Maradona (1960 – 2020)

Diego Armando Maradona comenzó a morir hace 26 días. En su última aparición pública, con motivo de su cumpleaños número 60, en la cancha de Gimnasia y Esgrima, el club al que dirigía, apareció una figura lastimera. Con andar lento y pausado, apoyado por dos auxiliares, dijo algunas palabras, recogió algunos recuerdos entregados por la dirigencia actual del fútbol argentino y, luego de algunos minutos en el sillón – trono en el estadio vacío, se retiró. Luego vinieron las noticias sobre un coagulo cerebral del que se tuvo que operar de urgencia, drones para captar su salida de la clínica y, finalmente, hoy, la certificación de su deceso.

Con la muerte de Maradona, se termina de liquidar el siglo XX argentino. No solo fallece una de las grandes figuras consideradas como mito en el país del sur, sino que se acaba un tipo de liderazgo que sería imposible en estos tiempos.

Sin duda, los grandes fans de Maradona recordarán al genio deportivo. No hay duda que fue, con la pierna izquierda, un superdotado del balón y el primer personaje en reclamarle a Pelé aquel puesto discutido de “mejor jugador de todos los tiempos”. Sacó campeón a Argentina gracias a su genio y fue subcampeón con un equipo inferior en juego, pero con amplia garra. Inventó al Napoli y lo hizo el mejor de la liga italiana dos veces.

Pero la síntesis de lo que fue Maradona como jugador se condensa en lo que Andrés Burgo bautizó como El Partido: el encuentro Argentina – Inglaterra de 1986. Allí fue capaz de hacer un gol abiertamente tramposo, convertido en la muestra de la criollada latinoamericana – a tal punto que lo bautizaron como “La Mano de Dios” – y también de convertir el tanto que ha sido catalogado unánimemente como el mejor de la historia de los Mundiales. Esta contradicción no fue ajena a los otros Maradonas que habitaron en él.

Era un deportista con un don especial, pero también estaba atrapado por sus adicciones. Primero la cocaína, luego las pastillas, finalmente el alcohol. Y, por supuesto, un entorno capaz de exprimirlo – como lo hicieron con tantos ídolos latinoamericanos, como Lavoe, como La Lupe, como Lucha Reyes – hasta el último, hasta que diera lástima.

Se podía solidarizar con causas justas, como la búsqueda de hijos y nietos robados durante la última dictadura militar argentina. Pero también le dio abrazos a Menem – quien indultó a los jerarcas de la Junta – y era amigo de Fidel y de Chávez, que no pasarían un test sobre respeto a los derechos humanos.

Hoy, día de la no violencia contra la mujer, se ha recordado, con justicia y con razón, las serias acusaciones contra Maradona sobre agresión física y psicológica contra varias de sus exparejas y sobre pedofilia en Cuba. Además del reconocimiento tardío de varios hijos extramatrimoniales. Y, desde Argentina, con perplejidad para muchos (me incluyo), aparecen personas que se proclaman como feministas y que revindican la apropiación de algunos aspectos del controvertido deportista.

Trataba de autojustificarse con una frase como “la pelota no se mancha” que, como señalaba hoy el sociólogo Pablo Alabarces, era errónea, porque olvidaba la corrupcion existente en la FIFA. Aquella entidad con la que se peleó – “me cortaron las piernas”, dijo ante el caso de dopaje en Estados Unidos 1994 – y se amistó a ratos. Como lo hizo con la prensa, a la que le dedicaba varios de sus mejores bytes, pero a la que, en alguna ocasión, le disparó perdigones.

Esta mañana, en RPP, la radio más importante del país, el legendario periodista argentino Ezequiel Fernández Moores recordaba un programa televisivo llamado “El Gen Argentino”, en el que se buscaba reconocer a los personajes más importantes de la historia de dicho país, ad portas de su bicentenario. En la categoría Deportes, los finalistas eran el quíntuple campeón mundial de Fórmula 1, Juan Manuel Fangio y Maradona. Ganó el corredor. Tenía un imagen más limpia, a pesar que, como recordó EFM, el automovilista tenía acusaciones de colaboración con la dictadura militar y un hijo no reconocido.

