OTORONGOS, PARTIDOS Y CONDUCTAS POLITICAS

Entre los varios libros que he estado leyendo en estos días, uno de los más recomendables es El Nacimiento de los Otorongos de Carlos Iván Degregori y Carlos Meléndez. A pesar que es un estudio sobre lo que fueron las diversas bancadas fujimoristas en el Congreso durante los años noventa, no deja de ser un texto actual, tanto por lo que nos dice sobre la actual conformación del grupo que apoya al ex dictador, como por lo que apunta sobre nuestros partidos políticos post-Fujimori.

Durante los últimos días se ha escrito mucho sobre la formación de Fuerza 2011 y las divergencias partidario – familiares que ha motivado la creación de este nuevo experimento. A estas alturas, nos va quedando claro que la intención del ex candidato al Senado de Japón no es la consolidación de un partido político democrático, sino la formación de membretes funcionales para cada uno de los fines que ha tenido en su dilatada carrera política y, ahora, judicial – penal. Del Cambio 90 primigenio, concebido para una candidatura al Senado peruano, al Fuerza 2011 como “pasaporte a la libertad” del reo de Barbadillo (Kenji Fujimori dixit).

¿Qué es lo que ha traído esto como consecuencia? Para el fujimorismo, no poca. Además de no consolidarse como agrupación, ha terminado convirtiéndose en un reducto cerrado de personas cuyo único mérito es deberle su presente político al ex dictador. Degregori y Melendez lo señalan, de manera bastante clara, en los dos últimos párrafos del libro.

Por otro lado, para el fujimorismo, las elecciones fueron una suerte de “retorno a la semilla”. En efecto, la bancada de Alianza por el Futuro guarda reminicencias con la de Cambio 90, pero solo en el perfil familiar / amical de sus componentes, no en su recorrido político. Una suerte de último bastión de lealtad a rajatabla, compuesto de familiares y amigos, así como hijos de conspicuos fujimoristas de la década pasda y válidos personales del ex mandatario. Así, de los trece representantes, dos son familiares directos de Fujimori, su hija Keiko y su hermano Santiago. Otros dos, tres si incluyéramos a Keiko en este grupo, son hijos de líderes del fujimorismo: Renzo Reggiardo y Cecilia Chacón. Tres pertenence al grupo de las fieles, autoritarias y agresivas “Marthas”: Hildebrandt, Moyano y Luisa María Cuculiza. Dos válidos, el abogado de Fujimori, Rolando Souza, y Carlos Raffo, asesor de imagen del extraditado, cuyo cargo resulta una contradicción en sus términos. Los otros cuatro son militantes provincianos sin mayor lustre durante el decenio pasado, cuyos triunfos en sus respectivas regiones merecen mayor análisis. Resalta sin embargo el caso de Oswaldo de la Cruz, elegido por Pasco, en cuyo currículum destaca tanto o más que haber sido alcalde de Pasco, el hcho de ser propietario de dos radios y un canal de TV local.

Esta composición de la actual bancada de Alianza por el Futuro probaría que el fujimorismo nunca formó una clase política, sino un equipo de mudos y leales colaboradores, “súbditos” que vivían bajo la sombra de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. La gran pregunta es qué pasará con ellos, tan cortejados y tratados con guante de seda por el resto de otorongos, desde ahora hasta el 2011 en que tendremos nuevas elecciones. Pero esa es otra historia.

El problema es que varias de nuestras agrupaciones políticas no son ajenas a esta lógica. Si hablamos de membretes electorales, pues los “partidos” de Rafael Rey y José Barba Caballero, hoy funcionarios del gobierno actual, son muestra de lo que supone la presencia de una figura relativamente carismática encabezando una agrupación en la que lo que cuenta es la lealtad al líder y no las ideas. Ello explica también porque estos grupos fueron funcionales al régimen en su momento.

Pero hay otro factor pernicioso para la política peruana que ha sido la gran herencia de los años del fujimorismo: el pragmatismo como sinónimo de cinismo. Vuelvo a citar a Degregori y Meléndez, quienes describen así el fenómeno:

El pragmatismo es necesario en política y en otros aspectos de la vida. Lo específico del autoritarismo fujimorista es que se entendió como una manera de privilegiar la eficacia en desmedro de los procedimientos democráticos, y privilegiar el interés grupal o personal sobre el institucional y el nacional.

La exacerbación del pragmatismo corresponde al abandono de todo referente ideológico, planteamiento programático y ética política. La “caballerosidad gallarda” que añoraba Belaúnde – evidente rezago de uan sociedad estamental – no fue reemplazada por una ética democrática, republicana y ciudadana. Ante esa ausencia, si en la década pasada el autoritarismo competitivo buscó arrasar y someter a sus adversarios, en el actual contexto de “democracia competitiva de baja intensidad” se ha creado el clima para la proliferación de los otorongos: muchos de los participantes en el sistema democrático y se apañan corporativamente.

Pero no solo en la proliferación de los otorongos y de los apañamientos congresales es donde pervive el cinismo pragmático. La alianza conservadora que sostiene al gobierno no se ha formado sobre la base de una idea, sino de intereses bastante primarios: cerrazón del modelo económico tal como se encuentra planteado, restricciones a los reclamos sociales y ambientales, defensa de militares en retiro acusados por violaciones de derechos humanos y pervivencia de un estilo en el que el programa de gobierno sigue importando poco. Lo mismo podríamos decir de sucesos como los asesores fantasmas del Congreso o la permanencia de ministros cuestionados como Alva Castro.

