aún no regresan a su casa. Desaparecidos, una palabra que nunca quisimos volver a decir en este país. Tampoco olvidemos a los altos mandos policiales que deberían desfilar, instalado un gobierno legítimo, con su carta de pase a retiro, a un penal de la capital.

No olvidemos al gabinete que encarnó un asalto al poder: Franca Deza, Walter Chávez Cruz, Abel Salinas, Fernando D’Alessio, Mara Seminario, José Arista, Delia Muñoz, Patricia Teullet, Juan Sheput, María del Carmen de Reparaz, Alfonso Miranda, Fernando Hurtado Pascual, Augusto Valqui, Carlos Herrera Descalzi, Hilda Sandoval, Federico Tong, Lizzet Rojas Sánchez. Sus renuncias no los salvan de la ignonimia, ni de la responsabilidad. Y no olvidemos a la señora Delia Muñoz, buscando petardear la demanda competencial ante el Tribunal Constitucional sobre la incapacidad moral permanente.

No olvidemos a Keiko Fujimori, principal responsable política de la crisis que el país ha vivido durante los últimos cuatro años. Ambiciosa que no fue capaz de aceptar su derrota, que demolió a su bancada politica para salvarse de sus investigaciones judiciales, que quiso poner de rodillas a dos presidentes y que fue capaz de evitar el indulto de su padre, con quien ahora se ha reconciliado. Una miserable que hoy, con dos muertos, no tiene ni una sola palabra de mea culpa hacia el país.

No olvidemos a José Luna Gálvez, dueño de una franquicia política con serias dudas sobre su inscripción. Un sujeto que no dudó en poner en zozobra al país para salvar un negocio que, según SUNEDU, no cumple con las condiciones mínimas para operar. Investigado por varios casos. Que no dudó en poner a un acusado por serias violaciones a los derechos humanos, como Daniel Urresti, como furgón de cola para poder tener posibilidades políticas.

No olvidemos a Unión Por el Perú, vientre de alquiler administrado por José Vega, puesto al servicio de un condenado por asesinato y secuestro como Antauro Humala. No olvidemos a Marco Arana y al FREPAP, quienes disfrazaron de supuesto principismo una repartija de poder a la que, finalmente, no fueron invitados. Los tontos útiles de la conspiración.

No olvidemos a César Acuña Peralta, campeón nacional en falta de palabra y traición política. Un sujeto que, bajo el traje de pragmatismo, busca sobrevivir, a punta de sacrificar gente, a la mala. Ayer, por primera vez, el pueblo de Trujillo se le volteó. Ojalá pierda su “sólido norte”.

No olvidemos a Jorge del Castillo, varios de cuyos amigos y cómplices terminaron de ministros en el gobierno usurpador. Alguien de quien, en su columna de hoy, Marco Sifuentes revela lo siguiente: “Renzo Mazzei, gerente de prensa de la radio y la televisión del Estado, ha renunciado a su puesto, denunciando presiones para no cubrir la manifestación. De hecho, el Consejo Directivo en pleno renunció. No mencionaron la causa pero tengo entendido que Jorge del Castillo le escribió a uno de esos directivos por WhatsApp exigiéndole lo mismo: minimizar las protestas“. Y tampoco olvidemos a Mauricio Mulder, quien ahora busca zafar bulto de sus aplausos. Ambos, felizmente, enterrrarán lo que queda del Partido Aprista Peruano.

No olvidemos a la Coordinadora Republicana, ese grupo vetusto que buscan una encarnación de Bolsonaro o de Videla manejando al Perú. Aquella comparsa de militares en retiro, políticos en descomposición, spin doctors en redes sociales y beatos que callaban en siete idiomas sobre los abusos en el Sodalicio fue la principal cantera del equipo ministerial de la usurpación. Con sujetos destinados a dar infundios en redes sociales que merecerían tranquilamente una sentencia por difamación. Aquellos que añoran a Francisco Franco como ideal de gobierno.

No olvidemos a los periodistas que se prestaron a toda esta tragedia. Solo nombraré a dos. De un lado, Beto Ortiz convertido en todo aquello que despreciaba en su programa valiente del año 2000. Ni Nicolás Lúcar se atrevió a tanto. Del otro, Diana Seminario, que casi destroza – junto a otros exeditores – al principal diario del país, como lo registré en mi libro “El Comercio y la política peruana del siglo XXI”, convertida hoy en la operadora del conservadurismo más ramplón. La audiencia sabrá castigarlos como se debe.

No olvidemos algunas tibiezas. Una CONFIEP que no dijo nada sobre los procesos de vacancia contra Martín Vizcarra y que hoy requiere un cambio generacional a gritos. Un alcalde de Lima que recién, cuando se informó el primer muerto, asumió las funciones que hace dos años deja en su escritorio. Candidatos presidenciales que se han callado en todos los idiomas sobre la principal crisis política. Periodistas que no se atrevieron a zanjar con la interrupción del orden constitucional y que no llamaron golpe al golpe, asalto al asalto, asesinato al asesinato.

No olvidemos, finalmente, a la Generación del Bicentenario. Aquella que en medio de estos nombres ignominiosos, salió a defender su democracia, su libertad, su educación, su país. El nuestro. Aquella que está terminando el trabajo que quienes la precedieron – incluyendo a la mía – no pudieron terminar: sanear al Perú. Como decía González Prada: “¿De qué nos vale ser hombres, si el daño de ayer no nos abre los ojos para evitar el de mañana?

Crisis en universos finitos

Los dos protagonistas de esta triste historia (Foto: Congreso de la República)

Hoy el país amaneció sin gabinete ministerial. Mientras cantaba el gallo, el Congreso de la República le negó la confianza al equipo encabezado por Pedro Cateriano. Una muerte no anunciada, pero que se fue larvando en apenas 20 días. Y con varios responsables.

Comencemos por Pedro Cateriano. Llegó con la expectativa que su experiencia política sería suficiente para maniobrar con un Congreso con intereses muy dispersos, así como un mayor alineamiento del gabinete a favor de la inversión privada y la reactivación económica. El problema fue que no pudo demostrar ni lo uno ni lo otro. Y, en parte, fue por su propia responsabilidad.

