GIAMPIETRI VS YUYAPANAQ


Hace algunas semanas, la sección Polidatos de Expreso colocaba las siguientes notas vinculadas:

¿Qué hace allí?
La falaz muestra fotográfica Yuyanapaq de la CVR, que falsea la historia de la guerra terrorista contra la sociedad peruana, ha sido instalada en el 6to. piso del Museo de la Nación. ¿Qué hace allí? Señor ministro de Educación, no permita que se engañe más a los peruanos. Retírela. La mentira no es cultura

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Nos hemos enterado que la permanencia de esa muestra mendaz en el Museo es patrocinada por la Defensoría del Pueblo, institución pública que vive del dinero de los contribuyentes. ¿Para eso usa los tributos de los peruanos Beatriz Merino? ¿Quién controla estos gastos, señor contralor Genaro Matute?

Contrabando
En esa exposición casi todas las fotos están en blanco y negro, sin embargo en lugar privilegiado resalta una gigantografía –esa sí a todo color– de una bandera roja debajo de la cual una leyenda dice “Muchas veces, durante el conflicto armado Interno, los cerros de Lima amanecían embanderados”. ¿Casualidad? No, contrabando político.

Estas expresiones no extrañan viniendo de un diario que hace ver a Joseph McCarthy como un candidato al premio a la tolerancia. Expreso sigue sosteniendo, erróneamente, que la Comisión de la Verdad y Reconciliación embarra a las Fuerzas Armadas con acusaciones falsas, cuando fue evidente en el país que se cometieron violaciones de los derechos humanos que, en algunos lugares y momentos, no fueron simples cuestiones aisladas. Hasta allí, la falacia del diario de Luis García Miró no tendría mayor trascendencia, pues se trataría de una raya más al tigre.

Sin embargo, la sección 5 Espinas de la revista Somos de El Comercio, publicó esta semana el siguiente dato:

Ver para creer. Desde que la exposición Yuyanapaq: para recordar se encuentra en el sexto piso del Museo de la Nación, no han faltado quienes, a través de cierta prensa, han puesto el grito en el cielo e incluso exigido su cancelación. en su edición del 05 de enero, el diario Expreso critica que la muestra “sea patrocinada por la Defensoría del Pueblo, con dinero de todos los contribuyentes”. La muestra fotográfica forma parte del legado visual que la Defensoría recibió de la CVR y cuenta con el respaldo de la cooperación internacional. Quien más interesado estaría en que la muestra sea retirada antes de la II Cumbre de Líderes empresariales de ALC- UE (14 y 15 de mayo) sería el primer vicepresidente Luis Giampietri. Que raro.

A estas alturas, que Giampietri le tenga tirria a la CVR es un hecho por todos conocido. Bueno, no extraña de alguien que tenía como asesor a un personaje ligado a la dictadura militar argentina o que tenga aún algunas cosas por explicar en el caso El Frontón.

Sin embargo, hay algunos datos interesantes que, además de dichas antipatías, hacen que el dato dado a Somos revista la mayor gravedad y preocupación.

Como sabemos, este año se celebrarán dos grandes cumbres internacionales en nuestro pais. Giampietri es el encargado de la organización de la reunión de APEC que se celebrará en noviembre, mientras que el empresario Ricardo Vega Llona se ocupa de la cumbre América Latina y el Caribe – Unión Europea.

Y las conexiones entre ambos personajes no son pocas. La central tiene que ver justamente con el caso El Frontón. La Comisión de la Verdad y Reconciliación encontró que el autor directo de las ejecuciones extrajudiciales registradas en 1986 fue Juan Vega Llona, hermano del empresario y que posteriormente fuera asesinado por Sendero Luminoso. El actual organizador de la cumbre con la Unión Europea reconoció que su hermano fue el ejecutor directo, en declaraciones que quisieron salvar a Giampietri de una posible responsabilidad en este asunto peliagudo.

Sin embargo, y a pesar de coincidir con esta afirmación de la CVR, Vega Llona es otro de sus críticos, por los mismos prejuicios que acompañan al Almirante en referencia a los militares que violaron los derechos humanos.

Pero no es el único vínculo “extraño” – por denominarlo de algún modo – entre los amigos de Alan. Hace algunos meses, Edmundo Cruz presentó un informe sobre los entretelones de una amenaza de atentado contra el Presidente de la República, hipótesis que fue puesta en manos de Palacio de Gobierno por Giampietri y por Forza, la empresa de seguridad vinculada a ex miembros de la Marina de la que Vega Llona es director.

Y aquí viene el otro detalle que a ambos les preocupa: La cumbre América Latina y el Caribe – Unión Europea se celebrará en el Museo de la Nación. Por tanto, los jefes de Estado y de gobierno invitados recorrerán las instalaciones y exposiciones del Museo, incluyendo Yuyanapaq. Es por ello que la intención de sacar la muestra antes de mayo es plausible. Y me imagino que las presiones irán hacia el Instituto Nacional de Cultura (del cual depende este recinto cultural), dirigido por Cecilia Bákula, experta en censuras gubernamentales.

