NAVIDAD

Resulta curioso que la Navidad, una fiesta que, en principio, es una festividad religiosa, se ha convertido en una de las celebraciones más ecuménicas, congregando a creyentes y no creyentes alrededor del mismo espíritu. No solo se trata de la coincidencia con fechas significativas de otras religiones o con fiestas seculares pasadas (Saturnalias) o más contemporáneas (el Festivus, por ejemplo), o por la actividad comercial intensa durante esta fecha.

Creo yo que se despierta, al final del año, un legítimo deseo de compartir, desde lo que se pueda tener, con lo demás, no solo bienes materiales en forma de regalos, sino también la necesidad de construir un futuro mejor. Al coincidir con el mes con el que concluye nuestro calendario, la Navidad también suscita reflexión sobre lo hecho durante el periodo anterior, motiva reuniones familiares, nostalgia por amigos que retornan o que se van en estas fechas, sentimientos que van más allá de una creencia religiosa. Se trata de una época en la que, más allá del estrés que genera el tráfico en toda gran ciudad, la necesidad del reencuentro personal se intensifica, en todas sus manifestaciones.

Para quienes somos creyentes y celebramos en esta fecha el nacimiento de quien consideramos que es nuestro Salvador, vale la pena recordar el sentido de esta festividad. Implica la encarnación de Dios en una criatura que consideramos se hizo a su imagen y semejanza. Encarnación que se realizó en un tiempo y lugar bastante peculiar: una colonia de uno de los mayores imperios de la historia de la humanidad, en medio de un censo, sin posada, con un padre adoptivo, en uno de los lugares más humildes de la sociedad judía de la época. A partir de la sencillez de un nacimiento en un pesebre, la esperanza vuelve al mundo y la luz brilla en las tinieblas.

Se trata de una esperanza, como indica Gustavo Gutiérrez, que se enraíza en el mundo actual y que puede ser un factor que inspire un movimiento que permita alcanzar una sociedad más justa y fraterna. Lo que los católicos denominamos construcción del Reino de Dios en la tierra. Y que cualquier persona, creyente o no, puede aspirar a llevar a cabo.

Sea cual fuere el motivo que cada uno de ustedes celebre, esta fecha constituye un alto en el camino en medio de la vorágine de la vida cotidiana. Disfrútenla. Nos vemos el 26 de diciembre.

LECCIONES DE LA SEMANA LABORAL

1. El gobierno subestimó la protesta. Desde Palacio se pensó que las fiestas de fin de año harían que los jóvenes se relajen. La marcha de ayer fue aún más contundente que la de la semana pasada. No se puede subestimar el poder de una protesta de jóvenes en vacaciones, que consideran que la norma afecta su perspectiva laboral y que, además, potencialmente toca su bolsillo. Puede que la cuestión amaine hasta luego de Año Nuevo, pero el verano amenaza ser caliente.

2. Mucha tecnocracia, poca política: Contar con buenos cuadros técnicos garantiza contar con ideas que puedan bien sustentadas en el papel, pero no necesariamente bien defendidas ante los medios. El papelón hecho desde el MEF y PRODUCE sobre la defensa de la norma laboral juvenil – a destiempo, con argumentos que no lograban “enamorar” a los jóvenes y hablando solo para los convencidos – demuestra que nuestros tecnocrátas elevados a ministros requieren un curso intensivo de reflejos políticos. El tema laboral es bastante sensible pues choca directamente con el bolsillo de la gente. De allí que se requiera más política que nunca.

3. Reflexión necesaria en sectores más liberales y libertarios: Han terminado confundiendo, en algunos casos, ideología con realidad. Los deseos de un experimento de reducción de derechos laborales para ver si con ello el país se formaliza se dan de bruces con un país que no desea un capitalismo de Estado o socialismo, pero si acceder a los beneficios del crecimiento económico en mayor medida. Junto con las cifras que muestran para presentar sus medidas, requieren mayor empatía con un ciudadano común y corriente que los ve tan ajenos a sus intereses como a un dirigente de la CGTP. No solo se requiere data, también saber comunicar más allá de los sectores ya convencidos.