Los ministros que trajo Cateriano fueron un solo de deslices. Desde las marchas y contramarchas de un canciller que un día le decía sí al Acuerdo de Escazú para proteger a líderes ambientales y al otro decía tal vez, hasta un bisoño ministro de Trabajo que no atinaba ni a justificar su puesto. Sumen a ello a dos fantasmales titulares de Ambiente y Energía y Minas. Lo mejor del gabinete eran ministros que venían del equipo anterior y una atildada Pilar Mazzetti, cuya valía se ha hecho demostrar durante la pandemia.

Pero también el tono del presidente del Consejo de Ministros no fue el más adecuado para estos tiempos. Priorizó reuniones con un venerable patriarca como Luis Bedoya Reyes antes que con grupos más representativos de la sociedad peruana. Se terminó sorprendiendo – según lo que dicen los periodistas cercanos a él – de lo dividido que estaba el país, cuestión que era evidente desde la elección del 2011 (y más aún con la de 2016). Terminó siendo más afiatado para dialogar con partidos tradicionales bien parados en el 2015 que frente a coaliciones de independientes pegadas con babas (y con intereses ideológicos y mercantiles bien diversos) en el 2020.

Y eso se notó en el discurso de ayer. Si bien Cateriano inició con empatía su discurso y le dio el primer lugar a la salud, eso se fue diluyendo conforme entró a la parte económica. Sí, Cateriano tiene razón en decir que la minería será un motor importante para reactivar – dadas las circunstancias, no nos queda otra -, pero no podía mandarse con un discurso que terminaba dando demasiados guiños al hortelanismo de Alan García, hoy tan criticado como el fallecido expresidente, en momentos en que la empresa privada tiene la mayor crisis de credibilidad en décadas. Y muchas de las metas que se puso parecían las de un gabinete de entrada y no, como se asumió en el mensaje de 28 de julio, por un gobierno de salida, en medio de una crisis.

Dicho esto, el Congreso de la República dio ayer un espectáculo lamentable, en medio de una de las peores crisis de la historia republicana. Y allí hay varias cuestiones que decir.

Para comenzar, sería interesante que el presidente del Poder Legislativo, Manuel Merino de Lama, aclare la versión que circula desde ayer en varios círculos políticos y que hoy se señaló con pelos y señales en Radio Santa Rosa y RPP: que el miércoles tuvo una cita con Cateriano para decirle que, a cambio de la salida del ministro de Educación Martín Benavides, le darían el voto de confianza.

Benavides está pedido por el Congreso de la República, no por la frustrada compra de tablets para la educación básica, sino básicamente por su gestión al frente de SUNEDU, una entidad que ha mandado al retiro a universidades que no cumplían las condiciones para funcionar – como las vinculadas a José Luna Gálvez, líder de Podemos Perú o Alas Peruanas, en algún momento muy cercana a Joaquín Ramírez – o que había puesto en vereda a casas de estudio cuyos propietarios se quejaban de la “tramitología” – como el caso de Raúl Diez Canseco, precandidato presidencial de Acción Popular – o que quedaron muy acotadas, como el caso del consorcio universitario de César Acuña. Una de las reformas más importantes de los últimos años, que varios actores desean desandar o, simplemente, cobrar venganza.

En esto, Cateriano tuvo quizás el mayor acierto de su gestión: defender a su ministro de Educación y no ceder ante las presiones. Cuestión en la que debería acompañarlo el presidente de la República, ratificando al señor Benavides como gesto político. Y aunque probablemente este Congreso lo termine censurando, el Poder Legislativo deberá asumir el costo de bajarse a un tercer ministro en lo que va del quinquenio, básicamente, por las mismas razones que le costaron la cabeza a Jaime Saavedra y Marilú Martens.

Sumemos a ello intereses que pueden tener cierta legitimidad, pero en los que cabría preguntarse si la forma era la mejor para ello. En el caso del FREPAP, resulta evidente que han priorizado el gesto político frente al drama que se está viviendo en las regiones frente al Covid 19 y otras carencias estatales que han quedado expuestas en la pandemia. Y el Frente Amplio – como buena parte de la izquierda – considera que nos encontramos ante un momento de crisis del capitalismo (como señala Zizek), cuando lo que tenemos es una grave fisura de confianza en la empresa privada, luego de escándalos previos a la pandemia (Lava Jato, Club de la Construcción, financiamiento irregular de campaña) como de problemas que se han expandido con la misma (mala vocería, pésimo manejo de crisis, horrores en el comercio electrónico, pésima atención al cliente). Cuestión que la derecha minimiza pero la izquierda agranda como si fuera un periodo constituyente. La ceguera ideológica está en ambos lados del espectro político.

Pero si habría que centrar la crítica en dos partidos, sería en Alianza Para el Progreso y Acción Popular. Ambos sabían ya cómo votarían sus colegas. Y procedieron a hacer lo que en una democracia supone un acto de cobardía: abstenerse (en bloque en APP, partidos en AP). ¿Qué pesó en Alianza Para el Progreso: cálculo electoral, salvar la calamidad de la mayoría de sus gestiones regionales o simplemente cobrarse que SUNEDU haya acotado el negocio del líder? Y lo de AP es francamente ridículo. Una federación de independientes dividida entre precandidatos presidenciales harto disímiles entre sí, sin un discurso claro y muchos intereses propios de por medio.

Claro está, hay también fallas institucionales de fondo. Algunas provocadas por el propio presidente de la República – no jugarse por una bancada propia, aunque sea en forma discreta, e incentivar la no reelección de congresistas – y otras que son fallas de origen del modelo político de 1993, como no acotar la censura de gabinetes y ministros a la par que bloqueas la posibilidad de cerrar el Congreso en el último año de mandato.

