H & H. Vida privada, historia nacional

H&H
(Portada: Planeta)

Decía Balzac que la novela es la vida privada de las naciones, como bien lo ha recordado mi colega Iván Lanegra. Contemporáneamente, el periodismo – sobre todo, la crónica -, se ha encargado de aquella labor otrora dejada a la ficción. Más aún en países en los que la institucionalidad es escasa y la vida privada de quienes toman las decisiones, sin duda, es en sí misma un tópico de interés nacional. La trastienda del poder resulta tan o más importante que partidos convertidos en entelequias o instituciones que, como lo comprueban los audios revelados en estas semanas, terminan resolviendo sus decisiones entre ceviches, whisky de doce años y reuniones informales con periodistas.

Marco Sifuentes ha tomado esta premisa para escribir – con prosa prolija – la historia del matrimonio más famoso de la política nacional en H & H. Escenas de la vida conyugal de Ollanta Humala y Nadine Heredia (Lima, Planeta, 2018). Una empresa difícil porque, como nos consta a quienes hemos seguido de cerca los avatares de las personas más influyentes en la política peruana entre 2011 y 2016, el misterio ha primado sobre aquellos personajes que conocemos como Ollanta y Nadine.

¿Cómo acomete Sifuentes esta aventura? Son dos los recursos periodísticos que ayudan a generar un relato creible y comprobado. De un lado, el cotejo de buena parte de las investigaciones y datos sueltos que han aparecido sobre las familias Humala y Heredia desde que aparecieron en la política en 2000, en medios de distintas tendencias ideológicas. De otro lado, un conjunto de entrevistas a 71 personas. El trabajo de Sifuentes y Jonathan Castro – quien  emprende una tarea de verificación de información consagratoria en su carrera periodística – resulta pródigo en recordar hechos que habían quedado sumergidos en la nave del olvido, descartar teorías de la conspiración que involucran al matrimonio más célebre de la política peruana (y a otros personajes) y traer a la luz auténticas revelaciones.

Otro mérito de H & H es la construcción de un hilo conductor atractivo para el lector. Una arquitectura narrativa que se asemeja – por confesión de su autor – al Rayuela de Cortazar o a las estructuras intricadas de Vargas Llosa. Con ello, no solo se permite avanzar con libertad en el relato y contar con capítulos redondos en sí mismos, sino también hace que el lector pueda formar su propia construcción de los personajes centrales y el núcleo que los rodea. Y el ritmo tan bien manejado hace que uno quiera pasar las páginas como si estuviéramos con el síndrome de abstinencia que – a algunos con culpa y a varios sin ella – teníamos ante cada capítulo de la serie de Luis Miguel en Netflix.

Precisamente, no han tardado en aparecer las analogías entre el auténtico protagonista de la serie mexicana – el cantante, manager y explotador profesional Luis Rey – y uno de los actores de reparto de esta historia. Isaac Humala es retratado como un villano auténtico, no solo capaz de perpetrar frases genuinamente disparatadas y racistas, sino también de conducir a su propia familia a un desenlace que se asemeja a las tragedias griegas que inspiraron algunos de los nombres de sus hijos.

¿Cómo quedan los protagonistas de esta historia? Mi interpretación es que el libro no dejará satisfechos a los pocos hinchas que aún le quedan a los Humala, pero tampoco a los rabiosos detractores (sobre todo, mediáticos) que tiene la pareja. Sin caer en el spoiler, el texto de Sifuentes deja en claro que estamos ante dos personas menos calculadoras de lo que se piensa, pero también menos inocentes de lo que ellos mismos consideran.

El libro da cuenta del camino que ambos emprendieron para hacerse del poder, así como aquel que los llevó por nueve meses a prisión. No hay sentencias, pero por momentos uno termina sintiendo compasión y, en otros ratos, rabia por la mediocridad con la que manejaron sus asuntos públicos y privados ambos personajes. El relato señala que hay hechos que deberían ser aclarados ante un tribunal, pero que también hay imputaciones disparatadas. Y también hay cabos que quedan sueltos, precisamente al halo de misterio al que aludimos al inicio de esta reseña.

