Cámaras de eco

Business Advertising Promotion. Loudspeaker Talking To The Crowd
Foto: Bigstock

Con el Covid 19 y la cuarentena obligatoria, se ha agudizado un fenómeno que ya era común en las redes sociales peruanas, pero que se ha vuelto aún más complicado. Y, peor aún, con consecuencias políticas.

No, no se trata de trolls, aunque estos también han regresado, sea por acción de asesores formales o informales de distintas dependencias estatales, así como por núcleos armados de portátiles digitales ya conocidas entre los usuarios habituales de las redes. Se trata de las cámaras de eco, que ya se habían generado en otros lados y que hoy se vienen expandiendo a mayor velocidad que la pandemia.

Buena parte de nuestras redes sociales y buscadores de información (como Google) se nutren de nuestros gustos e inquietudes personales, gracias a que están gobernados por una fórmula matemática llamada algoritmo. Esto tiene varias ventajas: nos permite llegar a artículos o información de relevancia, nos puede permitir acceder a servicios conexos que requerimos en las actuales circunstancias (por ejemplo, cualquier proveedor de despacho de alimentos que sea más efectivo que los de los supermercados). Pero también tiene una seria desventaja: potencialmente termina confinando a las personas a únicamente ver aquello que confirme sus visiones del mundo y, por supuesto, también sus prejuicios. Todo esto ya lo veíamos antes de la pandemia y llevaba, claramente, un efecto contraproducente en la capacidad de diálogo y discusión en los espacios digitales.

Pero el Covid 19 trae, además de los efectos ya conocidos – o por conocer – en la salud y la economía, una cuestión mayor: el aumento de la incertidumbre. Todos queremos saber cuánto tiempo va a durar la cuarentena, cuándo vamos a regresar a trabajar (o cuanto tiempo más continuaremos en teletrabajo) y recuperar nuestros niveles de ingresos, cuándo nos podremos mudar o hacer algún plan más allá de la semana (o, incluso, dada la forma cómo el gobierno comunica algunas decisiones, del día). Y buscamos respuestas.

Hay quienes trasladan las preguntas a quienes deben responderlas: el gobierno, los científicos, las autoridades en diversos campos, etc. Y hay que decir – sin que ello constituya una excusa – que muchas veces la respuesta será “no se”, pero dado que el “no se”  es tan mal visto en nuestra sociedad, muchas personas (sobre todo, las autoridades gubernamentales) van a tender a usar diversos giros del lenguaje. Ello explica, por ejemplo, las respuestas de algunos ministros que parecen estar más en la Luna de Paita antes que en el Perú 2020. En el fondo, sus equipos de comunicaciones les han dicho “no digas no se, a pesar que sea la respuesta”. Y a pesar que sería lo mejor, por cierto.

Pero también hay quienes quienes se fian, en el país con más alta desconfianza interpersonal de América Latina, exclusivamente en sus núcleos más cercanos: la familia, los amigos y el núcleo de gente que piensa como uno. Y la tendencia es a confirmar nuestras propias ideas y prejuicios, sin introducir los necesarios matices de comprensión de la realidad. “La cuarentena se prolonga porque mis vecinos salen” (sin saber por qué ese vecino sale de casa), “los vecinos en mi distrito cumplen la cuarentena” (cuando se mandan con tremenda cola para comprar pollo a la brasa), “las empresas privadas no hacen nada por la gente” (y sí, hay varios donativos y esfuerzos de responsabilidad social que merecerían mayor difusión), “las empresas privadas deberían hacer todo y el Estado debería dejarles todo el espacio” (ignorando que hay labores que son de competencia exclusiva y fundamental del Estado y no apreciando que hay compañías cuyo conducta frente a sus clientes tiene el tacto de un elefante en una cristalería). Todos quienes frecuentamos las redes sociales hemos visto varias de estas frases concluyentes y contundentes en estas semanas de cautiverio obligatorio.

Por ello es que vemos a diversos núcleos reafirmando sus sentidos comunes antes que sentarse a discutir soluciones de consenso. Se plantea un impuesto a la riqueza básicamente por reacción ante la pobre capacidad de reacción que han tenido los diversos grupos empresariales para atender las demandas de sus clientes finales – que en muchos casos ha sido escandalosa -, pero no se ha discutido con claridad si se gravara el patrimonio o los ingresos, asunto no menor en esta discusión. O se señala, alegremente, que la cuarentena ha fallado y que deberíamos optar por el modelo sueco frente al Covid – donde básicamente, no se ha parado – sin darnos cuenta de las características culturales diversas o, sobre todo, los dilemas éticos que conlleva adoptar un conjunto de políticas que, en un contexto como el peruano, podrían costar miles de vidas. Nos hemos tribalizado y hemos dejado de escuchar al otro. Y vemos opiniones que no ven ningún tipo de matiz.

Esto se cruza con lo que señalamos al inicio: la existencia de trolls y portátiles digitales. Desde gente que ha mentido abiertamente sobre el estado de salud del Presidente de la República hasta fotos replicadas por cuentas en Twitter afines a una entidad que presta servicios de salud.

Lamentablemente, esto está teniendo consecuencias políticas. De un lado, desde algunos sectores del gobierno se confunden legítimas críticas y cuestionamientos a su actuación con este tipo de campañas interesadas, lo que se agudiza aún más en una administración dada a escuchar a pocas personas, cuestión que debería cambiar. Y, de otro lado, como bien ha señalado el periodista Pedro Ortiz Bisso, “entre la enorme masa de críticos del andar del Gobierno se encuentran ciertos cultores del desastre, dueños de agendas conocidas, cuyo malhadado accionar el votante supo castigar en los últimos comicios“. Resulta bastante notorio ver a distintos operadores involucrados en diversas campañas haciendo una guerra política que termina siendo más infame dadas las circunstancias tan difíciles que vivimos.

En resumidas cuentas,  un buen sector de ciudadanos se ha refugiado en sus propios sentidos comunes y no está viendo nada más que su interés particular (como el Congreso actual). Otro sector, felizmente, comienza a ver el bien común y la necesidad de aportar desde donde se encuentre.

De todo esto se desprende que, aunque pueda sonar de sentido común, son necesarios los matices. Hay cuestiones que el gobierno está haciendo bien, pero otras en las que la crítica y fiscalización resulta siendo clave para que mejore. Y también deberemos ser absolutamente claros en que la capacidad del Estado peruano requiere ajustes a gritos y que, al mismo tiempo, hay áreas en las que se podrá avanzar más rápido que otras. Más directo: hay cosas que este gobierno podrá resolver y otras que no porque implica un trabajo de décadas para atender descuidos que llevan más o menos el mismo tiempo. Y ese delicado equilibrio entre comprensión y exigencia es lo que deberíamos requerir, para lo cual, sin duda alguna, deberíamos salir y romper, precisamente, nuestras cámaras de eco.