Lo cierto es que, en el triste espectáculo vivido en las últimas horas, solo hay un perdedor: el país. En medio de una crisis sanitaria clamorosa, con fuertes complicaciones económicas y todas las costuras de la desigualdad saliendo en forma simultánea, lo menos que se podía pedir a la clase política era una cuota de responsabilidad. Hoy los ciudadanos ven este sainete y, una vez más, les darán la espalda, buscando un salvador, como cada 5 años. En esa rifa en la que se han convertido las elecciones generales desde hace tres décadas.

Covid: el gobierno y los privados

Reunión entre miembros de la CONFIEP y el gabinete ministerial, realizada la semana pasada. Fuente: PCM

Durante las últimas semanas y, sobre todo, en los últimos días, han aparecido voces que señalan la necesidad de una mayor colaboración entre el sector privado y el gobierno para enfrentar la pandemia del Covid 19. Ejemplos de ello son las columnas de Juan Carlos Tafur y David Tuesta aparecidas ayer en La República y El Comercio, respectivamente. O algunos tuits del economista Carlos Ganoza Durant. Y estos son solo algunos ejemplos.

¿Esta situación de falta de colaboración entre lo público y lo privado es real? Luego de algunas indagaciones, podemos concluir que la respuesta es que, parcialmente, lo es. Conversando con varias personas cercanas a distintos sectores (empresas, academia y Estado), podemos afirmar que:

a) En efecto, desde el sector privado hay dos tipos de preocupaciones. De un lado, no sienten que hayan suficientes iniciativas público – privadas conjuntas y que otras hayan sido rechazadas o demoradas en su implementaciones. Indican que hay puntos en los que pueden apoyar como reparto de alimentos, mejora del contact tracing para detectar y aislar enfermos de Covid, entre otras. De otro lado, consideran que algunos sectores en específico no están alineados con el Ministerio de Economía y Finanzas para reactivar.

b) En el gabinete hay división sobre el rol que le deben tocar a los privados. En algunos casos, por el temor a que una apertura mayor de las actividades económicas conlleve una nueva saturación del sistema de salud. En otros casos, porque hay una desconfianza hacia algunos sectores empresariales, en parte por la posición que tuvo CONFIEP hacia la disolución del Congreso de la República, en otra por necesidad de desmarcarse de la etiqueta de “gobierno neoliberal” que se le ha puesto desde la izquierda.

c) Desde fuera, se ve que hay razón de ambas partes. En efecto, el gobierno podría ser más proactivo en buscar la colaboración de otros actores, pues la respuesta frente a la pandemia ha sido básicamente estatal – con lo positivo y negativo que ello conlleva -. Pero no todos ven en los reclamos empresariales necesariamente una vocación altruista por apoyar, sino la posibilidad de hacer buenas relaciones públicas, así como una crítica al gobierno por no ser más liberal en materia económica.

¿Por qué se presenta este fenómeno?

Una primera ecuación tiene que ver con la naturaleza de este gobierno. Martín Vizcarra proviene desde la política regional, cuestión que obliga a que sea un actor naturalmente desconfiado, tendiente a evitar los círculos de poder de cualquier tipo y a desarrollar sus estrategias en personas de absoluta confianza. Es alguien que, además, en su relación con la empresa privada ha estado acostumbrado a un trato más distante del que han tenido sus predecesores. En los libros de Rafaella León y Martín Riepl sobre Vizcarra se da cuenta de sus complicadas relaciones con Southern Perú y cómo supo aplicar, en determinados momentos, la estrategia del garrote y la zanahoria cuando era gobernador de Moquegua. De hecho, la experiencia ocurrida con PPK, donde varios de los ministros provenían de grandes empresas privadas, hizo que el gobierno buscara desmarcarse un poco de este perfil.

Un segundo punto fundamental, poco profundizado por los analistas, es la crisis de confianza existente en el sector privado, presente no solo en el Poder Ejecutivo, sino también en varios sectores de la sociedad peruana. Sin duda alguna, buena parte del origen de este punto tiene que ver con los grandes casos de corrupción revelados en los últimos años – Lava Jato y Club de la Construcción -, las indagaciones sobre financiamiento irregular de campañas electorales – lo ocurrido con el aporte de Dionisio Romero Paoletti a Keiko Fujimori en 2011 es el ejemplo más representativo – y un problema que ya venía desde la década de 1990: mala atención al usuario, sobre todo en las empresas que tienen mayor relación con el ciudadano (retail, bancos, telefonía, luz).

Este último punto se ha agudizado durante la pandemia, tanto frente a la poca difusión de algunos mecanismos para acceder a reprogramaciones de créditos o casos puntuales en los que los usuarios no podían acceder a nuevos financiamientos bancarios o reprogramación de sus deudas. A ello se ha sumado la demora no explicada por las tiendas por departamento sobre los pedidos que han tenido pendientes de entrega antes que reiniciaran sus labores de comercio electrónico. Todos los días, en las redes sociales, aparecen quejas sobre estos puntos. Lamentablemente, tanto las cuestiones vinculadas a crisis de confianza como de credibilidad no han sido vistas con claridad por varios de los agentes económicos, lo que ha generado más sospecha, menor confianza y, sobre todo, un silencio ensordecedor.

A esto se ha sumado lo ocurrido con los créditos del programa Reactiva Perú. En una práctica poco común, el Ministerio de Economía y Finanzas reveló cuáles eran las empresas que habían accedido a estos créditos. Y aquí la prensa hizo su trabajo. Ojo Público detectó que algunos préstamos otorgados por entidades del sistema financiero fueron recibidos por empresas investigadas por casos de corrupción o que tenían empresas off shore en el extranjero. Otros países han impedido que este tipo de compañías sean beneficiarias de este tipo de programas. Aquí es necesario que el MEF haga una corrección severa para evitar que esto se vuelva a repetir. De hecho, hoy el presidente Vizcarra tuvo que hacer un anuncio en ese sentido, ante la ausencia de respuesta clara por parte del MEF.