Es claro, por los retuits de Nadine Heredia, que la aparición del libro no le ha caído nada bien. Y por los comentarios de varios trolls que ni siquiera han comentado el texto, que tampoco agradará a quienes consideran que la pareja es culpable de nuestros males contemporáneos.

Finalmente, otro mérito del texto es que, a través de los comentarios de las fuentes que se refieren a los Humala Heredia, podemos encontrar varios de los males que rigen la vida peruana: racismo, machismo, homofobia, discriminación. Se trata de un fresco sobre las relaciones entre las élites y quienes desean pertenecer a ellas que podría leerse, en paralelo, con los pornográficos audios que conmueven a la nación en estos días.

Por estas razones, H & H. Escenas de la vida conyugal de Ollanta Humala y Nadine Heredia es un libro imprescindible para quien desee reconstruir la vida política peruana. Felicitaciones a Sifuentes y Castro por este estupendo fresco del Perú contemporáneo.

Disclaimer: el autor de esta reseña leyó una primera versión del manuscrito.

 

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Orgullosamente Solos

(Portada del nuevo libro de José Carlos Yrigoyen. Foto: Perú.21)

Mi abuelo, aprista de carnet, no pudo abrir las páginas de El Comercio hasta la década de 1980 cuando, paulatinamente, el viejo diario de la familia Miró Quesada comenzó a reconciliarse con el partido vivo más antiguo del Perú.

Sabía, tanto por mis cursos de historia como por la indagación para un trabajo de largo aliento que vengo desarrollando en los últimos meses, que la relación entre ambos bandos nació envenenada. El asesinato de Antonio Miró Quesada de la Guerra, director de El Comercio, en 1935, a manos del militante aprista Steer sería el hito que haría aún más grande la distancia entre el grupo político a quien sus detractores calificaban como “secta” y el periódico a quienes los compañeros trataban como “el enemigo”.

Pero las dimensiones del conflicto nunca quedaron tan claras con la lectura de “Orgullosamente Solos”, novela de no ficción de José Carlos Yrigoyen que devoré este fin de semana.

El escritor y crítico literario presenta la historia de su abuelo, Carlos Miró Quesada Laos, quien no solo fue uno de los principales hombres a cargo del diario más tradicional del país. Fue, a todas luces, uno de los mayores simpatizantes y difusores del fascismo en el Perú.

Yrigoyen nos muestra una historia de descubrimiento personal. Junto a él, el lector irá viendo que, durante los años 30, hubo hombres que tuvieron genuinas simpatías por personajes tan despreciables como Mussolini y Hitler. Que viajaron para conocerlos, entrevistarse con ellos y admirarlos aún más. A través de la vida de Miró Quesada Laos, apreciamos como un sector de las élites peruanas adoptó los sórdidos mensajes sobre superioridad de razas, corporativismo y menosprecio por los derechos de los demás. Y que dichos escritos fueron publicados en el diario que hoy, lejos de dicha tradición, procura revindicar – al menos, teóricamente – el liberalismo en todas sus expresiones.

Dicha revisión no es el mero recuento que, cada cierto tiempo, hacemos de nuestros antepasados para desmitificarlos. Yrigoyen no solo expone el choque que le produjo conocer el pasado de su abuelo como un “camisa negra”, sino también su vínculo parental con una de las familias más poderosas del país.

Al mismo tiempo, se da cuenta de los extremos a los que se llegó en el odio entre El Comercio y el APRA. La oposición a diversos gobiernos o candidatos se subordinó a la posición que tuvieron frente al partido de la avenida Alfonso Ugarte. Miró Quesada Laos no solo rivalizó periodística y políticamente con los apristas sino que llegó a hacer libelos abiertamente homofóbicos contra Haya de la Torre. Entre otras razones, los escritos publicados en el semanario Hoy – que recuerdan, como señala Yrigoyen, a las piezas colocadas en los diarios chicha contra Gustavo Mohme Llona – es una de las causas por las cuales, hasta el momento, la militancia aún no habla abiertamente de la vida privada de su jefe máximo.

