Guía para la elección presidencial 2021

(Imagen: Andina)

Advertencia: Mucho de lo que voy a señalar aquí va a romper con tu cámara de eco. Así que, antes de matar al mensajero – o a los que voy a citar aquí – sería bueno que te concentres mucho más en el contenido.

La historia enseña. Sobre todo, cuando la misma es adecuadamente leida e interpretada, a partir de información fiable y clara.

Recientemente, Alfredo Torres – el director de Ipsos Perú por décadas – ha publicado un texto que recomiendo leer: Elecciones y Decepciones. Coincido con José Carlos Yrigoyen y Omar Awapara con que la parte de relato histórico podría ser prescindible, pero que, sin duda alguna, la sistematización de tendencias que realiza sobre las tendencias de los votantes peruanos en las últimas cuatro décadas es bastante acertada. Si bien Torres ha tenido errores graves – basta ver el fiasco que fue su intervención en el caso del indulto a Fujimori -, cuando se dedica a lo suyo ha presentado información muy fiable.

Y a partir del texto de Torres, creo que podríamos mandar las siguientes premisas claras a nuestras élites que, como cada elección presidencial, se asustan con varios resultados.

El peruano promedio no está interesado en la política: Amigo que paras en Twitter o en Facebook haciendo tus statments, devoras cuanta información sale en medios de comunicación y redes sociales, asume que eres una minoría. Sostenidamente, todas las empresas que hacen encuestas de opinión pública señalan que este sector está entre el 20% y el 30% de ciudadanos. Y no es que tus compatriotas sean unos irresponsables, pues hay varias razones para ello: no tienen tiempo, no tienen ganas, no consideran que el Estado les va a resolver sus problemas o sus ocupaciones no les permiten estar atentos a estos temas. Es decir, la desafección política tiene ya buen tiempo larvando.

El peruano promedio es nominalmente religioso: Esto quiere decir dos cosas. De un lado, un mensaje abiertamente laico no es algo que aún cale en un país donde más del 90% dice que se adscribe a una confesión religiosa. De otro lado, que tampoco optará mayoritariamente por opciones radicales en esa materia, pues normalmente va a un servicio religioso más por cuestión social que por convicción real. Pero, ojo, rasgos como la honestidad sí son bien vistos por la gente. Y esto explica, con mayor certeza, por qué la gente votó por el Frepap en 2020 para darle una bancada importante. Además, no todo religioso es conservador, cuestión importante para lo que veremos luego.

Ni los mensajes de izquierda ni los de derecha son mayoritarios en el Perú: Nuestros zurdos locales pecan, salvo honrosas excepciones, de ir más por la doctrina y la ideología que por cuestiones más concretas. La historia lo dice: sus mejores resultados han sido cuando han tenido líderes que tradujeron sus consignas en cuestiones más concretas (Barrantes, Villarán, e incluso Mendoza en 2016) o sus propuestas pasaban como slogans (Humala). Pero lo mismo le pasa a nuestra derecha más liberal y a buena parte de la conservadora. De allí los límites naturales de candidatos como Vargas Llosa, Lourdes Flores y PPK.

Esto no quiere decir que exista un centro ideológico: Si bien es cierto que la mayor parte de gente dice ser “de centro”, esto significa varias cosas. O que no tiene claras estas categorías ideológicas, o que prefiere colocarse al medio para “no chocar con nadie”, o que la categoría puede incluir populismos de diverso tipo al igual que a doctrinarios de lo que llamaríamos – tomando las palabras de McEvoy y Vergara – republicanismo. Es una categoría a la cual la gente le coloca lo que quiere y que la entiende como desea.

No somos ni tan estatistas ni tan pro mercado: Una cuarta parte del país cree genuinamente en la inversion privada en forma nítida. Pero hay un sector importante que cree en empresas públicas o en algún tipo de control de precios, sobre todo, por el tema de las tarifas. En realidad, el sector mayoritario es al que Torres le llama “semi libre mercado” con 47%. Digamos que Jaime de Althaus y Óscar Dancourt podrían tomarse unas chelas, con distancia social, contemplando que el Perú no calza con ninguno de sus supuestos ideológicos.

Con estas coordenadas puestas, comencemos a aterrizar en el presente. Esta elección se desarrolla en medio de una de las peores crisis de la historia peruana: más de 100,000 muertos con la pandemia, miles de peruanos que pasaron de retorno a la pobreza, procesos de duelo inacabado – que se suman a otros, como los vividos durante el periodo de violencia 1980 – 2000 -, rabia, crisis política de noviembre (y que a cada rato amenaza con repetirse) y desesperación por el día a día. En ese contexto, la desafección crece y resulta difícil que las personas se interesen en la política.

