La derrota política de Alan García

Alan Garcia
En sus peores días (Foto: El Comercio)

En su libro “La Calavera en Negro”, Gustavo Gorriti tuvo la certeza que el caso Langberg llegaba a su final cuando el investigado por narcotráfico fue detenido sin mayores problemas. Con ello, el hoy veterano periodista supo que su primer caso estaba cerca de su conclusión.

Cuando Alan García, en la puerta de su casa de San Antonio, exclamó la frase (convertida en viral) “Demuéstrenlo pues, imbéciles”, tuve la cereza que el dos veces expresidente del Perú ha terminado de perder la batalla política. Más allá de lo que ocurra ante un tribunal.

La clara pérdida de los estribos de García denotó lo que, hace una semana, Marco Sifuentes identificaba bien como el temor de ser apresado. Pero se conecta claramente con un síndrome que siempre le pasó factura a AGP: llegar tarde a su tiempo.

García fue estatista en tiempos en los que comenzaba el giro hacia la economía liberal en la región. De allí que cuando señala, sin ningún sobresalto, que ha hecho algunos aportes novedosos a la economía mundial, uno oscila entre la carcajada, el estupefacto y el recuerdo de una época que pocos recuerdan precisamente en términos gratos para su bolsillo.

Pero para él nunca hubo punto medio. Si  bien el APRA la pegaba de partido socialdemócrata en los 90s y a inicios del 2000, en realidad García – quien, recuerden, en la campaña de 2001 hablaba de Banco Agrario y control de tarifas por vía estatal – nunca hizo ese tránsito a la moderación.

Como Gorriti relató alguna vez, luego del fallido Paro Nacional de 2004 – aquel donde quiso ser proclamado por presidente por las masas y terminó siendo una mala emulación de Jefferson Farfán – se fue a Washington y se transformó rápidamente en Inversiones García. Astutamente, durante la campaña electoral, supo ponerse entre una Lourdes Flores que era tan defensora del mercado que hacía ver a los muchachos del Instituto Peruano de Economía como unos socialdemócratas y un Ollanta Humala que emulaba, en forma y en fondo, a Juan Velasco Alvarado. Ganó.

Pero el gobierno de García tuvo de social demócrata tanto como un miembro de Con Mis Hijos No Te Metas enarbola la bandera de la tolerancia. Uno podría entender al converso que desea no incurrir en los mismos errores que convirtieron a la economía peruana en la sucursal del Titanic. Y hasta podría comprender la táctica de subir a bordo a quienes podrían considerarlo como el cuco como una forma de contrarrestarlos. Lo que no se terminaba de entender era porque su segunda administración terminó siendo la partera del conservadurismo peruano actual.

Un esbozo de respuesta es que García prometía ser el guardián ante distintos entes de la sociedad. El anticomunismo aprista lo vacunaba frente a cualquier posible intento de conciliación con la izquierda. La sospecha con la que las organizaciones de defensa de derechos humanos lo veían – primero por su actuación durante el periodo de violencia y luego por cómo se comportó frente a conflictos sociales – lo emparentó con el fujimorismo y los militares que violaron derechos humanos en su gobierno. La necesidad de una conciliación con enemigos históricos lo llevó a tener buenas relaciones con El Comercio y con el sector más conservador de la Iglesia Católica peruana (desde Cipriani hasta Eguren). Y sus vínculos con empresas privadas de seguridad e intereses empresariales hacían que terminara arriando cualquier bandera que no fuera la del libre mercado, a su modo.

Porque lo que terminó prevaleciendo fue el mercantilismo más ramplón. Y, sobre todo, la de la obra pública sobrevalorada – en todas las acepciones del término – y hechos que merecen ser investigados a la luz del Código Penal. Acabado el gobierno, García era aplaudido por esos sectores altos a los que tanto se debió su segunda administración. Y pensó que su imagen de conferencista global, invitado (en público y en privado) por empresas que habían tenido pingües ganancias durante su mandato le auguraría un tercer periodo. Creyó ser Piérola. Y aspiró a superarlo.

El problema es que García volvió a ser sobrepasado por las circunstancias. El fujimorismo supo sacar mayor provecho temporal de intereses conservadores y ilegales, hasta su reciente debacle. Su modo de hacer política mediante la palabra había sido enterrado entre discursos que parecían listados de lavandería de obras y artículos que harían enrojecer incluso al Haya de Treinta Años de Aprismo. Ya no podía tener el trato directo con los dueños de comunicación porque ahora sus amigos se están jubilando (igual que en el Poder Judicial y el Ministerio Público) y las nuevas generaciones no le tienen precisamente respeto o devoción, menos aún en las redes sociales donde lo vuelven en blanco de burlas. Y, sobre todo, la corrupción, aquel mal que caracterizó a sus dos gobiernos, volvió a aparecer en el ambiente.  Narcoindultos primero, Lava Jato después.

Desde 2016, se le ve perdiendo cada vez más los papeles. Lanzando tuits cada vez más incomprensibles desde el punto de vista político, pero sí desde la defensa judicial. Maltratando a periodistas que solo cumplen con hacer su trabajo. Tejiendo posibles cortinas de humo sin llegar a colocar en gran medida temas en agenda. Y al llamar imbéciles a los periodistas y fiscales que lo investigan, terminó, finalmente, claudicando.

No sabemos si la importante pista revelada por Gorriti y Romina Mella terminará derivando en un juicio oral. Tampoco si Jorge Barata terminará confirmando las sospechas de miles de peruanos. O si las otras conferencias dictadas con posterioridad a su gobierno terminarán llevando a posibles pistas sobre, para decirlo elegantemente, una relación contaminada entre lo público y lo privado.

Lo que sabemos es que el tiempo de Alan García ha terminado.

 

 

2 thoughts on “La derrota política de Alan García

  1. El ególatra bribòn y cobarde, dos veces presidente del Perú amparado en la demora en aprender del pueblo (y cuanto demora aún); y de otro lado el periodista lúcido, inteligente y consecuente, cátedra viva del periodismo profesional, comprometido con la verdad. Ambos personajes en sus roles: la mentira, el acto delictivo y el ocaso del rufián del primero y la madurez, coraje, sabiduría y esperanza peruana, del segundo. De acuerdo José Godoy.

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