Esto sin duda es preocupante. Por un lado, estamos ante un gobierno que ya tiene antecedentes de sacar obras de arte vinculadas con derechos humanos y cuya tolerancia frente a este tipo de temas es bastante escasa. De otro lado, hay dos personajes cuyo discurso sobre lo ocurrido entre 1980 y 2000 es compatible con el ocultamiento de los hechos y la intolerancia. Y finalmente, y esto me parece lo más grave, se pretende que nuestros visitantes extranjeros desconozcan una parte de la historia del Perú que, aunque dura y dolorosa, tiene importantes lecciones que dejar, no solo para los peruanos, sino también para la comunidad internacional, sobre todo ahora que el terrorismo es encarado como un problema global.

Sacando fotografías no se oculta una verdad. Si mañana – Dios no lo quiera – el Guernica de Picasso fuera dañado, ninguno de los horrores de la Guerra Civil Española se borraría. No me imagino a los Kirchner cerrando el Museo de la Memoria creado en la ESMA porque viene una cumbre internacional o a Michelle Bachelet cerrando algún monumento en Santiago referido al drama que ella misma pasó.

Pero estamos ante el gobierno de la amnesia selectiva y del Alzheimer prematuro. ¿Otra cosa puede esperarse?

NO OLVIDEMOS UCHURACCAY

Hace 25 años se produjo uno de los hechos de sangre más dolorosos para el país: la muerte de 8 periodistas y dos campesinos en Uchuraccay.

Fue uno de los casos más complejos e impactantes que el país tuvo que presenciar durante el conflicto armado interno. Por un lado, conocer la forma en como los comuneros enfrentaban a la subversión y los equívocos a los que se pudo llegar. De otro lado, el drama de una comunidad que luego fue diezmada por la insanía de Sendero Luminoso. Y, por cierto, diversas interpretaciones sobre el caso que, en su momento, causaron polémica.

Uno de los primeros posts que escribí trata sobre este caso, sobre la base de lo señalado por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (que no distaba en los hechos de lo señalado por la Comisión Vargas Llosa, pero tienen discrepancias severas en las interpretaciones, siendo lo de la CVR más acertado en el diagnóstico y decripción del cuadro general alrededor de los hechos): los comuneros fueron los victimarios de los periodistas y sus acompañantes, a quienes confundieron con senderistas, luego que fueran incitados por miembros de las Fuerzas Armadas a matar a todo extraño que se encontrase a pie. Y, posteriomente, 135 comuneros, en una población de 470 habitantes, murieron en masacres ejecutadas por Sendero Luminoso, como venganza por no alinearse con su ideología.

En Uchuraccay, creo yo, se resume gran parte del problema de aquellos – y de estos años -: una violencia sin precedentes, la incomprensión frente a una realidad compleja, el poco respeto por la vida humana, distintas interpretaciones y malos entendidos que terminaron ocultando la verdad por años.

Tal como lo hizo el año pasado, Juan Gargurevich recuerda en su blog algunos pasajes de lo ocurrido luego de la masacre. Vale la pena leerlo.

Y también vale la pena recordar las actividades que se vienen haciendo en conmemoración de esta fecha, tanto en Lima como en Ayacucho.

Como alguien lo escribió el año pasado:

sólo podría decir que la mejor manera de homenajear perpetuamente a quienes cayeron en esta u otra de las masacres de la época del terror, es, señores periodistas, apostar siempre por la verdad. Por más utópico o idealista que suene, ésta existe y es nuestra obligación hacer que todos la sepan.

Tarea que no solo le corresponde a los periodistas, sino a todos los peruanos.

MAS SOBRE EL TEMA:
Roberto Bustamante: Uchuraccay como espejo de la violencia política

LA NAVE DEL OLVIDO

El artículo que escribí el viernes sobre la improcedencia jurídica y ética de las Leyes de Amnistía ha desatado una serie de comentarios que creo necesario responder y ampliar. Creo que el tema mantiene una particular relevancia, no solo por los juicios sobre Fujimori, sino también porque se terminan confrontando dos versiones sobre lo que fue el conflicto armado que vivió el país.

Comencemos por precisar que es erróneo hablar de una “ideología derechohumanista” como si fuera algo contraproducente para el país o fuese algo manipulatorio. Los derechos humanos no son patrimonio de un grupo o de una ideologia, sino que es la plasmación en reglas básicas de la dignidad de todo ser humano – sin importar cual sea su conducta ética – que todos nos debemos. Y ello debieran compartirlo liberales, comunistas, conservadores y demás personas en el mundo.