Escrito con una prosa bastante depurada, el libro de Yrigoyen no solo supone (como lo han hecho Renato Cisneros, Juan Manuel Robles y José Carlos Agüero) un ajuste de cuentas con los antepasados más cercanos. También implica una aguda descripción sobre un aspecto de la vida peruana entre los años 1930 y 1950 que merece más estudio.

Junto al excelente estudio de Tirso Molinari, esta novela de no ficción supone un acercamiento a la extrema derecha peruana que debe ser leido para comprender más a nuestras élites. Y una explicación sobre porque hasta ahora tenemos clases altas y medias que aún no logran superar los quiebres sociales y políticos de las décadas siguientes.

El Figari chileno

Captación de jóvenes de clases altas y medias altas. Liderazgo de derecha ultramontana. Muchachos que eran convertidos en rehenes mentales. Abusos sexuales. Acercamiento a sectores políticos simpatizantes de violadores de derechos humanos. Adultos que, luego de varios años, se animaron a contar los horrores ocurridos en una organización vertical, cerrada y donde su dignidad fue vejada.

No estoy describiendo lo ocurrido en el Sodalicio de Vida Cristiana. En realidad, sí lo hago, pero no me refiero a la institución fundada por el hoy caído en desgracia Luis Fernando Figari. Nuestro vecino del sur también tiene un caso similar.

En 2010, james Hamilton, un médico chileno, se acercó a la periodista María Olivia Mönckeberg, amiga de sus padres, para revelarle un suceso atroz. El sacerdote Fernando Karadima, párroco de El Bosque – una de las sedes católicas más concurridas por los sectores más conservadores de la ciudad de Santiago – abusó sexualmente de él y lo manipuló psicológicamente durante varios años. Estos eventos hicieron fracasar su matrimonio y, ante el cierre de puertas en la Iglesia Católica, decidía revelar el caso.

Si bien la prensa internacional – a través de The New York Times – y la televisión chilena fueron quienes detonaron el escándalo (gracias a Juan Carlos Cruz, otro de los denunciantes, residente en Estados Unidos y con buenos contactos mediáticos), el libro de Mönckeberg explora a profundidad y con exhaustividad la psicología de un abusador serial y un manipulador. Karadima terminó siendo un personaje con fuerte poder en la Iglesia Católica chilena: formador de vocaciones (varios obispos actuales eran sus discípulos), varias propiedades a nombre de la parroquia, pagos irregulares a miembros de la misma, una vida opulenta, contactos directos con personajes del pinochetismo y de la derecha chilena. El sacerdote fue, hasta su caída, un personaje poderoso.

Los parecidos con Figari no son casuales. Así lo comenta el periodista Pedro Salinas, quien destapó – junto a su colega Paola Ugaz – el caso Sodalicio en nuestro país:

Un ex sodálite me contó que, durante un tiempo, en las denominadas “casas de formación” del Sodalitium ubicadas en San Bartolo se leía un librito de Marcial Maciel sobre la importancia del rigor, o algo así. Y otro ex sodálite me confirmó luego un dato más inquietante. Que Luis Fernando Figari (junto al actual superior general del Sodalicio, Alessandro Moroni) visitaron, por lo menos un par de veces, a Karadima en Santiago de Chile. El propósito de la reunión, según esta fuente, era que Figari tenía interés en conocer su política y estrategia para atraer a adolescentes de la clase alta. ¿Se imaginan la escena? Solamente faltaba Maciel para completar el trío de predadores sexuales latinoamericanos más conocidos de la región.

En instancias judiciales, el caso fue sobreseído por la prescripción de sus delitos. La Iglesia Católica lo encontró culpable de efebofilia y pedofilia, pero solo se le destinó a una “vida de oración y penitencia” en un convento, lo que cumple hasta el día de hoy. Un destino que, en lo eclesial, podría ser el final de Figari, aunque las cosas le son más complicadas en el terreno penal. Recientemente, el Ministerio Público amplió la investigación contra el exlíder del Sodalicio por cargos que no corren el riesgo de prescribir en el futuro cercano.

