La Coalición Conservadora

En su columna de esta semana en IDL – Reporteros, Gustavo Gorriti señala que:

El lunes 9 se perpetró el ataque usurpador contra la democracia. Descrito con dureza pero precisión por Eloy Jáuregui como “el asalto vandálico a Vizcarra organizado por el fujimorismo chavetero, los rateros del Lava Jato, los Cuellos Blancos del Puerto, los fascistas religiosos, los mafiosos de las universidades, los populistas y la anuencia de la derecha bruta y achorada”. Hubo algunos que se sumaron a la usurpación por razones pequeñas, sin saber qué estaba en juego, pero lo que hubo detrás de todo fue una conspiración manejada por la ultraderecha, aquella que navega entre Torquemada y las offshore, para borrar lo logrado en la etapa más longeva de vigencia democrática en nuestra historia“.

En la cobertura que se ha tenido sobre el proceso de vacancia, ha primado la crónica sobre los intereses menudos y más visibles. Aquellos que tenían forma de universidad no licenciada, procesos judiciales en curso – que van desde casos vinculados al conflicto armado interno hasta Lava Jato, pasando por Los Cuellos Blancos de la Corrupción – y el asalto al presupuesto nacional. Pero no se ha tomado en consideración a un conjunto de personajes que resultó visible en el efímero gabinete de Antero Flores – Araoz y que tiene una agenda clara, que se ha ido redefiniendo con el transcurrir de las últimas dos décadas.

Cuando Valentín Paniagua asumió la Presidencia de la República, esta facción estaba muy golpeada. Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos fugaron. Sus secuaces comenzaron a ir a la prisión y otros comenzaron el largo camino hacia el reciclaje. Algunos intentaron una candidatura que buscara darle opciones, como la de Carlos Boloña, pero las revelaciones de aquel verano de 2001 y su impúdica estadía en un asentamiento humano para ganar votos lo sepultaron. No dejaron de buscar alguna capacidad de golpe, traducida en una celada de Nicolás Lucar con un falso testimonio en contra de Paniagua, que el entonces mandatario supo responder con elegancia y firmeza. En esos momentos, querían resistir.

Este grupo comenzó a rearmarse contra el gobierno de Alejandro Toledo. La eterna vocación por el yerro en su vida personal, las negociaciones bajo la mesa con un sector cercano a estas voces – aquellas conversaciones con representantes de broadcasters caídos en desgracia, antes que el gobierno quisiera retirar las licencias a los canales cuyos dueños delinquieron, fueron la mayor muestra – y el manejo frívolo de la cosa pública que caracterizaban al otrora líder de Perú Posible generaron que, rápidamente, estas personas recobraran fuerzas.

Fue en ese contexto que se pudieron cancelar algunos procesos de reforma – como el recambio constitucional impulsado por Henry Pease, que tantas cosas hubiera resuelto -, atacar instituciones transicionales de prestigio como la Comisión de la Verdad y Reconciliación y, por supuesto, comenzar con el epíteto como descalificación a sus críticos. Fue en ese contexto que surgieron chapas como “cívicos” o “caviares”, una muestra de la necesidad de empatar la defensa de la democracia y los derechos humanos con cierto color de piel y la descalificación de esas personas como elitistas y lejanas de las necesidades populares. No pudieron vacar a Toledo porque, en aquel momento, los políticos opositores acordaron defender el régimen. Eran los años en los que Alan García salía a paros nacionales a la par que viajaba a Washington para asumir posiciones más cercanas al mercado. O Flores Araoz no dudaba en defender la Constitución frente al Andahuaylazo.

En paralelo, como ha contado Gorriti en su libro Petroaudios, hubo una importante ósmosis entre espías que habían quedado desempleados con la caída de Montesinos, ciertos gobiernos regionales, operadores políticos y empresariales con columnas de opinión y ciertos intereses con sabor a naranja y a uniforme de camuflaje. Varias de las primicias contra Toledo, señala el veterano periodista en su texto, vinieron desde allí. Y esa ósmosis operó durante la campaña electoral de 2006, en la que Alan García ganó la presidencia otra vez, a pesar de su desastrosa primera administración.

