LA PUCP Y SU FUTURO

Se ha escrito mucho en las últimas horas acerca de la PUCP y las nuevas dificultades que afronta a partir de las discordancias sobre la adecuación de su Estatuto a lo señalado por la Congregación para la Educación Católica de la Santa Sede. Situación a la que no ha sido ajeno el Cardenal, quien desde hace años mantiene una pugna con las actuales autoridades de la Universidad.  Siendo parte de la comunidad universitaria, pero a título estrictamente personal, doy unas cuantas opiniones.

El lio en relación con el Estatuto de la PUCP se centra en un punto específico: la elección del Rector de la Universidad. La famosa y mentada constitución apostólica Ex Corde Ecclesiae no menciona nada sobre este punto y de allí las discrepancias sobre la interpretación que debe darse a este punto. Creo yo que la interpretación dada por la PUCP hasta este momento es compatible con dicha constitución apostólica, como también y sobre todo, con la legislación peruana.

Pero creo que, en este caso, al igual que en el ya famoso proceso alrededor del legado patrimonial de José de la Riva Agüero, hay un elemento de trasfondo final: la definición de lo que debe ser una universidad católica. Y creo yo que, con el debido respeto, algunas de las personas que han opinado sobre el tema, están partiendo de un punto de vista equivocado: asumir que el catolicismo es sinónimo de conservadurismo.

De un lado, quienes han asumido la defensa del Cardenal y sus posturas consideran que una universidad católica debe ser sinónimo de un centro de adoctrinamiento para formar personas conservadoras, casí a la manera de los personajes descritos por Pedro Salinas en su novela Mateo Diez. Estas personas conciben que cualquier visión del catolicismo que no sea la suya es desviacionismo (p.e.: la Teología de la Liberación) y que tener posiciones más flexibles en temas que no son de fe, pero sí vinculados con nuestra vida en sociedad (homosexualidad, por mencionar un ejemplo) es caer en pecado. De allí que cualquier crítica al Cardenal sea vista por ellos casi como una apostasía.

Pero, del otro lado, pedir que la Universidad deje de ser católica sería ir contra la esencia de lo que ha sido la PUCP desde su fundación. El catolicismo de la universidad no se vincula sólo con el dictado de cursos de teología – varios de ellos, con sacerdotes bastante abiertos y poco conservadores – o con la existencia de un centro pastoral (al que acuden sólo los que quieren y se sienten cercanos a su visión de la religión). Creo yo que el sentido del mismo está en lo que Eduardo Gonzáles señaló hace algunos meses:

Esa enloquecedora combinación de influencias sólo puede ser católica en el auténtico y original sentido de la palabra, es decir, universal, abarcadora. Y digo “enloquecedora” con intención; porque lo “católico”, lo que desborda, lo que dirige la fascinación en todas y cada una de las direcciones posibles de la actividad intelectual no es, no puede ser, “adoctrinante” por que sería un adoctrinamiento ineficiente.

La riqueza de la PUCP es su pluralidad. Ella no puede ser sólo católica, pero tampoco puede dejar de lado los valores con las que se fundó. Tuve la suerte de tener profesores de distintas tendencias ideológicas, que me enseñaron a pensar y aprender. Dicha pluralidad es su riqueza. Y la que debe ser la fortaleza de todas las universidades, públicas y privadas. De lo contrario, dejaremos de ser una universidad que merezca tal nombre. Que la luz siga brillando en las tinieblas.

CHANG SE HACE EL TERCIO

El señor Ministro de Educación, José Antonio Chang Escobedo, ha defendido a capa y espada la norma del tercio superior, por considerar que refleja un requisito necesario para la mejora de la enseñanza superior.

Pues bien, incluso el Ministro de Educación, como lo han informado diversos medios, ha mencionado que perteneció al tercio superior de su universidad.

Sin embargo, Chang olvida mencionar a que centro de educación superior se refiere.