4. El régimen laboral peruano ya no da para más: Puede que, en razón de la naturaleza de algunos sectores, se requieran algunas regulaciones especiales, pero queda claro que frente a los problemas de productividad, informalidad y necesidad de empleo, el actual modelo queda agotado y no se requieren más parches. Se requiere un equilibrio entre las necesidades de reducción de costos por parte de los empleadores (quizás entrar más por el tema tributario pueda ser una salida) y los legítimos reclamos de los trabajadores por mejores ingresos. Este debate debe desprenderse, además, de los dogmas ideológicos vistos en estas semanas y optar por un saludable punto medio.

5. Fiscalización laboral a gritos: Si en algo se ha logrado coincidir, tanto por defensores como por detractores de la norma, es que la capacidad coercitiva del Estado en el tema laboral debiera ser tan temida como la SUNAT, pero hasta el momento la SUNAFIL no tiene filo, los inspectores laborales también reclaman por sus propios derechos y el Ministerio de Trabajo es uno de los sectores con menor presupuesto. Aquí hay una tarea pendiente para este y para el siguiente gobierno.

6. Los temas de productividad y competitividad no solo van por el tema laboral: Como bien apunta hoy David Rivera:

En el mediano y largo plazo la salida pasa por un proceso de desarrollo productivo, por una apuesta por la innovación, la ciencia y la tecnología, y por una reforma de la educación, campos todos en los que se está avanzando en mayor o menor medida –y que debieron impulsarse en la época de las vacas gordas–. Solo cuando logremos crear un sistema que incentive la innovación y la generación permanente de valor agregado, así como una mejora constante de la productividad, podremos garantizar beneficios laborales y sociales para las mayorías, no para una minoría.

7. Los que quisieron ganarse alguito y no pudieron: El APRA intentó deslindar tanto de la norma como de las envalentonadas declaraciones del ministro Urresti de ayer, pero le recordaron a la Ley Pyme que no ha logrado el éxito esperado en materia de formalización laboral, como su manejo de conflictos sociales (Bagua, sobre todo), en lo que es un adelanto de la campaña electoral. El fujimorismo se dividió, con Keiko reculando en el apoyo inicial a la norma y Martha Chávez renunciando a la presidencia de la Comisión de Trabajo en respuesta a su lideresa. No se prevé cual línea va a primar al final. Y PPK, como ya hemos señalado en días anteriores, expresó las limitaciones de un candidato que no sabe como ampliar su limitada base electoral.

8. Un electorado joven difícil de asir: Ni de izquierdas, ni de derechas y desconfiados de todos los políticos. Que tienen inquietud por sus derechos. Lejanos de los modelos de los 70s y 90s en varios casos. Tratando de encontrar su propia voz. Y buscando un candidato. Ayer no solo se movilizaron por una Ley. Hay algo más que se está moviendo en dicho sector y que, con más calma, requiere observarse con detenimiento para ver hacia donde va a ir.

9. Déjense de encasillar a los jóvenes en categorías tipo millenials. El marketing puede servir para muchas cosas, pero no para reemplazar el análisis político y las ciencias sociales. Y poner a los chicos como unos viciosos de Esto es Guerra y de los celulares como única característica es francamente penoso.

(Foto: Luis Davelouis)

LOS LIMITES DE LA TECNOCRACIA

Una interrogante que escucho en algunos círculos AB es la siguiente: ¿si el gobierno tiene tan buenos ministros en términos académicos y buenos técnicos en determinados sectores, por qué termina retrocediendo en muchas de sus políticas? Este argumento se escuchó en torno al tema de la AFPs y se vuelve a escuchar ahora frente a la Ley Especial para el Empleo Juvenil.

Una primera explicación puede ser la indicada por Juan Carlos Tafur, sobre todo, en torno a los modales de cierto sector de derecha:

En la derecha, el liberalismo se ha dejado contaminar por criterios autoritarios, mercan­tilistas y ultraconservadores, perdiendo así su filo reformista. Lo que es más grave, muchos liberales pare­cen creer que las reformas pendientes deben ejecutarse según los usos y costumbres de la década fujimo­rista, sin demo­cracia y sin de­bate, y por eso, cuando aparecen grupos opuestos que ejercen un entusiasta activismo, no atinan a responder.

Pero creo que el elemento ideológico solo es una parte de la explicación. Muchos de los tecnócratas actuales y de las nuevas generaciones toman su distancia (política) frente del fujimorismo.  E incluso varios de quienes trabajan en determinados sectores ni siquiera se podrían ubicar o reconocer como de derecha. La respuesta, creo yo, está en un fenómeno mayor.

