CAVIARES, INTOLERANTES Y GOBERNANTES

Si hay un mote que ha pegado en la política peruana es el de izquierda caviar, palabra que el fujimorismo y el conservadurismo rescataron de las críticas que en Europa se hacía a cierto sector de la socialdemocracia o de la izquierda que provenian de los sectores altos y medios de la sociedad.

Sobre el uso de este término en el Perú, Gonzalo Gamio anota lo siguiente:

La extrema derecha no cuenta con cuadros intelectuales – está claro –, pero su prensa difamatoria y mediocre se ha anotado un lanzamiento de tres puntos, dado que algunos buenos escritores progresistas están usando el término (cargando con el conjunto de prejuicios que le subyace): se trata de una auténtica y lamentable colonización conceptual. Estamos asumiendo su vocabulario, y por lo tanto (al menos en parte) sus sentidos implícitos para nuestra percepción y juicio en el plano político.

¿Y cuáles son esos sentidos implícitos? Martín Tanaka, en la primera parte de una discusión sobre este término, lo ilustra:

De otro lado, el término se usa para criticar algo así como el pensamiento “políticamente correcto” o “progresista”, vinculado a la defensa de los derechos humanos, principalmente. En ese sentido, se superpone con el calificativo de “cívico” que también se usaba mucho hasta muy poco, se superpone también con la crítica al “liberalismo de izquierda”. Así, puede haber liberales, no izquierdistas, que terminan siendo “caviar”. Acá ya el término pierde especificidad y sentido, aunque mantiene la crítica a lo que se considera la impostura de algunos, que pertenencen a sectores medios y altos, que son parte de un “círculo” relativamente cerrado, que defenderían ciertas posiciones principalmente porque ello otorgaría a sus proponentes status o beneficios económicos. Acá el término se usa con fines exclusivamente denigratorios.

Tres anotaciones a lo que señala Tanaka, que me parecen pertinentes.

La primera, es que la utilización del término comienza luego del periodo de transición, cuando varias de las banderas esgrimidas desde parte de los sectores que conformaron la parte más visible del movimiento de recuperación a la democracia fueron tomadas en cuenta por los gobiernos: lucha contra la corrupción, defensa de los derechos humanos, formación de la Comisión de la Verdad, entre otros tópicos. Todos afectaron determinados intereses que se sintieron golpeados y, ahora, que se han reagrupado ante la debilidad de los gobiernos de Toledo y García, emprenden campañas en contra de dichos tópicos y sus defensores.

La segunda, es la coincidencia de agendas entre personas provenientes de las canteras de la izquierda con quienes son más consecuentes con el liberalismo. No en vano a Rosa María Palacios – por mencionar un solo ejemplo .- le han dicho que se ha “caviarizado”, por asumir una agenda sobre derechos humanos que, en realidad, es consecuente con el liberalismo que defiende. Como lo he mencionado en otra oportunidad, el problema en el Perú es que muchos han confundido liberalismo exclusivamente con la defensa de los intereses del mercado – y a media caña -, dejando de lado el componente político de esta corriente ideológica.

Y la tercera, es que más allá de la concordancia de ideas que puedan existir entre liberales y progres, ambos grupos tienen un serio problema en la acción política (es decir, más allá de la teoría): no han sabido construir propuestas políticas que, más allá de la perfección de sus planes de gobierno, puedan empatar con la ciudadanía. Es decir, si bien los temas que colocan en agenda son importantes, han tenido severas dificultades para convertirlos en una opción política popular. He allí un reto que va más más allá del tema de este post, pero que dejo anotado por sondierarlo importante.

Pero volvamos a la pregunta esencial: ¿Por qué se utiliza el término “caviar” en el Perú?

Una primera explicación es obstaculizar la permanencia o contratación de personas calificadas como “caviares” para trabajar en el aparato estatal. Esta es la versión más utilizada por los diarios Expreso y Correo, quienes no conciben que determinados temas formen parte de la agenda del Estado y a los que consideran como parte de los intereses de un grupo minúsculo.

Mirko Lauer ha respondido a esta variable de críticas, en un artículo reciente:

De otro lado está el rechazo a la competencia profesional de los cuadros “progres”, que son muchos y tienen el mismo conocimiento del Estado que los cuadros “neoliberales”, en el diseño de políticas públicas, y muchos bastante más en el diseño de políticas sociales. No es su postura tanto como sus conocimientos.

Por ello, muchas de las acusaciones contra varios funcionarios han provenido de “contaminar ideológicamente” a instituciones como las Fuerzas Armadas o supuestos malos manejos en su gestión, hechos que nunca han podido ser comprobados. Se pasa de la batalla de ideas – saludable en toda democracia – al más concentrado lanzamiento de lodo.

