Pena máxima por Peredo

Daniel Peredo
(1969 – 2018)

Pocas veces se ha visto tanta unanimidad en el dolor por la partida de un personaje público peruano como la vivida hoy.

“Reconozco que tengo algunas limitaciones: no soy locutor, soy un periodista que narra. En mis transmisiones trato de plasmar todo lo que siento al momento de ver el partido. Cuando veo un encuentro con mis amigos grito al emocionarme con algunas jugadas”. (Entrevista con Somos Periodismo, 2014)

Peredo lució, como el mejor de los cracks, en cada cancha en la que jugó. Cronista de polendas en El Bocón, Once y El Comercio.  Redactor de libros con datos estadísticos y anécdotas sobre los torneos más importantes hechos en pared con el equipo del portal De Chalaca. Tuitero con el comentario justo y preciso, así como con datos de primera mano. Y, por supuesto, reportero de cancha en varios canales de televisión.

¿El gol que hubieras querido narrar?
El de Julio César Uribe a Uruguay, en el ‘Centenario’.

¿Cómo lo hubieses descrito?
‘Con los huevos de José Velásquez’, porque tuvo que ver mucho en la jugada previa.

(Entrevista en Trome, 2017)

Los comentarios de Peredo hacían recordar, en tiempos contemporáneos, los mejores momentos de El Veco. Manejo preciso del idioma, humor fino sin arquear cejas, visión amplia para ver cada partido nacional e internacional, manejo exacto y preciso de los datos, corroboración de sus primicias. Y, sobre todo, una sobriedad a prueba de balas, en momentos en los que, para muchos, el periodismo deportivo se ha vuelto en un solo de improperios o la recreación de una conversación de cantina con aserrín en el piso.

“El futbolista se fue de vacaciones y de Alianza Lima no recibió ninguna comunicación. Aunque tuvo un llamado telefónico que lo extrañó. Era de Chemo del Solar, quien volvió de Europa y acababa de enfrentarlo en la definición. “Wally, quiero que vengas a reforzar a la ‘U’, si aceptas te contacto con los directivos para cerrar el contrato”. (Crónica sobre el frustrado pase de Waldir Saenz, goleador histórico de Alianza, al tradicional rival. Un hecho que Peredo reveló cuando el futbolista se retiró”. El Comercio, 2015)

Aunque solo conversé con él en dos oportunidades, siempre me dejó la impresión de ser una persona clara, íntegra y muy profesional. Durante el día de hoy, he escuchado los mejores comentarios sobre su calidad como ser humano y como periodista. Y no son los típicos elogios que se dictan cuando fallece alguien y se resaltan sus aspectos positivos. Son y se notan auténticos.

“La gente me pregunta cómo va a ser el gol de la clasificación, cómo lo voy a narrar, y yo ni quiero imaginármelo” (Entrevista en Cosas, octubre de 2017)

Pero si esos méritos ya lo hacían meritorio de una página en la historia periodística peruana, Peredo se convirtió en el legítimo sucesor de Humberto Martínez Morosini. Desde que HMM colgó los micrófonos, no había existido un relator de su valía. Hasta que llegó Daniel, que se sabía un gran cronista, pero que quería ser narrador de los encuentros que hacían vibrar al hincha. Así como “la número 5”, “el rincón de las ánimas” o “aquí no pasa nada” se convirtieron en frases populares gracias al legendario periodista arequipeño, Peredo dejó como legado para el argot futbolístico peruano palabras como “gloria al Perú en las alturas”, “no se sí es justo, pero si es cierto”, “si tu quisieras…” y mi favorita: “un gol más va a haber”. Fue el relator de una generación y se consagró con una clasificación a un Mundial que, lamentablemente, ya no podrá ver, al menos desde este plano de la realidad.

1. ¿Cuál es tu pasatiempo favorito?
La pichanga de fulbito los lunes con mis amigos.

2. ¿Qué sería para ti la felicidad perfecta?
Relatar a Perú en un Mundial.

3. ¿Cuál es tu gran temor?
La muerte.

(Test de Proust de Somos, noviembre de 2017)

Partió esta mañana, luego de su pichanga de los lunes. Y, en medio de la pena máxima por la partida temprana, satisface ver el recuerdo de una persona que dejó huella. La tocó, nos tocó.

Buen viaje, Peredo.