Esto resulta siendo un efecto pernicioso para la politica peruana. Si bien existen espacios para la crítica, el cuestionamiento y la investigación sobre este tipo de conductas, su alcance sigue siendo limitado en medio de un panorama social de insatisfacción con la democracia, en la que este tipo de conductas, asentadas machaconamente durante una década, siguen siendo percibidas como “saludables” o como “lo que le gusta a la gente”. Peor aún, los políticos – salvo excepciones – siguen pensando que es la única forma de hacer su trabajo.

¿Alguien se atreverá a romper este círculo vicioso?

EL RITMO DEL FUJIMORISMO

Chantaje. Esa es la palabra que ha utilizado Jorge del Castillo ante el intento del fujimorismo de plantear su censura ante el Pleno del Congreso, luego de las explicaciones sobre los últimos hechos de violencia ocurridos en la zona del VRAE y que ya todos conocemos.

Pero a la estrategia del chantaje – que otro blog ha comentado mejor que yo – yo añadiría la del miedo. Tanto los parlamentarios fujimoristas como sus medios adictos han insistido en que es Sendero Luminoso, tal como lo conocimos en los ochenta y noventa, quien está detrás de los ataques.

No es de extrañar. Durante todo su gobierno, Fujimori utilizó ambas herramientas, el chantaje y el miedo, como bases de su poder. Sobre el chantaje, la mejor muestra es la videoteca de Vladimiro Montesinos, cuyo uso no era la exhibición pública que tuvo a la caída del régimen, sino su utilización para que quienes estuvieran allí se mantuvieran alineados o callados. Y, sobre el miedo, basta ver la televisión de la segunda mitad de los años noventa, para darnos cuenta de todas las campañas de manipulación que se hacían para darnos la impresión de que sin el Chino, volvería el terrorismo. En suma, ambos elementos utilizados para la perpetuación en el poder.

Si ya conocemos de memoria los métodos fujimoristas, pues sorpresas no hay muchas. Pero, como dice Rubén Blades, la vida te da sorpresas y el gobierno quiere seguirnos sorprendiendo con medidas o declaraciones a favor de Fujimori y de sus seguidores en prisión, o que tienen todo un tufillo a década de los noventa – solo hace falta el fondo musical de Nirvana y que me vuelva a poner mis camisas de franela – que realmente escandaliza y atemoriza.

¿Por qué el gobierno toma cada vez más un intenso tono naranja? Pues hay un cúmulo de explicaciones que podrían ser un intento de respuesta.

Una primera tiene que ver con la Coalición Conservadora que sostiene al gobierno y, sobre la cual, a estas alturas podríamos preguntarnos que tanto margen le viene dando. Pues si bien le ha aportado la casi ausencia opositora, le ha reducido al extremo el margen de maniobra a Alan, de manera tal que el Plan de Gobierno de Unidad Nacional se encuentra a la izquierda de las medidas que este gobierno ha tomado en casi año y medio de gestión.

Una segunda tiene que ver con la vocación por el autoritarismo que un sector de la población tiene en nuestro país y a ello no escapa ningún sector social. Como cuestión cultural, enfatizada en un país en el que el desarrollo de la ciudadanía sigue siendo insuficiente y en el que nos han gobernado más dictadores que demócratas, seguimos pensando que la autoridad es sinónimo de atropello y de “mano dura”. Claro, cuando nos atropella, ahi nos quejamos, pero seguimos pensando como nación que el presidente, cuando más efectista en su sentido de la autoridad, mejor.

Pero quizás una tercera explicación la constituya los parecidos que Alan y Fujimori tienen desde 1990. Carlos Reyna, en su libro La Anunciación de Fujimori, señala algunas de ellas que comparto con los lectores: la figura del asesor influyente que va más allá de los Ministros – y que muchos sospechan que, en este gobierno, ese rol lo cumple Aldo Mariátegui -, la reducción del papel de los Ministros a meros secretarios – basta ver que los trata peor de lo que lo hacía Ferrando con su elenco -, gobernar por encima de sus agrupaciones políticas, un presidencialismo exacerbado, poca vocación descentralista (basta ver la eliminación del CND), su poca vocación por el respeto de los derechos humanos y la “lealtad” de los empresarios. Por cierto, la gran ruptura entre ambos sigue siendo el 5 de abril de 1992.

Y justamente ese es el espejo en que García debe mirarse, sobre todo, por lo que puede ocurrir el día de hoy. Se tiene programada la lectura de sentencia a los Ministros que avalaron el golpe dado por Fujimori contra los otros poderes del Estado. El fallo puede ser histórico, para bien o para mal, ya que podría ser una resolución que condene abiertamente, por primera vez en la historia del Perú, la interrupción del orden democrático, o podría convalidar lo que fue el inicio de una historia de atropellos, crímen y desmoralización del país.

Los coqueteos y tiras y aflojas con el fujimorismo no le hacen ningún bien al país. No puede considerarse como democrático a un grupo que, hasta el día de hoy, sigue defendiendo al 5 de abril como un día que cambió la historia del país para bien. Pero, lejos de respetar los principios democráticos que dice enarbolar, el partido de gobierno y su Presidente, que también lo es de todos los peruanos, prefiere ser un pobre aprendiz de Fujimori antes que un estadista. La Historia lo juzgará, los peruanos ya lo estamos haciendo.

MAS SOBRE EL TEMA:
Del Castillo: Prefiero renunciar antes que favorecer a Fujimori
Allan Wagner: El fujimorismo usa el terrorismo políticamente