Pero un segundo punto más interesante de análisis sobre el uso del término “caviar” tiene que ver con la búsqueda de parar con el avance de una agenda que comulga la libertad de mercado, con apertura política, defensa de los derechos humanos, lucha contra la pobreza e impulso de temas como educación, salud y medio ambiente. En su segunda parte sobre este tema, Tanaka señala:

El razonamiento que considera la defensa de los derechos humanos, del Estado de derecho, de los derechos de las mujeres, la preocupación por la exclusión social, etc., como banderas de un grupo político-social minoritario (“caviar”), y por lo tanto pueden ser soslayadas, me parece muy grave. Y me parece que muchos sectores políticos manejan ese criterio. Esas serían ideas que “vienen de afuera”; lo supuestamente “de adentro” sería la eficiencia en la lucha contra la pobreza, el logro del desarrollo económico. Eso sería lo que le interesa a la gente. Lo otro, solamente a los “caviares”.

Este sentido común está muy presente en el gobierno. De un lado, al asociar el término caviar con izquierdistas o liberales consecuentes, el gobierno intenta arrinconar a quienes desde la universidad y otros foros públicos se han convertido en sus críticos más sustentados. De otro lado, al tener esos temas encapsulados hacia un sector que no tiene presencia política electoral, los menosprecia y los toma en cuenta dentro de su modelo. Y finalmente, no hay que olvidar la eterna pelea entre apristas e izquierdistas, que data desde tiempo de la pugna Haya – Mariátegui. Con estos factores, un converso como García se compra todo el paquete de críticas y no duda en fustigar a quienes lo critican, sobre todo, desde las veredas antes mencionadas.

El problema es que, con esta satanización, el gobierno – y sus aliados mediáticos, quienes no en vano son los impulsores de este término – dejan de lado componentes esenciales de la gobernabilidad, en la que izquierdas y derechas pueden poner sus acentos particulares sobre determinados puntos y que son centrales para el debate político de hoy.

Y si esto, como señala Augusto Álvarez Rodrich hoy, se da en un contexto en el que la tolerancia gubernamental a cualquier idea opuesta a la suya se va reduciendo de a pocos, comienza a ser preocupante para el futuro de la democracia en el Perú.

Cuidado, no vaya a ser que de la caricatura pasemos al hostigamiento que vaya más allá de los mediocres artículos presidenciales y terminemos como en el poema de Brecht: lamentándonos cuando nos lleven a nosotros, cuando antes llevaron a otros por pensar distinto.

VARGAS LLOSA Y YO

Yo creo que Perú se perdió un gran presidente, pero hubiera dimitido al año porque no hubiera aguantado.
(Joaquín Sabina, sobre Mario Vargas Llosa)

Ayer en la mañana no deje de sentirme conmovido, cuando nuestro Presidente anunció que Mario Vargas Llosa estaba hospitalizado por un mal cardiaco, dolencia que ha sido desmentida por su esposa, esta mañana. Fue la primera vez que quienes somos admiradores del más conocido de nuestros escritores percibimos como cercana su mortalidad, por lo menos, así lo vi.

Mi relación literaria y política con Vargas Llosa fue intermitente durante mi niñez y adolescencia. Y no fue fácil. Mi madre y mi abuela no le tenían mucho cariño, dado que era “el candidato de la derecha”, el apóstata, el antiaprista. Mi viejo si votó por MVLL y, en gesto premonitorio, nos dijo que el país se desbarrancaría en manos de un desconocido. No se si Sabina tendría razón o, como es mi intuición, Vargas Llosa hubiera sido un mejor presidente que Fujimori, pero, de todas maneras, que la podedumbre moral de aquella década no se hubiera suscitado.

Esas pugnas familiares de inicios de los noventa – luego, cuando vino la dictadura, todos en casa aplaudieron el civismo del escritor – hicieron que mi llegada a Vargas Llosa escritor fuera tardía. Recién a los 16 años compré mi ejemplar de La Ciudad y los Perros, que leí de un solo tirón durante un sabado de verano allá por 1998. Y allí empecé a descubrir que la forma de contar la historia, las estructuras del edificio novelístico y la dosificación de la intriga eran tan importantes como las anécdotas que cuenta una novela. Comprendí también porque existe aquella leyenda de los libros quemados en el Colegio Leoncio Prado, pues el libro es durisimo con aquellos antivalores del militarismo ramplón que hemos padecido en América Latina: el malentendido espíritu de cuerpo, el machismo de cuadra, el ocultamiento de la verdad.

