Alan García y el juicio desaprobatorio de la historia

Alan García
(Foto: Congreso de la República)

La prensa internacional ha sido bastante precisa al titular las noticias sobre el deceso de Alan García: “Expresidente peruano se suicida cuando iba a ser detenido por cargos de corrupción”.

No nos interesa ni corresponde ahondar sobre las causas y circunstancias por las que el exgobernante del Perú decidió acabar con su vida. Sí consideramos que resulta necesario, por rigurosidad histórica – manteniendo el respeto que el duelo de su familia merece – hacer un balance de lo que fue su figura política. El abrupto fallecimiento de García, por mano propia, cierra un ciclo dentro de la política peruana.

La oratoria era su emblema, como transmisión de ideas y sentimientos, en una época de la transición entre el mitín, la exposición televisiva y las redes sociales. Y fue precisamente a través de un discurso juvenil que comenzó a darse a conocer entre los no apristas, pues entre sus compañeros ya destacaba dentro de aquel grupo de jóvenes a los que el propio Haya de la Torre preparó como generación de recambio.

Aunque fue parlamentario por 6 años (1978 – 1979 y 1980 – 1985), se recuerda poco de su actividad, con excepción de un intercambio verbal con el expresidente del Consejo de Ministros Manuel Ulloa. Llegó a la cima de su agrupación en 1982 gracias al primer escándalo de narcotráfico en el Perú, el caso Langberg que, paradójicamente, fue la primera gran investigación de Gustavo Gorriti. Las cercanías del sentenciado por narcotráfico con la “generación intermedia” de un partido en crisis desde la partida de su fundador terminó elevando a su sucesor a precoz edad.

Llegó al gobierno en medio de una gran esperanza. Los apristas vieron en él al hombre que los llevaría a Palacio. Otros confiaron en que encarnaría un gobierno centrista, a la usanza de la socialdemocracia española de Felipe González. Nadie estaba preparado para el desastre que vino después.

Existe consenso sobre la calamidad que fue la primera administración de García. No solo fueron errores de juventud. No entendía cómo arreglar la economía e impulsó un plan de incentivo al consumo interno que no tenía fundamento. Terminó huyendo hacia adelante con una frustrada estatización bancaria y un record de inflación que solo Nicolás Maduro pudo batir. Tenía pocas ideas para combatir a la subversión y terminó claudicando sobre ellas el día de los sucesos de los penales en 1986, cuestión por la que la Comisión de la Verdad y Reconciliación estableció su grave responsabilidad política. Quiso impulsar la descentralización, pero su diseño fue de papel. Y, como ha documentado bien Pedro Cateriano en un libro que es un best seller, existían serios indicios para procesarlo por presunto enriquecimiento ilícito y posibles sobornos.

El golpe de Estado de Fujimori le dio cierta aura de perseguido, cuando tuvo un par de tanquetas en su casa de Chacarilla. Salió en asilo hacia Colombia y Francia. Volvió en 2001 con sus acusaciones prescritas y con un mensaje económico que aún hacía guiños al heterodoxo. Durante el periodo de Toledo, osciló entre brindar una imagen de estadista, forzar sin éxito una vacancia presidencial y comenzar la transformación de lo que, con acierto, Gorriti llamaría “Inversiones García”. Tuvo la habilidad suficiente para colocarse entre Humala respaldado por Chávez y Flores aplaudida por la CONFIEP.  Y, con ello, obligó a que varios votaran por él tapándose la nariz.

Su segundo periodo fue el gobierno más conservador que tuvo el Perú desde el siglo XIX. García no solo buscó revindicarse económicamente siendo el campeón de la inversión privada. Fue más allá en el discurso y, como los conversos, terminó elaborando una narrativa de menosprecio ciudadano: “el Perro del Hortelano”. Una serie de discursos adoptada como suya por la clase empresarial y buena parte de la clase política y mediática, con resultados literalmente funestos. Basta ver lo ocurrido en Bagua para dar cuenta de ello. Como comentó hace algunos años mi colega Alberto Vergara, terminó siendo “la versión laica de Cipriani”. Y peor, la impunidad – con una amnistía para militares que fue parada con una carta de Vargas Llosa – y nuevamente la corrupción (Petroaudios y Narcoindultos, solo por mencionar dos ejemplos) fueron el sello de un periodo donde quedó claro que, como en su primera administración, era un hombre de extremos.

En sus últimos años, García era un personaje cuya credibilidad estaba a la baja. El expresidente comenzó a sufrir de anacronismo político. Como dijo Marco Sifuentes hace tres años, padecía de sobrevaloración y desfase ante un mundo más interconectado y donde cualquier usuario de redes sociales podía hacerle frente con un par de links. Gorriti reveló cierta conferencia pagada por dinero de Odebrecht y comenzó un comportamiento políticamente errático que tuvo su Waterloo final en la negativa uruguaya a ampararle el asilo. Solo con ese caso bastaba para ponerlo en problemas. Y así lo entendió el expresidente cuando comenzó con insultos, campañas sobre la anemia y necesidad de distraer la atención. Hasta que la misma volvió sobre él, en forma de reportajes sobre Luis Alva Castro y Luis Nava Guibert.

Es en ese contexto, ad portas de la declaración de Jorge Barata, donde llega la orden de detención preliminar en su contra. Y en un acto que no puede calificarse como heroíco, llegamos a un desenlace inesperado para todos y letal para García. Pero, más allá del duelo, las investigaciones en todos los casos deben continuar, a fin de esclarecer todas las responsabilidades, con rigor y claridad. Incluso, en el caso de García, cuando lo que sabremos únicamente será parte del juicio de la historia.

La muerte de Alan García cierra un ciclo político, decíamos al inicio. El APRA pierde a su figura clave de los últimos 40 años y a su segundo líder histórico. Buena parte del país lamenta que la justicia no haya podido concluir su trabajo. Y él fue el único responsable de su legado, para bien y para mal, aunque las consecuencias las soportemos todos los peruanos. Incluso cuando decidió acabar con su propia existencia.

Una palabra final para quienes han hecho un trapicheo del recuerdo de Garcia. Nunca fue un presidente ejemplar y era un investigado por la justicia. Que no se aproveche su trágico deceso para la lavandería de dos administraciones mediocres o para colar una ley de amnistía. La justicia y la historia deben terminar su trabajo.

 

2 thoughts on “Alan García y el juicio desaprobatorio de la historia

  1. Excelente columna, un retrato perfecto de lo que fué Alan García, y que sus seguidores dejen de elevarlo a nivel de héroe, y exaltar el suicidio

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