Lo mismo le pasaba en la comparación con Pelé, más cercano al establishment de la FIFA y a las corporaciones. Como menciona el título de un largo artículo del periodista Alejandro Wall sobre las luces y las sombras del futbolista, Maradona era la confusión argentina. Y por ello genera las pasiones que motivó, incluso en el día de su deceso.

Finalmente descansa. De sí mismo y de su entorno.

La Coalición Conservadora

En su columna de esta semana en IDL – Reporteros, Gustavo Gorriti señala que:

El lunes 9 se perpetró el ataque usurpador contra la democracia. Descrito con dureza pero precisión por Eloy Jáuregui como “el asalto vandálico a Vizcarra organizado por el fujimorismo chavetero, los rateros del Lava Jato, los Cuellos Blancos del Puerto, los fascistas religiosos, los mafiosos de las universidades, los populistas y la anuencia de la derecha bruta y achorada”. Hubo algunos que se sumaron a la usurpación por razones pequeñas, sin saber qué estaba en juego, pero lo que hubo detrás de todo fue una conspiración manejada por la ultraderecha, aquella que navega entre Torquemada y las offshore, para borrar lo logrado en la etapa más longeva de vigencia democrática en nuestra historia“.

En la cobertura que se ha tenido sobre el proceso de vacancia, ha primado la crónica sobre los intereses menudos y más visibles. Aquellos que tenían forma de universidad no licenciada, procesos judiciales en curso – que van desde casos vinculados al conflicto armado interno hasta Lava Jato, pasando por Los Cuellos Blancos de la Corrupción – y el asalto al presupuesto nacional. Pero no se ha tomado en consideración a un conjunto de personajes que resultó visible en el efímero gabinete de Antero Flores – Araoz y que tiene una agenda clara, que se ha ido redefiniendo con el transcurrir de las últimas dos décadas.

Cuando Valentín Paniagua asumió la Presidencia de la República, esta facción estaba muy golpeada. Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos fugaron. Sus secuaces comenzaron a ir a la prisión y otros comenzaron el largo camino hacia el reciclaje. Algunos intentaron una candidatura que buscara darle opciones, como la de Carlos Boloña, pero las revelaciones de aquel verano de 2001 y su impúdica estadía en un asentamiento humano para ganar votos lo sepultaron. No dejaron de buscar alguna capacidad de golpe, traducida en una celada de Nicolás Lucar con un falso testimonio en contra de Paniagua, que el entonces mandatario supo responder con elegancia y firmeza. En esos momentos, querían resistir.

Este grupo comenzó a rearmarse contra el gobierno de Alejandro Toledo. La eterna vocación por el yerro en su vida personal, las negociaciones bajo la mesa con un sector cercano a estas voces – aquellas conversaciones con representantes de broadcasters caídos en desgracia, antes que el gobierno quisiera retirar las licencias a los canales cuyos dueños delinquieron, fueron la mayor muestra – y el manejo frívolo de la cosa pública que caracterizaban al otrora líder de Perú Posible generaron que, rápidamente, estas personas recobraran fuerzas.

Fue en ese contexto que se pudieron cancelar algunos procesos de reforma – como el recambio constitucional impulsado por Henry Pease, que tantas cosas hubiera resuelto -, atacar instituciones transicionales de prestigio como la Comisión de la Verdad y Reconciliación y, por supuesto, comenzar con el epíteto como descalificación a sus críticos. Fue en ese contexto que surgieron chapas como “cívicos” o “caviares”, una muestra de la necesidad de empatar la defensa de la democracia y los derechos humanos con cierto color de piel y la descalificación de esas personas como elitistas y lejanas de las necesidades populares. No pudieron vacar a Toledo porque, en aquel momento, los políticos opositores acordaron defender el régimen. Eran los años en los que Alan García salía a paros nacionales a la par que viajaba a Washington para asumir posiciones más cercanas al mercado. O Flores Araoz no dudaba en defender la Constitución frente al Andahuaylazo.