Más discutible es lo que ha ocurrido con los créditos otorgados a grandes empresas que han despedido trabajadores o que han entrado a suspensión perfecta de labores. Para algunos, debió ser un requisito explícito que aquellas empresas grandes que recibían estos beneficios no tuvieran que recurrir a estas medidas y que debió priorizarse aún más a las PYMES. Otros consideran que las empresas grandes, por su volumen, requerían de ambos tipos de reglas y que, en casos como los medios de comunicación, arrastran una crisis severa de modelo de negocio desde hace años que terminó de reventar con el Covid 19. Sin embargo, es muy claro que la imagen de los bancos y de las empresas a las que se concedió estos créditos ha quedado significativamente mellada. Y sobre esto, hay que decirlo, nadie – ni en el sector privado ni en el Ejecutivo – se han pronunciado.

Un tercer punto tiene que ver con la visión que ha tenido el gobierno sobre la pandemia. Básicamente se ha tratado de un esfuerzo estatal, donde la recurrencia a terceros ha sido mayor con la academia y los gremios profesionales, pero menor con las empresas. Recién en las últimas semanas comienza a existir una visión más amplia de recurrir a esfuerzos mayores de concertación, en parte porque el gobierno no tiene los operadores suficientes para ejecutar todo. Pero también porque ha comenzado a comprender que se ingresa a una nueva etapa y se requiere un cambio de estrategia. A la par, algunas personas en el Ejecutivo han comenzado a dejar la mirada que achacaba exclusivamente al “aprofujimorismo” las críticas a su desempeño durante la pandemia.

Pero una última pregunta se impone: ¿realmente el sector privado peruano es, per se, mejor que su Estado? Hay claros y nítidos ejemplos que, en varias áreas, tiene mejor flexibilidad y logística para desempeñar bien sus tareas. Pero también es cierto que hay empresas que tienen fallas. Son evidentes los severos y groseros fallos del sector retail para el envío de productos de distinto tipo a sus consumidores y más aún, las gruesas fallas de comunicación para dar una respuesta a cada usuario sobre su caso.

En resumen, es importante que se convoque a todos los sectores para poder apoyar en una cruzada nacional como la que es enfrentar, en simultáneo, tanto la pandemia como las consecuencias económicas de la misma. Pero también la empresa privada tiene que hacer un severo mea culpa sobre las responsabilidades pasadas y presentes sobre su comportamiento ético y frente a sus usuarios. Sin este último componente, no podrá haber un nuevo pacto sólido entre Estado, empresas y sociedad.

Y de lo contrario, un gobierno como el que están temiendo en algunos círculos empresariales se hará realidad.

Cámaras de eco

Business Advertising Promotion. Loudspeaker Talking To The Crowd
Foto: Bigstock

Con el Covid 19 y la cuarentena obligatoria, se ha agudizado un fenómeno que ya era común en las redes sociales peruanas, pero que se ha vuelto aún más complicado. Y, peor aún, con consecuencias políticas.

No, no se trata de trolls, aunque estos también han regresado, sea por acción de asesores formales o informales de distintas dependencias estatales, así como por núcleos armados de portátiles digitales ya conocidas entre los usuarios habituales de las redes. Se trata de las cámaras de eco, que ya se habían generado en otros lados y que hoy se vienen expandiendo a mayor velocidad que la pandemia.

Buena parte de nuestras redes sociales y buscadores de información (como Google) se nutren de nuestros gustos e inquietudes personales, gracias a que están gobernados por una fórmula matemática llamada algoritmo. Esto tiene varias ventajas: nos permite llegar a artículos o información de relevancia, nos puede permitir acceder a servicios conexos que requerimos en las actuales circunstancias (por ejemplo, cualquier proveedor de despacho de alimentos que sea más efectivo que los de los supermercados). Pero también tiene una seria desventaja: potencialmente termina confinando a las personas a únicamente ver aquello que confirme sus visiones del mundo y, por supuesto, también sus prejuicios. Todo esto ya lo veíamos antes de la pandemia y llevaba, claramente, un efecto contraproducente en la capacidad de diálogo y discusión en los espacios digitales.

Pero el Covid 19 trae, además de los efectos ya conocidos – o por conocer – en la salud y la economía, una cuestión mayor: el aumento de la incertidumbre. Todos queremos saber cuánto tiempo va a durar la cuarentena, cuándo vamos a regresar a trabajar (o cuanto tiempo más continuaremos en teletrabajo) y recuperar nuestros niveles de ingresos, cuándo nos podremos mudar o hacer algún plan más allá de la semana (o, incluso, dada la forma cómo el gobierno comunica algunas decisiones, del día). Y buscamos respuestas.

Hay quienes trasladan las preguntas a quienes deben responderlas: el gobierno, los científicos, las autoridades en diversos campos, etc. Y hay que decir – sin que ello constituya una excusa – que muchas veces la respuesta será “no se”, pero dado que el “no se”  es tan mal visto en nuestra sociedad, muchas personas (sobre todo, las autoridades gubernamentales) van a tender a usar diversos giros del lenguaje. Ello explica, por ejemplo, las respuestas de algunos ministros que parecen estar más en la Luna de Paita antes que en el Perú 2020. En el fondo, sus equipos de comunicaciones les han dicho “no digas no se, a pesar que sea la respuesta”. Y a pesar que sería lo mejor, por cierto.

Pero también hay quienes quienes se fian, en el país con más alta desconfianza interpersonal de América Latina, exclusivamente en sus núcleos más cercanos: la familia, los amigos y el núcleo de gente que piensa como uno. Y la tendencia es a confirmar nuestras propias ideas y prejuicios, sin introducir los necesarios matices de comprensión de la realidad. “La cuarentena se prolonga porque mis vecinos salen” (sin saber por qué ese vecino sale de casa), “los vecinos en mi distrito cumplen la cuarentena” (cuando se mandan con tremenda cola para comprar pollo a la brasa), “las empresas privadas no hacen nada por la gente” (y sí, hay varios donativos y esfuerzos de responsabilidad social que merecerían mayor difusión), “las empresas privadas deberían hacer todo y el Estado debería dejarles todo el espacio” (ignorando que hay labores que son de competencia exclusiva y fundamental del Estado y no apreciando que hay compañías cuyo conducta frente a sus clientes tiene el tacto de un elefante en una cristalería). Todos quienes frecuentamos las redes sociales hemos visto varias de estas frases concluyentes y contundentes en estas semanas de cautiverio obligatorio.