Un curso de Narrativa en la PUCP, al año siguiente, me hizo disfrutar de la que creo que es una de las novelas más acabadas: La Guerra del Fin del Mundo. De hecho, el primer recuerdo literario de MVLL lo tuve a los 8 años, cuando vi, entre los libros de un primo que estudió en mi colegio, la primera sección del primer capítulo, cuando se comienza a describir al personaje central: Antonio el Consejero. Y con esa idea me quedé durante años, hasta que fui descubriendo lo que era lo más cercano al sueño vargasllosiano de la novela total: una serie de personajes de distintos orígenes e historias paralelas que al final se terminan entrecruzando, temas universales como la política, el fanatismo religioso, el amor, la incomprensión entre dos formas de entender el mundo. Y quizás allí se terminó de forjar mi alergia a cualquier proyecto violento que dice cambiar el mundo. Siempre terminan en fracaso. Canudos no fue la excepción.

De esta manera, hasta el día de hoy, llevo en promedio un libro de Vargas Llosa por año. En plena campaña electoral del 2000, alternaba mi lectura diaria de Liberación y El Comercio con El Pez en el Agua, donde me sorprendió su aversión a personajes como Mirko Lauer y Raúl Vargas, con quienes en estos años ha hecho las paces, y en el que entendí que el proyecto político de Vargas Llosa se frustró no solo por los votos de apristas e izquierdistas, sino por la propia negativa del escritor a consensuar políticas, como lo haría cualquier demócrata que se precie de serlo. A pesar de ello, admiro la valentía con la que se enfrentó a sus propios aliados a defender las ideas por las cuales él creía que debía ser Presidente.

Y llegaron luego a mis manos La Tía Julia y la alternidad entre radionovelas y una historia de amor que ya conocía por El Pez en el Agua; Pantaleón, sus visitadoras y mi primer contacto literario con la amazonía peruana; el contrapunto entre Flora Tristán y su nieto Paul Gauguin que no es de lo mejor que ha escrito; una novela redonda como La Fiesta del Chivo; y una niña mala con travesuras que se hacían algo repetitivas.

No siempre he coincidido con las ideas de Vargas Llosa de sus ensayos políticos y culturales, que leía en Caretas y ahora en El Comercio. Pero siempre vuelvo a ellos, porque hay algo en el escritor que me atrae: la forma de escribir, el lugar correcto para adjetivar una palabra, el énfasis en desarrollar claramente una idea y, por supuesto, la pasión con la que defiende sus ideas y convicciones. Quizás por eso tiene el respeto hasta de sus detractores y, también, no haya ganado el Premio Nobel de Literatura, que tan esquivo le ha sido en tantos años que ha sido candidato eterno.

Y es que para admirar a alguien no te tiene que gustar todo lo que hace esa persona. Pero si hay cosas que te permiten llegar a respetarla. En mi caso con Vargas Llosa, no solo se trata de los indudables méritos literarios que buena parte del mundo ha reconocido en cerca de 50 años de escritor, sino también de la defensa de valores claves como la democracia, los derechos humanos y la libertad. He allí su trascendencia.

Termino con lo que escribió Gonzalo Vargas Llosa sobre su padre, al perder la larga campaña electoral de 1990, y que creo que resume en mucho lo que varios sentimos:

Bienvenido nuevamente, maestro, al lugar donde siempre perteneciste: tu escritorio. Es desde aquí, y no desde el sillón presidencial, donde batallando con tus demonios seguirás contribuyendo al progreso de tu país y de la humanidad en general, en la medida que tus libros representan, más que en ningún otro escritor, lo que tú tan correctamente llamaste una tentativa de corrección y cambio de la realidad. Ningún presidente en la historia del Perú ha contribuido tanto como lo hicieron y lo seguirán haciendo el Poeta, Pantaleón Pantoja, Raúl Zuratas, Fushia o La Chunga – a través de la conciencia que estos personales crean en sus lectore – a tratar de revelar los profundos problemas que afectan a nuestro país y a intentar superarlos. La derrota en las urnas no significa, pues, sino un triunfo para aquel mundo que ya reclamaba tu presencia: la literatura. Felizmente para nosotros, los intelectuales de este mundo, ha quedado establecido nuevamente que la literatura es la fuerza suprema por excelencia, obligándote a reintegrarte a sus filas. La política tendrá que resignarse a jugar un papel secundario en tu vida. En todo caso, tu paso por la política no ha significado tiempo perdido, pues con aquella honestidad y transparencia que demostrate a lo largo de esos dos años de campaña ayudaste a probar que la polìtica en el Perú no es, necesariamente, como lo creen muchos, sinónimo de demagogia.

Recupérese pronto, maestro. Y con su permiso, me espera La Casa Verde sobre mi escritorio.