En paralelo, como ha contado Gorriti en su libro Petroaudios, hubo una importante ósmosis entre espías que habían quedado desempleados con la caída de Montesinos, ciertos gobiernos regionales, operadores políticos y empresariales con columnas de opinión y ciertos intereses con sabor a naranja y a uniforme de camuflaje. Varias de las primicias contra Toledo, señala el veterano periodista en su texto, vinieron desde allí. Y esa ósmosis operó durante la campaña electoral de 2006, en la que Alan García ganó la presidencia otra vez, a pesar de su desastrosa primera administración.

Fue precisamente en los años en los que García volvió a gobernarnos en que esta coalición conservadora se empoderó. Ya en la campaña electoral, periodistas como Marco Sifuentes comenzaron a notar que habían cercanías que recordaban que el mal menor de aquella elección seguía siendo un mal. Ya en el poder, se desarrolló un proceso que Alberto Vergara describió con precisión al final de aquel periodo:

Etapa política inicial: García tenía el Parlamento bajo control con una sólida bancada aprista, pero le temía a la derecha informal (empresarios, militares e Iglesia), le inquietaba que comploten contra él, por lo cual, astuto, decidió incluirlos en su coalición de gobierno: era mejor tener al enemigo en casa. Fue un matrimonio por conveniencia. Etapa sociológica: a García le hizo ilusión que sus nuevos compañeros de ruta lo piropeasen, que los mismos que lo maltrataron tanto lo reconociesen como uno de ellos, y así el estratégico matrimonio por conveniencia fue transformándose en cariño. Etapa final e ideológica: si ya no era matrimonio por conveniencia, la relación no podía fundarse en meros intereses, el enamoramiento requería de votos de amor a la familia, a la propiedad privada, al Perú blanco y sagrado. Transcurridas las tres etapas, no solo se había amistado con el libre mercado, era la versión laica de Cipriani

Eran los años en los que García hizo del hortelanismo – aquella masacota fofa que ligaba cantos a la inversión privada con el conservadurismo más ramplón – la doctrina aceptada en la CONFIEP. Pero también fueron los años en los que se buscó la toma de dos instituciones importantes en el país.

Los conservadores lograron la captura, por unos años, de El Comercio, el diario más importante del país, ante un director ausente, que llegó luego de un golpe de Estado familiar. Mientras que el entonces Arzobispo de Lima, azuzado por una turba que en España sería defensora de Vox, buscaba apoderarse de la Pontificia Universidad Católica del Perú. En el segundo caso, luego de un enfrentamiento donde algunos prelados hoy caídos en desgracia fueron los aliados vaticanos del purpurado, la llegada al poder de un pontífice argentino cambió la correlación de fuerzas. En el primero, la torpeza con la que editores y editoras conservadoras manejaron la posición del diario decano durante la elección presidencial de 2011, sumado a otros errores, generaron un golpe de timón que derivó en una posición más liberal, que dejó en el desempleo a varias de estas personas.

Precisamente, aquella campaña electoral alineó más claramente a estos sectores con tres agrupaciones políticas: el APRA, el fujimorismo y Solidaridad Nacional. Fueron allí que vinieron varias batallas. La primera, evitar que Ollanta Humala encarnara la democracia y perdiera las elecciones de 2011, cuestión en la que perdieron. La segunda, tratar de lavarle la cara al fujimorismo, grupo político al que algunos auguraban una conversión parecida a la de franquistas y pinochetistas a cierto conservadurismo más democrático, pero cuya vocación por la fechoría terminaba liquidando cualquier intento de reconversión. La tercera, revocar a una alcaldesa con un manejo político torpe y que terminó sucumbiendo – como sabríamos años después – ante la corrupción. Y se sumarían a ellos los intentos por sabotear las indagaciones de la Megacomisión presidida por Sergio Tejada, que revelaban varias de las pistas de corrupción del segundo alanismo, que terminarían reventando años después en las ya conocidas confesiones de Nava y Atala.