En un articulo bastante recomendable, escrito en 2012 – luego que quedara claro que la única gran transformación en el gobierno era la del propio Ollanta Humala, huérfano de cualquier convicción ideológica – Alberto Vergara describió claramente el cuadro que vemos en una parte del Estado peruano durante varios años:

De un lado, en el Estado, el fortalecimiento de una capa de tecnócratas que ha paulatinamente ganado presencia, solvencia e importancia, hasta convertirse en una suerte de garantes de la continuidad. No son unos guardianes ideológicos de la continuidad, sino los guardianes burocráticos de unos procedimientos y normas que son considerados como lo eficazmente correcto. Esta nueva capa tecnocrática no tiene más de diez o 15 años, y aún es incipiente (no se trata de un servicio civil como el de otros países, es más informal), pero se ha hecho silenciosamente imprescindible. Saben las de cuco y caco en el Estado. Migran de un ministerio al otro, y son los supremos creadores e intérpretes del ROF, el MOF y el resto de sagradas escrituras del buen funcionario público. Es el mundo de los Secretarios Generales, quienes llegan a los ministerios con sus cuadrillas (generalmente con un asesor principal, un jefe de administración, un jefe jurídico, otro de presupuesto) y le informan al ministro cómo son las cosas. El ministro suele estar perdido en el espacio al tomar el despacho y ruega encarecidamente por un Secretario General que ya haya sido Secretario General y es así que este y su cuadrilla se encargan de que las cosas se hagan bonito (o sea, que se replique la manera en que se llevaban a cabo durante los gobiernos anteriores), e impiden que el impresentable del ministro (¡un político!) y su panda de comechados (¡otros políticos!) arruinen la eficiencia ganada en estos años. Han sido formados en un habitus impregnado de unos principios, prácticas y políticas chorreados desde el MEF y los organismos internacionales que han terminado convirtiéndose en los criterios neutros y correctos de la administración del Estado. Para decirlo en palabras de un ex Secretario General, “nosotros construimos la memoria institucional”. Aunque nadie lo acepte con todas sus letras, es una capa que reproduce los valores de la nobleza de la tecnocracia: el MEF. Si me permiten intelectualizarlo, es el mundo de Pierre Bourdieu. Ahora bien, esta tecnocracia itinerante no es poderosa únicamente por su propia virtud, sino, como lo mostraré luego, porque lidia con una clase política indecentemente pobre e incoherente, a la cual es muy fácil limarle los dientes reformistas y filtrarle la agenda inmovilista

¿A qué se debe esta situación? Para Vergara, hay dos elementos que confluyen en esta situación: De un lado, una clase política bastante pobre, con partidos poco sólidos (si es que no son coaliciones de independientes), que arriban sin cuadros para gobernar y con parlamentarios que son dúctiles a defender un programa distinto con el que arribaron al poder. De otro lado, un modelo económico que ha permitido crecimiento sostenido durante más de una década.

Pero creo que hay un elemento cultural detrás. Existe, en un sector de peruanos, la esperanza puesta en un “presidente gerente” que, como lo planteaba Platón con el “rey filósofo”, pueda “sacar de la caverna” (antimercado) a todos los peruanos. Cuando cientos de jóvenes entre 18 y 24 años, así como entusiastas entre 25 y 45 años, adoraban a PPK porque “sí sabe como hacerlo”, estaba la esperanza de un gobernante tecnocrático que, junto a un grupo de técnicos (con PhD), podría darnos el gran salto hacia el desarrollo (entendido únicamente en su variable económica). En esa visión, la capacitación técnica era tan o más apreciada que la formación humanística, a pesar que ambas resultan indispensables para una buena educación de cualquier persona. Y, claro está, los temas institucionales se reformarían “por añadidura”.  Esa visión, claro está, ha sido exacerbada por los dos elementos ya señalados por Vergara.

El problema es que una visión de ese tipo da por presupuesto que el Perú es un país de liberales económicos conversos y que quienes discuten el modelo son un conjunto de rojos que quiere evitar el progreso del país (El Perro del Hortelano, Alan García, 2007). Pues ni lo uno ni lo otro. Como bien señaló hace algunos años Alfredo Torres en su libro sobre opinión pública, una de cada cinco personas está a favor de una posición abstencionista del Estado en la economía, mientras que la cuarta parte está en una posición socialista tradicional. La mayoría se inclina por un mercado regulado en distintos grados y matices dependiendo de cada persona. Por ello es que temas como los laborales resultan sensibles.