TIEMPO DE DECISIONES

Lo que el país se juega en los siguientes días

Aunque para muchos no lo parezca, parte del futuro democrático del Perú está en juego en estos días. Dos temas centrales dominarán la agenda y podrían delimitar si es que el crecimiento económico viene acompañado de madurez institucional y si el Perú decide convertirse en una república de verdad o seguir jugando a ser el país de caricatura que nuestros políticos parece que quieren que seamos.

En los próximos días el Tribunal Constitucional emitirá su fallo sobre la Ley contra las ONGs. Una ley que vulnera derechos fundamentales tan básicos como la libertad de asociación o de expresión, derechos que son la base del liberalismo político más básico.

Desde inicios del presente gobierno se agudizó una campaña de satanización contra las organizaciones no gubernamentales. En particular, la pieza de lodo concentrado cayó sobre las instituciones que se ocupan de medio ambiente, derechos humanos, democracia y reforma de la administración de justicia, acusandolas de desestabilizadoras del país, plataformas políticas de la izquierda o de ser cómplices directas de Sendero Luminoso. Claro, se olvidaban en los ataques que el Instituto Libertad y Democracia o Ciudadanos al Día también son ONGs y que la “policía del pensamiento” que veían en sus cabezas también controlaría a estas instituciones. Y que sepa, ni Beatriz Boza o Hernando de Soto son marxistas y ambos están en contra de una medida que afecta a sus organizaciones.

Los infundios de grueso calibre han sido sostenidos y tuvieron su máxima repercusión en una ignominiosa Ley que procura amordazar a las ONGs, yendo más allá de los mecanismos de fiscalización que ya existían y que la mayor parte de organizaciones de este tipo – incluyendo, claro está, a las satanizadas – cumplen con estos campos de fiscalización.

Este fallo podría ser el último que emita la actual conformación del Tribunal Constitucional, dado que mañana se podrían elegir a los 3 miembros restantes del TC que falta escoger.

Y digo podría porque no existe hasta el momento consenso sobre a quienes se elegiría. Lo cual me hace pensar que el manoseo político y la intriga que caracterizó el proceso anterior no están descartados.

El Tribunal Constitucional deberá cumplir con su tarea de eliminar las normas que eliminan derechos fundamentales y el Congreso elegir a conciencia. Si ello se da, habremos dado un gran paso adelante.

De lo contrario, el peligro de empeorar una situación precaria se cierne sobre todos nosotros.

MAS SOBRE EL TEMA:
Augusto Alvarez Rodrich y Marco Sifuentes hablan de nuestros hijos de Putín.
Hans Landolt: Confiamos en que TC declare inconstitucional Ley que modifica facultades de APCI.
Ramiro Escobar: ¿Mundo “caviar”?
Francisco Távara, Presidente del Poder Judicial: Congreso debe ser transparente en elección de magistrados del TC.
CPN Radio: Apristas respaldarían a Fernando Calle en elección al TC
Archivo del Tercer Piso: Conoce a los finalistas (Tener en cuenta las renuncias de Ernesto Blume y Carlos Ramos y post sobre Vladimir Paz de la Barra)

¿UN INFORME DE ZURDOS?

En el interesante debate que se ha formado sobre el posicionamiento de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en la agenda nacional, iniciado por Martín Tanaka, ha vuelto a aparecer – aunque sin los epítetos repetidos hasta el hartazgo por cierto sector de la prensa – el argumento sobre si la presencia de personajes que militaron antes en partidos de izquierda condicionó el trabajo hecho por la CVR.

Para comenzar, habría que decir que de los 12 comisionados, solo serían 5 personajes los que corresponderían a este perfil: Carlos Tapia, Rolando Ames, Enrique Bernales, Sofía Macher y Carlos Iván Degregori. Ninguno de los mencionados estuvo a favor de la lucha armada durante el periodo del conflicto. Como lo recuerda Caretas:

Algunos críticos de la CVR se han valido de los antecedentes marxistas en el currículo de varios comisionados para desvirtuar los contenidos del informe. Una mirada un poco más inteligente revela un grupo heterogéneo del que las investigaciones se favorecieron.

Carlos Iván Degregori es un antropólogo y estudioso especializado en los temas de violencia, particularmente en todo lo acontecido en Ayacucho. Rolando Ames y Enrique Bernales son ex congresistas, pero ambos presentan perfiles muy distintos. Mientras que Ames es sociólogo y cientista político, Bernales se desarrolló como abogado constitucionalista y se desempeña como Director Ejecutivo de la Comisión Andina de Juristas. La socióloga Sofía Macher es ex secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Carlos Tapia estudió a fondo el fenómeno senderista. Y en esa mescolanza se termina la presencia de la izquierda en la CVR.

