UNA HISTORIA DEL FRAUDE 2000

Esta historia no la he contado antes, pero creo que es pertinente ponerla en la memoria de todos los que pasan por este espacio. Trata de como me vi involucrado de manera indirecta y casual en una de las mayores mentiras de la historia peruana. Pero, sobre todo, demuestra que la elección del año 2000 fue un auténtico fraude.

10 de abril de 2000. Era lunes, al día siguiente de uno de los días más largos de mi historia personal y de la historia del país. Luego que estuviera con mi polo de Transparencia verificando cuantas infracciones a la Ley Electoral se cometían el día anterior y de indignarme con el cambiazo de las cifras de la tarde – noche anterior, me disponía a iniciar una mañana en la PUCP, con mi Liberación bajo el brazo. En clase de Filosofía Antigua, ningún comentario sobre lo de ayer, pero claro, el clima hervía y la convocatoria a la marcha para hacer presión y evitar que el Chino se proclamara vencedor en primera vuelta – contra la voluntad popular – no se hizo esperar.

Fui a casa a almorzar y de allí salir para el Centro. Cuando llegué, veo a mi abuela viendo Canal N y en la pantalla, un lugar que me parecía bastante familiar.

La noticia, que semanas más tarde contó Caretas, decía más o menos así:

Jorge Enrique Mejía (el sujeto que ven en la foto) fue encontrado el 10 de abril, manipulando actas electorales en una cabina pública de Internet en el exclusivo distrito limeño de La Molina.

Sorprendido por periodistas de Canal N, Mejía aseguró trabajar para la organización política oficialista Perú 2000. Explicó además que se encontraba ingresando resultados de mesas de votación del distrito de San Borja, a una página web del mencionado grupo político.

A pedido de la Asociación Civil Transparencia, la página web fue cancelada, ante la posibilidad de que sea una puerta falsa de acceso a los sistemas informáticos de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, ONPE.

Ahora les cuento la historia detrás de esa noticia.

Por esa época, como toda familia de clase media, había que ver de donde obtener más recursos para continuar para adelante. Mi mamá se asoció con tres personas con las que trabajaba y puso unas cabinas de Internet en el Centro Comercial La Fontana, que ustedes ubican en la cuadra 52 de Javier Prado Este, por el Colegio Recoleta.

Pues bien, ese día, mientras solo estaban los chicos que atendían, llegó esta persona, Jorge Enrique Mejía a las cabinas. Pidió tiempo libre. En sus manos tenía varias actas de sufragio. La dirección que apretó remitía a un servidor en Nueva Zelanda que lo conducía a una página en la que ingresó una serie de resultados electorales, similar a la que tenía la ONPE para registrar sus resultados.

Mejía sabía que había poca gente a esa hora. De hecho, un muchacho que fue el primero que contrataron para que atendiera, se fue a las pocas semanas a trabajar a la ONPE, que en ese momento sabemos que estaba controlada por el gobierno. No era difícil deducir quien le había dado el dato de un lugar discreto donde poder hacer lo que todos sabemos que hizo.

Afortunadamente, un cliente vio la página, las actas y salió a llamar por teléfono público. A los pocos minutos, llegaron las cámaras de Canal N y lo pescaron al tipo con las manos en el mouse. Mejía salió raudamente y tomó un taxi. Los reporteros de N lo persiguieron por Javier Prado, el auto se dirigió a un local en la cuadra 10 de la avenida Rosa Toro, donde funcionaba un local de Perú 2000. Allí le tomaron la foto que fue portada de Caretas durante una semana. La revista descubrió que Mejía pertenecía a una mafia de hackers que habían saboteado el sistema de la UPC para alterar sus calificaciones y aparecer como canceladas sus boletas de pago.

Desde ese día, tengo el pleno convencimiento que esa página no solo había sido operada desde la cabina con la que tenía vinculación – y que hace varios años que no existe – sino desde otros puntos de Lima y del país. Y me confirmó que dicha elección no solo era inconstitucional, sino que se había hecho trampa.

Desconozco si Mejía fue procesado por este caso. Lo único cierto es que, con o sin sentencia, esta historia nos demuestra lo que fue una década de oprobio.