Fue precisamente en los años en los que García volvió a gobernarnos en que esta coalición conservadora se empoderó. Ya en la campaña electoral, periodistas como Marco Sifuentes comenzaron a notar que habían cercanías que recordaban que el mal menor de aquella elección seguía siendo un mal. Ya en el poder, se desarrolló un proceso que Alberto Vergara describió con precisión al final de aquel periodo:

Etapa política inicial: García tenía el Parlamento bajo control con una sólida bancada aprista, pero le temía a la derecha informal (empresarios, militares e Iglesia), le inquietaba que comploten contra él, por lo cual, astuto, decidió incluirlos en su coalición de gobierno: era mejor tener al enemigo en casa. Fue un matrimonio por conveniencia. Etapa sociológica: a García le hizo ilusión que sus nuevos compañeros de ruta lo piropeasen, que los mismos que lo maltrataron tanto lo reconociesen como uno de ellos, y así el estratégico matrimonio por conveniencia fue transformándose en cariño. Etapa final e ideológica: si ya no era matrimonio por conveniencia, la relación no podía fundarse en meros intereses, el enamoramiento requería de votos de amor a la familia, a la propiedad privada, al Perú blanco y sagrado. Transcurridas las tres etapas, no solo se había amistado con el libre mercado, era la versión laica de Cipriani

Eran los años en los que García hizo del hortelanismo – aquella masacota fofa que ligaba cantos a la inversión privada con el conservadurismo más ramplón – la doctrina aceptada en la CONFIEP. Pero también fueron los años en los que se buscó la toma de dos instituciones importantes en el país.

Los conservadores lograron la captura, por unos años, de El Comercio, el diario más importante del país, ante un director ausente, que llegó luego de un golpe de Estado familiar. Mientras que el entonces Arzobispo de Lima, azuzado por una turba que en España sería defensora de Vox, buscaba apoderarse de la Pontificia Universidad Católica del Perú. En el segundo caso, luego de un enfrentamiento donde algunos prelados hoy caídos en desgracia fueron los aliados vaticanos del purpurado, la llegada al poder de un pontífice argentino cambió la correlación de fuerzas. En el primero, la torpeza con la que editores y editoras conservadoras manejaron la posición del diario decano durante la elección presidencial de 2011, sumado a otros errores, generaron un golpe de timón que derivó en una posición más liberal, que dejó en el desempleo a varias de estas personas.

Precisamente, aquella campaña electoral alineó más claramente a estos sectores con tres agrupaciones políticas: el APRA, el fujimorismo y Solidaridad Nacional. Fueron allí que vinieron varias batallas. La primera, evitar que Ollanta Humala encarnara la democracia y perdiera las elecciones de 2011, cuestión en la que perdieron. La segunda, tratar de lavarle la cara al fujimorismo, grupo político al que algunos auguraban una conversión parecida a la de franquistas y pinochetistas a cierto conservadurismo más democrático, pero cuya vocación por la fechoría terminaba liquidando cualquier intento de reconversión. La tercera, revocar a una alcaldesa con un manejo político torpe y que terminó sucumbiendo – como sabríamos años después – ante la corrupción. Y se sumarían a ellos los intentos por sabotear las indagaciones de la Megacomisión presidida por Sergio Tejada, que revelaban varias de las pistas de corrupción del segundo alanismo, que terminarían reventando años después en las ya conocidas confesiones de Nava y Atala.

Y fueron ellos quienes alentaron las campañas contra un Humala apocado y contra su esposa, convertida en el símbolo de la estabilidad emocional presidencial a la que querían bombardear (Claro está, ambos abonaron, con errores y cuestiones que se están investigando en el Ministerio Público, a estas campañas). Fueron los años en los que el resaltador se comenzó a convertir en símbolo de la investigación periodística con fuente envenenada.

Para el 2016, se alinearon claramente con Fuerza Popular. Pero no dejaron de envenenar la campaña, con exclusiones discutibles y discutidas, como las de Julio Guzmán y César Acuña. O se infiltaron con algunos personajes en algunas campañas, con resultados pendientes de revelar hasta el día de hoy. Perdieron por apenas 40,000 votos.

De allí, en adelante, a partir de una pataleta constante, la señora Fujimori buscó obstaculizar al gobierno de quien la venció. Y hubo tres ejes de actuación que quedaron claros: la toma de la educación peruana para salvar a universidades de dudosa reputación y consagrar la educación al conservadurismo más duro, el aprovechamiento de las investigaciones del caso Lava Jato para dejar a sus rivales antifujimoristas como más corruptos que su padre y, finalmente, obstaculizar cualquier acción de gobierno. A ese carro se subió esta coalición, que ya desde el 2017 pretendía que Flores Araoz fuera presidente del Consejo de Ministros. Pero, en el camino, las torpezas con las que se condujeron, las discrepancias sobre qué hacer con un Alberto Fujimori en libertad y, finalmente, las revelaciones que llevaron a Keiko Fujimori a ocupar temporalmente una celda en Chorrillos reventaron ese plan.