Esa presencia no desvirtuó el trabajo hecho. Por el contrario, se tuvo la distancia suficiente para hacer un capítulo bastante crítico sobre el papel de los partidos de izquierda durante los años ochenta, en el que se cuestiona de manera bastante dura el tardío deslinde que se hizo con relación a la violencia como medio para llegar al poder. También se describe el precario equilibrio y las divisiones que caracterizaron a Izquierda Unida. De haberse tenido algún sesgo, no se habría escrito un capítulo como este.

En ningún momento el Informe es condescendiente con Sendero o con el MRTA, como algún despistado director de un diario ha manifestado hoy. El informe señala que ambos grupos fueron los principales responsables de las muertes, se condena claramente su accionar y en ningun momento se plantean amnistias para ellos. Como contaba Salomon Lerner a los que ayer estuvimos en el Campo de Marte: ninguna muerte es justificable o aceptable, sea quien fuere la victima o el victimario.

Y para mayores señas, me permito colocar el primer párrafo del Tomo II del Informe Final, con el que comienza la explicación sobre Sendero Luminoso:

El Partido Comunista del Perú, conocido como Sendero Luminoso (PCP-SL), es una organización subversiva y terrorista, que en mayo de 1980 desencadenó un conflicto armado contra el Estado y la sociedad peruana. La CVR ha constatado que a lo largo de ese conflicto, el más violento de la historia de la República, el PCP-SL cometió gravísimos crímenes que constituyen delitos de lesa humanidad y fue responsable del 54% de víctimas fatales reportadas a la CVR.

Tampoco el Informe es antimilitarista o anticlerical, dos de las banderas que tradicionalmente se señalan como patrimonio zurdo. Se reconoce el esfuerzo y heroísmo de nuestras Fuerzas Armadas, pero no por ello se deja de señalar aquello que, desde una perspectiva ética totalmente compatible con la democracia liberal, debía decirse: que existieron violaciones a los derechos humanos que no fueron simples “excesos” o “costos a pagar”, sino que fueron severos daños a la dignidad humana. En el caso de la Iglesia Católica, termina siendo una de las instituciones que queda mejor paradas en el Informe Final. Claro, distinguiendo la actuación específica en Ayacucho, que ha sido documentada no solo por la CVR, sino en varios libros sobre la historia reciente de la Iglesia en el Perú.

Voy más allá y lanzo una idea más provocadora aún. Si se quiere calificar de alguna manera al sesgo de la CVR, tendría que ser un “sesgo liberal”. Me explico. El Informe Final contiene un detallado relato y caracterización jurídica de los hechos de violencia ocurridos entre 1980 y 2000. Muchos de estos hechos son violaciones a los derechos humanos que, por cierto, no fueron inventados por Marx, sino que tienen una raigambre liberal bastante fuerte. De hecho, el reconocimiento de los derechos a la vida y a la integridad personal, por mencionar los dos más afectados en un conflicto armado, fueron producto de las distintas revoluciones liberales en Europa.

De otro lado, el Informe no cuestiona al mercado como productor de recursos. Por el contrario, señala como una de las secuelas más importantes la pérdida del aparato productivo, lo que ha generado más atraso en el país o menores posibilidades para captar los beneficios del crecimiento macroeconómico. Quizás este sea un dato que nuestros economistas – tanto los de una orilla como los de otra – debieran tener en cuenta en sus análisis.

Finalmente, la CVR propone una serie de recomendaciones para refundar el Estado y establecer un pacto social en democracia, no para instaurar la dictadura del proletariado.

Así, el sesgo “zurdo” se vería reducido a las cuestiones como pobreza, exclusión o discriminación, puestos como telón de fondo del conflicto, que generalmente han sido banderas de la izquierda. Sin embargo, con los nuevos enfoques de economía del desarrollo, señalados por Amartya Sen de manera clara, estas preocupaciones pasan a interesar a los liberales más consecuentes. De hecho, este enfoque termina señalando que el desarrollo de las capacidades humanas y, por ende, del desarrollo humano, está directamente relacionado con la vigencia de todos los derechos humanos.

En suma, calificar al trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación como un producto de la izquierda no tendría mucho sustento. Quizás la pregunta tendría que ser porque nuestra derecha no ha defendido con la misma vehemencia que el libre mercado a los derechos humanos.

MAS SOBRE EL TEMA:
Salomón Lerner Febres: García ha hecho poco por DDHH
La República: Investigaciones por la violación de derechos humanos sigue siendo una tarea pendiente.
Juan Paredes Castro: Apelando a la acción del Estado, ¿de qué Estado?
Mirko Lauer: ¿Damnificados hasta cuando?
José Talavera: Lugares comunes sobre el Informe Final de la CVR

¿LIBERALISMO DE IZQUIERDA EN EL PERU?