¿Por qué es importante mantener los hechos dolorosos que nos sucedieron en el recuerdo? En primer lugar, porque no todo se ve con el prisma de “para que me sirve” utilitario que acompaña el pensamiento de muchos, que miden el mundo con criterios meramente economicista. El crecimiento económico – bien lo sabemos en estos años de bonanza – no es suficiente para que la gente viva bien o es un pretexto para decir: olvídemonos de lo que pasó. Y es que los derechos de cualquiera de nosotros no se deciden por votación popular o encuestas, sino que son inherentes a nuestra calidad de seres humanos y no se pierden por ninguna acción que cometas.

En segundo lugar, porque es necesario tener en cuenta que el Estado no puede proceder como quiere a la hora de combatir el terrorismo. Sin duda, tiene el derecho y el deber de defender a sus ciudadanos de lo que supone una amenaza a los derechos de todos – Sendero Luminoso y el MRTA lo fueron y de eso no cabe ninguna dura -, pero no puede hacerlo utilizando los mismos métodos empleados por ellos.

Ganar una guerra no supone hacer lo que se da la gana, por más que la causa que se defienda sea justa. Y ello tampoco es pretexto para evitar procesos judiciales. Si se cometieron delitos, pues hay que responder por ellos si es que se encuentran los elementos suficientes de prueba. Aceptar que se cometieron violaciones sistemáticas y/o generalizadas de los derechos humanos no es una afrenta a las Fuerzas Armadas, sino que debe suponer una necesaria reflexión sobre su papel cumplido y como es que este tipo de prácticas eran, a la vez que ética y jurídicamente reprochables, poco eficientes para la derrota de la subversión. Se ganó el conflicto en términos militares, pero fue a pesar de dichas vulneraciones de los derechos fundamentales. Quizás a Andrés Bedoya Ugarteche le convenga tener eso en cuenta, antes que seguir citando al almirante Emilio Massera, uno de los principales represores de la dictadura argentina.

Y enunciar este tipo de cosas no supone hacerle el juego a Sendero Luminoso o al MRTA. Por el contrario, implica que el Estado tenga una superioridad moral que se traduzca en acciones. Menos implica pedir una amnistía por crímenes tan execrables cometidos por los grupos encabezados por Abimael Guzmán y Víctor Polay. Por el contrario, la CVR estuvo contraria al establecimiento de este tipo de complacencias o leyes de olvido porque no contribuyen en nada al objetivo de la reconciliación, menos aún cuando la propia Comisión señaló que SL era el principal responsable de lo ocurrido al país entre 1980 y 2000. Recordar lo se dijo es necesario:

El primero y principal culpable, desde todo punto de vista, es la organización terrorista autodenominada Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso. Lo es porque fue quien desencadenó la violencia, precisamente cuando los peruanos recuperábamos la democracia; lo fue porque quiso imponernos mediante la práctica del terrorismo un modelo de organización social supuestamente superior, cuando los peruanos veníamos transformando nuestra sociedad, haciéndola más humana, más plural, más equitativa, en un proceso lento, es cierto, pero fundamentalmente pacífico y participativo.

La Comisión ha encontrado en los militantes del autodenominado Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, y de manera principal en sus jefes ideológicos y políticos, su Comité Central y sus principales órganos de conducción, responsabilidad por graves y numerosos crímenes de lesa humanidad, practicados con una crueldad inaudita en la historia de nuestro país. Sería ocioso, seguramente, pretender explicar a ustedes, compatriotas de Ayacucho, la magnitud y crueldad de esos crímenes que ustedes conocen mejor que el resto de peruanos: el reclutamiento forzado de niños y adolescentes, las prácticas de torturas para castigar y aterrorizar a la población, los aniquilamientos selectivos y las masacres de comunidades campesinas, el abuso sexual contra las mujeres, esa suerte de deleite que parecían sentir en ocasionar sufrimiento a sus víctimas. La Comisión ha encontrado que la dirección política y militar del PCP-SL es responsable de violaciones de los derechos humanos practicadas de manera sistemática y generalizada como parte de su estrategia de poder.

¿Cómo explicar la degradación de una agrupación de seres humanos hasta ese nivel de crueldad? Será imposible, de seguro, ofrecer una respuesta completa. Pero la Comisión considera que los crímenes de lesa humanidad cometidos contra el pueblo ayacuchano, contra los pueblos de los andes peruanos, contra el Perú en general, no hubieran sido posible sin la voluntad obstinada de un grupo de personas, aferrados a una ideología totalitaria que despreciaba el valor de la vida humana y que se expresaba en un culto delirante a su líder, Abimael Guzmán Reinoso, ese líder que pedía a sus militantes pagar una cuota de sangre por la revolución, que los inducía al sacrificio de sus vidas para provocar al Estado, que les exigía llevar la vida en la punta de los dedos. Ese líder, en suma, que nunca abandonó la tranquilidad de sus refugios urbanos y que apenas sintió en peligro su vida no vaciló en abandonar todas las consignas guerreras con las que había empujado a la muerte a sus jóvenes militantes y propuso un inverosímil acuerdo de paz.