Y fueron ellos quienes alentaron las campañas contra un Humala apocado y contra su esposa, convertida en el símbolo de la estabilidad emocional presidencial a la que querían bombardear (Claro está, ambos abonaron, con errores y cuestiones que se están investigando en el Ministerio Público, a estas campañas). Fueron los años en los que el resaltador se comenzó a convertir en símbolo de la investigación periodística con fuente envenenada.

Para el 2016, se alinearon claramente con Fuerza Popular. Pero no dejaron de envenenar la campaña, con exclusiones discutibles y discutidas, como las de Julio Guzmán y César Acuña. O se infiltaron con algunos personajes en algunas campañas, con resultados pendientes de revelar hasta el día de hoy. Perdieron por apenas 40,000 votos.

De allí, en adelante, a partir de una pataleta constante, la señora Fujimori buscó obstaculizar al gobierno de quien la venció. Y hubo tres ejes de actuación que quedaron claros: la toma de la educación peruana para salvar a universidades de dudosa reputación y consagrar la educación al conservadurismo más duro, el aprovechamiento de las investigaciones del caso Lava Jato para dejar a sus rivales antifujimoristas como más corruptos que su padre y, finalmente, obstaculizar cualquier acción de gobierno. A ese carro se subió esta coalición, que ya desde el 2017 pretendía que Flores Araoz fuera presidente del Consejo de Ministros. Pero, en el camino, las torpezas con las que se condujeron, las discrepancias sobre qué hacer con un Alberto Fujimori en libertad y, finalmente, las revelaciones que llevaron a Keiko Fujimori a ocupar temporalmente una celda en Chorrillos reventaron ese plan.

Lograron que PPK renuncie y que Martín Vizcarra ocupara su lugar. Sin embargo, no pensaron que un astuto político moqueguano les diera un primer jaque. Acostumbrado a cuidarse las espaldas de su segundo, como cualquier gobernador regional, Vizcarra les libró una guerra en la que fue capaz de arrinconarlos con iniciativas de reforma, presentar audacias como un adelanto de elecciones y, finalmente, disolverlos constitucionalmente cuando querían asaltar el Tribunal Constitucional.

Pero Vizcarra cometió varios errores: no quiso tener una bancada en el Congreso o, al menos, aliados. Se fió demasiado de un entorno muy cercano, que tenía sus propios demonios adentro. Su gestión del día a día no fue precisamente prolija. Y tenía rondando los fantasmas de su paso como gobernador en Moquegua. Cuando perdió el entorno en medio del caso Swing, se quedó solo, sin reflejos. El resto de la historia es conocida.

Cuando el usurpador Merino asumió el mando, esta coalición apareció repartiendose el botín y mostrando su rostro. Cartas notariales a la SUNEDU con sabor a amenaza. Reparto de puestos ministeriales en programas conservadores vía Facebook. Un gabinete que tranquilamente hubiera podido ser el equipo de gobierno de Jorge Videla. Intentos fallidos de utilizar a las Fuerzas Armadas para reprimir al pueblo movilizado en defensa de su democracia. Dos muertos, secuestro de personas, decenas de heridos. Promulgación de una norma que perfora parcialmente las finanzas fiscales. Y no hicieron más porque la digna y valiente reacción popular hizo que la proto dictadura terminara en apenas 5 días.

