UNA HISTORIA DE PUCALLPA

Ruben entra al restaurant donde almuerza al mediodía. La jornada de comercio en la provincia de Coronel Portillo es incesante y, dado que el avión ha llegado hace algunas horas, recién puede tener acceso a los diarios que han llegado de Lima. Pide el menú de costumbre, una Ucayalina y que le traigan Perú.21, para leer mientras se refresca un poco y recupera fuerzas para el trabajo de la tarde.

Cuando llega a la página 8, abre bien los ojos para ver si lo que tiene ante sí es cierto: su alcalde, Luis Valdez Villacorta, es acusado de traficar drogas en sociedad con Fernando Zevallos en 1990.

Otra vez ‘la Vieja’“, se dice para sí, recordando el apodo que los gringos de la DEA le habían puesto al alcalde. Y justamente uno de los colaboradores de la DEA, a quien Ruben recuerda vagamente haber visto alguna vez, Oscar Benítes, es quien ha mencionado, con lujo de detalles la operación de tráfico de drogas, en la que Valdez puso 300 de los 580 kilos de cocaína que llevaron a Estados Unidos.

Su compadre Jorge, que vive en Lima, le había contado la última vez que estuvo por la capital que una periodista inglesa, que hace años vive en el Perú, había perdido un juicio por citar en un libro las declaraciones de Benites en contra de Zevallos. Y hace pocos días había leido que el Lunarejo tenía contactos con la gente de arriba. Sobre el vaso vacío, volvía a caer el líquido de cebada y lúpulo que había consumido con fruición mientras veía la noticia en el diario. El recuerdo se patentizaba en su mente, mientras llegabamos a los 33 grados de temperatura.

Valdez nunca tuvo buena reputación, siempre se dijo que estaba vinculado a cosas no santas, igual que su sobrino, Víctor Valdez, que fue congresista por Ucayali y del que no sabemos nada aquí en Coronel Portillo desde hace tiempo. Se decía que la fábrica de madera del alcalde dispuso una avioneta para el tráfico de armas a las FARC, donde estaba metido Montesinos y parece que hasta Fujimori.

Hace tiempo vino un reportero de allá de Lima, que también estuvo investigando algo sobre sus negocios de madera, Sifuentes creo que se llamaba. A las semanas vi en la tele que nuestro alcalde tendría algo así como 50 concesiones de madera obtenida solo Dios sabe como. Y como es de Lima, ese patita de lentes no corrió la misma suerte que otro periodista.

Aun parece ayer cuando escuchaba a Alberto Rivera en Transparencia, denunciando las cochinadas del alcalde, sus negocios con la madera, sus regalos para comprar a medio Pucallpa y obtener la alcaldía. Todos dicen que Valdez le mandó meter bala, pero el Poder Judicial de aquí lo acaba de absolver.

¿Por qué tiene tanto poder?, se pregunta Ruben mientras termina el plato de comida y se sirve lo que queda en la botella. Quizás sea, dice en voz baja, porque muchos de los políticos de aquí también tienen vinculos con los narcos. Como ese pata, Julio César Reátegui, que postuló como teniente alcalde de Pucallpa por el APRA y había resultado ser abogado de Zevallos en los mismos años en que dicen que se iniciaba en el negocio y, luego, defensor de uno de los lugartenientes de Valdez que mató al periodista Rivera.

Antes de dejar cancelada la comida, Ruben se pregunta por qué esta situación no cambia. Mira la cerveza que ha tomado y se da cuenta que es de la fábrica del alcalde, que la madera que ayuda a transportar es de la compañía del alcalde, que hasta el cementerio donde le lleva flores a su mamá todos los domingos también es de Valdez. Se percata que su pueblo está atrapado en una vorágine que viene desde hace varios años y que no sabe como va a salir de esta. La lluvia comienza a caer y hay que volver a trabajar, mientras los Luis Valdez Villacorta del mundo se siguen saliendo con la suya.

UNA EXPLICACION PERIODISTICA DE ESTE CUENTO:
Utero de Marita: Luis Valdez acusado de narcotráfico (otra vez)

LA MUERTE DE UN PERIODISTA (II)

Con justa razon, el blog Lo Justo, Varón nos llama la atención por el poco interés que le hemos puesto a la escandalosa sentencia que exculpa a los responsables intelectuales de la muerte del periodista Alberto Rivera, asesinado en Pucallpa hace tres años.

¿Por qué mataron a Rivera? Pues por las mismas razones por las que Miguel Pérez Julca, hombre de prensa que trabajaba en Cajamarca, fue victimado: denunciar las irregularidades del poder local y regional.

Rivera denunció en su momento que el alcalde de Pucallpa, Luis Valdez Villacorta, reelegido extrañamente, tenía vínculos con el tráfico de madera y el narcotráfico.

La presión de la prensa ha hecho que el caso no quede en el olvido y que los autores materiales sean sancionados. Sin embargo, al alcalde Valdez simple y llanamente, nadie lo toca. Y es que el poder del tráfico de madera y el narcotráfico en la selva es bastante fuerte, a pesar que tres de los sicarios contratados por el burgomaestre lo sindicaron como quien lo contrató para realizar el asesinato. Peor aún, el fiscal del caso no apeló la sentencia y si no es por la voluntad de los familiares, el caso no llegará hasta la Corte Suprema.

Cuando matan a un periodista no solo quitan una vida, sino que le quitan a la gente el derecho a informarse para poder fiscalizar a sus autoridades. Si se permite la impunidad en este caso, pues el derecho a la vida y a la libertad de expresión será poco menos que letra muerta en el Perú.

¿Lo seguiremos permitiendo?