Cuatro claves para entender la crisis política en Brasil

(Dilma Rousseff, destituida hoy. Foto: Reuters)

Esta mañana, Dilma Rousseff fue destituida de su cargo como presidenta de Brasil. La ahora expresidenta no será inhabilitada por ocho años de la vida pública como se pedía. En medio de la crisis política que vive el país, existe mucha confusión sobre lo ocurrido. De allí que sea necesario aclarar varios puntos.

1. DILMA NO HA SIDO DESTITUIDA POR EL CASO LAVA JATO

Si bien es cierto que el gran caso de corrupción que involucra a las grandes constructoras brasileñas ha salpicado al Partido de los Trabajadores hasta la médula – comenzando por el antecesor de Dilma, Lula da Silva -, lo cierto es que a Rousseff no tiene aún una acusación concreta por este caso, ni en el Poder Judicial ni ante el Congreso brasileño. Eso sí, parte del gran telón de fondo del deterioro de su popularidad y de la debilidad de su gobierno, que finalmente concluyó hoy. Así lo reseñó Andrés Paredes hace unos meses:

Con la economía en retroceso, por el fin del auge de las materias primas y la clase política moviéndose en el lodo de las ganancias ilícitas del período de bonanza, Dilma careció de una actitud firme para enfrentar al monstruo de la corrupción y se comportó más parecido a una cómplice.

2. ROUSSEFF CAE POR UN TEMA FISCAL

Así lo resume el diario El País:

El origen remoto del proceso hay que buscarlo en un informe de tres abogados que denunciaron a la presidenta hace más de nueve meses por maquillar las cuentas públicas a base de hacer trampas con el presupuesto mediante un abstruso mecanismo de préstamos públicos. Los senadores brasileños se han pasado horas y días y meses discutiendo en un perpetuo Día de la Marmota sobre si el retraso por parte del Gobierno en reembolsar un pago efectuado por un banco público a un programa estatal se podía considerar delito o no.

En los últimos meses han surgido en el país centenares de especialistas en esta minucia contable, en una trinchera y en otra. Para la defensa, eso ni es delito ni es algo raro: todos los presidentes anteriores lo han hecho. Los acusadores han repetido que nadie está por encima de la ley, ni siquiera el presidente de la República y ni siquiera para esto. Uno de sus más fervientes defensores, el ex ministro de Economía Nelson Barboza replicó el sábado: “Ustedes han decidido que hay un crimen y luego han buscado el delito”.

3. ¿HABIA FUNDAMENTO PARA DESTITUIR A ROUSSEFF?

Estábamos ante un tema harto discutible, no solo en determinar cuál era el posible delito sino, en caso se hubiera cometido, el tema debía llevar a una destitución. El referido diario español refiere que:

Más allá de estos dos casos concretos, en medio de la guerra de tecnicismos en el proceso de impeachment, crece entre los expertos brasileños en Derecho y entre los politólogos la discusión sobre el principio de proporcionalidad en la Ley del Impeachment, anterior a la actual Constitución brasileña de 1988. Independientemente de los argumentos de acusación y defensa, muchos defienden que la legislación ha de reformularse porque prevé la misma pena radical —la pérdida del mandato— para delitos dispares. Cometer un delito fiscal, aun siendo muy pequeño se castiga de la misma manera que tratar de subvertir el Gobierno de la República.

De hecho, este era el principal argumento que Rousseff podía tener a su favor, pero prefirió invocar las cuestiones más vinculadas a la posibilidad de un derrocamiento. Y era un argumento central porque, como toda institución excepcional, el impeachment seguido de destitución debía tener causas claras para su empleo.

No se puede hablar de un “golpe de Estado” como parte de la izquierda arguye, pero lo ocurrido si puede encajar, en lo que el politólogo peruano Óscar Vidarte define de otra manera:

“Más allá de un golpe de Estado, estamos frente a una “alteración al orden democrático”, en los términos que utiliza la Carta Democrática Interamericana. La historia recordará que, utilizando argucias jurídicas, legisladores acusados por corrupción, actuando en función de intereses políticos personales, y aprovechándose de un contexto de crisis política y económica, destituyeron a una presidenta elegida en elecciones libres por más de 54 millones de votos”.