Están golpeados, pero no derrotados. La infame quitada de cuerpo de cuatro magistrados del Tribunal Constitucional – algunos de los cuales son nítidamente afines a esta coalición – para no acotar la incapacidad moral permanente es una muestra de ello. Está advertido el presidente Francisco Sagasti. Estas personas buscarán obstaculizar su gobierno. Y no solo a través del Congreso de la República. Van a buscar satanizar un gabinete paritario, competente y laico, así como a los manifestantes juveniles y sus métodos de protesta. Querrán buscar debajo de las piedras cualquier cuestión que suene a sospecha. No van a dudar en buscar algún expediente de algún personaje del nuevo gobierno para repartirlo en sobre de manila, a fin que sea colocado con resaltador. Jugarán sucio en el próximo proceso electoral. Porque no querían quedarse solo ocho meses, sino hacer un trabajo de largo tiempo. Una larga noche para el país. Porque aquí se mezcla la billetera, la búsqueda de evitar la prisión y el espíritu de cruzada de gente fanática. Claro, con una torpeza tal que los ha desnudado y que hoy lleva a que la Constitución de 1993 esté camino a la pira.

Afortunadamente, las fuerzas democráticas ya están preparadas y han demostrado su capacidad de movilización y coraje. Deberán sumarle vigilancia y, sobre todo, constancia. Hoy la mirada no solo debe estar en el Congreso y en el Tribunal Constitucional. Debe estar también en estos intereses, que ya develaron sus cartas, a los que cinco días en el poder no les fueron suficientes. A ellos, el país será claro en decirles: compitan, no comploten.

No olvidemos

(Foto: Ernesto Benavides – Getty Images)

No olvidemos a Manuel Merino de Lama, principal responsable de una tragedia política nacional. Sujeto que usurpó la Presidencia de la República, tonto útil de un cúmulo de intereses diversos, balbuceante señalador de naderías. Un aprendiz de dictador que no solo quedará como un pie de página en la historia, sino también como una sentencia penal.

No olvidemos a Ántero Flores Araoz, racista consuetudinario, conservador de baja estofa, convertido en un zombie político que no sabía que la mitad de su gabinete ya no existía. El hombre preferido por el Trumpismo peruano para ser presidente del Consejo de Ministros por su “sagacidad política” – alguien a quien proponían en casa de Cipriani desde 2017, como se ha relatado bien en KO PPK – terminó siendo el segundo responsable político de una ignonimia que, a diferencia de Bagua, debería pagarla en la DIROES. Un señor lleno de conflictos de intereses con universidades y otros sectores.

No olvidemos a Gastón Rodríguez, “ministro del Interior” de este régimen ilegítimo, investigado por sus vínculos con Iza Motors. Principal responsable en la cadena de mando por dos asesinatos, una chica vejada sexualmente en la DININCRI, un número no calculado de heridos y chicos que aún no regresan a su casa. Desaparecidos, una palabra que nunca quisimos volver a decir en este país. Tampoco olvidemos a los altos mandos policiales que deberían desfilar, instalado un gobierno legítimo, con su carta de pase a retiro, a un penal de la capital.

No olvidemos al gabinete que encarnó un asalto al poder: Franca Deza, Walter Chávez Cruz, Abel Salinas, Fernando D’Alessio, Mara Seminario, José Arista, Delia Muñoz, Patricia Teullet, Juan Sheput, María del Carmen de Reparaz, Alfonso Miranda, Fernando Hurtado Pascual, Augusto Valqui, Carlos Herrera Descalzi, Hilda Sandoval, Federico Tong, Lizzet Rojas Sánchez. Sus renuncias no los salvan de la ignonimia, ni de la responsabilidad. Y no olvidemos a la señora Delia Muñoz, buscando petardear la demanda competencial ante el Tribunal Constitucional sobre la incapacidad moral permanente.

No olvidemos a Keiko Fujimori, principal responsable política de la crisis que el país ha vivido durante los últimos cuatro años. Ambiciosa que no fue capaz de aceptar su derrota, que demolió a su bancada politica para salvarse de sus investigaciones judiciales, que quiso poner de rodillas a dos presidentes y que fue capaz de evitar el indulto de su padre, con quien ahora se ha reconciliado. Una miserable que hoy, con dos muertos, no tiene ni una sola palabra de mea culpa hacia el país.

