Juego de Tronos: política del siglo XVI para consumo del siglo XXI

daenerys

Aunque la obra de George R. R. Martin y su adaptación televisiva producida por HBO beben de diversas fuentes, Juego de Tronos se emparenta, claramente, con una era particular de la historia: el siglo XVI y el surgimiento de los grandes reinos – estados absolutistas europeos.

En aquellos tiempos, las disputas entre linajes – y al interior de los mismos – eran cosa de todos los días, con miras al control de territorios cada vez más vastos. Las unificaciones de reinados se conseguían por la fuerza o por la vía de los matrimonios arreglados. Los monarcas y sus consortes eran estrategas políticos al mismo tiempo que buscaban el amor y/o el placer sexual fuera del lecho real. Los asesores (laicos o religiosos) terminaban teniendo peso en la elaboración de alianzas que se hacían y se deshacían en torno a los intereses coyunturales, que terminaban siendo asumidos por el monarca. Y las mujeres que lucían muy empoderadas eran tildadas inmediatamente como débiles o tratadas como enfermas mentales. Las asambleas eran, básicamente, para aprobar la guerra o dar el consentimiento final a una alianza, pero, al final, era el saber y entender de los gobernantes absolutos lo que terminaba primando. En medio, cierto toque de hechicería y magia rondaba en el ambiente.

Un breve resumen de la apasionante biografía de Philippe Erlanger sobre Enrique VIII, rey de Inglaterra, da cuenta de ello. Originalmente, no iba a ser el monarca de su país, pero accedió al trono debido a que su hermano, el verdadero heredero, falleció como producto de una salud frágil. Terminó casándose con su antigua cuñada, en mérito del mantenimiento de una alianza estratégica con los reinos de Castilla y Aragón (lo que hoy conocemos como España). Hacía la guerra y procuraba la paz con Carlos V y Francisco I de Francia, en razón de sus intereses, siempre vacilantes e influenciados por sus consejeros – en particular, el arzobispo Thomas Wolsey, un antecedente de Varys y Tyrion -, lo que terminó conformando lo que se conoce como la doctrina del equilibrio de poderes (cualquier parecido con la política de alianzas y guerra de Daenerys Targaryen no es mera coincidencia). Repudió a su esposa por no darle un hijo varón – quien, cuando nació, en su tercer matrimonio, resultaría ser tan débil y frágil como Jon Snow – y llegó a fundar una iglesia derivada del catolicismo, cuyo jefe sería él, con miras a divorciarse. Inició el crecimiento de la flota naval más importante de su tiempo. Acordó matrimonios arreglados para sus hijos que no fueron cumplidos, en actos de traición que dejarían a Cersei Lannister como una aprendiz. Y, a la larga, las personas que dieron continuidad y trascendencia a su propia casa, los Tudor, fueron mujeres: María e Isabel, a la usanza de Sansa y Arya Stark.

Juego de Tronos toma en cuenta ese tronco común para crear un universo que atrae a millones de personas en el mundo. No estamos hablando de reinos institucionalizados como los conocemos el día de hoy, sino de Estados precarios que deben sobrevivir y crecer a partir de conflictos armados bastante sangrientos, alianzas que cambian todos los días y la voluntad de monarcas que no tenían límites legales e institucionales. Es un tiempo en el que la guerra y la política – que hoy apreciamos como antónimo la una de la otra – se entrecruzan y se alternan. Los reyes pueden aparecer heroicos o sanguinarios dependiendo del tipo de decisiones que tomen, lo que explica porque los personajes de la serie nos parecen, en muchos casos, ambivalentes en términos éticos.

¿Por qué este tipo de liderazgos, lejanos de lo ideal, nos atrae tanto? Probablemente, por las mismas razones por las que Thomas Hobbes planteaba la necesidad de establecer un Estado fuerte, que eliminara las venganzas privadas. Es decir, el hombre como depredador de sí mismo, si es que está en un “estado de naturaleza”. Juego de Tronos nos muestra como sería las disputas de poder si es que no tuviéramos la institucionalidad hoy presente. Es decir, como fue el pasado que alguna vez Europa tuvo. Y, como, muchas veces, se manifiesta la política en América Latina en las décadas más recientes: sin límites, con traiciones a lo que alguna vez se prometió y con sangre y corrupción de por medio. Por cierto, el apasionamiento con el que elegimos a quienes podrían ocupar el Trono de Hierro – y lo defendemos en redes sociales – dice mucho de aquellas pulsiones y pasiones que priman a la hora que optamos por alguien para que nos gobierne.