Nuestro Ministro no ha colocado en su hoja de vida su paso por la Pontificia Universidad Católica del Perú, por la que estuvo cinco ciclos de su educación superior. En esas épocas y hasta la década pasada, según me recuerdan varios egresados PUCP, las notas se publicaban en la pared de cada facultad, con lo que todos podian saber quien era quien dentro de la Universidad.

De hecho, varios alumnos se acuerdan de Chang y no precisamente por su buen rendimiento. De hecho, el Ministro podría comentarnos como fue su historial académico entre sus ciclos tercero y quinto de la carrera, en los que llevó tres veces los mismos cuatro cursos, lo que ocasionó su salida de la universidad.

Es cierto que la exigencia del tercio superior no hace a un buen profesional o a un buen maestro. Susana Villarán, en un buen post, ha señalado lo importante de la experiencia y de otros requisitos para ser un buen docente. El problema aquí con Chang no son sus notas, sino su doble moral. ¿Por qué exige un requisito que ni siquiera pudo cumplir en sus años como alumno?

Y ahora vea de nuevo a los maestros, señor Ministro. ¿No se da cuenta de lo improvisada de su propuesta? ¿Su terquedad le ha hecho olvidar su propio pasado y que la capacidad y el mérito son los que deben ir de la mano? Sí, todos queremos que la educación peruana mejore, pero no con medidas improvisadas, tercas y que ni siquiera su principal propulsor puede cumplir con la misma rajatabla con la que quiere imponerla al resto del país.

Pelearse con los maestros es productivo para las tribunas, en un país donde la profesión de docente no es la más valorada, ni por el Estado, ni por la ciudadanía. Pero no para una educación que anda en estado comatoso. Como lo ha dicho Constantino Carvallo, aqui tenemos al paciente muriendo y el director del hospital se pelea con los médicos.

Y quizás, lo mejor para todos, es que el director de ese hospital llamado Ministerio de Educación se vaya de una vez a su casa.

MAS SOBRE EL TEMA:
Utero de Marita: Las tricas del Ministro Chang en la PUCP
Roberto Bustamante: El Ministro triquero
Fernando Tuesta: El Tercio de Chang
El Fondo del Vaso: El tercio de Chang tricampeón
Pepitaspuntocom: Ministro Chang fue echado de la PUCP

REFLEXIONES DE INICIO DE CARRERA

Para Beatriz Boza, Javier Ciurlizza, Eduardo Dargent, Javier Neves y Elizabeth Salmón. Se ganaron el justo derecho de llamarlos maestros

Toda historia tiene su inicio y su final. La mía en la PUCP tendrá su conclusión este viernes. Pero comienza otra, en la que el Derecho, de alguna u otra manera, estará presente. Y es por ello que me tomo la libertad de dejar a un lado la reflexión coyuntural para, en voz alta, dar algunas pequeñas ideas respecto a la vocación que escogí y a lo que he podido aprender en estos años. Más que un compilado contaminado de juridicidad, es un testimonio personal.

Ciertamente, los abogados nos hemos ganado una mala fama. Se nos acusa de enredados, corruptos, poco consecuentes con la justicia, manipuladores del lenguaje y capaces de defender hasta al mismísimo Satanás. No en vano nos hemos ganado dicha impresión. Muchos colegas han hecho de la profesión ciertamente algo reñido con la competencia profesional, la ética y la defensa de los valores democráticos. Mencionar ejemplos sería ocioso, pues todos nos hemos topado con un letrado que tenga alguna de estas características. Y claro, cuando hago con sarcasmo la pregunta: ¿qué sería del mundo sin los abogados?, 9 de cada 10 personas me responden: un lugar mejor.

Cuando escogí la carrera de Derecho – luego de dilucidar entre Historia y Periodismo como otras opciones – lo hice consciente de esa mala imagen de la profesión. Y también lo hice en un momento particular de nuestra historia: cuando la ley era manipulada por una dictadura de manera tal que podía permitir arbitrariedades mayores y las instituciones eran absolutamente maltratadas. Ese fue un primer impulso para plantearme el camino jurídico: evitar que el colapso institucional sea mayor.