Para la Comisión, por la magnitud de sus crímenes, y por su naturaleza criminal, por su práctica recurrente del terrorismo, el Partido Comunista del Perú no puede tener un lugar en la sociedad democrática que queremos construir.

Juzgar a quienes cometieron crímenes no es una persecución, como enunció ayer el personaje que, para desgracia de los católicos en el Perú, ejerce el rol de Cardenal y Arzobispo de Lima. Juzgar implica reconocer, en primer lugar, que no estamos ante meros excesos. Como se decía en el mismo discurso que he citado:

Debemos decir, en primer lugar, que es insostenible, casi una afrenta para las víctimas, insistir en que solamente se cometieron excesos. Un exceso es una extralimitación en el cumplimiento de las funciones. Y la Comisión no ve cómo, de qué manera, pueden considerarse como tales las numerosas violaciones de derechos humanos que se cometieron principalmente en las zonas bajo dominio de los comandos político-militares.

Pero los procesos judiciales implica, fundamentalmente, reconocer en las víctimas de lo ocurrido en otros semejantes a nosotros. Desgraciadamente, muchos no han podido aceptar la dolorosa verdad de que la mayor parte de víctimas se registró en las zonas más pobres de nuestro país, justamente por prácticas que no tomaron en cuenta los derechos de quienes moran allí y que enfatizaron en rasgos comunes de nuestra sociedad como el racismo y la discriminación de género, así como se complejizaron con dinámicas regionales y locales que hicieron que personas de una misma localidad se mataran entre ellas. Así de compleja fue la realidad en el Perú.

Perdonar, como lo dije en el artículo anterior, corresponde a la voluntad de cada persona y, por ende, se maneja en el ámbito interpersonal, no en el del Estado. El ámbito estatal tiene que ver, fundamentalmente, con construir las condiciones que impidan que el dolor vivido en estos años se repita. Y entre esas condiciones, se encuentra, sin duda, los procesos judiciales que deben seguirse para que quienes se sintieron afectados en sus derechos puedan alcanzar justicia y, por fin, puedan ir dejando atrás, en la medida de lo posible, esa página dolorosa de su historia personal y de nuestra historia colectiva.

En estos días en que nos acordamos de lo que implica darse a los demás, quizás sea un buen momento para pensar sobre la importancia que tiene la dignidad del ser humano en nuestras vidas, sobre todo, de aquel a que no conocemos. El flaco – para algunos Dios, para otros, un gran hombre – que vino hace 2007 años bien que nos los recordaba y miren quienes eran sus amigos para ver que no eran precisamente los más capos o privilegiados. No hay necesidad de creer en El para poder entenderlo.

JUICIO A FUJIMORI: PARA SER MAS DERECHOS Y HUMANOS

El odio de los hombres pasará y caerán los dictadores y el poder que tomaron al pueblo será reintegrado al pueblo y así, mientras el hombre exista, la libertad no desaparecerá.
(Charles Chaplin, El Gran Dictador)

Dicen que las cosas suceden por algo. Dicho que le he escuchado a las personas más importantes de mi vida en diversas ocasiones. Algo de ello se le puede aplicar a la fecha de inicio del juicio a Alberto Fujimori por violaciones de los derechos humanos, que coincide con el día en que recordamos que tenemos derechos que nadie nos puede nos puede conculcar.

Durante estas semanas que han mediado desde la extradición, me he preguntado muchas veces sobre la trascendencia de este proceso judicial, interrogante sobre la cual he encontrado algunas respuestas.

La primera es la estrictamente jurídica. Sin duda, un proceso penal tiene como principal objetivo establecer la responsabilidad de una persona, respetando sus garantías al debido proceso, para verificar si es que le corresponde una sanción. Con relación a este punto, la sentencia de extradición presenta suficientes elementos de prueba que, actuados en el proceso, pueden significar más de una condena significativa contra Fujimori por los hechos por los que se le imputa responsabilidad.

La estrategia de Fujimori será negar el conocimiento de los delitos por los que es acusado, señalando que todo se hizo a sus espaldas. Estategia que, a mi modo de ver, no se corresponde con la realidad. Una persona que siempre se jactó de tener el control de todo el poder y que, efectivamente, lo tuvo en relación con los aparatos de inteligencia, no puede alegar tener desconocimiento de las acciones cometidas por el Grupo Colina, más aun cuando median felicitaciones, declaraciones espontáneas de los propios miembros de este escuadrón y una estructura de mando que lo tiene como cabeza visible.