Para ver este modus operandi en toda su dimensión, lean el libro de Mönckeberg. Sobrecogedor en sus testimonios, fuerte en su relato, es un texto imprescindible para entender que lo ocurrido en Chile, Perú y México no fue casualidad. Se trató del mismo patrón.

El Movimiento Libertad en perspectiva

Fredemo

Sin duda, una de las campañas electorales que ha merecido mayor atención es la de 1990. Una serie de libros – El Pez en el Agua, El Diablo en Campaña, Demonios y Redentores en el Perú, entre otros – han buscado explicar las razones por las cuales el candidato favorito, el ahora Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, perdió dichos comicios ante el desconocido Alberto Fujimori.

Entre los aspectos menos explorados se encuentra la historia del Movimiento Libertad, la agrupación política que se formó alrededor de MVLL y que tuvo una corta duración (1988 – 1993). Cubrir una parte de la historia es lo que se ha propuesto el comunicador José Carlos Requena en su libro “Una gran ingenuidad”. El Movimiento Libertad 1987 – 1989 (Mitin Editores, 2010).

El libro procura, sin dejar de lado las explicaciones sobre la derrota que ya todos conocemos – las limitaciones del candidato, la alianza con partidos desgastados, el gasto publicitario -, intenta demostrar que muchos de los problemas que acompañaron a Vargas Llosa en su aventura política tuvieron que ver con la forma cómo se concibió Libertad y el tránsito apresurado de un movimiento de protesta a una agrupación que sostendría una campaña electoral.

El movimiento surgió con varias “fallas de origen”. Una primera y quizás la principal, es la lectura de la realidad que tuvieron tanto el escritor como sus acompañantes: pensar que la políica únicamente se basa en una actividad meramente intelectual, cuando la misma tiene que ver también con pasiones o sentimientos. Ello los llevó a un error de concepto: pensar que todos aquellos que apoyaban a MVLL y a Libertad eran decididamente liberales.

De allí se derivan otros dos errores: una cerrazón de ideas que impidió que gente de otros espacios afines pudiera adherirse al proyecto, así como el poco trabajo de construcción de una organización política, lo que finalmente, hizo que el núcleo alrededor del candidato no tuviera una masa crítica que pudiera corregir errores que vinieron después, debido a su inexperiencia política. Todo ello confluyó para que, luego de la derrota de 1990 (que no estuvo en sus planes), el movimiento iniciara un declive hasta su liquidación.

Dichas cuestiones, que plantea bien Requena en un trabajo breve y que cuenta también con entrevistas a varios de los involucrados en Libertad, deben llevar no solo a la mirada histórica, sino también deben motivar una reflexión para los políticos.

De hecho, en el último tiempo, desde una agrupación pequeña como Adelante, varios quieren empujar hacia crear algo parecido a Libertad, en tanto espacio de ideas liberales. La lectura de este libro, sin duda, deberá ser tomada en cuenta por los integrantes de la referida agrupación, para darse cuenta de las limitaciones que tuvo MVLL, así como por otros grupos políticos que intenten – desde distintas perspectivas – defender una visión que tenga a la libertad, no solo entendida en su versión económica, sino también en la defensa de la democracia y las libertades básicas en el Perú.

Finalmente, el libro sirve para entender un episodio de la historia del Perú contemporáneo en otra perspectiva: en ver como un movimiento puesto alrededor de una idea concreta – protestar contra la estatización de la banca – pudo pasar a ser una agrupación política con cierto respaldo, para rápidamente desgastarse. He allí lecciones para los nuevos partidos que se forman a propósito de coyunturas específicas – de cualquier tendencia – y para aquellos que deseen reinventarse.

MAS SOBRE EL TEMA:

Algunos extractos de “Una gran ingenuidad” en Caretas

Estación Final: una apelación a la memoria

Estacion Final

¿Cuánto sabemos los peruanos de la II Guerra Mundial? Probablemente, conozcamos los personajes centrales, el inicio y el desenlace de la guerra. Y también tendremos una idea ligera de lo que fue el Holocausto contra el pueblo judío durante aquellos años.