Uno de los nuevos blogs más interesantes que he leido en las últimas semanas es Política y Mundo Ordinario: Bosquejos Postliberales, del filósofo Gonzalo Gamio.

De los ensayos que Gamio ha colgado en su blog, el que me ha parecido más interesante es aquel en que se define como un liberal de izquierdas. Este filósofo entiende al liberalismo como:

una actitud frente a la vida y ante las instituciones que procura la distribución del poder, y que respeta escenarios sociales diferenciados como fuentes particulares y específicas de libertad y realización. La cultura liberal combate el despotismo y el anhelo de control de algunas instituciones sobre los distintos espacios de la vida humana (incluido el propio mercado, recinto sagrado de los neoliberales). Rechaza la promoción del “pensamiento único” – religioso, político o económico -: por eso es partidario de la democracia, y defensor de la participación activa del hombre de la calle en la política. Para ello, el individuo puede disponer de los foros vigilantes de la sociedad civil o, si así lo quiere, puede actuar dede organizaciones políticas que aspiran al gobierno). El auténtico liberal condena el caudillismo y el clientelismo político que menosprecia, sojuzga y pretende manipular a los pueblos“.

En su visión, Gamio considera que los valores liberales no son incompatibles con los valores más encarnados por la izquierda: la justicia social, la inclusión económica y política, así como con el control democrático del poder. Ello lo lleva a autodefinirse como liberal de izquierdas.

La idea parece atractiva. De hecho, yo me encuentro más cercano a esa simbiosis que sugiere Gamio en su post. La pregunta es si es posible llevarla a la práctica en el Perú.

Martín Tanaka ha dado razones por las cuales se siente escéptico sobre el futuro de esta visión, a la que llama socialdemócrata, en el Perú: por un lado, encuentra la falta de una tradición realmente liberal en el Perú, pues nuestros liberales criollos – salvo honrosas excepciones – en realidad solo aspiran a una libertad económica y denostan de la libertad política (de hecho, escribí un post al respecto hace unos meses, llamado Los Falsos Liberales); del otro lado, en parte de la izquierda existe una tendencia a aceptar propuestas populistas, muchas de las cuales son incompatibles como principios liberales como, por ejemplo, la libertad de expresión (algo de ello esbozo en mi post sobre el lio entre Hugo Chávez y RCTV o en Esquizofrenia Zurda).

Por cierto, Gamio esboza una respuesta más o menos concordante con lo dicho por Tanaka.

Sin duda, quisiera que una opción así se consolide en el país. Los mejores cuadros que han tenido los últimos gobiernos han provenido de los liberales consecuentes y de la gente de izquierda que ha aceptado mucho del discurso y práctica liberal. Buena parte de los periodistas más inteligentes del país – Augusto Alvarez Rodrich, Rosa María Palacios – y de los intelectuales van por esa línea. La pregunta es si a este buen análisis hecho por Gamio y Tanaka no le falta algo. Creo yo que sí.

Y es que más allá de la concordancia de ideas que puedan existir entre liberales y zurdos – con las dificultades anotadas párrafos atrás – ambos grupos tienen un serio problema en la acción política (es decir, más allá de la teoría): no han sabido construir propuestas políticas que, más allá de la perfección de sus planes de gobierno, puedan empatar con la ciudadanía. No han sabido hacer trabajo de base, recoger demandas regionales de manera orgánica, ir más allá de las coyunturas electorales, proponer temas en la agenda nacional. Y allí está su principal drama y carencia.

La pregunta es si en los años que quedan hasta la siguiente elección serán capaces de hacer ese acercamiento – que de hecho, a nivel de individualidades y personas se ha hecho, pero no de forma institucional – y el trabajo de campo indicado, o si ambos seguirán surtiendo de cuadros a los gobiernos de turno, sin conformar una alternativa de gobierno real y concreta. Solo de ellos dependerá que dicha respuesta sea afirmativa.

LOS FALSOS LIBERALES


Hace dos días, escuché a Julio Cotler en el programa de Rosa María Palacios tocar el tema referido a la ley que intenta amordazar a las ONG’s, promovida por el fujimorismo y auspiciada por el aprismo y por Unidad Nacional.

En dicha entrevista, Cotler dijo una de las frases más lúcidas que el reconocido sociólogo peruano ha proferido: “nuestro país no ha tenido una derecha liberal” y añadió “los liberales en el Perú son escasos” y muchos de ellos – señaló – provienen ahora de las canteras de la ex izquierda.