Pero hay otras dimensiones que se derivan de este proceso judicial, las cuales, no necesariamente serán cubiertas por el proceso en sí, pero que sí comenzarán a encontrar su catalizador a partir del inicio de este largo camino. Algunas ya las describi hace algún tiempo y se resumen en el debate aun existente sobre lo que significó el fujimorismo para el país, sobre todo, en lo que se refiere al aspecto usualmente alegado por los partidarios del ex candidato al senado japonés para justificar todo: la pacificación nacional. Y me remito a la columna de Jorge Bruce que resume esta contienda:

Lo que en realidad está en discusión -pero sus defensores no lo pueden decir en público-, es si esos delitos eran parte de lo que los fujimoristas y muchos peruanos todavía entienden como la tarea de ordenar y pacificar al país. Este non dit (tal como se denomina en francés a lo que se calla pero se sobreentiende), es muy incómodo para el actual presidente y su partido. Porque ellos eran en parte los causantes de esa situación de caos y zozobra que Fujimori heredó.

Y este párrafo de Bruce me da para traer a colación dos temas importantes.

El primero tiene que ver con la actuación del gobierno frente al fujimorismo, actuación que linda, en ocasiones, con la complacencia, y en otras tantas, con la complicidad. En realidad, los actuales dirigentes del gobierno – y no digo apristas, pues hay varios descontentos con ese giro, a pesar que la “disciplina partidaria” se los impida decir – se sienten bastante cómodos con este estilo de mantener el status quo, en el que también nadan bien los fujimoristas, dado que no se profundizan cambios de fondo frente al modelo de los noventa y, además, se protegen mutamente responsabilidades.

Como lo comentaba con una amiga el viernes pasado, ciertamente las responsabilidades políticas y penales son distintas, pero igualmente graves. De eso se han percatado bien en el gobierno en relación con su anterior experiencia, que no fue respetuosa de los derechos fundamentales en muchos aspectos, por cuestiones generalmente puestas en el plano de la omisión y difícilmente (por no decir imposible) justificables por parte de Alan García.

Ese miedo al pasado hasta ahora no afrontado de manera adecuada también es parte de las patologías con las que carga una administración mediocre como la que vivimos. Es lo que hace tener como receta económica y social a los discursos caninos del Presidente, y como receta institucional y de derechos humanos la amnesia, la parálisis y el gesto efectista de “mano dura” para contentar a un país que aun no se acostumbra a su condición de ciudadanía.

Y por allí va lo segundo, que tiene que ver con el Dia de los Derechos Humanos. Alguna vez alguien me dijo que el país no está preparado para vivir en democracia, lo que implica también que no está preparado para dar derechos a todos sus habitantes, considerándolos como ciudadanos.

En realidad, y esta es mi respuesta a ese comentario, ningun país estuvo “preparado” para la democracia. Simplemente fueron construyendo instituciones en la medida que la continuidad de gobiernos democráticos lo permitió. A esa continuidad hay que añadirle contenido social para que el 2011 no volvamos a cometer el mismo suicidio colectivo que en 1990.

Y cuando hablo de contenido social ciertamente hablo de derechos humanos: educación, salud, vivienda, alimentación adecuada, acceso a la justicia o que te respeten la lengua en la que hablas tiene que ver con aquellas cuestiones inalienables para el ser humano y que no dejan de ser interdependientes con el derecho a la vida, a que no nos torturen, a la libertad de expresión, a la seguridad o a la propiedad.

Ello, ¿qué implica? Pues que no debemos volver a canjear nuestra libertad y nuestros derechos a cambio de una mal entendida seguridad. Esa es la gran lección de los años noventa: un crecimiento económico mediocre y una pacificación que no tuvo relación alguna con las medidas autoritarias no son justificaciones para los atropellos cometidos por la dictadura y, menos aún, por los crimenes por los cuales, desde esta mañana, Fujimori será procesado.

Vistas así las cosas, el proceso a Fujimori nos brinda la oportunidad de hacer varias rupturas. Con la impunidad subyacente para los altos funcionarios sobre materias que debieran ser incuestionables en un país civilizado, los temores de hacer un gobierno más inclusivo y menos dependiente de votos que no son indispensables, la lenidad y lentitud de un Poder Judicial que se ganó a pulso su desprestigio y una cultura política que sigue privilegiando el fin sin que importen los medios.

Antes de escribir este post, veía a Chaplin en esa gran película llamada El Gran Dictador. Y allí, antes del discurso final del barbero judío, el Ministro de Propaganda de Tomania, decía lo siguiente:

“Hoy en día, democracia, libertad y igualdad son palabras que enloquecen al pueblo. No hay ninguna nación que progrese con estas ideas, que le apartan del camino de la acción. Por esto las hemos abolido. En el futuro cada hombre tendrá que servir al Estado con absoluta obediencia”.