Pero quizás no conozcamos que pasó con el Perú en la II Guerra Mundial. De hecho, los gobiernos de Oscar R. Benavides y Manuel Prado Ugarteche han sido de los menos estudiados, a excepción de sus obras públicas, los problemas limítrofes, su relación con el APRA y la declaratoria de guerra a las potencias del Eje en 1942.

En los últimos años, se han escrito trabajos que intentan cubrir este vacío, como los estudios de Tirso Molinari sobre el partido Unión Revolucionaria y sus vínculos con el fascismo, o los capítulos sobre lo ocurrido con la colonia nikkei en distintas investigaciones sobre la inmigración japonesa al Perú.Y en los últimos años, también se han realizado trabajos sobre lo ocurrido con la colonia judía en nuestro país.

En estos días, estoy leyendo Estación Final, un trabajo de Hugo Coya que cubre uno de los vacíos centrales de la historia peruana: ¿Hubo peruanos que fallecieron en los campos de concentración judíos? Coya, gracias a una investigación que combinó contactos en redes sociales, fuentes bibliográficas y archivos europeos, establece los nombres de un puñado de peruanos y sus familiares que fueron enviados a los campos de concentración de Sobibor y Auschwitz.

Hay varias peculiaridades en este libro que me interesa resaltar. Más que un tratado sobre el Holocausto, Coya apuesta por el testimonio, dar a conocer quienes fueron las personas cuya vida cambió radicalmente con la persecusión a los judíos, así como el itinerario y destino de los trenes que transportaban a nuestros compatriotas. Ello es importante en todo texto que procura rescatar la memoria.

Como bien señala Roberto Bustamante, en los trabajos sobre la memoria del conflicto armado interno peruano – incluyendo al propio informe final de la CVR – ha faltado rescatar más los testimonios que permiten visibilizar la magnitud de lo ocurrido y a las víctimas concretas de la violencia. Y es que, más que con cifras o interpretaciones de un lado o de otro, el ser humano termina generando mayor empatía con este discurso a través de casos específicos o del arte. En este libro este objetivo se cumple con creces y también contribuye a ello las fotos tomadas por Marina García Burgos en los campos de concentración.

El libro de Coya no solo se queda allí, sino que también rescata historias de heroísmo como las de los hermanos Eleazar y Jabijo Assa, pertenecientes al grupo que encabezó la rebelión en Sorbibor, la única insurrección dentro de un campo de concentración que tuvo éxito y que permitó sobrevivir a muchas personas. O la vida de Magdalena Truel, una limeña que terminó sirviendo a la Resistencia francesa ante la invasión nazi, colaborando con la falsificación de documentos que servían a la causa de la libertad.

Pero también el trabajo de Coya es una apelación a recordar algunos sucesos bochornosos del gobierno peruano durante aquellos años. No solo se trata de las normas restrictivas de la inmigración o de miradas de costado que encubrían en realidad simpatías por el fascismo como sinónimo de orden, sino también de atrocidades como ésta:

Pero el hecho más vergonzoso y repudiable ocurrió en octubre de 1942, cuando el Congreso Judío Mundial, con sede en Portugal, pidió a la comunidad residente en el Perú que gestionara ante nuestro gobierno el envío de niños huérfanos desde la zona no ocupada de Francia. Estados unidos ya había concedido cinco mil visas; Canada, doscientas; y Chile, cincuenta. El gobierno peruano, en cambio, se negó a conceder visa alguna a esos niños, a pesar de que no le iba a costar un solo centavo, pues serían adoptados y mantenidos por familias judías residentes en el país. Los pequeños – entre los 4 y los 10 años – murieron luego en las cámaras de gas de Auschwitz, pues, al nadie hacerse responsable de ellos, resultaron siendo enviados por los nazis al campo de tránsito de Draney

(COYA, Hugo, Estación Final, Lima, Aguilar, 2010, pp.39 -40)

En tiempos en que los derechos humanos y sus defensores son denostados, o aparecen columnistas con simpatías fascistas nada escondidas, leer Estacion Final no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino también tener presentes los hechos que la humanidad no debe repetir jamás.