A pesar que la caída del régimen autoritario se produjo antes que entrara propiamente a la Facultad, creo que ese reto sigue presente. Aunque en menor medida, los recursos legales son utilizados como armas para la arbitrariedad y el gobierno que tenemos ahora no es precisamente fanático de la consolidación institucional, más allá de medidas aisladas. Ser abogado en el Perú implica lidiar con esta precariedad, pero también nos impone un reto: hacer que la institucionalidad se pueda consolidar. Buena parte de esa inquietud ha sido plasmada en la mayor parte de los cerca de 900 posts que tiene este blog en casi tres años.

En el camino recorrido he ido aprendiendo varias lecciones profesionales y personales. Quizás la primera de ellas es que, ante todo, somos seres humanos, que debemos preguntarnos quienes somos y que queremos. La respuesta a estas inquietudes no será la misma conforme andamos en el tiempo, pero si persiste una esencia personal en cada afirmación que damos a dichas interrogantes. Como alguien me dijo: La cantidad y calidad de tus dudas deben alegrarte más que preocuparte, pues son una señal de que estás “vivito y coleando”.

La segunda, es que no se puede ser un buen abogado – mejor dicho, un buen profesional – si es que no se adquieren destrezas, competencias y conocimientos. ¿Qué implica ello? Para quienes optamos por esta locura llamada Derecho, pues nos lleva a leer harto, hacernos varias preguntas, intentar mejorar cada día nuestra redacción y nuestra expresión oral. Si no contamos con las herramientas necesarias para pensar jurídicamente – ojo, hablo de pensar y no de paporretear códigos, pues las leyes siempre pueden cambiar -, pues ofreceremos un mal servicio a la persona que nos contrata y seguiremos contribuyendo a la mala imagen que tenemos ante buena parte de la sociedad.

Una tercera, que me toca de manera cercana, es tener en claro que nos proyectamos a la comunidad en la que vivimos. En apariencia, alguien que se dedica a ver los impuestos de una empresa no tiene la misma proyección social que dar que alguien que tiene como tema central la protección de los derechos humanos. Sin embargo, el mismo hecho de ser honesto con el trabajo que se hace, tener en cuenta las consecuencias de los actos que se van a avalar ya implica tener en cuenta a quienes te rodean y constituye un gran paso para sacudirnos del prurito de defensores de lo indefendible.

Como pretendo ser algo breve, dentro del desborde verbal que caracteriza a este espacio, me permito cerrar con una comprobación. Los abogados no tenemos la última palabra sobre todo. Aun en sociedades como la nuestra, se sigue pensando que los hombres de leyes manejan todos los temas y tienen respuestas para todo. Con el pasar de los años, me doy cuenta que necesitamos de nuestros amigos antropólogos, comunicadores, sociólogos, economistas, lingüistas, filósofos y un largo etcétera para poder comprender – o intentar comprender – la compleja realidad del mundo de hoy. La palabra multidisciplinariedad es síntoma de estos tiempos.

Una mención final para quienes puse al inicio de este post. Quienes veo como maestros y amigos – y no solo como meros docentes – me enseñaron a ver muchas de estas cosas que les he comentado, a través de distintas áreas tan disímiles como el conocimiento de la responsabilidad profesional y con nosotros mismos, la defensa de la dignidad del ser humano, la reflexión teórica pura y aplicada y las herramientas para pensar jurídicamente desde lo laboral y lo internacional. Y por supuesto, tener en cuenta que hay un mundo más allá de lo jurídico que es interesante vivir y sentir.

Decía al inicio que todo tiene un inicio y un final. Ciertamente este post también lo tiene. Pero no quiero cerrar esta reflexión meramente personal sin preguntarme si, luego de 50 años de egresado, tendré la misma intensidad con la carrera que escogí que la que tengo ahora. Quizás la mejor respuesta esté en una frase que le robo a Frank Lloyd Wright: La juventud es un estado de ánimo. La juventud implica ideas frescas, audacia e ir siempre detrás de la verdad. El tiempo me dirá si es que ese ánimo que quiero conservar hasta que la vida me indique la puerta de salida se habrá mantenido. El intento de hacerlo comienza hoy.