En 1992, 90% del país creía en ese discurso. ¿Habremos aprendido la lección?

MAS SOBRE EL TEMA:
El Comercio: Fiscal del caso Fujimori expondrá su acusación por violación de los derechos humanos.
Andina: El juicio se inicia a las 9:00 am
Perú.21: Capítulo inédito de reedición de Ojo por Ojo
Augusto Alvarez Rodrich: El inicio del juicio final
Federico Salazar: Sentencia ejemplar contra Fujimori
Nelson Manrique: Gritos y susurros
Roberto Cuellar, director de Instituto Interamericano de Derechos Humanos: Fallos sobre casos Barrios Altos y La Cantuta en Corte Interamericana son precedentes importantes.
Santiago Cantón: Los Estados y el respeto a los DDHH
Morena Escribe a Veces: Colina para Dummies by el Trome

LA PUCP, LA MEMORIA Y LA TOLERANCIA

En 6 dias, luego de dar mi último examen de la carrera, pasaré a ser un egresado de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Sin duda, el tiempo que he permanecido en la PUCP me ha dado la oportunidad de adquirir las herramientas que me permitirán ser un profesional competente y, por supuesto, la oportunidad de crecer como persona.

Pero la PUCP tiene un carisma especial. Muchos quienes hemos pasado por sus aulas hemos desarrollado cuatro cualidades importantes: la excelencia académica, el respeto por los derechos de los demás, la tolerancia entendida como la visión del otro como alguien igual a nosotros y el espíritu crítico. Alguien muy importante para mi me dijo hace algunos días algo más o menos así: espero que ahora que te vas con el título bajo el brazo y saldrás de las aulas, seas aún más PUCP de lo que eres siendo alumno. Ser PUCP para mí es lo que he descrito antes y quiero ponerlo en práctica en relación con un tema que ha cobrado polémica en la comunidad universitaria y que, creo yo, puede ser importante para reflexionar sobre varios temas que considero importantes.

Hace 4 años, a raíz de la presentación del Informe Final de la Comisión de la Verdad, la Federación de Estudiantes (FEPUC) instaló, en un espacio ubicado frente a los pabellones de Física y Estudios Generales Ciencias, una placa en la que se recordaban a varias personas que habían sido víctimas de la violencia en distintas épocas. Así, este espacio fue llamado Plaza de la Memoria.Sin embargo, el lugar no llamaba la atención de quienes pasaban por allí, sea porque nos habíamos acostumbrado demasiado al lugar, la placa estaba mal ubicada o iluminada o por la indiferencia que existe en muchos frente al tema de la violencia.

Este año se decidió remodelar el lugar, con motivo de los 90 años de la Universidad. Hace poco más de un mes, el 18 de octubre, se entregó la remozada Plaza de la Memoria, con la placa reubicada y mejor iluminada. Pero también con un elemento nuevo: una cafetería bastante moderna, auspiciada por una conocida marca de café. Vean las fotos a continuación que ilustran como ha quedado el lugar:



El tema ha desatado opiniones encontradas. Por un lado, un grupo de profesores y alumnos de la Universidad, encabezados por el Rector Emérito y ex presidente de la CVR Salomón Lerner Febres, ha suscrito un comunicado en el que pide sacar la cafetería instalada por considerar, en términos generales, que termina banalizando el espacio creado alrededor de la memoria de estas personas. Del otro, varios alumnos que consideran que la cafetería y el memorial no son incongruentes entre sí y pueden ocupar el mismo espacio.

Para poderme contestar la pregunta sobre este debate, voy a hacer con ustedes un ejercicio, que tiene que ver con la significación de los lugares de memoria.

Los memoriales están destinados a que las personas recordemos un hecho en particular de la historia colectiva de una colectividad. Un espacio de memoria lo puede ser un cementerio, la Plaza San Martín, el Ojo que Llora o un parque. Cada uno de estos lugares puede tener un significado distinto, correspondiente con el objetivo que queremos darle: podemos encontrarnos ante un espacio público de duelo, de punto de reflexión o de celebración.

Por ello, la pregunta previa que debemos hacernos para dilucidar este tema en la PUCP tiene que ver con el significado que queremos darle a este lugar llamado Plaza de la Memoria. ¿Quéremos que sea un espacio de duelo, un punto de reflexión o un lugar de recordación en el que la memoria no sea incompatible con la vida cotidiana? Creo que esa pregunta no se la ha hecho la comunidad universitaria y, por ello, aparecen posiciones tan enfrentadas como estas.

Ciertamente, coincido con los firmantes del comunicado en que existe un peligro de banalización del tema de la memoria. Sin duda, en un país que no ha terminado de asimilar las lecciones del conflicto armado interno y en el que la satanización del Informe Final de la CVR se ha convertido casi en un deporte para un sector de la opinión pública, siempre es necesario tener presentes los hechos que nos ocurrieron y no tomarlos a la ligera.