Pero también existen otros límites a la visión tecnocrática. Los hoy ministros Piero Ghezzi y José Gallardo escribieron un interesante libro sobre las tareas pendientes para la economía peruana. Pero que, según Vergara, tenía detrás el mito del gobierno tecnocrático:

Seguramente es deseable tener más profesionales con PhD en el Estado, pero sobre todo necesitamos rehabilitar la relación entre Estado y ciudadanía de tal manera que las políticas económicas exitosas de los últimos veinte años tengan continuidad en el tiempo mediante pactos que involucren a la sociedad y sus representantes políticos y no que prosigan por la mera imposición de sectores sociales o tecnocráticos sin legitimidad electoral.Nuestro sistema carece de la legitimidad (y, por tanto, de la estabilidad) que nace cuando se encuentran ciudadano y política pública por la vía de la política y sus representantes. Somos una democracia representativa, si acaso hace falta recordarlo. Es esta carestía la que nos pone al borde de patear de tablero cada cierto tiempo. Los tecnócratas no construyen legitimidad.

Me resulta difícil imaginar cómo podríamos superar esa desconfianza entre ciudadanía y políticas públicas a partir de las recetas de este libro. Tomemos por ejemplo lo propuesto para crear unas economías regionales más dinámicas. Los autores reclaman un Estado más activo para incentivar la inversión privada (o sea, para repetir la idea, en términos económicos se plantan a la izquierda del mainstream limeño), pero cuando se trata de establecer cómo se debería implementar todo ello nos dicen que “estas políticas deberían ser directamente coordinadas desde el MEF” (p. 166). Y entonces yo me pregunto: ¿y las regiones no tendrán algo que decir en asuntos regionales? En fin, se otorga poca voz a la sociedad a lo largo del libro. Ella es, más bien, fuente de problemas: “El caso de Cajamarca es un ejemplo notable de cómo la acción de grupos de interés con influencia (una empresa de escala mundial, grupos políticos regionales, proveedores, grupos ambientalistas, grupos políticos nacionales, productores informales) causan un funcionamiento burocrático largamente imperfecto” (p. 93). A menos que yo haya comprendido mal, ¿lo imperfecto es que exista la sociedad con sus intereses divergentes? ¿Deberían los cajamarquinos de toda tendencia ser súbditos dóciles del “funcionamiento burocrático” perfecto? ¿Qué tipo de democracia sería esa?

Vale la pena preguntárselo porque el anhelo de tecnocracias iluminadas tiene en el Perú y en América latina un viejo pedigrí autoritario. Cada quien ha creído que su propia tecnocracia era la buena y la que sabía “de verdad” lo que el país requería. Lo creyó Velasco y sus militares leídos (Alfred Stepan les llamó “the strategic elite”) y también lo creyeron Fujimori y sus Boloñas. Pero, como demuestra la experiencia, estos proyectos desligados de la sociedad y encabezados por lúcidos tecnócratas, llegado el momento se desvanecen pues carecen de legitimidad popular. Sin contacto con la sociedad, sucumben cuando la cosa se pone cuesta arriba. Para bien y para mal, la democracia no es el sistema donde se premia necesariamente a las mejores ideas, sino a quienes construyen coaliciones exitosas para sacar adelante esas ideas. Cuanto más inclusiva la coalición, más legitimidad obtiene la reforma y mayores las posibilidades de que perdure en el tiempo. El tecnócrata es un tigre de papel sin respaldo político. Esta preocupación por la política, lamentablemente, no aparece en el libro.

Termino. Considero que es importante que, cada día más, el sector público tenga a personajes calificados en sus puestos más altos, asesores y mandos medios. Será una importante contribución para el país. Sin embargo, estos técnicos no deben olvidar que su ingreso al Estado supone su entrada a un campo en el que deberán negociar, convencer, dialogar y también tomar decisiones. Implica formar coaliciones, saber persuadir y no hablar con un tono de quien está siendo condescendiente con el ciudadano. Supone conocer los argumentos contrarios para saber como rebatirlos y no ridiculizarlos. Y, sobre todo, implica tener claro que no se habla para los ya convencidos.  No basta con tuits coordinados en todas las cuentas del Poder Ejecutivo y que, además, pueden ser rebatidos con cierta facilidad. En suma, implica hacer política, palabra a la que nuestros tecnócratas deberían perderle el miedo.

