No olvidemos

(Foto: Ernesto Benavides – Getty Images)

No olvidemos a Manuel Merino de Lama, principal responsable de una tragedia política nacional. Sujeto que usurpó la Presidencia de la República, tonto útil de un cúmulo de intereses diversos, balbuceante señalador de naderías. Un aprendiz de dictador que no solo quedará como un pie de página en la historia, sino también como una sentencia penal.

No olvidemos a Ántero Flores Araoz, racista consuetudinario, conservador de baja estofa, convertido en un zombie político que no sabía que la mitad de su gabinete ya no existía. El hombre preferido por el Trumpismo peruano para ser presidente del Consejo de Ministros por su “sagacidad política” – alguien a quien proponían en casa de Cipriani desde 2017, como se ha relatado bien en KO PPK – terminó siendo el segundo responsable político de una ignonimia que, a diferencia de Bagua, debería pagarla en la DIROES. Un señor lleno de conflictos de intereses con universidades y otros sectores.

No olvidemos a Gastón Rodríguez, “ministro del Interior” de este régimen ilegítimo, investigado por sus vínculos con Iza Motors. Principal responsable en la cadena de mando por dos asesinatos, una chica vejada sexualmente en la DININCRI, un número no calculado de heridos y chicos que aún no regresan a su casa. Desaparecidos, una palabra que nunca quisimos volver a decir en este país. Tampoco olvidemos a los altos mandos policiales que deberían desfilar, instalado un gobierno legítimo, con su carta de pase a retiro, a un penal de la capital.

No olvidemos al gabinete que encarnó un asalto al poder: Franca Deza, Walter Chávez Cruz, Abel Salinas, Fernando D’Alessio, Mara Seminario, José Arista, Delia Muñoz, Patricia Teullet, Juan Sheput, María del Carmen de Reparaz, Alfonso Miranda, Fernando Hurtado Pascual, Augusto Valqui, Carlos Herrera Descalzi, Hilda Sandoval, Federico Tong, Lizzet Rojas Sánchez. Sus renuncias no los salvan de la ignonimia, ni de la responsabilidad. Y no olvidemos a la señora Delia Muñoz, buscando petardear la demanda competencial ante el Tribunal Constitucional sobre la incapacidad moral permanente.

No olvidemos a Keiko Fujimori, principal responsable política de la crisis que el país ha vivido durante los últimos cuatro años. Ambiciosa que no fue capaz de aceptar su derrota, que demolió a su bancada politica para salvarse de sus investigaciones judiciales, que quiso poner de rodillas a dos presidentes y que fue capaz de evitar el indulto de su padre, con quien ahora se ha reconciliado. Una miserable que hoy, con dos muertos, no tiene ni una sola palabra de mea culpa hacia el país.

No olvidemos a José Luna Gálvez, dueño de una franquicia política con serias dudas sobre su inscripción. Un sujeto que no dudó en poner en zozobra al país para salvar un negocio que, según SUNEDU, no cumple con las condiciones mínimas para operar. Investigado por varios casos. Que no dudó en poner a un acusado por serias violaciones a los derechos humanos, como Daniel Urresti, como furgón de cola para poder tener posibilidades políticas.

No olvidemos a Unión Por el Perú, vientre de alquiler administrado por José Vega, puesto al servicio de un condenado por asesinato y secuestro como Antauro Humala. No olvidemos a Marco Arana y al FREPAP, quienes disfrazaron de supuesto principismo una repartija de poder a la que, finalmente, no fueron invitados. Los tontos útiles de la conspiración.

No olvidemos a César Acuña Peralta, campeón nacional en falta de palabra y traición política. Un sujeto que, bajo el traje de pragmatismo, busca sobrevivir, a punta de sacrificar gente, a la mala. Ayer, por primera vez, el pueblo de Trujillo se le volteó. Ojalá pierda su “sólido norte”.

No olvidemos a Jorge del Castillo, varios de cuyos amigos y cómplices terminaron de ministros en el gobierno usurpador. Alguien de quien, en su columna de hoy, Marco Sifuentes revela lo siguiente: “Renzo Mazzei, gerente de prensa de la radio y la televisión del Estado, ha renunciado a su puesto, denunciando presiones para no cubrir la manifestación. De hecho, el Consejo Directivo en pleno renunció. No mencionaron la causa pero tengo entendido que Jorge del Castillo le escribió a uno de esos directivos por WhatsApp exigiéndole lo mismo: minimizar las protestas“. Y tampoco olvidemos a Mauricio Mulder, quien ahora busca zafar bulto de sus aplausos. Ambos, felizmente, enterrrarán lo que queda del Partido Aprista Peruano.

No olvidemos a la Coordinadora Republicana, ese grupo vetusto que buscan una encarnación de Bolsonaro o de Videla manejando al Perú. Aquella comparsa de militares en retiro, políticos en descomposición, spin doctors en redes sociales y beatos que callaban en siete idiomas sobre los abusos en el Sodalicio fue la principal cantera del equipo ministerial de la usurpación. Con sujetos destinados a dar infundios en redes sociales que merecerían tranquilamente una sentencia por difamación. Aquellos que añoran a Francisco Franco como ideal de gobierno.

No olvidemos a los periodistas que se prestaron a toda esta tragedia. Solo nombraré a dos. De un lado, Beto Ortiz convertido en todo aquello que despreciaba en su programa valiente del año 2000. Ni Nicolás Lúcar se atrevió a tanto. Del otro, Diana Seminario, que casi destroza – junto a otros exeditores – al principal diario del país, como lo registré en mi libro “El Comercio y la política peruana del siglo XXI”, convertida hoy en la operadora del conservadurismo más ramplón. La audiencia sabrá castigarlos como se debe.

No olvidemos algunas tibiezas. Una CONFIEP que no dijo nada sobre los procesos de vacancia contra Martín Vizcarra y que hoy requiere un cambio generacional a gritos. Un alcalde de Lima que recién, cuando se informó el primer muerto, asumió las funciones que hace dos años deja en su escritorio. Candidatos presidenciales que se han callado en todos los idiomas sobre la principal crisis política. Periodistas que no se atrevieron a zanjar con la interrupción del orden constitucional y que no llamaron golpe al golpe, asalto al asalto, asesinato al asesinato.

No olvidemos, finalmente, a la Generación del Bicentenario. Aquella que en medio de estos nombres ignominiosos, salió a defender su democracia, su libertad, su educación, su país. El nuestro. Aquella que está terminando el trabajo que quienes la precedieron – incluyendo a la mía – no pudieron terminar: sanear al Perú. Como decía González Prada: “¿De qué nos vale ser hombres, si el daño de ayer no nos abre los ojos para evitar el de mañana?

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