La Ciudad y los Perros: 42 años después

La Ciudad y los Perros

“En cada linaje el deterioro ejerce su dominio”
Carlos Germán Bellí

1962. Carlos Barral, propietario de la Editorial Seix Barral, una de las más prestigiosas de España por aquellos años, comienza a leer los borradores de novelas rechazados por sus editores. Uno de ellos le llama la atención, se llamaba “La Morada del Héroe” y había sido escrita por un joven peruano de 26 años, arequipeño, con dientes de conejo, casado con la hermana de la esposa de su tío. Mario Vargas Llosa fue contactado por Barral, quien le sugirió cambiar el nombre de la novela. Esta se titularía “La Ciudad y los Perros”, ganaría el Premio Biblioteca Breve y sería finalmente publicada en 1963.

Vargas Llosa había sido alumno del Colegio Militar Leoncio Prado, una institución donde se forma, a la manera militar, a adolescentes que cursan entre el tercer y quinto grado de Secundaria. El escritor peruano intentaba reflejar en su obra la virilidad exaltada, los códigos de honor – por ejemplo, lo mal visto que es un “soplón” entre los alumnos -, la complicidad, el descubrimiento de un mundo más amplio que los barrios de clase media de la Lima de los años cincuenta marcan a los jóvenes que viven, durante 3 años, vidas marcadas por el rigor de la disciplina, los castigos, el despertar sexual, la marginalidad, familias disfuncionales, la traición y finalmente, por la muerte.

Esto no fue entendido, aparentemente, por muchos, asociándose a Vargas Llosa con un antimilitarismo que él, en múltiples ocasiones ha rechazado. Existe la “leyenda urbana” (pues el hecho hasta hoy no ha sido comprobado) de la quema en el Colegio Militar Leoncio Prado de cientos de ejemplares de la novela. Y el llamado antimilitarismo del escritor fue usado en su contra para restarle votos en la campaña electoral de 1990.

Son tres los cadetes protagonistas:
– Alberto Fernández es conocido como “el Poeta”. No pertenece al grupo de los “bacanes” que dominan el quinto año, ni tampoco es de las víctimas de las bromas. Participa del modus vivendi de sus compañeros: estudiar disciplinadamente, fumar a escondidas durante las guardias nocturnas, escribir novelitas eróticas y poemas para sustentar sus gastos extra dentro del colegio. Su padre continuamente desaparece de casa. Fue internado en el Leoncio Prado debido a sus malas notas. Se dice que es el personaje más parecido a lo que fue el Cadete Vargas Llosa, de acuerdo a lo que relata sobre su estadía en el Colegio Militar en “El Pez en el Agua, su libro de memorias, y en la investigación de Sergio Vilela “El Cadete Vargas Llosa”.
– Ricardo Arana es el más tímido de la sección. No se acostumbra ni al rigor militar ni a las bromas de sus compañeros, las cuales lindan con el maltrato, por algo le llaman “Esclavo”. Curiosamente, es su vida familiar la más parecida a la del autor de la novela: descubre que su padre está vivo luego de varios años, viene del norte a Lima, es internado en el Colegio Militar porque su padre que le formará el carácter estar en un ambiente castrense. Su muerte es el catalizador de los conflictos que rodean la segunda parte de la novela.
– El Jaguar, cadete cuyo nombre no se conoce a lo largo de la novela. Personaje lumpen dentro de la novela. Es el líder del Círculo, el grupo de estudiantes que maneja la sección de quinto año y las violaciones al reglamento del colegio. En el bautizo de los “perros” – cadetes de tercer año, quienes son sometidos a una serie de vejaciones – se gana el respeto y el temor de todos al evitar ser bautizado. Es líder de la sección y es acompañado siempre por dos cómplices, el Boa y el Rulos.

