LOS GESTOS Y LA CONSECUENCIA

Ayer estuve en el bautizo del hijo de un buen amigo y, entre las cosas que dijo el sacerdote – mi profe de religión en quinto de media – una se me quedó grabada: la consecuencia entre lo que se dice y lo que se hace. Ponía como ejemplo al padre de familia que le dice a su hijo que no mienta y a los 5 minutos, cuando le tocan la puerta, le dice al niño: por favor, di que no estoy. ¿Qué mensaje le das al niño? Lo más benévolo sería decir que lo dejas tan o más confundido que al inicio.

Creo que lo mismo se puede aplicar a la educación peruana. Si bien el gobierno tiene un mensaje bastante proclive a considerar a la educación como una de sus prioridades, por momentos uno piensa que entre el discurso y la práctica media una distancia similar a la que hay entre Lima y Shanghai. Dos botones de muestra nos ejemplificarán este problema.

Vayamos hasta San Juan de Lurigancho, donde el colegio Antenor Orrego ha tenido problemas de infraestructura bastante severos, que, tal como lo ha contado Carlos Meléndez – sociólogo y ex alumno de dicho plantel -, implicaron dos derrumbes en los últimos años – uno de ellos, con dos víctimas fatales – y su consiguiente clausura por Defensa Civil.

Pues bien, en lugar de hacer lo sensato para una comunidad educativa, que era reparar el colegio para que los alumnos en marzo pudieran estar llevando sus clases de la manera más tranquila, pues lo que se hizo fue reprimir violentamente las protestas de alumnos y padres de familia y, peor aún, se pudo conocer el verdadero plan de la Municipalidad de San Juan de Lurigancho para el colegio: Tomar parte del terreno del colegio para unirlo con una propiedad de la municipalidad y concesionarlo a Tottus.

¿Centro comercial expandiéndose en área no comercial? El tufillo al caso Residencial San Felipe es evidente, pero, a diferencia de este último caso, parece que las protestas vecinales y colegiales no vienen surtiendo efecto.

Dos preguntas: Si se conoce este problema, ¿por qué el Ministerio de Educación no hizo nada por reparar un plantel? Bueno, tal como van las cosas en Pisco y la reconstrucción de los colegios nos da una idea de como se viene manejando el tema. Pero lo segundo es ¿por qué tenemos municipios a los que les interesa más un centro comercial antes que la educación de los niños? Y el tema me llama más la atención considerando que el alcalde Carlos Burgos ha sido cuestionado en otras oportunidades por malos manejos y porque estamos hablando del distrito más grande del país. Si esto ocurre aquicito nomás, ¿qué no ocurrirá en otras partes del Perú?

El segundo ejemplo lo coloca Constantino Carvallo, ex miembro del recientemente renovado Consejo Nacional de Educación. El director del colegio Los Reyes Rojos advierte que, conjuntamente con una elección relativamente buena de los miembros del Consejo, se puede venir un peligro inmediato y bastante fuerte para esta institución:

Por eso ha hecho bien el ministro Antonio Chang en nombrar rápidamente un nuevo Consejo integrado por personalidades notables y por excelentes consejeros que al mantenerse en el cargo ayudarán a lograr esa esencial continuidad. Lo que resulta inusitado (al límite de lo increíble) es que envíe un proyecto al Congreso para ser él (el ministro) quien presida este órgano necesariamente autónomo y situado más allá de los cambios de gobierno y de las contingencias de la política.

Y debe de estar muy mal aconsejado o alguien redacta peor sus intenciones para que en el artículo cuarto afirma que los consejeros “actúan colegiadamente y ejercen sus funciones con plena autonomía y están prohibidos de actuar individualmente“. Así dice su propuesta. PROHIBIDOS. Aunque usted no lo crea. ¿O sí?

El CNE fue creado como parte de una visión: contar con un ente que sea independiente de los vaivenes políticos, para que pudiera fijar políticas de Estado en materia educativa. Fue producto del consenso entre sus miembros, pertenecientes a diversas tendencias e ideologías, que se pudo lograr un Proyecto Educativo Nacional que debe plasmarse como política de Estado, pero, más allá de la retórica, esto no ha sido así.

Y tanta ha sido la autonomía del Consejo en estos años, que han sido varios de sus miembros los críticos más ácidos de la actual gestión del Ministro de Educación.

Quizás sean estos elementos lo que llevan a pensar a algunos en querer amarrar al CNE, para que la visión única y sin críticas que AGP y su solícito Ministro quieren poner en práctica en el Perú. Sin que nadie diga nada, sin que nadie haga nada.

OTORONGOS, PARTIDOS Y CONDUCTAS POLITICAS

Entre los varios libros que he estado leyendo en estos días, uno de los más recomendables es El Nacimiento de los Otorongos de Carlos Iván Degregori y Carlos Meléndez. A pesar que es un estudio sobre lo que fueron las diversas bancadas fujimoristas en el Congreso durante los años noventa, no deja de ser un texto actual, tanto por lo que nos dice sobre la actual conformación del grupo que apoya al ex dictador, como por lo que apunta sobre nuestros partidos políticos post-Fujimori.