Por ello es que vemos a diversos núcleos reafirmando sus sentidos comunes antes que sentarse a discutir soluciones de consenso. Se plantea un impuesto a la riqueza básicamente por reacción ante la pobre capacidad de reacción que han tenido los diversos grupos empresariales para atender las demandas de sus clientes finales – que en muchos casos ha sido escandalosa -, pero no se ha discutido con claridad si se gravara el patrimonio o los ingresos, asunto no menor en esta discusión. O se señala, alegremente, que la cuarentena ha fallado y que deberíamos optar por el modelo sueco frente al Covid – donde básicamente, no se ha parado – sin darnos cuenta de las características culturales diversas o, sobre todo, los dilemas éticos que conlleva adoptar un conjunto de políticas que, en un contexto como el peruano, podrían costar miles de vidas. Nos hemos tribalizado y hemos dejado de escuchar al otro. Y vemos opiniones que no ven ningún tipo de matiz.

Esto se cruza con lo que señalamos al inicio: la existencia de trolls y portátiles digitales. Desde gente que ha mentido abiertamente sobre el estado de salud del Presidente de la República hasta fotos replicadas por cuentas en Twitter afines a una entidad que presta servicios de salud.

Lamentablemente, esto está teniendo consecuencias políticas. De un lado, desde algunos sectores del gobierno se confunden legítimas críticas y cuestionamientos a su actuación con este tipo de campañas interesadas, lo que se agudiza aún más en una administración dada a escuchar a pocas personas, cuestión que debería cambiar. Y, de otro lado, como bien ha señalado el periodista Pedro Ortiz Bisso, “entre la enorme masa de críticos del andar del Gobierno se encuentran ciertos cultores del desastre, dueños de agendas conocidas, cuyo malhadado accionar el votante supo castigar en los últimos comicios“. Resulta bastante notorio ver a distintos operadores involucrados en diversas campañas haciendo una guerra política que termina siendo más infame dadas las circunstancias tan difíciles que vivimos.

En resumidas cuentas,  un buen sector de ciudadanos se ha refugiado en sus propios sentidos comunes y no está viendo nada más que su interés particular (como el Congreso actual). Otro sector, felizmente, comienza a ver el bien común y la necesidad de aportar desde donde se encuentre.

De todo esto se desprende que, aunque pueda sonar de sentido común, son necesarios los matices. Hay cuestiones que el gobierno está haciendo bien, pero otras en las que la crítica y fiscalización resulta siendo clave para que mejore. Y también deberemos ser absolutamente claros en que la capacidad del Estado peruano requiere ajustes a gritos y que, al mismo tiempo, hay áreas en las que se podrá avanzar más rápido que otras. Más directo: hay cosas que este gobierno podrá resolver y otras que no porque implica un trabajo de décadas para atender descuidos que llevan más o menos el mismo tiempo. Y ese delicado equilibrio entre comprensión y exigencia es lo que deberíamos requerir, para lo cual, sin duda alguna, deberíamos salir y romper, precisamente, nuestras cámaras de eco.

 

 

 

Vizcarra: el libro

Vizcarra Libro
Portada: Penguin Random House

Como refiere Mirko Lauer en una reciente columna, nuestros tiempos son de una inusitada abundancia de libros políticos instantáneos, un género en boga en otros países y que se ha instalado desde hace pocos años en nuestro medio.  Se trata de un subgénero en el que el principal riesgo, como señala el periodista y poeta, es el rápido traslado del éxito a las secciones de liquidación, debido a que este tipo de volúmenes podrían ser rápidamente desbordados por la realidad.

Personalmente, creo que este tipo de volúmenes son valiosos por una razón: nos permite tener una primera mirada a determinado tipo de personajes y fenómenos que, muchas veces, los científicos sociales demoramos en atisbar o, por nuestra propia metodología, debemos recorrer pasos más largos para poder asirlos. Cuestión distinta a la del periodista, entrenado en cierres vertiginosos, a los que el libro de largo aliento les da un plus en el tiempo para investigar, indagar y comprobar hipótesis rápidas sobre la coyuntura.

Vizcarra, primer libro de Rafaella León (Lima, Debate, 2019), cumple con varias de las virtudes de este tipo de textos. Se concentra en un personaje que, a pesar de ser la persona con mayor poder político en el país, sigue siendo un enigma a poco más de un año de haber asumido la Presidencia de la República. Y, en ello, ofrece verdaderas primicias sobre el carácter del mandatario, así como sobre su entorno. Con ello, el texto ofrece un primer gran aporte sobre el personaje.

El Vizcarra que León retrata no es un personaje idealizado. Por momentos se muestra dubitativo, por otros firme hasta la terquedad. Es bien intencionado en la mayor parte de pasajes, pero no deja de ser un hombre político y, por tanto, más pragmático que idealista. Tiene obsesiones – Chinchero, la educación -, temas fetiche y una mirada en la que su visión moqueguana – desconfianza incluida en los entornos limeños – se filtra más de lo que menciona en público. Al mismo tiempo, tiene un círculo de consejeros y amigos bastante acotado, lo que explica que muy pocas de sus decisiones se filtren, pero que a la vez cumplen la función de “cable a tierra” que toda persona con poder requiere.

El texto de la editora de Somos cumple con presentar entretelones de la formación del presidente como político en su región, su paso por el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, su autoexilio en Canadá y el primer año de su Presidencia. En cierta medida, complementa mucha de la información que brinda Marco Sifuentes en su reciente libro sobre Pedro Pablo Kuczynski – que comentaremos pronto – y, de hecho, si hay un personaje secundario importante en esta historia es el expresidente renunciante, quien nunca puede esclarecer por qué quiso ocupar el cargo más alto del Perú.

