Venezuela y el Perú

(Venezuela en su hora más difícil. Foto: La Prensa)

Nadie que se llame a sí mismo como demócrata puede concebir que el régimen venezolano entra dentro de los estándares que caracterizan a un régimen que respeta las libertades básicas. Lo que – acertadamente – era caracterizado como un autoritarismo competitivo, es cada día más una dictadura abierta, donde las posibilidades de competencia política y libertades son más acotadas con el transcurrir de las semanas.

Para los peruanos, lo que ocurre en Venezuela ha tenido siempre gran interés. Y las razones varían, dependiendo a quien nos refiramos.

Existen demócratas consistentes que observan lo que pasa en Venezuela con la preocupación legítima de la instauración en la región de un régimen que, en muchos aspectos, se ha parecido a la satrapía montada por Alberto Fujimori en nuestro país: un gobierno autoritario que prostituyó las instituciones públicas para su mantenimiento en el poder. Más aún, cuando el gobierno venezolano quiso proponer, en sus tiempos de mayor esplendor, un proyecto de carácter continental para exportar su modelo. Claro está, el gobierno de Nicolás Maduro está dando pasos que van más allá de la definición dada por el politólogo Steven Levitsky hace algunos años para caracterizar a este tipo de regímenes.

Asimismo, es claro que han ocurrido varios hechos en los últimos 18 años que ocasionan el interés de los peruanos en Venezuela. Al escapar de la justicia peruana, Vladimiro Montesinos terminó en territorio venezolano, sin que se terminara de aclarar si es que el gobierno chavista le prestó ayuda para su estadía en Caracas (considerando que varios de quienes acompañaron la aventura golpista de Chávez en 1992 terminaron en el Perú fujimorista). Chávez se entrometió en las elecciones peruanas en 2006, con declaraciones bastante altisonantes (a tal punto que Ollanta Humala tuvo que desmarcarse de él para ganar en 2011). Y a ello sumemos la importante cantidad de peruanos que salieron a Venezuela en busca de un mejor futuro en las décadas de 1970 y 1980 (hoy vemos el proceso inverso).

Un tercer grupo está marcado por quienes critican a nuestra izquierda peruana debido a su falta de reflejos para condenar al gobierno venezolano o al menos criticarlo. Si bien es cierto que, en las últimas semanas, representantes del Frente Amplio (como Marisa Glave o la propia Verónika Mendoza) han marcado distancia del régimen (y mucho antes lo hizo Susana Villarán), lo cierto es que existe un importante sector de izquierda que ha preferido ponerse de costado o (peor aún) atribuir los cuestionamientos a teorías de la conspiración. En otras palabras, solitos se han prestado para el bullying.

Pero también resulta cierto que dentro de este tercer grupo encontramos dos variantes. Quienes hacen estos cuestionamientos con el fin de que la izquierda acepte que las dictaduras que (al menos enunciativamente) se proclaman como zurdas también son malas. Y también quienes aprovechan esta falta de respuesta para deleitarse en el macartismo más ramplón, aquel que viene caracterizando a algunos sectores conservadores en nuestra prensa y en ciertos opinadores públicos, para quienes todo aquello que les sabe a izquierda debería desaparecer.

Lo cierto es que, durante los últimos años, desde estos tres grupos distintos, se ha buscado que el gobierno peruano se pronuncie respecto de la situación. Durante buena parte del gobierno de Humala, la situación fue relativamente tibia, más que por una cuestión ideológica, por el hecho que el entonces presidente decidió no pelearse con nadie en el contexto de la resolución del diferendo marítimo con Chjle ante la Corte Internacional de Justicia. Esto era, para muchos, la prueba del “chavismo” presidencial. Sin embargo, como indica Óscar Vidarte, el juicio debería ser más matizado, sobre todo, de 2014 en adelante:

No obstante, dentro del ámbito de la OEA, el gobierno del Perú bajo el mandato de Humala  no mostró ser un aliado de Venezuela, votando muchas veces en contra de sus intereses. De esta forma, el 2014 nuestro país propuso una iniciativa para hacer frente a la situación de violencia en dicho país, pero esta fue rechazada, siendo considerada por Venezuela como intervencionista. El mismo año, el Perú votó a favor del carácter público de una sesión sobre el caso venezolano ante el Consejo Permanente de la OEA, perdiendo nuevamente la votación. Asimismo, frente al problema acaecido en la frontera entre Colombia y Venezuela a mediados del 2015, el Perú votó a favor del pedido colombiano para convocar una reunión de cancilleres, pero este no prosperó.

La actual administración ha ido un paso más allá, coincidiendo con el agravamiento de la situación en el país sudamericano. Así, Pedro Pablo Kuczynski ha recibido a Henrique Capriles y Lilian Tintori, dos de los principales líderes opositores al gobierno de Maduro. Al mismo tiempo, la Cancillería peruana, respetando la no injerencia en asuntos internos, ha señalado que existe una “alteración al orden democrático” y que, por tanto, debería analizarse la aplicación de la Carta Democrática Interamericana. Ello, ya se imaginarán, le ha valido los insultos de representantes del gobierno venezolano a nuestro presidente.

Los más duros – paradójicamente, liderados por el fujimorismo, padre de un régimen similar al chavista – piden al gobierno peruano una ruptura de relaciones diplomáticas o, al menos, que se llame en consulta al embajador peruano como señal de protesta. Sin embargo, la Cancillería no ha cedido a estas posiciones y ha indicado que solo se llamará a nuestro representante en Caracas para que informe la situación. Hace unas semanas, PPK dijo que no era lo más adecuado hacer un retiro de nuestro representante diplomático.

En esto el gobierno acierta. Si se quiere seguir jugando un rol importante en la solución de la crisis política venezolana, es mejor que nuestro principal diplomático en Venezuela se quede, tanto para transmitir la voz oficial del Estado peruano como para velar por los derechos de nuestros compatriotas. Asimismo, insistir en los cauces institucionales de la OEA es lo que nos corresponde como país suscriptor (y, a la vez, principal causa) de la Carta Democrática Interamericana.

Soy de quienes cree que la salida final a la crisis venezolana debe desembocar en la realización de un referéndum revocatorio de Maduro con todas las garantías y una transición ordenada del poder en caso que el chavismo sea derrotado. Para ello, es necesario el apoyo de la comunidad internacional. Reacciones destempladas harán que el Perú no pueda ejercer el papel que le corresponde en la región frente a lo que ocurre en Venezuela. Menos aún cuando estas se mezclan con un anti-izquierdismo que, antes que buscar una salida a la crisis, busca anular a un adversario político local. Y, claro está, es necesario que el Frente Amplio entienda que no se puede tener más rodeos en un problema donde parte de la solución le corresponde a toda la región.

Agregar un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Cambiar )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Cambiar )

Connecting to %s