Pero, ¿se logrará eso eliminando un espacio como el de Cafetal? Creo que no. Esa es una solución, a mi modo de ver, un tanto maximalista. El énfasis particular que debieramos tener quienes creemos en los derechos humanos es, por un lado, seguir persistentes en nuestras convicciones e ideas, las cuales son base para la convivencia elemental entre seres humanos. Y, de otro lado, encontrar formas en como el tema de la defensa de la dignidad humana lo colocamos de formas más cotidianas, no necesariamente solemnes, en la que el recuerdo de aquellos sucesos que no podemos olvidar no sea óbice para que podamos seguir teniendo esperanza en el futuro y dejemos la cotidianidad de lado.

En esa medida, la resignificación del espacio llamado Plaza de la Memoria pasa, a mi modo de ver, por una mejor ubicación de la placa conmemorativa, y por la integración de la cafetería al significado que se le quiera dar al monumento. Ello, por supuesto, tiene que tener en cuenta un elemento importante: la memoria siempre es reelaborada por los seres humanos, por lo que este tipo de lugares adquieren nuevamente significado constantemente. Veamos sino lo que pasó con El Ojo que Llora: la pintura naranja convirtió al símbolo de lo que nos pasó como país en un testimonio de lo que puede causar la intolerancia.

Y creo que ese peligro puede darse alrededor del tema. Hablar de inexperiencia como argumento para descartar cualquier observación al comunicado es tan contraproducente como calificar de caviares a todo aquel que se interese en el tema de los derechos humanos. Creo en los derechos humanos, pero me permito discrepar aquí con personas a las que respeto y aprecio, pues considero que la argumentación que he dado es, humildemente, congruente con los principios que mi segunda casa me enseñó desde hace años.

Un comentario final: ya que estamos evaluando el tema de la Plaza de la Memoria, quizás sea oportunidad para reevaluar la pertinencia de haber colocado en la placa el nombre de Javier Heraud. Con todo lo que significa su poesía para la literatura, ¿Qué hace una persona que tomó un fusil como Heraud, que murió en nombre de la violencia que tomó como camino, junto a personas con las que, pensemos o no como ellas, fueron víctimas de violaciones de los derechos humanos? Osea, así como con el Che Guevara no me trago el cuento de la heroicidad y el heroismo, tampoco lo hago con Heraud.

Ahora si termino. ¿Esta discrepancia que es lo que expresa? Que estamos vivos como universidad y que podemos tener la capacidad suficiente para discutir abiertamente sobre temas que a todos nos pueden concernir. La universidad viene de universalidad, lo que implica heterogeneidad y disenso, dentro del respeto a cada persona. Esa es la gran lección que me dio la Católica estos años. Solo espero que no se pierda, tanto por las amenazas externas que todos conocemos, o porque sus propios miembros puedan perder de vista que, en democracia, todos los puntos de vista son debatibles. Sigamos siendo esa luz que brilla en las tinieblas.

EL CARDENAL Y LAS COINCIDENCIAS

O porque Juan Luis Cipriani habla de “no polarizar” el país

El fin de semana, luego de la llegada del hoy presidiario Alberto Fujimori, el Cardenal Juan Luis Cipriani se mandó con unas declaraciones que nos hicieron recordar su cercanía con el huesped del Fundo Barbadillo. Habló de un “país polarizado y dividido” o a “dejar de lado los odios y las venganzas”. Más que un pastor de almas, Monseñor parecía César Nagasaki.

Pero quizás, más que a Fujimori, el prelado procuraba defender algo más: la amnesia de los peruanos sobre su trayectoria.

Un episodio poco conocido de la trayectoria del Arzobispo de Lima tiene que ver con el proceso electoral del 2000. Ya saben, el más inmundo desde 1950, cuando Odría se hizo elegir como candidato único. Las firmas falsas de Perú 2000, el cierre de los medios de comunicación a la oposición, el uso de recursos del Estado, el uso de cabinas de Internet para modificar los resultados de la primera vuelta, etc. Todo esto había sido denunciado por los candidatos de la oposición y puesto en evidencia por organizaciones no gubernamentales que vinieron como observadoras a este proceso. Cabe destacar la labor que cumplieron el National Democratic Institute y The Carter Center, a las que claro, los seguidores del Chino les decían de todo.

Claro, eso podía esperarse de Francisco Tudela, Fernando de Trazegnies o Martha Chávez, pero, ¿de un prelado de la Iglesia Católica? Ver para creer, como diría Santo Tomás.