LA PUCP, LA MEMORIA Y LA TOLERANCIA

En 6 dias, luego de dar mi último examen de la carrera, pasaré a ser un egresado de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Sin duda, el tiempo que he permanecido en la PUCP me ha dado la oportunidad de adquirir las herramientas que me permitirán ser un profesional competente y, por supuesto, la oportunidad de crecer como persona.

Pero la PUCP tiene un carisma especial. Muchos quienes hemos pasado por sus aulas hemos desarrollado cuatro cualidades importantes: la excelencia académica, el respeto por los derechos de los demás, la tolerancia entendida como la visión del otro como alguien igual a nosotros y el espíritu crítico. Alguien muy importante para mi me dijo hace algunos días algo más o menos así: espero que ahora que te vas con el título bajo el brazo y saldrás de las aulas, seas aún más PUCP de lo que eres siendo alumno. Ser PUCP para mí es lo que he descrito antes y quiero ponerlo en práctica en relación con un tema que ha cobrado polémica en la comunidad universitaria y que, creo yo, puede ser importante para reflexionar sobre varios temas que considero importantes.

Hace 4 años, a raíz de la presentación del Informe Final de la Comisión de la Verdad, la Federación de Estudiantes (FEPUC) instaló, en un espacio ubicado frente a los pabellones de Física y Estudios Generales Ciencias, una placa en la que se recordaban a varias personas que habían sido víctimas de la violencia en distintas épocas. Así, este espacio fue llamado Plaza de la Memoria.Sin embargo, el lugar no llamaba la atención de quienes pasaban por allí, sea porque nos habíamos acostumbrado demasiado al lugar, la placa estaba mal ubicada o iluminada o por la indiferencia que existe en muchos frente al tema de la violencia.

Este año se decidió remodelar el lugar, con motivo de los 90 años de la Universidad. Hace poco más de un mes, el 18 de octubre, se entregó la remozada Plaza de la Memoria, con la placa reubicada y mejor iluminada. Pero también con un elemento nuevo: una cafetería bastante moderna, auspiciada por una conocida marca de café. Vean las fotos a continuación que ilustran como ha quedado el lugar:



El tema ha desatado opiniones encontradas. Por un lado, un grupo de profesores y alumnos de la Universidad, encabezados por el Rector Emérito y ex presidente de la CVR Salomón Lerner Febres, ha suscrito un comunicado en el que pide sacar la cafetería instalada por considerar, en términos generales, que termina banalizando el espacio creado alrededor de la memoria de estas personas. Del otro, varios alumnos que consideran que la cafetería y el memorial no son incongruentes entre sí y pueden ocupar el mismo espacio.

Para poderme contestar la pregunta sobre este debate, voy a hacer con ustedes un ejercicio, que tiene que ver con la significación de los lugares de memoria.

Los memoriales están destinados a que las personas recordemos un hecho en particular de la historia colectiva de una colectividad. Un espacio de memoria lo puede ser un cementerio, la Plaza San Martín, el Ojo que Llora o un parque. Cada uno de estos lugares puede tener un significado distinto, correspondiente con el objetivo que queremos darle: podemos encontrarnos ante un espacio público de duelo, de punto de reflexión o de celebración.

Por ello, la pregunta previa que debemos hacernos para dilucidar este tema en la PUCP tiene que ver con el significado que queremos darle a este lugar llamado Plaza de la Memoria. ¿Quéremos que sea un espacio de duelo, un punto de reflexión o un lugar de recordación en el que la memoria no sea incompatible con la vida cotidiana? Creo que esa pregunta no se la ha hecho la comunidad universitaria y, por ello, aparecen posiciones tan enfrentadas como estas.

Ciertamente, coincido con los firmantes del comunicado en que existe un peligro de banalización del tema de la memoria. Sin duda, en un país que no ha terminado de asimilar las lecciones del conflicto armado interno y en el que la satanización del Informe Final de la CVR se ha convertido casi en un deporte para un sector de la opinión pública, siempre es necesario tener presentes los hechos que nos ocurrieron y no tomarlos a la ligera.