(Foto: Perú.21)

CLIMA LABORAL

La discusión sobre la ley laboral para jó­venes nos ha mos­trado a dos sectores bastante disímiles. De un lado, un grupo considera que nuestro país debe flexibilizar aún más las reglas en torno al mercado del trabajo. Algunos se decantan por reducir los montos de rubros como CTS, vacaciones o gratificaciones; otros por eliminar la indem­nización por despido arbitra­rio. La preocupación central se encuentra en los costos para el empleador.

De otro lado, otro bloque indica que la flexibilización laboral que viene desde la dé­cada de 1990 ha precarizado el empleo y, por tanto, antes que la creación de un nuevo régi­men especial en esa línea, debe fortalecerse las facultades fis­calizadoras del Ministerio de Trabajo. Su inquietud mayor va por la preservación de los derechos del trabajador.

¿Existen coincidencias entre facciones tan contra­puestas? Ambos consideran que la ley que ha motivado la discusión de esta semana no solucionará el problema de la informalidad laboral. También creen que existen problemas como la compe­titividad y productividad de empresas y trabajadores que deben afrontarse con medidas vinculadas a la tri­butación y, sobre todo, a la educación en todos sus ni­veles. Y, en el fondo, existe la conciencia que el estado actual de la regulación labo­ral no puede sostenerse más, discrepando en el tipo de me­didas a aplicar.

¿Hay algún punto medio? Quizás el modelo de flexise­guridad, adoptado en Dina­marca y que combina contra­tos flexibles, capacitación y fuerte protección en seguri­dad social, pueda ser la base para un encuentro entre am­bas posiciones.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 21.12.2014)

(Foto: La República)

POR UN RELEVO EN EL MINISTERIO PUBLICO

Si ha existido una institución que se ha encontrado en el centro de las preocupaciones periodísticas durante todo el año ha sido el Ministerio Público.  Los casos más significativos de corrupción regional y nacional e incluso aquellos que han sido percibidos por un sector de la opinión pública frente a problemas más importantes pasan por una institución que debe, en el papel, impulsar adecuadamente la acción penal frente a los delitos que se cometen en el país.

El liderazgo de está institución se encuentra en cuestionamiento desde su propia elección. Para Carlos Ramos Heredia, ser pariente lejano de la esposa del Presidente de la República es el menor de sus males. La designación por sus pares estuvo marcada por movidas en torno al Consejo Nacional de la Magistratura, que colocó a dos de las fiscales que votaron por él en los meses previos a su elección.

Por si fuera poco, Ramos Heredia ya venía con varios cuestionamientos, tanto por su actuación como investigador de delitos como al frente de la Fiscalía Suprema de Control Interno. Ricardo Uceda y Daniel Yovera, durante este año, han documentado claramente cómo casos como Utopía y La Centralita se vieron perjudicados por su actuación. En lo que respecta a Ancash, también se han señalado la presunta cercanía amical con algunos de los implicados, que el Fiscal de la Nación ha negado. Todas estas cuestiones ya le han costado cuatro investigaciones ante el Consejo Nacional de la Magistratura.

Esta semana, la situación del Fiscal de la Nación se ha complicado aún más. Como bien reseña Augusto Álvarez Rodrich en su columna de hoy, el semanario Hildebrandt en sus Trece ha registrado que tres personas vinculadas a la red liderada por Rodolfo Orellana señalaron que el Fiscal de la Nación visitó al controvertido empresario y abogado cuando era Fiscal Supremo de Control Interno. Si bien Ramos Heredia ha negado esta versión – incluso esta mañana en RPP -, lo cierto es que aquí hay otro indicio que deberá indagarse. De hecho, Uceda ya había deslizado la posibilidad de la existencia de vinculaciones entre Orellana y el Fiscal de la Nación. Y, por si fuera poco, Proética, capitulo peruano de Transparencia Internacional, ha condicionado su permanencia en la Comisión de Alto Nivel Anticorrupción de la PCM a la salida de Ramos Heredia del cargo, debido a los severos cuestionamientos en su contra.