Esta nota hecha a Cipriani corresponde a la edición del sábado 18 de marzo de 2000, en Expreso, controlado en ese entonces por Eduardo Calmell del Solar y alquilado por Montesinos. Entre las cosas que dice el Cardenal, estas son las frases más resaltantes:

“Esas ONG, que están a punto de perder la credibilidad, vienen a fabricar un carnaval”.
“Todo hombre, también los obispos, tiene amor a su patria. Yo, con la soberanía de mi patria y como peruano, le pido a Estados Unidos sus inversiones y su dinero, pero no estoy de acuerdo que esas instituciones – no el gobierno norteamericano – pretendan marcar un ritmo de vida e imponérselo al resto del mundo”
.

Cabe recordar que, por esa misma época, Fernando de Trazegnies, canciller de la dictadura, hablaba del relativismo cultural como justificación para los atentados contra la democracia y los derechos humanos cometidos por el fujimorato. Palabras más o menos que las proferidas por el Cardenal.

Pero Cipriani no solo coincidía con de Trazegnies. Días más tarde, alguien iría un poco más allá:

El mismísimo Chino, según registraba Expreso el lunes 3 de abril de 2000, decía que “Organismos no gubernamentales vienen del exterior para coordinar con organismos peruanos y luego pretenden decir que el proceso electoral es fraudulento”.

6 días más tarde, empezaba la última parte de la resistencia.

EL JUICIO DE LA HISTORIA

Santiago Pedraglio y Augusto Alvarez Rodrich han buscado centrar el debate sobre la extradición de Fujimori en lo que para ellos es un punto fundamental: que el juicio a Alberto Fujimori no se politice y que la agenda política no dependa de lo que ocurra allí. Sin duda, coincido con ambos en la necesidad de que el circo no prime y que no se oculte lo que pasa con Alan García y con su gobierno.

De hecho, esta estrategia de politización parece ser la que ha manejado el Fujimorismo para seguir con el cuento de la “persecusión política” y la victimización del hoy reo.

Sin embargo, a raíz de varias cosas que he leido y visto este fin de semana, quizás una pregunta quede flotando: ¿Cuál es el juicio histórico que debe hacerse sobre el Fujimorismo y lo que fue dicha época para el país? Y es una pregunta que quizás podamos comenzar a responder ahora, tomando en cuenta algunos elementos que permitan enmarcar el debate y que han aparecido.

1. Los procesos judiciales y su relación con la historia. Sin duda, los procesos judiciales son necesarios para el esclarecimiento de la verdad, pero tienen como mira central el establecimiento de responsabilidades penales y una sanción de por medio. Hannah Arendt hace referencia a estos límites en Eichmann en Jerusalén. Mientras que los fiscales y representantes oficiales del Estado de Israel intentaban, a través del proceso judicial, buscar una respuesta a lo que fue el Holocausto. Los jueces, con criterio, llevaron el asunto donde era importante desde el punto de vista jurídico: ¿era Adolf Eichmann responsable de los crímenes de los que se le imputaba? Ello nos da una idea de en que terreno se disputa la memoria: en la opinión pública y académica.

2. Las batallas por la memoria: Carlos Iván Degregori nos ha recordado hoy que la llegada de Fujimori constituye un momento para “luchar en el presente por darle a nuestro pasado un sentido que prefigure nuestro futuro, el perfil de país que queremos para las generaciones venideras”. Y menciona la batalla por la memoria central: ¿era el autoritarismo y las violaciones a los derechos humanos necesarias para la pacificación? Los partidarios de Fujimori responderán que si y sus contendientes señalan claramente que no. Pero lo mismo podríamos inquirirnos respecto de otros tópicos: la instauración del modelo liberal de mercado como sentido más o menos común ¿fue por o a pesar de Fujimori? ¿Fujimori y su autoritarismo no terminaron siendo un costo mayor para la reforma liberal económica? O la paz con Ecuador – quizás el único logro que le reconozco a Fujimori – ¿fue producto de una buena negociación o de una derrota militar?

3. La culpa colectiva: Tanto Jaime Bayly, Jesús Cossío, Mario Saldaña y César Hildebrandt han coincidido en que es necesario mirar más allá de Fujimori y Montesinos y preguntarnos sobre la responsbailidad que a diversos sectores, personas e incluso a nosotros mismos nos cabe en esta tragedia que fueron los noventa. Es decir, ver un panorama más complejo que un simple traslado de responsabilidades a dos personas que, en efecto, las tienen, pero en el que muchos hicieron su parte para que el guión de la dictadura se cumpliera, sea por acción o por omisión.

4. La resignificación de símbolos: Finalmente, a raíz del vandálico atentado contra El Ojo que Llora, tanto Hans Ruhr como Roberto Bustamante se preguntan: ¿qué hacer con los símbolos pensados para recordar los acontecimientos de los noventa y más allá? ¿Cómo recordar y qué recordar?

Preguntas que los historiadores, los científicos sociales y todo el país podría comenzar a hacerse, de manera paralela al avance de los procesos judiciales.