Otras virtudes del texto de León se hallan en dos elementos centrales. De un lado, se trata de una crónica muy bien escrita, en la que se mezcla un estilo bastante sobrio y personal, con una presentación bastante bien detallada de hechos. De otro lado, las notas al final presentan información bastante valiosa para terminar de entender muchos acontecimientos. De hecho, mi único reparo al libro es que muchas de las notas, tranquilamente, pudieron ser parte del texto principal.

Por largo, el primer libro de Rafaella León pasa la prueba del lector gustoso de leer temas políticos. Resulta recomendable para todo analista coyuntural y, por supuesto, para todo aquel lector interesado en descubrir aquel enigma que sigue siendo, en cierta medida, Martín Vizcarra Cornejo como persona y como político.

 

Fuerza Popular: cuatro hipótesis de su comportamiento

Fuerza Popular
¿Qué hay detrás de la actuación fujimorista? (Foto: El Comercio)

Una pregunta que recurrentemente me hacen alumnos y amigos es: ¿por qué Fuerza Popular tiene un comportamiento tan irracional?

La premisa detrás de la interrogante es la siguiente: el partido liderado (aún) por Keiko Fujimori tiene todos los incentivos para comportarse de otra manera. Es decir, una conducta más institucional, menos cómplice con ciertos personajes poco queridos por la ciudadanía, con mejores y mayores propuestas de políticas públicas o, siquiera, el bosquejo de algún sentido común. Y para cualquier persona que no haya estado en Júpiter en los últimos tres años, resulta claro que eso no ha sido así.

Entonces, cabría preguntarse si es que existe alguna racionalidad detrás de la conducta de Fuerza Popular. Sostengo que hay cuatro hipótesis no excluyentes en torno a un comportamiento que, para muchos, suena a errático. Y, para otros, implica dotar de un guión de una película de Kubrick a algo que se parece mucho más a un sketch de Risas y Salsa. Más allá que muchos de sus pasos sean reactivos, como bien señala Martin Tanaka, sí resulta indispensable apreciar que hay detrás de las decisiones de la cúpula fujimorista. Sin ningún orden en particular, aquí van las cuatro explicaciones.

Galarreta Bolsonaro Jr
Luis Galarreta se reunió con Eduardo Bolsonaro, parlamentario e hijo del presidente de Brasil, para, entre otros temas, dialogar sobre “cómo combatir la ideología de género” (Foto: Eduardo Bolsonaro)

En busca del “Trump” o “Bolsonaro” peruano

Resulta notorio que Fuerza Popular se ha comprado entero el rollo que algunos columnistas conservadores y activistas de ese sector le han dicho durante los últimos años: encarna nuestra agenda, refuerza tus lazos “pro vida” y “pro familia” y muestra oposición a toda política pública que contenga la palabra “género”.

Fuerza Popular ha adoptado esta posición por varias razones. Primero, los ingresos y financiamiento proveniente de iglesias y fundaciones conservadoras. Segundo, porque varios de sus parlamentarios – y no solo los evangélicos – consideran que su visión del mundo en temas valorativos anda en retroceso y planean defenderlas con uñas y dientes. Tercero, porque evalúan que la mayoría de la población peruana es conservadora y que, por tanto, optará por el partido que defienda adecuadamente estas banderas.

A ello habría que sumar el hecho que estamos ante una corriente global. El conservadurismo de derechas ha venido sumando algunas victorias (Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil son las más importantes) o ha logrado ingresar al establishment político (como Vox en España). Al mismo tiempo, estos grupos conservadores buscan aliarse para hacer una ofensiva contra los valores liberales (aunque muchos buscan darle un tinte más bien zurdo, en términos de campaña de demonización).

Una muestra de ello es la reciente firma de la denominada Declaración de México, suscrita por parlamentarios conservadores de todo el continente, que busca atemperar las resoluciones y sentencias del sistema interamericano de derechos humanos sobre temas como el aborto o el reconocimiento legal de parejas del mismo sexo. Entre los firmantes peruanos del documento, la mayoría son fujimoristas: Víctor Albrecht, Tamar Arimborgo, Karina Beteta, Freddy Sarmiento, Mario Mantilla, Marco Miyashiro y Milagros Takayama.

La muestra más explícita de este comportamiento orgánico se presentó en una reciente entrevista de Fernando Vivas al congresista Luis Galarreta, secretario general en funciones de FP, para El Comercio. Allí el parlamentario dijo lo siguiente:

— Si queremos poner una etiqueta, ¿Fuerza Popular sería conservador popular?
El fujimorismo es un partido muy popular que ha evitado que el marxismo llegue al poder.

 ¿Y conservador?
No sé si conservador es la palabra. Yo me considero de derecha, pero el partido no es lo que yo pueda opinar. Hace poco estuve en Brasil y me contaba Eduardo Bolsonaro [hijo del presidente Jair Bolsonaro], presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores, que su partido creció exponencialmente en número de parlamentarios [como FP en el 2016] y tiene que ir ubicándose en el camino.

Y si ven los tuits más recientes del almirante Tubino, se repite el mismo discurso: FP es la “derecha popular” que evitará un triunfo del “marxismo”. Y con ello no solo se refiere a desmontar las reformas de mercado, sino también a cuestiones ligadas a valores. El problema para el fujimorismo es que, poco a poco, estas posiciones más retardatarias van en retroceso en la sociedad peruana, como resalta Eduardo Dargent en su columna del miércoles pasado.

Bankada
La apuesta de FP es el debilitamiento sostenido de sus rivales (Foto: El Comercio)

Obstruir para ganar (el 2021)

Si se observa la conducta que ha tenido Fuerza Popular en el Congreso de la República, resulta clara su vocación por la obstrucción. ¿Cuál es la lógica detrás de ello?

En primer lugar, Keiko Fujimori y su entorno más cercano están absolutamente seguros que “les robaron” la elección de 2016. No es broma. Tres años después, varios dirigentes máximos del fujimorismo consideran que la elección que ganó legítimamente Peruanos Por el Kambio fue robada con una suerte de “coalición caviar” (que incluiría a actores tan disímiles como el gobierno de Ollanta Humala y el Grupo El Comercio). Por tanto, habría que ser bastante claros contra un gobierno al que algunos, sin decirlo en público, consideran como usurpador.