Pero, ¿se logrará eso eliminando un espacio como el de Cafetal? Creo que no. Esa es una solución, a mi modo de ver, un tanto maximalista. El énfasis particular que debieramos tener quienes creemos en los derechos humanos es, por un lado, seguir persistentes en nuestras convicciones e ideas, las cuales son base para la convivencia elemental entre seres humanos. Y, de otro lado, encontrar formas en como el tema de la defensa de la dignidad humana lo colocamos de formas más cotidianas, no necesariamente solemnes, en la que el recuerdo de aquellos sucesos que no podemos olvidar no sea óbice para que podamos seguir teniendo esperanza en el futuro y dejemos la cotidianidad de lado.

En esa medida, la resignificación del espacio llamado Plaza de la Memoria pasa, a mi modo de ver, por una mejor ubicación de la placa conmemorativa, y por la integración de la cafetería al significado que se le quiera dar al monumento. Ello, por supuesto, tiene que tener en cuenta un elemento importante: la memoria siempre es reelaborada por los seres humanos, por lo que este tipo de lugares adquieren nuevamente significado constantemente. Veamos sino lo que pasó con El Ojo que Llora: la pintura naranja convirtió al símbolo de lo que nos pasó como país en un testimonio de lo que puede causar la intolerancia.

Y creo que ese peligro puede darse alrededor del tema. Hablar de inexperiencia como argumento para descartar cualquier observación al comunicado es tan contraproducente como calificar de caviares a todo aquel que se interese en el tema de los derechos humanos. Creo en los derechos humanos, pero me permito discrepar aquí con personas a las que respeto y aprecio, pues considero que la argumentación que he dado es, humildemente, congruente con los principios que mi segunda casa me enseñó desde hace años.

Un comentario final: ya que estamos evaluando el tema de la Plaza de la Memoria, quizás sea oportunidad para reevaluar la pertinencia de haber colocado en la placa el nombre de Javier Heraud. Con todo lo que significa su poesía para la literatura, ¿Qué hace una persona que tomó un fusil como Heraud, que murió en nombre de la violencia que tomó como camino, junto a personas con las que, pensemos o no como ellas, fueron víctimas de violaciones de los derechos humanos? Osea, así como con el Che Guevara no me trago el cuento de la heroicidad y el heroismo, tampoco lo hago con Heraud.

Ahora si termino. ¿Esta discrepancia que es lo que expresa? Que estamos vivos como universidad y que podemos tener la capacidad suficiente para discutir abiertamente sobre temas que a todos nos pueden concernir. La universidad viene de universalidad, lo que implica heterogeneidad y disenso, dentro del respeto a cada persona. Esa es la gran lección que me dio la Católica estos años. Solo espero que no se pierda, tanto por las amenazas externas que todos conocemos, o porque sus propios miembros puedan perder de vista que, en democracia, todos los puntos de vista son debatibles. Sigamos siendo esa luz que brilla en las tinieblas.

PUCP: OJO CON UN JUEZ Y UN ABOGADO

Hoy Perú.21 da dos datos bien precisos sobre el caso de la Católica:

La sentencia que declaró improcedente el amparo presentado por la Universidad Católica contra el representante del Arzobispado de Lima, en la disputa por la administración de los bienes heredados de José de la Riva Agüero, tendría una curiosa explicación. Resulta que el juez de la causa, Jaime Román Pérez, mantendría estrechos vínculos con el abogado del Arzobispado, Vicente Walde Jáuregui, ex magistrado destituido por el CNM.

Se sabe también que el juez Román habría recibido insistentes llamadas del titular de la Octava Sala Civil de Lima, Manuel Soller Rodríguez, quien es muy amigo de Walde Jáuregui. Es más, Soller es quien preside la sala que resolverá la apelación de la sentencia. Con semejante ‘ayuda’ no es un milagro que el cardenal Juan Luis Cipriani haya vencido en este primer asalto a la Universidad Católica.