Pero el tema quedó rebotando en mi cabeza: ¿en verdad hemos tenido liberales en el Perú? Y creo coincidir con lo que dice Cotler, son pocos y contados con los dedos de la mano los liberales consecuentes. Mario Vargas Llosa es el primer nombre que se me viene a la mente. Fernando de Syzszlo otro. Por allí, Ricardo Vega Llona. Rosa María Palacios el último nombre. Y de allí no cuento a más – de notoriedad – en el Perú.

Es curioso que quienes se proclamen liberales en el Perú solo miren el aspecto de la apertura comercial y económica, sólo se preocupen cuando las empresas privadas son afectadas y aplaudan a los gobiernos de turno cuando se da una dádiva a los intereses empresariales.

En el Perú tenemos falsos liberales, gente que se presenta como defensora de las libertades, pero sólo de las económicas, quedándose sólo con el primer capítulo de los libros de Adam Smith y rindiendo un culto al mercado que ni los feligreses de la iglesia del pastor Lay profesan a Dios.

Son los que se callaron en los idiomas existentes en el mundo de los atropellos profusos efectuados por el fujimorismo durante la década de los noventa, los que apluadieron el golpe de Estado, los que pedían (y piden) dejar sin derechos laborales a sus trabajadores, los que exigieron luego a Toledo y García que reprimieran a sangre y fuego las protestas sociales, los que poco les importó que miles de compatriotas que viven en la sierra y la selva de nuestro país murieran a manos de SL o de las Fuerzas Armadas. Algunos de ellos incluso acudieron a la salita del SIN a recibir dádivas o a hacer gala de su “trato directo” con el poder.

Son los que aplaudieron la Ley de Amnistía, como Rafael Rey, los que exigían que Fujimori se quede en su puesto cuando la reelección inconstitucional se consagraba, como Julio Favre, los que vendían su línea editorial como Calmell del Solar (cuyo fantasma parece haber reencarnado en Luis García Miró, actual director de Expreso), los que llaman electarado a los que no votaron por su candidata, como Aldo Mariátegui. Los que acudieron a hablar con Montesinos a pedir favores, como Dionisio Romero. Los que son capaces de dar pena de muerte hasta a los carteristas, como Lourdes Alcorta.

Hoy están parapetados en sus medios de comunicación y escriben cosas como estas:

Los mismos actores socialistas de los ochenta –hoy vestidos de metroizquierdistas– vuelven a denigrar al Perú. Recordémoslos viajando al extranjero para desacreditar al gobierno democrático de Fernando Belaunde Terry. Porque ese era –y es– su negocio: participar en foros y en conferencias ante medios del exterior, con el fin de desacreditar y extorsionar a nuestra nación. Este chantaje les facilitó siempre –y en simultáneo– adquirir poder y dinero. ¿Cómo? Al presentar ante gente poco informada el espectáculo de una supuesta lucha por los menesterosos, y los principios democráticos y derechohumanistas, para justificar pedidos de donaciones al extranjero, pero eso sí, a nombre de los pobres del Perú, cuando en rigor su objetivo fue –y sigue siendo– dominar al Estado peruano. Preparémonos entonces porque el poder caviar es inescrupuloso y mendaz. Pretendió desestabilizar al gobierno de Belaunde y ahora prepara una guerra sucia para debilitar a los flamantes Parlamento y Ejecutivo. Porque a las ONG no les interesan los pobres, los derechos humanos ni la democracia. Sólo el Poder, para seguir recibiendo dineros secretos del exterior sin transparencia alguna“.
(Editorial de Expreso, 08/11/06)

Sucede que Beatriz Merino –de regreso de las poderosas oficinas washingtonianas del Banco Mundial– ha retomado su viejo proyecto de ser candidata presidencial, presumiblemente el 2011. Y con la ingenuidad que la caracteriza considera que el ruido mediático de una prensa de vergüenza –comprometida hasta los pelos con las oenegés políticas– puede servirle de “catapulta” en su imaginario tránsito a la primera magistratura. Pero, ¿por qué Merino no protestó ante esa permisividad de su gobierno que engendró la reagrupación terrorista que hoy amenaza a la sociedad? ¿Acaso Merino alzó la voz cuando la Corte Interamericana anuló las sentencias a cadena perpetua para los terroristas, beneficiando tanto a Guzmán Reynoso como a Lori Berenson, “la joven norteamericana pacifista, defensora de los derechos humanos y periodista presa en el Perú” según señala la página web de su abogado, Ramsey Clark, quien como informamos ayer sospechosamente defiende –asimismo– a Saddam Hussein, uno de los principales colaboradores de la secta terrorista islámica Al Qaeda?”
(Luis García Miró, Expreso, 08/11/2006)