En segundo término, FP considera que la única forma de hacer oposición es hacer sentir su número. Es la misma forma de ejercicio de mayoría abusiva que tuvieron en la década de 1990. Equivocadamente, consideran que ello les permitió avanzar en reformas, cuando terminó siendo más bien un ejercicio poco democrático del poder. Los chats publicados hoy en La República apuntan en esa línea.

Pero un tercer punto, más relevante a esta altura, es la necesidad que tiene el fujimorismo por demostrar que todos sus rivales son “ineficientes”. Dado que no han ganado ninguna elección presidencial desde el 2000, Fuerza Popular aspira a que el gobierno fracase para ellos convertirse en la única alternativa “viable”, frente a la “amenaza izquierdista” de tumbarse el modelo económico que tiene el país desde 1990. Claro, olvidan que muchos de los proyectos legislativos más populistas y mercantilistas de los últimos años han sido propuestos desde dicha tienda.

Además, existe un punto poco explorado y que también podría explicar parte de las diferencias que FP tuvo con Peruanos Por el Kambio cuando Pedro Pablo Kucznyski era gobierno: una nada oculta disputa entre élites. Para graficarlo en términos gruesos, un clásico entre una supuesta “derecha popular” y una “derecha pituca”, entre dirigentes que mayoritariamente viven en La Molina – Surco – San Borja (fujimorismo) y los políticos – empresarios – tecnócratas de San Isidro – Miraflores (ppkausas).

De hecho, hoy, ya con una presencia más moqueguana y menos sanisidrina en Palacio de Gobierno, el fujimorismo busca señalar que son una “derecha popular” frente a los “caviares” que supuestamente asesorarían a Vizcarra.

En el Perú, las revindicaciones sobre clase y raza siguen siendo importantes al momento de analizar la política y también para hacerla. El fujimorismo apuesta por cierto sentido común “achorado” y alianzas con sectores informales y conservadores como búsqueda de representación de ese sector. Algunos intelectuales cercanos le han soplado al oido esta interpretación y se la han creido a pie juntillas. La pregunta real es si ese sector popular es así o si hay muchos más matices de los que señalan quienes han caracterizado a los sectores C, D y E con una suerte de ADN intrínsecamente fujimorista.

Rosa Bartra
El fujimorismo buscó convertir a Rosa Bartra en lideresa anticorrupción, con pocos resultados fuera de su base en redes sociales (Foto: Gestión)

Aprovechando políticamente Lava Jato

A inicios de la década, muchos colegas y analistas debatieron sobre la posibilidad de una institucionalización del fujimorismo. Visto el debate a la distancia, quien terminó teniendo la razón fue el docente de la Universidad del Pacífico Alberto Vergara. Mi hoy colega de aulas señaló que el principal obstáculo para que el fujimorismo emprendiera el camino sin retorno a una vertiente más democrática era la corrupción. Aquí cito sus palabras:

Así, no solo debemos preguntarnos cómo se transforma a un movimiento antidemocrático en uno democrático, sino en cómo se transforma lo que fue una organización lumpen en un partido político. El gobierno fujimorista, no lo olvidemos, fue una suerte de ‘utopía mafiosa’ (Hugo Neira). Ver a un fujimorista indignado por los contratitos mal habidos de Alexis Humala será siempre una invitación a la carcajada. Y Humala no le ganó a Keiko Fujimori porque fuera mucho más democrático que ella, sino porque él no estaba teñido de la ladronería de los noventa. Este sigue siendo el principal pasivo para el fujimorismo, nadie quiere sacarse una foto con ellos y, por lo tanto, siguen siendo incapaces, a pesar de ciertos gestos de apertura, de sumar a otras fuerzas parlamentarias a la agenda fujimorista (o de sumar profesionales de renombre al partido).

Para Fuerza Popular, Lava Jato era la oportunidad perfecta para limpiarse. Su excusa clara – que aún esgrimen algunos de sus analistas favoritos – es que “no habían sido gobierno” y, por tanto, no se habían manchado con la corrupción de Odebrecht y las demás constructoras brasileñas. De allí la desesperación por presidir la segunda comisión parlamentaria que indagaría sobre el caso, por conseguir las pruebas que tenía el Ministerio Público, por convertir a Rosa Bartra en una suerte de “Dama de Hierro” anticorrupción, por tejer sus redes en el sistema de justicia. Y no con un genuino afán moralizador, sino para buscar arrasar con sus rivales.

El discurso fujimorista buscó asociar el respaldo que, como “mal menor”, dieron los sectores contrarios a ellos a candidatos como Toledo, Humala, PPK y Villarán. Y hasta ahora siguen en ese afán, buscando mostrar a los fiscales del caso Lava Jato como funcionarios que “encubrirían” sus casos, a pesar que estos magistrados ya acusaron a Toledo y Humala, PPK se encuentra en arresto domiliciario y Villarán está de inquilina en la prisión de mujeres con su suerte casi echada.

Pero no contaron con que Marcelo Odebrecht y Jorge Barata hablarían sobre ellos.

Keiko detenida
El fujimorismo hace todo lo posible para que su lideresa continúe detenida (Foto: Poder Judicial)

Evitar la prisión (o salir de ella)

Y esto nos lleva a la última lógica no excluyente. En agosto de 2018, apenas un par de meses antes que Keiko Fujimori pise la cárcel, Marco Sifuentes ya describía que muchos de los comportamientos de su agrupación política eran más una coartada judicial antes que política:

Su objetivo hace rato que ya no es el 2021, sino, sencillamente, no terminar en prisión. Por eso sus acciones ya no tienen ningún sentido políticamente. Parece que estuviera dilapidando su capital político. Y sí, lo está haciendo para salvar su propio pellejo.

En su último –y, en apariencia, desconcertante– video de 9 minutos repite varias veces que está actuando “sin cálculo político”. Y dice la verdad. Es un cálculo judicial. Es que el video ya no está dirigido a sus simpatizantes, que cada vez son menos. Es, simplemente, su forma de demostrar que no necesita apoyo popular para seguir ejerciendo el poder. Sin el CNM y la ONPE que tenía a sus pies, ahora tiene que salvar, por lo menos a los otros alfiles: Chávarry e Hinostroza. Aunque sea descarado. Aunque su video tenga 97% de ‘dislikes’. Aunque tenga que arrastrar a todos sus congresistas en su caída.