A ellos se suman, como personajes principales, el Teniente Gamboa y Teresa, una joven que vive en las inmediaciones del colegio. Gamboa es el teniente pegado al reglamento, inflexible hasta con sus superiores, admirado por los cadetes por su sentido de la disciplina. Como curiosidad, debemos anotar que la frase “que me mira cadete, quiere que le regale una fotografía mía calato”, pronunciada por Gustavo Bueno, quien interpreta a Gamboa en la película de Francisco Lombardi, no aparece en la novela. Teresa es el eje romántico de la historia, de clase media baja, en tres momentos distintos es el centro de atracción de los 3 cadetes protagonistas. Lombardi sólo desarrolló en su película el conflicto moral de “El Poeta”, quien le gana la chica al “Esclavo”.

La trama central de la novela es la siguiente. El Círculo, encabezado por el Jaguar, manda a uno de los suyos a robar el examen de química. El robo es detectado por los oficiales y los cadetes de quinto año son castigados sin salida el fin de semana hasta que se descubran a los ladrones. Arana, el “Esclavo”, delata al ladrón, para poder salir a ver a Teresa, chica de la que había quedado prendado, pero a la cual ya su amigo “Poeta” enamoraba. Pasados unos meses, durante maniobras militares, Arana muere, en circunstancias no aclaradas. El Poeta sospecha de la gente del Círculo, a la que acusa ante Gamboa de todo lo que pasa en las cuadras (robo de exámenes, venta de cigarros, ingreso de licor, escapadas del colegio). Se inicia una investigación sobre el presunto asesinato del Esclavo, debido a la presión de Gamboa pero, posteriormente, el Poeta es presionado para que se rectifique en sus declaraciones y la investigación es archivada.

Hay varios valores en la novela que merecen ser resaltados.

El texto es transgresor en su contenido. Vargas Llosa denuncia los defectos y seudo valores de la institución militar, como el “espíritu de cuerpo” cuando se comete un error, la severa disciplina, el cuadriculamiento de la vida, el trauma que supone para un joven vivir, en esos años, una vida tan sometida a un rigor no acostumbrado para los civiles. Pero, sobre todo, Vargas Llosa induce, a través de sus personajes, a rechazar el machismo que caracteriza a casi todos los personajes y los signos externos de una virilidad, que hoy, a nuestros ojos, parece anacrónica, pero que explica muchos de los traumas de una sociedad donde el respeto a los derechos de los demás no ha sido la constante.

“La Ciudad y los Perros” es una novela de iniciación. Asistimos a la integración de un grupo de jóvenes al mundo de los adultos. Estamos ante ambientes contrastados. El mundo casi idílico de la vida de Alberto en Miraflores, rodeado de la típica “mancha” de chicos y chicas, con los enamoramientos románticos de aquella época, las comodidades de una familia de clase media. La vida delincuencial del Jaguar, la mediocridad de la vida de Teresa, quien vive con una tía excesivamente protectora. Y el drama familiar de Arana, quien ve con la llegada del padre rota la burbuja y la mentira que era su vida familiar.

Se presenta otra constante en la obra futura de Vargas Llosa: la derrota de las utopías. En este caso, es la utopía personal de Gamboa, fascinado por mejorar su institución hasta la perfección, la cual termina con un cuasi exilio a provincia. Lo mismo ocurrirá con Zavalita en “Conversación en La Catedral”, donde el personaje pasa de ser un idealista comunista en un mediocre periodista; o con Antonio El Consejero, quien lidera la rebelión contra la recién nacida República de Brasil a finales del siglo XIX; o en Pantaleón Pantoja, otro obsesionado con la mejora de su institución, empeñado en constituir el mayor prostíbulo selvático; o en los asesinos de Trujillo en “La Fiesta del Chivo”, quienes ven al ex fantoche del dictador, Joaquín Balaguer, convertido en un autócrata reelegido constantemente; o en Flora Tristan y Paul Guaguin, quienes no alcanzan la sociedad perfecta ni el cuadro perfecto en “El Paraíso en la Otra Esquina”. Esto es curioso en un escritor que ha abrazado la causa de la libertad política y económica como una utopía propia, la cual, cuando quiso llevarla a la práctica en una .