Si ya estas cuestiones deberían convencer al lector de la necesidad de un relevo en el Ministerio Público, añado una más. Tener un Fiscal de la Nación con tantos cuestionamientos lo hace débil frente al poder, sea este político o económico. Y no solo me refiero con ello al gobierno, sino también a cualquier tipo de fuerza política o grupo empresarial. De hecho, otra de las actuaciones poco felices del Fiscal de la Nación fue el archivamiento del caso que involucra al congresista Julio Gagó en relación con contrataciones estatales que vulneraban la norma sobre la materia, cuestión que podía complacer, además del involucrado, a una bancada fujimorista que puede decidir el futuro de Ramos Heredia, considerando que el camino para una acusación constitucional en su contra pasa por el Congreso de la República.

Desde los atroces tiempos de Blanca Nélida Colán al frente del Ministerio Público, no veíamos que el Fiscal de la Nación fuera tan cuestionado en su cargo. Por ello, su pronta salida del cargo le dará un respiro a una institución cuya crisis, en el último año, ha sido más notoria. Y dicho relevo debe ser acompañado por un plan serio de reforma institucional que adecue a este ente estatal a una mejor efectividad en la persecución del delito en el Perú.

(Foto: La República)

EL DILEMA DE PPK

No me sorprenden las vacilaciones de varios políticos en torno a la Ley que establece un régimen laboral especial para jóvenes entre 18 y 24 años. Hace buen rato que el fujimorismo resulta siendo inconsistente con las propias reformas que impulsó en los años 90 (hasta que a su líder le dio por reelegirse sucesivamente ad infinitum) y Alan García posee la camaleónica habilidad de justificar la Ley PYME en 2007 con los mismos argumentos que hoy critica como justificación de la legislación aprobada en este gobierno. Con ambos ya en el partidor electoral, será más frecuente ver cómo se acomodan frente a los distintos hechos de coyuntura.

Pero en quien sí ha sorprendido el cambio de posición es en Pedro Pablo Kuczynski. Como bien se ha recordado esta semana de debates laborales, el líder de Perú Más no solo estaba a favor del nuevo régimen, sino que incluso colocó en un tuit, que luego borró, que el mismo debería extenderse a las personas que tienen hasta más de 30 años. Y luego de ello, para que “no lo malinterpreten”, soltó un video en el que explica su – algo críptica – propuesta sobre la materia.

PPK se encuentra en una encrucijada bastante compleja en términos políticos. Sus ideas están mucho más cercanas al sector de peruanos que se encontraba satisfecho con los logros económicos obtenidos durante los últimos 15 años y que busca una opción tecnocrática de gobierno. En ese espacio de electores, no solo no se cuestiona el actual modelo de desarrollo del país, sino que también se busca introducir los mismos criterios gerenciales de la empresa privada hacia el sector público. No es casual que en este grupo de compatriotas se concentren las mayores defensas hacia la norma propuesta por el Poder Ejecutivo y aprobada por el Congreso de la República.

Al mismo tiempo, el candidato Kuczynski es consciente que, incluso para pasar a segunda vuelta, no le basta con este sector de votantes, sobre todo porque Alan García y Keiko Fujimori han apuntado hacia el mismo en los últimos años. Y debe ampliar su público hacia sectores que no se encontraban dentro de su radar. Y la pregunta es si el perfil del tecnócrata exitoso podrá derivar hacia un candidato con pocas definiciones o, en el mejor de los casos, con un perfil más centrista.

Ojo, el problema no es nuevo. Ya en 2011 se generó una controversia en torno a una propuesta para reducir las vacaciones que enunció el entonces jefe de plan de gobierno de PPK, Pablo Secada, que el entonces candidato tuvo que enmendar rápidamente. Así las cosas, será complicado para el reconocido economista poder sostener un giro que no difumine su perfil, a menos que su programa de gobierno sea menos tecnocrático de lo que presentó en la elección anterior. Es claro que no podrá ganar apelando únicamente a un programa liberal en lo económico, pero corre el riesgo de perder a su “electorado natural”.

Gran dilema, Pedro Pablo, gran dilema.

EL SIGLO XX LATINOAMERICANO TERMINÓ AYER

Cuando el mundo menos lo esperaba, ayer Estados Unidos y Cuba decidieron, luego de 53 años, iniciar el camino para la normalización de sus relaciones diplomáticas. Si bien la decisión no comprende dar marcha atrás en el embargo emprendido por la potencia mundial contra la isla gobernada por una dictadura de partido único, el discurso de Obama fue claro: la estrategia actual para intentar democratizar al país más cercano a Florida, sanciones económicas incluidas, ha fracasado. Pero también supone un reconocimiento implícito, por parte de los Castro, que su economía no se puede sostener más en los subsidios (primero de la URSS, más recientemente de Venezuela).

