CAVIARES, INTOLERANTES Y GOBERNANTES

Si hay un mote que ha pegado en la política peruana es el de izquierda caviar, palabra que el fujimorismo y el conservadurismo rescataron de las críticas que en Europa se hacía a cierto sector de la socialdemocracia o de la izquierda que provenian de los sectores altos y medios de la sociedad.

Sobre el uso de este término en el Perú, Gonzalo Gamio anota lo siguiente:

La extrema derecha no cuenta con cuadros intelectuales – está claro –, pero su prensa difamatoria y mediocre se ha anotado un lanzamiento de tres puntos, dado que algunos buenos escritores progresistas están usando el término (cargando con el conjunto de prejuicios que le subyace): se trata de una auténtica y lamentable colonización conceptual. Estamos asumiendo su vocabulario, y por lo tanto (al menos en parte) sus sentidos implícitos para nuestra percepción y juicio en el plano político.

¿Y cuáles son esos sentidos implícitos? Martín Tanaka, en la primera parte de una discusión sobre este término, lo ilustra:

De otro lado, el término se usa para criticar algo así como el pensamiento “políticamente correcto” o “progresista”, vinculado a la defensa de los derechos humanos, principalmente. En ese sentido, se superpone con el calificativo de “cívico” que también se usaba mucho hasta muy poco, se superpone también con la crítica al “liberalismo de izquierda”. Así, puede haber liberales, no izquierdistas, que terminan siendo “caviar”. Acá ya el término pierde especificidad y sentido, aunque mantiene la crítica a lo que se considera la impostura de algunos, que pertenencen a sectores medios y altos, que son parte de un “círculo” relativamente cerrado, que defenderían ciertas posiciones principalmente porque ello otorgaría a sus proponentes status o beneficios económicos. Acá el término se usa con fines exclusivamente denigratorios.

Tres anotaciones a lo que señala Tanaka, que me parecen pertinentes.

La primera, es que la utilización del término comienza luego del periodo de transición, cuando varias de las banderas esgrimidas desde parte de los sectores que conformaron la parte más visible del movimiento de recuperación a la democracia fueron tomadas en cuenta por los gobiernos: lucha contra la corrupción, defensa de los derechos humanos, formación de la Comisión de la Verdad, entre otros tópicos. Todos afectaron determinados intereses que se sintieron golpeados y, ahora, que se han reagrupado ante la debilidad de los gobiernos de Toledo y García, emprenden campañas en contra de dichos tópicos y sus defensores.

La segunda, es la coincidencia de agendas entre personas provenientes de las canteras de la izquierda con quienes son más consecuentes con el liberalismo. No en vano a Rosa María Palacios – por mencionar un solo ejemplo .- le han dicho que se ha “caviarizado”, por asumir una agenda sobre derechos humanos que, en realidad, es consecuente con el liberalismo que defiende. Como lo he mencionado en otra oportunidad, el problema en el Perú es que muchos han confundido liberalismo exclusivamente con la defensa de los intereses del mercado – y a media caña -, dejando de lado el componente político de esta corriente ideológica.

Y la tercera, es que más allá de la concordancia de ideas que puedan existir entre liberales y progres, ambos grupos tienen un serio problema en la acción política (es decir, más allá de la teoría): no han sabido construir propuestas políticas que, más allá de la perfección de sus planes de gobierno, puedan empatar con la ciudadanía. Es decir, si bien los temas que colocan en agenda son importantes, han tenido severas dificultades para convertirlos en una opción política popular. He allí un reto que va más más allá del tema de este post, pero que dejo anotado por sondierarlo importante.

Pero volvamos a la pregunta esencial: ¿Por qué se utiliza el término “caviar” en el Perú?

Una primera explicación es obstaculizar la permanencia o contratación de personas calificadas como “caviares” para trabajar en el aparato estatal. Esta es la versión más utilizada por los diarios Expreso y Correo, quienes no conciben que determinados temas formen parte de la agenda del Estado y a los que consideran como parte de los intereses de un grupo minúsculo.

Mirko Lauer ha respondido a esta variable de críticas, en un artículo reciente:

De otro lado está el rechazo a la competencia profesional de los cuadros “progres”, que son muchos y tienen el mismo conocimiento del Estado que los cuadros “neoliberales”, en el diseño de políticas públicas, y muchos bastante más en el diseño de políticas sociales. No es su postura tanto como sus conocimientos.

Por ello, muchas de las acusaciones contra varios funcionarios han provenido de “contaminar ideológicamente” a instituciones como las Fuerzas Armadas o supuestos malos manejos en su gestión, hechos que nunca han podido ser comprobados. Se pasa de la batalla de ideas – saludable en toda democracia – al más concentrado lanzamiento de lodo.

Pero un segundo punto más interesante de análisis sobre el uso del término “caviar” tiene que ver con la búsqueda de parar con el avance de una agenda que comulga la libertad de mercado, con apertura política, defensa de los derechos humanos, lucha contra la pobreza e impulso de temas como educación, salud y medio ambiente. En su segunda parte sobre este tema, Tanaka señala:

El razonamiento que considera la defensa de los derechos humanos, del Estado de derecho, de los derechos de las mujeres, la preocupación por la exclusión social, etc., como banderas de un grupo político-social minoritario (“caviar”), y por lo tanto pueden ser soslayadas, me parece muy grave. Y me parece que muchos sectores políticos manejan ese criterio. Esas serían ideas que “vienen de afuera”; lo supuestamente “de adentro” sería la eficiencia en la lucha contra la pobreza, el logro del desarrollo económico. Eso sería lo que le interesa a la gente. Lo otro, solamente a los “caviares”.

Este sentido común está muy presente en el gobierno. De un lado, al asociar el término caviar con izquierdistas o liberales consecuentes, el gobierno intenta arrinconar a quienes desde la universidad y otros foros públicos se han convertido en sus críticos más sustentados. De otro lado, al tener esos temas encapsulados hacia un sector que no tiene presencia política electoral, los menosprecia y los toma en cuenta dentro de su modelo. Y finalmente, no hay que olvidar la eterna pelea entre apristas e izquierdistas, que data desde tiempo de la pugna Haya – Mariátegui. Con estos factores, un converso como García se compra todo el paquete de críticas y no duda en fustigar a quienes lo critican, sobre todo, desde las veredas antes mencionadas.

El problema es que, con esta satanización, el gobierno – y sus aliados mediáticos, quienes no en vano son los impulsores de este término – dejan de lado componentes esenciales de la gobernabilidad, en la que izquierdas y derechas pueden poner sus acentos particulares sobre determinados puntos y que son centrales para el debate político de hoy.

Y si esto, como señala Augusto Álvarez Rodrich hoy, se da en un contexto en el que la tolerancia gubernamental a cualquier idea opuesta a la suya se va reduciendo de a pocos, comienza a ser preocupante para el futuro de la democracia en el Perú.

Cuidado, no vaya a ser que de la caricatura pasemos al hostigamiento que vaya más allá de los mediocres artículos presidenciales y terminemos como en el poema de Brecht: lamentándonos cuando nos lleven a nosotros, cuando antes llevaron a otros por pensar distinto.