En términos estilísticos, la novela nos presenta a un narrador fascinado por las descripciones, herencia de Gustave Flaubert en “Madame Bovary”, las cuales acompañan y ayudan a comprender el ambiente que viven los personajes. Pero, sobre todo, se comienza a notar la estructura típica de las novelas de Vargas Llosa: la narración no es continua, los saltos en el tiempo y el espacio son constantes (eso será llevado hasta el extremo en “Conversación en la Catedral” y “La Guerra del Fin del Mundo”, las mejores novelas del autor), las diferentes distancias que toma el narrador (se alterna la primera, la segunda y la tercera persona). Comienza el autor con la búsqueda de una utopía literaria: la “novela total”, aquella que narre desde todos los puntos de vista posibles una misma historia, tomando en cuenta las visiones personales y las acciones de sus personajes. Búsqueda que se repetirá en 4 novelas: “La Casa Verde”, “Conversación en la Catedral”, “La Guerra del Fin del Mundo” y “La Fiesta del Chivo”. Y la novela total sólo será posible con los saltos temporales y espaciales que permiten distinguir los distintos puntos de vista de los personajes.

Tengo conocimiento de la existencia de dos versiones cinematográficas de esta novela. La primera, conocida por todos y ya señalada, es la de Francisco Lombardi, filmada en 1985. Juan Manuel Ochoa era el Jaguar, Pablo Serra el Poeta, Eduardo Adrianzén el Esclavo y Gustavo Bueno era Gamboa. He visto la película 3 veces y puedo decir que refleja sólo en parte el espíritu de la novela: el paso de la complicidad a la traición, marcado por la muerte de Arana, es el momento que debiera ser el clímax de la cinta, pero no llega a serlo. Hubiese sido interesante explorar más en las historias familiares y de Miraflores, para hacer un mejor contraste. Encuentro, además, problemas en el casting. Ni Serra ni Adrianzén llegan a dar la talla para sus dos personajes, asunto contrario ocurre con Ochoa y Bueno quienes están bien en esta película. La otra versión fílmica la descubrí hace 2 días, cuando, en una página web muy completa sobre Mario Vargas Llosa encontré que en la Unión Soviética se había filmado “Jaguar” en 1986. Debo decir que, hasta hoy, no encuentro una versión de alguna novela de Vargas Llosa (ni la de “La Tía Julia”, adaptada en Nueva Orleans y protagonizada por Keanu Reeves, ni las dos de Pantaleón) que me haya satisfecho como lector y cinéfilo, lo cual es una paradoja para un escritor que tanto aprecia el cine como el Cadete.

Hoy, el Colegio Militar Leoncio Prado ya no es el mismo que Vargas Llosa describió. Conozco a dos buenos amigos egresados de las aulas de esta institución y las distancias entre lo que vivieron ellos y presenció Vargas Llosa son abismales. Pero no olvidemos, ante todo, que la novela es una gran mentira disfrazada de verdad y que, si bien se toman hechos de la realidad, el autor recrea, inventa, perfecciona, aumenta, exagera lo que son vivencias, sin sacrificar la verosimilitud de la historia. No estamos ante un retrato exacto de un colegio, pero sí ante una descripción de cómo el sistema educativo peruano arrastra muchas falencias desde hace varias décadas; no estamos ante un documento histórico sobre la vida de los jóvenes limeños de los cincuenta, pero nos acercamos más a ellos que en un estudio sociológico sobre el tema; no estamos ante un episodio de la vida de Mario Vargas Llosa tal cual lo vivió, estamos ante una novela que no ha envejecido y que nos sigue mostrando como la represión, el encubrimiento y la dureza de la vida no son patrimonio de nuestro tiempo.

En resumen, “La Ciudad y los Perros” fue el inicio de una carrera brillante, de la que seguimos esperando buenas novelas, compartamos o no las ideas del más célebre de nuestros escritores.