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Venezuela y Perú: política exterior, politiquería interior

Grupo de Lima
Grupo de Lima respalda decisión del gobierno peruano para evitar llegada de Nicolás Maduro a Cumbre de las Américas (Foto: AP)

 

Los vaivenes del gobierno peruano sobre la presencia de Nicolás Maduro en la Cumbre de las Américas a realizarse en la quincena de abril en Lima pueden resumirse, con total exactitud, en esta caricatura de Andrés Edery:

Edery Maduro Venezuela
Foto: El Comercio

Dejémoslo en claro: hace varios años que Venezuela no vive en democracia. El régimen inaugurado por Hugo Chávez y prolongado por Nicolás Maduro no garantiza elecciones limpias, justas y transparentes. Atenta contra varios de los derechos humanos de sus ciudadanos (sobre todo, de sus opositores). Y con el cuento que se “enfrenta al Imperio” (es decir, a Estados Unidos), el autoritarismo venezolano se va por las dos décadas de gobierno casi ininterrumpido. Peor aún, cada día da más muestras de convertirse en una dictadura desembozada y su política económica ya rebasa incluso los históricos niveles de incompetencia del primer gobierno de Alan García.

¿Este problema debe importar al Perú? Sí. Venezuela es un país con lazos bastante estrechos con el nuestro desde la lucha por la independencia nacional y, tradicionalmente, hemos mantenido buenas relaciones. Nuestro país, desde que cayó el régimen fujimorista, ha tenido una voz activa para pronunciarse sobre la democracia en nuestro continente. Y a ello se suma el importante número de ciudadanos venezolanos que han visto en nuestra patria un destino atractivo de migración.  En suma, el gobierno peruano había hecho bien en condenar los constantes atropellos cometidos por el chavismo – madurismo y en acoger, en la medida de nuestras posibilidades, a la diáspora venezolana que llega a Lima.

El problema es cuando se usa el drama venezolano para asuntos de politiquería interna.

Resulta cierto que la relación entre el chavismo y la política interna peruana siempre ha sido bastante complicada. En 2000, cuando nuestro último autócrata se iba por los diez años de gobierno, las relaciones entre Fujimori y Chávez eran bastante amistosas. De hecho, Venezuela terminó defendiendo al régimen fujimorista en la famosa cumbre de la OEA en Windsor (Canadá), cuando la misión especial electoral declaró que los comicios de aquel año habían sido una farsa. Eran tiempos del “Ritmo del Chino” y de otros bailes.

Keiko Chavez
Keiko Fujimori y Hugo Chávez en singular trencito bailado en un aparte de la Cumbre de Río en 2000 (Foto: La Mula)

Huído Fujimori a Tokio, la relación entre Chávez y el Perú se volvió más tirante. Vladimiro Montesinos terminó refugiado en Caracas y traicionado por sus vigilantes, sin que se llegara a esclarecer si es que el gobierno venezolano lo protegía. Cuando se produjo el intento de golpe de Estado de 2002, Alejandro Toledo saludó la breve caída de Chávez y tuvo que callarse cuando volvió al poder 72 horas después.

Y, cuando el régimen chavista rebosaba en petróleo y George W. Bush andaba en lo peor de su desprestigio en la región, al gobierno venezolano no se le ocurrió mejor idea que crear aliados en América Latina. Los apapachos a Ollanta Humala – con una fundada sospecha de financiamiento – en 2006 iban en esa línea. De allí que, hábilmente, Alan García planteara en la segunda vuelta electoral de aquel año una disyuntiva: “O Chávez o el Perú”. Y así ganó las elecciones.

El intento chavista de inmiscuirse en la política peruana generó un temor bastante fuerte en nuestra derecha. Como indicó hace algunos años Marco Sifuentes, nuestro establishment empresarial – político – mediático – religioso le perdonaba todo a García II y armaba unas teorías de la conspiración dignas de la Guerra Fría en base al miedo al chavismo o al “comunismo internacional”.  A la par – recuerden, la vieja escopeta aprista de los dos cañones -, discretamente García hacía las paces con el sátrapa de Caracas, con miras a un mejor escenario regional por la demanda a Chile sobre nuestros límites marítimos.

Pero nuestra DBA no veía estas sutilezas y se quedó con la “lucha contra el chavismo” como único objetivo internacional. De allí que emprendieran con todo contra Humala en 2011, esgrimiendo que Lima se convertiría en una nueva Caracas. A pesar que el líder nacionalista hace rato que miraba más a Brasilia. Y ya saben cómo quedó aquella elección.