Walter Walde Jaúregui fue Vocal de la Corte Suprema y fue destituido por el Consejo Nacional de la Magistratura. ¿El motivo? Anular una sentencia definitiva pasada en autoridad de cosa juzgada, dictada por la propia Sala que él integraba. Osea, ir contra sus propios precedentes. Este abogado es el representante de Cipriani.

Pero no es el único antecedente. Según una hoja de vida confeccionada por el Instituto de Defensa Legal, el abogado del Cardenal tiene estas observaciones:

Se le vincula con el Apra. El caso que más se le recuerda es el de su participación en la estatización de la banca decretada por Alan García en 1987, cuando desestimó una acción de amparo que pretendía impedir la intervención de los bancos, cuando ya otro juez, Eduardo Raffo, había dispuesto el cese de la misma.

En 1991 estuvo involucrado en una investigación que realizó la Oficina de Control Interno sobre un supuesto intento de soborno, que habría comprendido a su secretario y a funcionarios de la Central de Crédito Cooperativo, la CCC. La investigación se interrumpió con el golpe del 5 de abril de 1992 impidió una investigación exhaustiva de la denuncia.

Y sobre Manuel Soller, podemos decir que es un juez que según el Colegio de Abogados era solamente regular. Asimismo, fue procurador del Estado en la época de Fujimori, para defender el Decreto Legislativo 776, que quitaba recursos a las municipalidades provinciales.

Y no deja de tener vínculos con el APRA. Su hermano, Luis Felipe Soller, ha sido “Representante Personal del Presidente de la República Dr. Alan García Pérez para asuntos relativos a la problemática nacional en la gestión del Estado” y “Asesor de la Secretaria General de la Presidencia de la República desde 1986 a 1990”.

Dada la cercanía del Cardenal y del Presidente, como que algo no está bien en esta historia.

(Fotoshop: El Morsa)

PUCP: CUANDO PASE EL TEMBLOR

En 42 días dejaré las aulas universitarias. La PUCP – que se ha convertido en mi segunda casa – me ha dado experiencias buenas y no tan buenas, la oportunidad de contar con una formación que va más allá de lo estrictamente profesional y, por supuesto, de conocer a mucha gente muy valiosa.

Anoche, conversando con alguien a quien siempre agradeceré a la vida y a mi segunda casa haberla conocido, me hizo recordar que mi querida PUCP sigue en peligro.

Esta semana, los dos diarios favoritos del Cardenal y Primado del Perú – Expreso y Correo – informaron sobre la demanda de amparo que la Universidad interpuso frente al representante de Cipriani ante la Junta Administradora de los bienes de Riva Agüero: la demanda habría sido declarada improcedente en primera instancia.

Como dice el Comunicado que la PUCP nos dio a conocer el martes último, resulta bastante extraño que los dos diarios más requeridos del Arzobispado hayan tenido noticia de esto antes que las partes.

¿Y que implica la improcedencia de la demanda? Pues no es un pronunciamiento sobre el fondo del asunto, que tiene que ver con las cláusulas del testamento de Riva Agüero – a pesar de lo que diga cierto abogado cuyos pronósticos sobre la extradición fueron totalmente errados y sesgados -, sino que implicaría – y utilizo el condicional pues hasta ahora no tengo acceso a la sentencia – una de dos cosas: una declaración de carácter formal sobre algún requisito de la demanda o que el juez consideró que el tema no se debe ventilar en un proceso de defensa de derechos fundamentales, sino que hay otras vías judiciales que considera como más adecuadas para ello.

La pelea sin duda, será de largo aliento. La PUCP ya señaló que apelará el fallo y, de ser posible, llegará hasta el Tribunal Constitucional. Y ese es el cauce en donde deberá manejarse, prioritariamente, este tema.

Sin embargo, el terreno de la opinión pública también es importante. Y por ello es que reafirmo lo que dije en su momento. El testamento de Riva Agüero da la razón a la PUCP sobre la propiedad y no dice nada sobre la orientación ideológica de la Universidad. Y este es un tema que va más allá de la propiedad o el manejo de los bienes de la Católica. Tiene que ver con como concebimos una universidad confesional, que en este caso se ha manejado como Universidad antes como producto de una confesión, basándose en la libertad que, además, no es incompatible con el catolicismo. No es solo un tema de libertad, sino también de libertades.