Entonces, al ver la historia y el presente, es que podemos entender mejor por qué tenemos las encuestas y simulacros de votación que tenemos ahora. Y a partir de allí podemos concluir que:

Ninguno es el candidato preferido: Hoy menos que nunca la gente está enchufada en la política y no ha pensado siquiera en quién va a votar. Más aún, en un quinquenio en el que hemos tenido cuatro presidentes, dos Congresos que han sido una desgracia, las secuelas de los casos Lava Jato y Cuellos Blancos y a todos nuestros presidentes desde Morales Bermúdez para adelante – con excepción de los fallecidos Belaúnde y Paniagua – condenados o investigados por violaciones a los derechos humanos y/o casos de corrupción. Esta desafección es más notoria en un sector bastante claro, como bien ha apuntado Mauricio Saravia: mujeres fuera de Lima, mayores, pertenecientes a sectores socieconómicos más pobres. Hasta ahora, ningún candidato les ha hablado a ellas, ni en propuestas ni con un ápice de humanidad. Añadiría también a los jóvenes que salieron a marchar contra el régimen de Manuel Merino, a los que ningún candidato se ha dirigido.

Por ahora, Lescano ha apuntado mejor sus fichas: Esto se debe a varios factores: un rostro que era relativamente conocido y que ha sido consistente en su prédica sobre la defensa del consumidor – que sus medidas sean impracticables o poco técnicas es otra cosa – en un contexto en el cual hay una creciente mala imagen de las empresas privadas (Lava Jato, Club de la Construcción, aportes ocultos de campaña, problemas previos de trato a los clientes y comportamiento de algunas compañías durante la pandemia). Sumen a ello que postula por una marca conocida que es una confederación de caciques locales – desde gobernadores regionales hasta alcaldes en distritos mesocráticos de Lima -, en la que Merino aparece como uno más – y del que Lescano quiere diferenciarse al toque – , donde hoy todos los bandos internos están alineados para ganar. No en vano AP ha sido el único sobreviviente de todos los partidos históricos (el APRA ha muerto para todo fin práctico y el PPC se juega la permanencia en la categoría).

La disputa por el segundo lugar es entre candidatos que solo le han hablado a su capilla: López Aliaga recoge el voto conservador que por años construyó Cipriani – buen apunte de Álvarez Rodrich – y que busca emular a Bolsonaro. Keiko Fujimori ha quedado pasmada en su voto duro que vive del recuerdo ya no tan eterno de su padre, el último dictador. George Forsyth es la novedad que se ha desinflado a falta de buen contenido y operadores políticos efectivos. Y Verónika Mendoza ha insistido con temas como una nueva Constitución que solo le hablan a su público zurdo y, peor, sin considerar que, la demanda es más acogida para plasmar pulsiones conservadoras lejanas de su programa. Todos, en general, están empatados. Y todos, además, le hablan a sus votantes de siempre.

Existe un segundo pelotón con miras a subir, ayudar a su lista parlamentaria o mantener la categoría: Allí se encuentran Avanza País, el Partido Morado, Alianza Para el Progreso, Perú Libre, Somos Perú, Podemos Perú y el Partido Nacionalista, con candidatos que representan a un archipiélago de intereses que, en algún momento, pudieron abarcar más sectores pero que hoy, por lo menos en la lid presidencial, se encuentran atrapados en las limitaciones de sus líderes. Aquí se encuentran representados el liberalismo económico semi conservador (de Soto), el centro más ideológico (Guzmán), el empresario provinciano con miras de hacerla en la capital (Acuña), el dirigente sindical provinciano radical (Castillo), el político provinciano con cierto kilometraje (Salaverry), el exmilitar de mano dura (Urresti) y el único expresidente que postula (Humala). Básicamente, este es el sector que puede moverse más hacia el pelotón de arriba y saltar a una segunda vuelta o liquidar cualquier opción futura.

La campaña será la más corta en décadas: A diferencia de otras contiendas electorales, que se iniciaron incluso con largo tiempo – recuerden la campaña de 1990, que duró 3 años -, esta apenas tendrá 3 semanas. Tiempo suficiente para que las distintas postulaciones puedan ajustar mensajes y contracampañas. Aquel que sea más empático con las necesidades de las personas y con su estado de ánimo, pasará a segunda vuelta. Por ahora, salvo quienes aparecen en otros, todos los demás tienen opción. Prepárense para lo que viene. Será bastante duro.

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