¿Y EL PARTIDO NACIONALISTA?

En sus últimas dos columnas – Los amigos que perdí y El factor institucional – Augusto Álvarez Rodrich ensaya dos conjuntos de posibles explicaciones a las razones de la debilidad del Partido Nacionalista Peruano.

Como señala AAR, existe un grupo de factores vinculados específicamente a la actuación de los actores al interior del PNP. Aquí se encontraría el desfase entre La Gran Transformación y la Hoja de Ruta, generado tanto por un presidente que no explicó las razones de su viraje ni persuadió a sus congresistas de ello como por actores que consideraban que el viraje solo implicaba “un alto en el camino”; sumado a un liderazgo partidario proclive a imponer las órdenes sin dudas ni murmuraciones y que considera, además, que el triunfo electoral de 2011 se debe exclusivamente a él.

Estos factores, sin duda, explican esta situación, pero añadiría otros. Para comenzar, un presidente cuya confianza no va más allá de su dormitorio conyugal y que considera a sus congresistas y ministros como bienes fungibles que pueden ser desechados una vez que “no le sirven”. Eso hizo con sus aliados de izquierda – algunos de los cuales pensaban que podían manejar la línea ideológica (de un gobernante que no tiene una idea propia) – como con diversos funcionarios que han merecido maltratos de un jefe poco proclive a dar las gracias por los servicios prestados a la Nación a quienes dejan de merecer su favor.

En segundo lugar, porque el Partido Nacionalista siempre ha sido visto como una empresa familiar. No solo porque Nadine Heredia es la presidenta de la agrupación, sino también, desde el inicio de su vida política, es el núcleo cercano a la esposa del Presidente de la República quien tiene mayor peso y decisión dentro de la agrupación. Ello explica porque la singular familia Humala – con la excepción de Alexis – está fuera del PNP, así como las recientes declaraciones sobre “fundadores” y “recién llegados” expresadas por el congresista Santiago Gastañadui, pariente político de la señora Heredia.

En tercer lugar, porque el nacionalismo como doctrina constituye una entelequia. Con la notable excepción de Sergio Tejada quien, en un libro editado por el Fondo Editorial PUCP, ha intentado dar un sustento histórico e ideológico al nacionalismo como idea presente en la política peruana, no existe dentro de la agrupación una definición respecto de las ideas que la marcan. El Presidente de la República constantemente alude a que “no es de izquierda ni de derecha, sino de abajo”. Y casi nadie dentro de la bancada puede emitir una idea coherente respecto de las ideas centrales de su agrupación, solo acostumbran a repetir las consignas que se dan en Palacio de Gobierno.

Finalmente, dentro de este conjunto de explicaciones, está el hecho que no existe vida partidaria. Más allá de las reuniones del grupo parlamentario – y las esporádicas que tienen con el presidente – y la presencia de portátiles en algunas manifestaciones progobiernistas, no existen comités activos siquiera en Lima. Ni siquiera el local central de la agrupación está abierto siquiera un día a la semana. La distancia entre las bases y la dirigencia es bastante apreciable.

Un segundo grupo de condicionantes se vinculan con aspectos más institucionales. Como han señalado tanto Alvarez Rodrich como Ricardo Cuenca, investigador del Instituto de Estudios Peruanos, los partidos políticos peruanos tienden a ser agrupaciones donde el vínculo principal se forja a partir de un líder que tiene serias opciones de llegar a la Presidencia de la República, quien maneja un liderazgo vertical con los demás estamentos de la agrupación. Los casos de Keiko Fujimori, Alan García y Alejandro Toledo se agruparían en esta vertiente.

De hecho, hace algunos años, Alberto Vergara escribió un artículo sobre problemas similares en el APRA. Si bien los comités distritales y centrales funcionaban, la juventud era escasa – o circunscrita a los hijos de militantes – y la distancia entre las bases y los dirigentes era aguda. La ideología aprista era entendida conforme Alan García interpretaba a las distintas versiones de un Haya de la Torre que fue variando en sus posiciones políticas considerando cómo apreciaba la coyuntura. Y la ausencia de un “numero dos” – y la presencia de muchos “números seís” (Luis Alberto Sánchez dixit) – es un rasgo consistente desde 1924. Como remata Vergara, tiene bien puesto el nombre: “aprista y peruano”.

Los demás partidos políticos parecen inclinarse, a su medida, en el modelo descrito por Mauricio Zavaleta: las coaliciones de independientes. Incluso el fujimorismo, que parece tener una identidad como agrupación, no dista de las prácticas de este tipo de agrupaciones, muy presentes en la política regional y local: ausencia de ideología, líder carismático, unión con miras a reducir los costos que implica ingresar en una campaña política, peso importante de los recursos económicos y de la logística electoral y alta rotación de los mandos medios.

De hecho, el nacionalismo se inscribe en esta vertiente. Y por ello es que algunos de sus congresistas dejarán este año la agrupación, debido a que consideran que sus opciones para obtener la reelección se reducen. El tema es que la tasa de reelección parlamentaria es bastante baja, sea para congresistas de trayectoria partidaria como para los nuevos. De hecho, una agrupación que tuvo tránsfugas de otros partidos, como Solidaridad Nacional, no consiguió que ellos pudieran entrar. Y partidos nuevos como Perú Más ya vienen reclutando a cuadros en provincias mediante alianzas con movimientos regionales.

Por ello, no sorprende que el nacionalismo no tenga opción alguna para el 2016, o que no haya participado en la elección subnacional de 2014, o que su único vehículo para obtener una representación parlamentaria decente pasa por la participación de Nadine Heredia encabezando la lista en Lima. Signo del desgaste del gobierno y, también, de un proyecto familiar que nunca quiso ser una agrupación institucionalizada. Como Perú Posible, una vez que los liderazgos carismáticos entren en declive, dejarán de tener peso importante en la política peruana, pese a tener a un expresidente en sus filas. Y eso es una mala noticia en un país que requiere, a gritos, consolidar sus agrupaciones políticas.

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