4. LO QUE SE VIENE

En las próximas horas, Dilma deberá dejar definitivamente el cargo, que pasará definitivamente a manos de Michel Temer, vicepresidente y antiguo aliado, quien ya venía ejerciendo el cargo interinamente. Paredes indica que su posición también es endeble:

Es acusado por el oficialismo de urdir una conspiración contra Rousseff para llegar al poder, también está involucrado en la maraña de Lavajato y por si fuera poco, de lanzarse a la presidencia solo el 2% votaría por él.

Si Dilma es relevada, Temer sería el nuevo mandatario pero ejercería el poder desde una posición con poco consenso, casi nula popularidad y debilitado por acusaciones que podrían ser parte de una retaliación del PT.

De hecho, Temer ya había metido la pata al convocar un gabinete sin mujeres ni afrodescendientes, lo que tuvo un tono a “restauración conservadora” luego de 8 años de gobierno del PT. Pero, sin duda, los escándalos de corrupción que vienen siendo procesados pulcramente por el Poder Judicial brasileño lo pueden colocar al borde de la destitución o del adelanto de elecciones. Esta última medida ya había sido ofrecida por Dilma para salir de la crisis política, en caso no hubiera sido destituida. Paradójicamente, su sucesor podría terminar implementándola.

Mientras que, desde fuera, Temer no tiene mayores respaldos. Ya Ecuador y Bolivia llamaron en consulta a sus representantes diplomáticos en Brasilia, en protesta por la destitución. Y si bien los gobiernos de derecha no salieron a defender a Dilma, tampoco lo harían con Temer en caso sea destituido en un procedimiento similar. Quizás la única voz que salga a hablar en voz alta sea la del secretario general de la OEA, Luis Almagro, capaz de enfrentarse al mismo tiempo al gobierno de Maduro como a la derecha brasileña.

Lo cierto es que la destitución no arregla la crisis política. Con buena parte de los liderazgos políticos brasileños cuestionados, una economía en recesión y la poca inteligencia con la que todos los partidos han movido sus fichas en este juego de tronos con sabor a samba, lo cierto es que Brasil pasó de ser candidato a potencia mundial a un remezón que ha tirado por los aires la imagen del aspirante a hegemón regional.

5 thoughts on “Cuatro claves para entender la crisis política en Brasil

  1. Esto marca el principio del fin de la izquierda latinoamericana agrupada bajo eso que llaman “Foro de Porto Alegre”. Las réplicas de este cataclismo del PT llegarán hasta el Perú, no lo duden.

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  2. No hay santos en la política brasilera. Y esto debería servir a “empresaurios” y “progres” peruanos que -por distintas razones- han pasado casi diez años elogiando al “sistema brasilero”, basado desde hace décadas en una corruptela salvaje, preguntenle a Collor de Melo. Y no sólo es el esquema de LavaJato para las “super coimas”, donde han comido izquierda y derecha de Brasil, sino el infame “Mensalao” donde el PT de Lula se dedicó -¡mismo Montesinos!- a coimear congresistas opositores durante meses y que terminó con la caída y encarcelamiento de José Dirceu (el “delfín” que precedió a Dilma).

    Nada queda de la primera letra del BRIC. No puedes ser un “hegemón regional” en medio de la gigantesca corrupción administrativa, con niveles de pobreza todavía fuertes, y basado en un enorme mercado interno sobreprotegido donde sólo una élite (la de siempre) puede hacer negocio, un sitio donde empresarios millonarios como Marcelo Oderbrecht redactan decretos y leyes a su medida, sólo para la firma de los ministros encargados, y en un entorno donde planes como BolsaFamília y FomeCero se tornan en enormes centros de clientelismo a todo nivel (se supone que estos programas deben ser temporales porque la pobreza se reduce: mala señal que se mantengan después de catorce años).

    A ver cómo se recompone el sistema regional sudamerciano. Brasil ha mostrado que siempre fue el “gigante de pies de barro”, muy lejos de ser potencia mundial. No está Brasil para pechar ni a la UE, menos incluso a EE.UU., China o Rusia. Todavía su rol de “potencia global” sólo pasa por Romario y Caetano Veloso, aunque les duela. Y los ayayeros locales del “modelo brasilero”, en la Confiep (¿alguien dijo Graña Y Montero?) y en el Frente Amplio, deberían tener más cuidado al mostrar nuevos “modelos a seguir”. Aunque, claro, tras el delicioso billete llegado de la tierra de Pelé en la última década (sea por coimas u otra via), seguramente callarán y mirarán hacia otro lado.

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