Para entender mejor el impacto de este momento, hay que entender la relación que Cuba y Estados Unidos han tenido a lo largo de la historia. Como sabemos, el país caribeño fue de los últimos en independizarse de España y, desde que se convirtió en un Estado, tuvo una relación bastante compleja con EE.UU. De un lado, gobiernos que respondían directamente a los intereses norteamericanos. Del otro, un creciente nacionalismo. La revolución cubana contra Batista no podría explicarse de otra manera. La forma tan torpe como el gobierno de Eisenhower trató a Castro tampoco. Y, en medio de la Guerra Fría, Cuba decidió dar un salto hacia adelante, no solo enrumbando lo que era inicialmente un movimiento armado nacionalista hacia el marxismo, lo que generó tanto el fiasco de los levantamientos contra Castro impulsados desde Washington, como la crisis de los misiles que nos puso al borde de una guerra nuclear.  El bloqueo norteamericano y el posterior congelamiento de relaciones son hijos de aquel tiempo.

Con los años, el bloqueo se convirtió en uno de los principales sostenes de la dictadura castrista. Permitió generar, en un discurso que mezclaba retórica marxista con un fuerte nacionalismo, un cuco frente al cual pelear: el Imperio. Y le dio un aura romántica, para muchos, a lo que, para otros (me incluyo), no era más que una dictadura.

Durante varias décadas, Cuba no solo dividió izquierdas y derechas (y a centristas), sino que, luego de la caída del Muro de Berlín, incluso dividió al mismo lado zurdo. Por solo citar dos ejemplos, este era un tema en el que Javier Diez Canseco y Susana Villarán jamás concordaron, por remitirnos al ámbito interno. Y en una izquierda poco sospechosa de ser precisamente garante de la autocracia, como la chilena, solo recién después de un incidente en torno a la salida boliviana al mar, Michelle Bachelet pudo cerrar cualquier tipo de entendimiento con Fidel Castro. Y en privado, muchos de quienes decían defender “el proceso cubano” o resaltaban sus avances en salud y educación admitían que dicho modelo no podía exportarse a sus países.

Así las cosas, el sostenimiento de medidas que afectaban, antes que a una autocracia consolidada en lo político, a los ciudadanos de la isla, resultaba insostenible. Peor aún cuando, como señaló Farid Kahhat esta mañana en Exitosa, el exilio cubano en Miami y sus descendientes, crecientemente, apoyaban medidas de mayor apertura, frente a los políticos más duros, ubicados en el sector más recalcitrante del Partido Republicano, o sus voceros más recalcitrantes, que son quienes tienen más cabida en determinados medios.

Todo ello explica por qué Nicolás Maduro, principal benefactor del régimen cubano, con el precio del petróleo a la baja, tenía cara de circunstancia ayer. Y por qué Marco Rubio se oponía a la medida y Carlos Alberto Montaner señalaba que el ganador era Raúl Castro.

Ninguno de ellos se da cuenta que los autócratas cubanos están tratando de manejar su propia transición, sobre todo económica. Lejos de los entusiasmos de algunos por un pronto establecimiento de la democracia en la isla – un deseo personal, por cierto – creo que los Castro buscan salir hacia un tipo de régimen que mezcle cierto grado de apertura económica con el mantenimiento de un régimen que seguirá teniendo severas restricciones políticas. Obama era consciente de ello al decir que habrían temas en el que se mantendrían diferencias.

Finalmente, cabe resaltar que la administración Obama, que no había tenido muchos acercamientos a la región, brinda quizás el mayor cambio de política frente a América Latina en décadas. Buena parte de este viraje se ha debido a la mediación de otro líder latinoamericano – el Papa Francisco -, pero también por cuestiones de real politik de ambos. EEUU sabe que llevarse bien con Cuba le quita peso a Rusia y a Venezuela. Cuba requiere inyección de capital para emprender una transición económica. La gran duda es hasta donde llegará la apertura política. Aún así, puede considerarse que el último legado del siglo XX que quedaba en la región terminó ayer.

(Foto: La República)