El problema para Keiko Fujimori es que las acciones de sus congresistas siguen incidiendo en la presunta obstrucción a la justiia que la mantiene en prisión. Salvar a Chávarry e Hinostroza parece ser más el esfuerzo por evitar desarticular una red judicial hoy en retirada. Insistir en no reconocer que tuvieron aportes de Odebrecht es un suicidio cuando aún está por discutirse si es que nos encontramos ante un delito de lavado de activos.

Como algunos opinan, probablemente lo que esté en juego es más que Lava Jato, sino otros financiamientos de campaña sobre los cuáles haya que indagar con mayor exhaustividad. Y que compliquen más la situación judicial de la lideresa de Fuerza Popular.

Así las cosas, no se augura un cambio de actitud en el fujimorismo. Con todo lo que ello conlleva para la salud política del Perú.

 

Juego de Tronos: política del siglo XVI para consumo del siglo XXI

daenerys

Aunque la obra de George R. R. Martin y su adaptación televisiva producida por HBO beben de diversas fuentes, Juego de Tronos se emparenta, claramente, con una era particular de la historia: el siglo XVI y el surgimiento de los grandes reinos – estados absolutistas europeos.

En aquellos tiempos, las disputas entre linajes – y al interior de los mismos – eran cosa de todos los días, con miras al control de territorios cada vez más vastos. Las unificaciones de reinados se conseguían por la fuerza o por la vía de los matrimonios arreglados. Los monarcas y sus consortes eran estrategas políticos al mismo tiempo que buscaban el amor y/o el placer sexual fuera del lecho real. Los asesores (laicos o religiosos) terminaban teniendo peso en la elaboración de alianzas que se hacían y se deshacían en torno a los intereses coyunturales, que terminaban siendo asumidos por el monarca. Y las mujeres que lucían muy empoderadas eran tildadas inmediatamente como débiles o tratadas como enfermas mentales. Las asambleas eran, básicamente, para aprobar la guerra o dar el consentimiento final a una alianza, pero, al final, era el saber y entender de los gobernantes absolutos lo que terminaba primando. En medio, cierto toque de hechicería y magia rondaba en el ambiente.

Un breve resumen de la apasionante biografía de Philippe Erlanger sobre Enrique VIII, rey de Inglaterra, da cuenta de ello. Originalmente, no iba a ser el monarca de su país, pero accedió al trono debido a que su hermano, el verdadero heredero, falleció como producto de una salud frágil. Terminó casándose con su antigua cuñada, en mérito del mantenimiento de una alianza estratégica con los reinos de Castilla y Aragón (lo que hoy conocemos como España). Hacía la guerra y procuraba la paz con Carlos V y Francisco I de Francia, en razón de sus intereses, siempre vacilantes e influenciados por sus consejeros – en particular, el arzobispo Thomas Wolsey, un antecedente de Varys y Tyrion -, lo que terminó conformando lo que se conoce como la doctrina del equilibrio de poderes (cualquier parecido con la política de alianzas y guerra de Daenerys Targaryen no es mera coincidencia). Repudió a su esposa por no darle un hijo varón – quien, cuando nació, en su tercer matrimonio, resultaría ser tan débil y frágil como Jon Snow – y llegó a fundar una iglesia derivada del catolicismo, cuyo jefe sería él, con miras a divorciarse. Inició el crecimiento de la flota naval más importante de su tiempo. Acordó matrimonios arreglados para sus hijos que no fueron cumplidos, en actos de traición que dejarían a Cersei Lannister como una aprendiz. Y, a la larga, las personas que dieron continuidad y trascendencia a su propia casa, los Tudor, fueron mujeres: María e Isabel, a la usanza de Sansa y Arya Stark.

Juego de Tronos toma en cuenta ese tronco común para crear un universo que atrae a millones de personas en el mundo. No estamos hablando de reinos institucionalizados como los conocemos el día de hoy, sino de Estados precarios que deben sobrevivir y crecer a partir de conflictos armados bastante sangrientos, alianzas que cambian todos los días y la voluntad de monarcas que no tenían límites legales e institucionales. Es un tiempo en el que la guerra y la política – que hoy apreciamos como antónimo la una de la otra – se entrecruzan y se alternan. Los reyes pueden aparecer heroicos o sanguinarios dependiendo del tipo de decisiones que tomen, lo que explica porque los personajes de la serie nos parecen, en muchos casos, ambivalentes en términos éticos.

¿Por qué este tipo de liderazgos, lejanos de lo ideal, nos atrae tanto? Probablemente, por las mismas razones por las que Thomas Hobbes planteaba la necesidad de establecer un Estado fuerte, que eliminara las venganzas privadas. Es decir, el hombre como depredador de sí mismo, si es que está en un “estado de naturaleza”. Juego de Tronos nos muestra como sería las disputas de poder si es que no tuviéramos la institucionalidad hoy presente. Es decir, como fue el pasado que alguna vez Europa tuvo. Y, como, muchas veces, se manifiesta la política en América Latina en las décadas más recientes: sin límites, con traiciones a lo que alguna vez se prometió y con sangre y corrupción de por medio. Por cierto, el apasionamiento con el que elegimos a quienes podrían ocupar el Trono de Hierro – y lo defendemos en redes sociales – dice mucho de aquellas pulsiones y pasiones que priman a la hora que optamos por alguien para que nos gobierne.

Al final, la serie que termina este domingo termina siendo un reflejo de aquellos elementos estratégicos y emocionales que se encuentran presentes en la política de todos los tiempos. Y, aunque se basa en una época histórica concreta, termina siendo un reflejo de lo que los seres humanos seguimos siendo hasta hoy, en la medida en la que no nos autogobernemos.

Publicado originalmente en el portal de la Universidad del Pacífico.