Chavez Humala
El cuco de nuestra derecha, cuando hacía rato que Humala era más cercano a Brasilia que a Caracas (Foto: Perú.21)

Más allá que los vínculos entre Humala y Lula estén más que probados, en el imaginario de nuestra derecha siempre quedó que el exmilitar “sacaría la garra chavista” en cualquier momento. Si quieren explicarse porque el marcaje a presión a Humala en materia económica incluso cuando desechó su plan de gobierno original, se encuentra en este miedo.

Y cuando económicamente no había cómo sostenerlo, este miedo continuó en dos elementos poco aclarados por Humala: la “reelección conyugal” – desmentida luego de un año básicamente por torpeza de quienes gobernaban – y la ausencia de una condena abierta al régimen venezolano. Este último punto, me confirman dos personas que trabajaron con Humala, tenía la misma explicación que la política de acercamiento de Alan a Chávez: no abrirse un frente en América Latina ad portas de la sentencia de la Corte Internacional de Justicia sobre nuestro diferendo limítrofe marítimo con el vecino del sur. De hecho, como explica bien el internacionalista Óscar Vidarte, luego de superar el juicio en La Haya, el gobierno de Humala fue más proactivo en una posición algo más dura frente a Caracas, sin mucho eco en la región.

Existió otro abono a estos temores: la posición de nuestra izquierda frente al régimen venezolano. Con honrosas excepciones – Susana Villarán y Alberto Quintanilla, entre ellos -, varios voceros zurdos hicieron gala de lo que Fernando Tuesta ha calificado bien como un mito: la solidaridad internacional. En parte de la izquierda peruana sigue primando una postura que lleva al abrazo inmediato hacia aquel que se proclame como ellos o se oponga al cuco eterno: Estados Unidos. Y en otro sector, el temor a quedar “cercano a los intereses de la derecha” hace que varios duden en condenar a un régimen que hace buen tiempo dista de sus sueños de igualdad y lucha por los pueblos. Si el manejo político del “antichavismo” dura aún en la política interna peruana es, básicamente, por la pobre distancia que buena parte de la izquierda peruana ha tenido frente al chavismo.

PPK Capriles
PPK ha mostrado una actitud más proactiva de apoyo a la oposición venezolana. Aquí con el exgobernador Henrique Capriles (Foto: La Mula)

En esa línea, Pedro Pablo Kuczynski había acertado en cuestiones formales, al tener una política más dura frente al chavismo. Se percató que estaba del lado correcto en términos internacionales, pero también se dio cuenta de los réditos internos que implicaba colocarse frente a un gobierno rochosamente autoritario y que goza de pocas simpatías en nuestro país.  Y, precisamente, ante la desesperación tanto por la caída en las encuestas como por el desprestigio internacional de su gobierno, que PPK acude a “la vieja confiable”.

Ya no es un secreto que el Papa Francisco se negó a incluir la palabra “reconciliación” en sus discursos en el Perú, porque estaba prevenido del uso politiquero de la palabra, post indulto irregular a Fujimori. PPK esperaba este aval internacional, que le fue esquivo. Y hoy requiere un tema que le permita, en teoría, hacer un juego a tres bandas: recuperar iniciativa interna y bajar la tensión con el fujimorismo, aislar a la izquierda parlamentaria que hoy busca vacarlo (sabiendo que en el otro lado tiene también a gente con reflejos de 1970, como Marco Arana) y tener algo más de prestigio internacional.

El problema es que la maniobra ha sido tan grosera y la ejecución tan chambona que el papelón ha sido mayúsculo. Nicolás Maduro ha brindado un discurso que le sirve en términos internos, dado que se sigue colocando como la “víctima del Imperio y sus aliados”, como internacionales, dado que podríamos terminar con una Cumbre de las Américas con un posible boicot de los aliados de Caracas. Al mismo tiempo, no pocos opositores al régimen venezolano le han criticado la inconsistencia, pues con los mismos motivos que se han tenido para “desinvitar” a Maduro se le debió retirar la alfombra roja al cuestionado presidente hondureño Juan Hernández (reelegido en comicios que la OEA ha calificado como irregulares) y al dictador de Cuba Raúl Castro. Y somos varios quienes pensamos que lo mejor era dejar que Maduro venga, para hacerle una masiva protesta de peruanos y venezolanos opuestos a su régimen autoritario.

Así las cosas, el gobierno peruano acelera una descomposición mayor, en la que el único objetivo de cada día es sobrevivir. Y cuando ello se convierte en premisa única para la actuación de un presidente, queda más claro que el país está a la deriva. Incluyendo a nuestra política exterior, uno de nuestros pocos estamentos que estaba libre de los vaivenes politiqueros cotidianos.