Si bien es idealista y liberal, Merino también tiene indudables ambiciones políticas y por allí que razona que no vale la pena pelearse con la caviarada, dada la tremenda fuerza mediática que están demostrando. Es muy “políticamente correcto” y romántico quedar como una Juana de Arco en la defensa de libertades que supuestamente se estarían recortando (lo cual no es cierto en este caso).
De otro lado, Merino demostró un razonamiento jurídico espectacular en su presentación con la frase: “Allí donde pocos alzaron su voz durante gobiernos autoritarios, las ONG canalizaron la decidida voluntad democrática de nuestro pueblo y reivindicaron los derechos que eran conculcados”.
Esas palabras son: a) Un juicio de valor bastante relativo, porque hubo muchas ONG, como la Comisión Andina de Juristas y otras más, que firmaron jugosos contratos con Fujimori (y con integrantes que antaño apoyaron al dictador Velasco o a la dictadura del proletariado). B) Una evaluación política muy discutible, pues es dudoso que “hayan canalizado” algo cuando demostraron políticamente ser cuatro gatos en las urnas. Seguramente se referirá a la mesa de diálogo de la OEA, pero ésta se impuso por presión gringa, no por las ONG. O tal vez la Marcha de los Cuatro Suyos, aquella caviar gesta épica que supuestamente tumbó a Fujimori. Pero ésta también anda sobrevalorada. Lo que desintegró a Fujimori, cual la luz a Drácula, fue el video Kouri-Montesinos, y allí todo el mérito es de Olivera, un político, no de las ONG. C) Y lamentablemente es irreal ese aserto de que nuestro pueblo tiene una “decidida voluntad democrática”. Más del 40% votó por Fujimori. Posteriormente, Humala sacó una cifra similar. Y esos votos provenían mayoritariamente de C-D-E y de provincianos, que es lo que más se conoce coloquialmente como “pueblo”.
No pues. Estas son simples opiniones, no el análisis jurídico riguroso que uno espera de una defensora del Pueblo. Si Merino sale a hablar, que nos diga que la norma es inconstitucional o represiva por “x” razones, no con frasecitas políticas
“.
(Columna de Aldo Mariátegui, Correo, 07/11/2006)

Y son falsos liberales, porque el liberalismo, desde John Locke, pasando por J. Stuart Mill y el propio Adam Smith hasta llegar a nuestros días no sólo cree en la libertad económica, sino también en la libertad política y en los derechos ciudadanos, en la igualdad de oportunidades, en la autonomía individual no sólo como consumidores, sino también como seres humanos.

Ni siquiera merecen título de “neo liberales”, palabreja acuñada hace algunos años para denominarlos, sino el de “neo conservadores”.

El término “neo conservador” no es como los epítetos que esta gente se atreve a soltar en contra de quien no piensa como ellos, es acuñado por la ciencia política desde los años ochenta. En un inicio hizo referencia a los asesores de Reagan que impusieron liberalización económica a todos los países del mundo y aplaudían dicha liberalización sin importar que en dicho estado se atropellaran los derechos ciudadanos. Hoy han vuelto a la Casa Blanca y encabezan uno de los gobiernos más torpes y desprestigiados de los que la historia norteamericana contemporánea tiene historia. Hablan de libre comercio, pero restringen beneficios sociales. Hablan de paz en el mundo, e invaden un país a la mala. Hablan de libertad, pero la restrigen con su Ley Patriota.

Hoy sus émulos en el Perú tachan de “caviares” a quienes le incomodan, a la prensa que no se alinea con el gobierno – como ellos lo hacen todos los días -, a quienes se oponen a su proyecto de control de libertades ciudadanas que busca no incomodar al capital, a la bayoneta y a su muy querido Cardenal. No responden con argumentos, lo hacen con los insultos y la prepotencia de la que siempre han hecho gala. Y desde algunas torres del Club Empresarial, el Cuartel General del Ejército y el Arzobispado de Lima, los aplauden con fruición.

Como lo dijimos hace unos meses, Joseph McCarthy, el perseguidor de izquierdistas, el que hacía cacerías de brujas, goza de buena salud en la ciudad de Lima.

ENLACES
Gonzalo Gamio: El gran miedo a la sociedad civil.
Mirko Lauer: Socavando la democracia liberal.
Juan Paredes Castro: La lógica que no calza en la ley contra las ONG.
Augusto Alvarez Rodrich: Los perros en la chacra.
Otra Orilla: Los espejismos de la libertad.
El Blog del Morsa: Nace el mundo de Alditus.
Archivo del Tercer Piso: Mc Carthy vive en Lima.