Durante los últimos días se ha escrito mucho sobre la formación de Fuerza 2011 y las divergencias partidario – familiares que ha motivado la creación de este nuevo experimento. A estas alturas, nos va quedando claro que la intención del ex candidato al Senado de Japón no es la consolidación de un partido político democrático, sino la formación de membretes funcionales para cada uno de los fines que ha tenido en su dilatada carrera política y, ahora, judicial – penal. Del Cambio 90 primigenio, concebido para una candidatura al Senado peruano, al Fuerza 2011 como “pasaporte a la libertad” del reo de Barbadillo (Kenji Fujimori dixit).

¿Qué es lo que ha traído esto como consecuencia? Para el fujimorismo, no poca. Además de no consolidarse como agrupación, ha terminado convirtiéndose en un reducto cerrado de personas cuyo único mérito es deberle su presente político al ex dictador. Degregori y Melendez lo señalan, de manera bastante clara, en los dos últimos párrafos del libro.

Por otro lado, para el fujimorismo, las elecciones fueron una suerte de “retorno a la semilla”. En efecto, la bancada de Alianza por el Futuro guarda reminicencias con la de Cambio 90, pero solo en el perfil familiar / amical de sus componentes, no en su recorrido político. Una suerte de último bastión de lealtad a rajatabla, compuesto de familiares y amigos, así como hijos de conspicuos fujimoristas de la década pasda y válidos personales del ex mandatario. Así, de los trece representantes, dos son familiares directos de Fujimori, su hija Keiko y su hermano Santiago. Otros dos, tres si incluyéramos a Keiko en este grupo, son hijos de líderes del fujimorismo: Renzo Reggiardo y Cecilia Chacón. Tres pertenence al grupo de las fieles, autoritarias y agresivas “Marthas”: Hildebrandt, Moyano y Luisa María Cuculiza. Dos válidos, el abogado de Fujimori, Rolando Souza, y Carlos Raffo, asesor de imagen del extraditado, cuyo cargo resulta una contradicción en sus términos. Los otros cuatro son militantes provincianos sin mayor lustre durante el decenio pasado, cuyos triunfos en sus respectivas regiones merecen mayor análisis. Resalta sin embargo el caso de Oswaldo de la Cruz, elegido por Pasco, en cuyo currículum destaca tanto o más que haber sido alcalde de Pasco, el hcho de ser propietario de dos radios y un canal de TV local.

Esta composición de la actual bancada de Alianza por el Futuro probaría que el fujimorismo nunca formó una clase política, sino un equipo de mudos y leales colaboradores, “súbditos” que vivían bajo la sombra de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. La gran pregunta es qué pasará con ellos, tan cortejados y tratados con guante de seda por el resto de otorongos, desde ahora hasta el 2011 en que tendremos nuevas elecciones. Pero esa es otra historia.

El problema es que varias de nuestras agrupaciones políticas no son ajenas a esta lógica. Si hablamos de membretes electorales, pues los “partidos” de Rafael Rey y José Barba Caballero, hoy funcionarios del gobierno actual, son muestra de lo que supone la presencia de una figura relativamente carismática encabezando una agrupación en la que lo que cuenta es la lealtad al líder y no las ideas. Ello explica también porque estos grupos fueron funcionales al régimen en su momento.

Pero hay otro factor pernicioso para la política peruana que ha sido la gran herencia de los años del fujimorismo: el pragmatismo como sinónimo de cinismo. Vuelvo a citar a Degregori y Meléndez, quienes describen así el fenómeno:

El pragmatismo es necesario en política y en otros aspectos de la vida. Lo específico del autoritarismo fujimorista es que se entendió como una manera de privilegiar la eficacia en desmedro de los procedimientos democráticos, y privilegiar el interés grupal o personal sobre el institucional y el nacional.

La exacerbación del pragmatismo corresponde al abandono de todo referente ideológico, planteamiento programático y ética política. La “caballerosidad gallarda” que añoraba Belaúnde – evidente rezago de uan sociedad estamental – no fue reemplazada por una ética democrática, republicana y ciudadana. Ante esa ausencia, si en la década pasada el autoritarismo competitivo buscó arrasar y someter a sus adversarios, en el actual contexto de “democracia competitiva de baja intensidad” se ha creado el clima para la proliferación de los otorongos: muchos de los participantes en el sistema democrático y se apañan corporativamente.

Pero no solo en la proliferación de los otorongos y de los apañamientos congresales es donde pervive el cinismo pragmático. La alianza conservadora que sostiene al gobierno no se ha formado sobre la base de una idea, sino de intereses bastante primarios: cerrazón del modelo económico tal como se encuentra planteado, restricciones a los reclamos sociales y ambientales, defensa de militares en retiro acusados por violaciones de derechos humanos y pervivencia de un estilo en el que el programa de gobierno sigue importando poco. Lo mismo podríamos decir de sucesos como los asesores fantasmas del Congreso o la permanencia de ministros cuestionados como Alva Castro.

Esto resulta siendo un efecto pernicioso para la politica peruana. Si bien existen espacios para la crítica, el cuestionamiento y la investigación sobre este tipo de conductas, su alcance sigue siendo limitado en medio de un panorama social de insatisfacción con la democracia, en la que este tipo de conductas, asentadas machaconamente durante una década, siguen siendo percibidas como “saludables” o como “lo que le gusta a la gente”. Peor aún, los políticos – salvo excepciones – siguen pensando que es la única forma de hacer su trabajo.

¿Alguien se atreverá a romper este círculo vicioso?