Al final, la serie que termina este domingo termina siendo un reflejo de aquellos elementos estratégicos y emocionales que se encuentran presentes en la política de todos los tiempos. Y, aunque se basa en una época histórica concreta, termina siendo un reflejo de lo que los seres humanos seguimos siendo hasta hoy, en la medida en la que no nos autogobernemos.

Publicado originalmente en el portal de la Universidad del Pacífico.

El Comercio: 180 años

El Comercio
(Foto: Grupo El Comercio)

Ayer, 4 de mayo, se cumplieron 180 años desde que el diario El Comercio apareciera por primera vez ante los peruanos. Desde allí, ha buscado ser un diario de referencia que, en palabras de su exdirector Fernando Berckemeyer, se convirtiera en la mejor “historia del presente”.

El Comercio no es solo un diario. Actualmente es una corporación propietaria de varios diarios – a tal punto que existe aún pendiente una demanda sobre concentración de medios -, dos canales de televisión, negocios editoriales y de entretenimiento. Incluso, por algunos años, incursionaron en el ámbito educativo.  Y es, ante todo, una empresa familiar, como muchas de sus pares en América Latina, pero con un accionariado mayor al de empresas similares en la región.

Estos dos párrafos definen un poco la línea editorial del periódico. Estamos ante un medio que, al buscar ser el referente para todos, procura ser más audaz en sus innovaciones tecnológicas y, a la vez, mucho más contemporizador en su línea periodística. Esta es una primera tensión entre la innovación y la continuidad.

Una segunda tensión es la que, con profundidad, hemos trabajado en un texto publicado este año.  Ideológicamente, desde su fundación, El Comercio ha oscilado entre temporadas más liberales y otras más conservadoras.  Existe una línea que conecta a Manuel Amunátegui abogando por los derechos de los indígenas y la abolición de la esclavitud, con Luis Miró Quesada de la Guerra propugnando la jornada laboral de 8 horas y el voto a la mujer, con Alejandro Miró Quesada Cisneros respaldando a la Comisión de la Verdad y Reconciliación y los editoriales recientes a favor del matrimonio igualitario. Como también hay otra línea donde prima el antiaprismo – exacerbado por un condenable asesinato familiar -, las simpatías fascistas de Carlos Miró Quesada Laos, las preferencias odristas de la rama García Miró, el propio Miró Quesada Cisneros aplaudiendo (y bautizando) los artículos de “El Perro del Hortelano” de Alan García y la deplorable cobertura de la campaña electoral 2011. Si hoy El Comercio mantiene cierto equilibrio es porque la coalición conservadora de apristas y fujimoristas con los privilegiados de siempre – ver el sólido artículo de Alberto Vergara de hoy – está en franca decadencia.

Los retos de hoy del viejo diario se encuentran, más bien, en el terreno periodístico y económico. ¿Cómo hacer periodismo en tiempos de fake news e inmediatez requerida por usuarios, se preguntaba Pedro Ortiz Bisso en las páginas del decano? Precisamente, haciendo periodismo, se respondía él, alentando a sus colegas a que continuaran una añeja tradición de verificación de datos, que es la base de su profesion. Pero, al mismo tiempo, la presión económica puede hacer añicos dicha posición. A nivel mundial, los medios de comunicación han tenido que hacer ajustes, debido a que el modelo de negocio en el que se basaban ha fenecido. Y, en el camino, han buscado a tientas que el único commoditie que les queda – la información – resulte tan rentable como el combo que vendían anteriormente. La tentación de reducir costos, sobre todo para empresas donde el rentismo es la norma para algunos accionistas, está a la vuelta de la esquina.

Así, El Comercio llega a sus 180 años con varios dilemas irresueltos: ¿Cómo profesionalizar la empresa y a la vez seguir siendo una corporación familiar? ¿Cómo invertir en más y mejor periodismo cuando tenemos un grupo de accionistas que sólo quiere recibir dividendos? ¿Se mantendrá el actual estatus quo liberal en la línea del diario una vez que el conservadurismo político y social peruano se recupere de los golpes de los últimos años?

He allí un conjunto de interrogantes que implican una serie de costos que la corporación tendrá que asumir, como en cualquier decisión humana. No decidir, a esta altura, resulta ser un paso certero hacia la desaparición. Más allá de las celebraciones de este fin de semana, he aquí una serie de retos para el añejo diario de la familia Miró Quesada.

He sido lector de El Comercio durante más de 30 años. He coincidido muchas veces con el periódico, he discrepado en otras tantas y, en los últimos años, lo he estudiado con rigor académico. Muchas lecciones se deben haber sacado en 180 años de historia, tanto de los aciertos como de los errores. Más aún, cuando la precariedad institucional, ese viejo mal peruano, también está presente en el diario más antiguo del país.

Felices 180 años.