A pesar que la Católica también tiene sus problemas, por mi parte, seguiré defendiendo a mi Universidad, pues seguirá siendo la casa en donde me formé y donde he vivido varios de los años más intensos de mi aun corta vida. Como dijo Jorge Bruce: “Si se meten con nuestra mamá, nos van a encontrar a todos al frente”.

MAS SOBRE EL TEMA:
El caso PUCP en Desde el Tercer Piso
Menos Canas: PUCP: de largo aliento

LA PUCP, EL ARTE Y LAS RESPONSABILIDADES


Pensé varias veces en la posibilidad de escribir o no este artículo, no tanto en mi condición de estudiante PUCP, sino también por el vínculo laboral que tengo con la misma. Venciendo mis iniciales resistencias y señalando que mis opiniones solo me vinculan a mi – con la atingencia antes señalada – paso a exponer mis puntos de vista.

La semana pasada, se registró un lamentable accidente en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Mientras se encontraban realizándose trabajos en la Facultad de Arte de la Universidad, cedió el techo de una de las casetas prefabricadas de arte, siendo afectados el trabajador que venía realizando el pintado de los techos de la instalación, así como dos alumnos de la Facultad que quedaron heridos.

Con justa razón, los alumnos y trabajadores protestaron por dos motivos centrales: la precariedad con la que la Facultad de Arte viene trabajando desde hace muchos años y la presencia de techos de asbesto, material que en fuertes dosis presenta riesgos serios para la salud. La Universidad respondió con un comunicado en el que, debo lamentar, intentó salvar su responsabilidad con argumentos dignos de una compañía de seguros.

¿Qué nos deja como lección todo esto?

En primer lugar, que todas las entidades tienen que tener construcciones de material noble, no solo por un tema de respeto a las personas que utilizarán dichas instalaciones, sino por un tema de seguridad. Acabamos de pasar por una tragedia nacional que nos recuerda que todas nuestras estructuras materiales deben estar preparadas. Y el estudio de la UNI que la propia PUCP encargó señala que un material como el asbesto debe ser retirado – de hecho, ya hay un proyecto de Ley en el Congreso para prohibir su uso – por lo que las acciones a tomarse deben hacerse rápidamente.

Hoy la PUCP en su periódico oficial Punto Edu presenta una explicación sobre el tema. Señala que el proyecto de construcción de nueva Facultad de Arte está planificado y presupuestado desde hace un año, pero que no ha sido ejecutado debido a que se requiere definir si se construiría bajo el mismo espacio que actualmente ocupa o si se utilizará un área nueva para lo mismo. Este fin de mes, el Rector, el Decano de Artes y representantes de profesores y alumnos se reunirían para determinar una solución final al problema. Sin duda, es un paso adelante, pero que debe iniciar también una saludable autocrítica en las autoridades de la Universidad, quienes no afrontaron por muchos años este problema.

Un segundo tema, y con esto concluyo, tiene que ver con las reglas existentes para los services y las empresas usuarias. Para la Universidad le ha sido muy fácil expedir el comunicado antes mencionado, debido a que no tiene responsabilidad solidaria con el service. En lugar de ver si se limita o no el porcentaje de trabajadores empleados bajo esta modalidad, tal vez nuestros congresistas debieran pensar en una medida que realmente acabe con la desprotección: la responsabilidad solidaria entre service y empresa usuaria. Además de comprometer al efectivo empleante de la mano de obra manual o intelectual, la medida, por costos, sí permitiría una contratación bajo planilla, al desincentivar el empleo de la intermediación para actividades en las que realmente no se requiere la misma.

Finalmente, creo que extrapolar el debate a los pleitos con el Cardenal o a tensiones ideológicas entre miembros de la Comunidad Universitaria termina desnaturalizando el fondo del problema.