Crisis en universos finitos

Los dos protagonistas de esta triste historia (Foto: Congreso de la República)

Hoy el país amaneció sin gabinete ministerial. Mientras cantaba el gallo, el Congreso de la República le negó la confianza al equipo encabezado por Pedro Cateriano. Una muerte no anunciada, pero que se fue larvando en apenas 20 días. Y con varios responsables.

Comencemos por Pedro Cateriano. Llegó con la expectativa que su experiencia política sería suficiente para maniobrar con un Congreso con intereses muy dispersos, así como un mayor alineamiento del gabinete a favor de la inversión privada y la reactivación económica. El problema fue que no pudo demostrar ni lo uno ni lo otro. Y, en parte, fue por su propia responsabilidad.

Los ministros que trajo Cateriano fueron un solo de deslices. Desde las marchas y contramarchas de un canciller que un día le decía sí al Acuerdo de Escazú para proteger a líderes ambientales y al otro decía tal vez, hasta un bisoño ministro de Trabajo que no atinaba ni a justificar su puesto. Sumen a ello a dos fantasmales titulares de Ambiente y Energía y Minas. Lo mejor del gabinete eran ministros que venían del equipo anterior y una atildada Pilar Mazzetti, cuya valía se ha hecho demostrar durante la pandemia.

Pero también el tono del presidente del Consejo de Ministros no fue el más adecuado para estos tiempos. Priorizó reuniones con un venerable patriarca como Luis Bedoya Reyes antes que con grupos más representativos de la sociedad peruana. Se terminó sorprendiendo – según lo que dicen los periodistas cercanos a él – de lo dividido que estaba el país, cuestión que era evidente desde la elección del 2011 (y más aún con la de 2016). Terminó siendo más afiatado para dialogar con partidos tradicionales bien parados en el 2015 que frente a coaliciones de independientes pegadas con babas (y con intereses ideológicos y mercantiles bien diversos) en el 2020.

Y eso se notó en el discurso de ayer. Si bien Cateriano inició con empatía su discurso y le dio el primer lugar a la salud, eso se fue diluyendo conforme entró a la parte económica. Sí, Cateriano tiene razón en decir que la minería será un motor importante para reactivar – dadas las circunstancias, no nos queda otra -, pero no podía mandarse con un discurso que terminaba dando demasiados guiños al hortelanismo de Alan García, hoy tan criticado como el fallecido expresidente, en momentos en que la empresa privada tiene la mayor crisis de credibilidad en décadas. Y muchas de las metas que se puso parecían las de un gabinete de entrada y no, como se asumió en el mensaje de 28 de julio, por un gobierno de salida, en medio de una crisis.

Dicho esto, el Congreso de la República dio ayer un espectáculo lamentable, en medio de una de las peores crisis de la historia republicana. Y allí hay varias cuestiones que decir.

Para comenzar, sería interesante que el presidente del Poder Legislativo, Manuel Merino de Lama, aclare la versión que circula desde ayer en varios círculos políticos y que hoy se señaló con pelos y señales en Radio Santa Rosa y RPP: que el miércoles tuvo una cita con Cateriano para decirle que, a cambio de la salida del ministro de Educación Martín Benavides, le darían el voto de confianza.

Benavides está pedido por el Congreso de la República, no por la frustrada compra de tablets para la educación básica, sino básicamente por su gestión al frente de SUNEDU, una entidad que ha mandado al retiro a universidades que no cumplían las condiciones para funcionar – como las vinculadas a José Luna Gálvez, líder de Podemos Perú o Alas Peruanas, en algún momento muy cercana a Joaquín Ramírez – o que había puesto en vereda a casas de estudio cuyos propietarios se quejaban de la “tramitología” – como el caso de Raúl Diez Canseco, precandidato presidencial de Acción Popular – o que quedaron muy acotadas, como el caso del consorcio universitario de César Acuña. Una de las reformas más importantes de los últimos años, que varios actores desean desandar o, simplemente, cobrar venganza.

En esto, Cateriano tuvo quizás el mayor acierto de su gestión: defender a su ministro de Educación y no ceder ante las presiones. Cuestión en la que debería acompañarlo el presidente de la República, ratificando al señor Benavides como gesto político. Y aunque probablemente este Congreso lo termine censurando, el Poder Legislativo deberá asumir el costo de bajarse a un tercer ministro en lo que va del quinquenio, básicamente, por las mismas razones que le costaron la cabeza a Jaime Saavedra y Marilú Martens.

Sumemos a ello intereses que pueden tener cierta legitimidad, pero en los que cabría preguntarse si la forma era la mejor para ello. En el caso del FREPAP, resulta evidente que han priorizado el gesto político frente al drama que se está viviendo en las regiones frente al Covid 19 y otras carencias estatales que han quedado expuestas en la pandemia. Y el Frente Amplio – como buena parte de la izquierda – considera que nos encontramos ante un momento de crisis del capitalismo (como señala Zizek), cuando lo que tenemos es una grave fisura de confianza en la empresa privada, luego de escándalos previos a la pandemia (Lava Jato, Club de la Construcción, financiamiento irregular de campaña) como de problemas que se han expandido con la misma (mala vocería, pésimo manejo de crisis, horrores en el comercio electrónico, pésima atención al cliente). Cuestión que la derecha minimiza pero la izquierda agranda como si fuera un periodo constituyente. La ceguera ideológica está en ambos lados del espectro político.

Pero si habría que centrar la crítica en dos partidos, sería en Alianza Para el Progreso y Acción Popular. Ambos sabían ya cómo votarían sus colegas. Y procedieron a hacer lo que en una democracia supone un acto de cobardía: abstenerse (en bloque en APP, partidos en AP). ¿Qué pesó en Alianza Para el Progreso: cálculo electoral, salvar la calamidad de la mayoría de sus gestiones regionales o simplemente cobrarse que SUNEDU haya acotado el negocio del líder? Y lo de AP es francamente ridículo. Una federación de independientes dividida entre precandidatos presidenciales harto disímiles entre sí, sin un discurso claro y muchos intereses propios de por medio.

Claro está, hay también fallas institucionales de fondo. Algunas provocadas por el propio presidente de la República – no jugarse por una bancada propia, aunque sea en forma discreta, e incentivar la no reelección de congresistas – y otras que son fallas de origen del modelo político de 1993, como no acotar la censura de gabinetes y ministros a la par que bloqueas la posibilidad de cerrar el Congreso en el último año de mandato.

Lo cierto es que, en el triste espectáculo vivido en las últimas horas, solo hay un perdedor: el país. En medio de una crisis sanitaria clamorosa, con fuertes complicaciones económicas y todas las costuras de la desigualdad saliendo en forma simultánea, lo menos que se podía pedir a la clase política era una cuota de responsabilidad. Hoy los ciudadanos ven este sainete y, una vez más, les darán la espalda, buscando un salvador, como cada 5 años. En esa rifa en la que se han convertido las elecciones generales desde hace tres décadas.