Lograron que PPK renuncie y que Martín Vizcarra ocupara su lugar. Sin embargo, no pensaron que un astuto político moqueguano les diera un primer jaque. Acostumbrado a cuidarse las espaldas de su segundo, como cualquier gobernador regional, Vizcarra les libró una guerra en la que fue capaz de arrinconarlos con iniciativas de reforma, presentar audacias como un adelanto de elecciones y, finalmente, disolverlos constitucionalmente cuando querían asaltar el Tribunal Constitucional.

Pero Vizcarra cometió varios errores: no quiso tener una bancada en el Congreso o, al menos, aliados. Se fió demasiado de un entorno muy cercano, que tenía sus propios demonios adentro. Su gestión del día a día no fue precisamente prolija. Y tenía rondando los fantasmas de su paso como gobernador en Moquegua. Cuando perdió el entorno en medio del caso Swing, se quedó solo, sin reflejos. El resto de la historia es conocida.

Cuando el usurpador Merino asumió el mando, esta coalición apareció repartiendose el botín y mostrando su rostro. Cartas notariales a la SUNEDU con sabor a amenaza. Reparto de puestos ministeriales en programas conservadores vía Facebook. Un gabinete que tranquilamente hubiera podido ser el equipo de gobierno de Jorge Videla. Intentos fallidos de utilizar a las Fuerzas Armadas para reprimir al pueblo movilizado en defensa de su democracia. Dos muertos, secuestro de personas, decenas de heridos. Promulgación de una norma que perfora parcialmente las finanzas fiscales. Y no hicieron más porque la digna y valiente reacción popular hizo que la proto dictadura terminara en apenas 5 días.

Están golpeados, pero no derrotados. La infame quitada de cuerpo de cuatro magistrados del Tribunal Constitucional – algunos de los cuales son nítidamente afines a esta coalición – para no acotar la incapacidad moral permanente es una muestra de ello. Está advertido el presidente Francisco Sagasti. Estas personas buscarán obstaculizar su gobierno. Y no solo a través del Congreso de la República. Van a buscar satanizar un gabinete paritario, competente y laico, así como a los manifestantes juveniles y sus métodos de protesta. Querrán buscar debajo de las piedras cualquier cuestión que suene a sospecha. No van a dudar en buscar algún expediente de algún personaje del nuevo gobierno para repartirlo en sobre de manila, a fin que sea colocado con resaltador. Jugarán sucio en el próximo proceso electoral. Porque no querían quedarse solo ocho meses, sino hacer un trabajo de largo tiempo. Una larga noche para el país. Porque aquí se mezcla la billetera, la búsqueda de evitar la prisión y el espíritu de cruzada de gente fanática. Claro, con una torpeza tal que los ha desnudado y que hoy lleva a que la Constitución de 1993 esté camino a la pira.

Afortunadamente, las fuerzas democráticas ya están preparadas y han demostrado su capacidad de movilización y coraje. Deberán sumarle vigilancia y, sobre todo, constancia. Hoy la mirada no solo debe estar en el Congreso y en el Tribunal Constitucional. Debe estar también en estos intereses, que ya develaron sus cartas, a los que cinco días en el poder no les fueron suficientes. A ellos, el país será claro en decirles: compitan, no comploten.

8 respuestas a “La Coalición Conservadora

  1. Pero tenemos derecho a la tranquilidad, la gente no puede estar protestando cada vez que quieran destruir la democracia o la economía. la gente tiene que trabajar. Vizcarra debe denunciar el golpe de estado. Y volver a la presidencia, para salir de la crisis económica va a tenerse que dar medidas de austeridad para no caer en déficit, pero Vizcarra no quiere desgastar su popularidad por eso no quiere volver. Sagasti es un caballero muy culto ,pero es un presidente muy precario. El congreso y las mafias van a seguir desestabilizando el país.

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  2. Lo lei de cabo a rabo, muy interesante. Como estoy un poco retirado del quehacer político me gustaría precisar esa coalición con algunos nombres, si fuera posible.

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  3. Muy interesante y preciso este análisis político. Nos revela claramente como se mueve la política en nuestro País. Muy didáctico. Los jóvenes han demostrado ser la fuerza viva que ayudará mucho a superar los grandes problemas de nuestro País.

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  4. Creo que salgo de una ingenuidad arrastrada por años. Nuestra historia peruana es terrible y la iglesia juega un papel demoníaco.
    Qué difícil le queda a la juventud está lucha en la que se esconden oscuros intereses.

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