No olvidemos a José Luna Gálvez, dueño de una franquicia política con serias dudas sobre su inscripción. Un sujeto que no dudó en poner en zozobra al país para salvar un negocio que, según SUNEDU, no cumple con las condiciones mínimas para operar. Investigado por varios casos. Que no dudó en poner a un acusado por serias violaciones a los derechos humanos, como Daniel Urresti, como furgón de cola para poder tener posibilidades políticas.

No olvidemos a Unión Por el Perú, vientre de alquiler administrado por José Vega, puesto al servicio de un condenado por asesinato y secuestro como Antauro Humala. No olvidemos a Marco Arana y al FREPAP, quienes disfrazaron de supuesto principismo una repartija de poder a la que, finalmente, no fueron invitados. Los tontos útiles de la conspiración.

No olvidemos a César Acuña Peralta, campeón nacional en falta de palabra y traición política. Un sujeto que, bajo el traje de pragmatismo, busca sobrevivir, a punta de sacrificar gente, a la mala. Ayer, por primera vez, el pueblo de Trujillo se le volteó. Ojalá pierda su “sólido norte”.

No olvidemos a Jorge del Castillo, varios de cuyos amigos y cómplices terminaron de ministros en el gobierno usurpador. Alguien de quien, en su columna de hoy, Marco Sifuentes revela lo siguiente: “Renzo Mazzei, gerente de prensa de la radio y la televisión del Estado, ha renunciado a su puesto, denunciando presiones para no cubrir la manifestación. De hecho, el Consejo Directivo en pleno renunció. No mencionaron la causa pero tengo entendido que Jorge del Castillo le escribió a uno de esos directivos por WhatsApp exigiéndole lo mismo: minimizar las protestas“. Y tampoco olvidemos a Mauricio Mulder, quien ahora busca zafar bulto de sus aplausos. Ambos, felizmente, enterrrarán lo que queda del Partido Aprista Peruano.

No olvidemos a la Coordinadora Republicana, ese grupo vetusto que buscan una encarnación de Bolsonaro o de Videla manejando al Perú. Aquella comparsa de militares en retiro, políticos en descomposición, spin doctors en redes sociales y beatos que callaban en siete idiomas sobre los abusos en el Sodalicio fue la principal cantera del equipo ministerial de la usurpación. Con sujetos destinados a dar infundios en redes sociales que merecerían tranquilamente una sentencia por difamación. Aquellos que añoran a Francisco Franco como ideal de gobierno.

No olvidemos a los periodistas que se prestaron a toda esta tragedia. Solo nombraré a dos. De un lado, Beto Ortiz convertido en todo aquello que despreciaba en su programa valiente del año 2000. Ni Nicolás Lúcar se atrevió a tanto. Del otro, Diana Seminario, que casi destroza – junto a otros exeditores – al principal diario del país, como lo registré en mi libro “El Comercio y la política peruana del siglo XXI”, convertida hoy en la operadora del conservadurismo más ramplón. La audiencia sabrá castigarlos como se debe.

No olvidemos algunas tibiezas. Una CONFIEP que no dijo nada sobre los procesos de vacancia contra Martín Vizcarra y que hoy requiere un cambio generacional a gritos. Un alcalde de Lima que recién, cuando se informó el primer muerto, asumió las funciones que hace dos años deja en su escritorio. Candidatos presidenciales que se han callado en todos los idiomas sobre la principal crisis política. Periodistas que no se atrevieron a zanjar con la interrupción del orden constitucional y que no llamaron golpe al golpe, asalto al asalto, asesinato al asesinato.

No olvidemos, finalmente, a la Generación del Bicentenario. Aquella que en medio de estos nombres ignominiosos, salió a defender su democracia, su libertad, su educación, su país. El nuestro. Aquella que está terminando el trabajo que quienes la precedieron – incluyendo a la mía – no pudieron terminar: sanear al Perú. Como decía González Prada: “¿De qué nos vale ser hombres, si el daño de ayer no nos abre los ojos para evitar el de mañana?