ZILERI

En la casa de varios de mis tíos, Caretas siempre fue una publicación imprescindible. Sea por la nota política de actualidad, las crónicas sobre la época del terrorismo, la crítica de arte o de televisión (o por la calata de la penúltima página), siempre la publicación estuvo rondando las viviendas de algunos de mis familiares. Y allí fue mi primer contacto con este medio.

Conocí ya a Caretas, como lector, en los años 90. Con varios de los elementos que conformaron su combo de fin de siglo: la nota política crítica del fujimorismo; la ventana presta a la oposición democrática; una sección económica que críticaba varias de las políticas aplicadas sin dejar de creer en el mercado; la crónica policial AB (un género creado en dicha revista); las columnas de Rospigliosi y Vivas (imprescindibles en aquellos días) y la sátira de La China Tudela en sus mejores años.

Conforme pasaron los años, pude conocer mejor la historia de la revista. Y allí cobraron mejor forma algunos de sus atributos: la portada con sentido del humor (o de la foto de impacto); una larga historia en contra de las dictaduras (de cualquiera fuera el signo que sean: Velasco, Morales Bermúdez o Fujimori pueden atestiguarlo); una escuela para la mayoría de quienes pasaron por sus salas de redacción (se me vienen a la mente los nombres de Hildebrandt, Ampuero o Gorriti como los símbolos de aquel sello personal); valientes reportajes en la época de Sendero Luminoso (recordemos, Hugo Bustíos perteneció a sus filas como corresponsal y muchas de las fotos de Caretas han sido parte de las exposiciones sobre aquellos años); grandes crónicas sobre narcotráfico (los casos Langberg, Villa Coca o Vaticano fueron cubiertos con detalle) o hasta sus notas más lúdicas.

Detrás de todo, como director de orquesta, estaba un director de apellido italiano, gritos operáticos, dramáticos cierres de edición, un periodista con olfato y alguien que – como bien recuerda Jeremías Gamboa en su novela Contarlo Todo – tenía en claro que el medio que dirigió por más de 45 años era una Ilustración Peruana. En efecto, al revisar los archivos de Caretas, están los últimos 64 años de la historia de nuestro país, en notas y fotografías. En sus virtudes y en sus defectos, Enrique Zileri fue el alma de Caretas.

Cuando dejó la dirección de Caretas, sentí que la revista dejaba parte de su ser. Y, en efecto, en los últimos años mis discrepancias con la línea editorial de la publicación han sido mayores.  Sin embargo, hasta el final, ya con la enfermedad, Zileri intentaba seguir dejando su sello. Su última obra, aún inconclusa, es su participación en la demanda de amparo sobre el acaparamiento de medios, que creo que nos podrá permitir zanjar, en la vía judicial, un debate que el Perú merece tener claro: ¿hasta donde puede llegar una corporación mediática?

En la medianoche, Enrique Zileri nos dejó, luego de algunos años de batalla con el cáncer.  Queda en el recuerdo, sobre todo, un estilo y la resistencia a tantos gobiernos autoritarios. Buena parte del siglo XX periodístico peruano se ha ido hoy.

(Fotos: Portadas históricas de Caretas recopiladas por Orazio Potestá)

2 thoughts on “ZILERI

  1. Zileri era un buen periodista y Caretas una buena revista.

    ¿Cual podria ser la causa de que le deban tanto dinero a la SUNAT? o ¿no es cierto que Caretas debe varios millones al fisco?

    Parece que no basta con ser bueno…

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  2. Siempre tenemos la costumbre de honrar al fallecido como no lo hicimos durante su vida. Es como darle demasiada importancia a la teoría en vez de a la práctica. Caretas es una revista tan vanal, como admirablemente profunda. Y ese hecho dilucida la personalidad de Enrique Zileri. Y la de su hijo Marco, ahora el genuino conductor de la revista.

    Esto último es lo fundamental para el rol que Marco ahora asume sin la supervisión de su sabio padre. Darle un fin último y relevante a la investigación veraz, a la duda y a la malicia metódicas, a la furia e ironía punzantes que Caretas típicamente ha desplegado durante su existencia.

    Sin embargo, cabe destacar que Enrique Zileri fue muy amigo de e indulgente con Alan García. Eso sí, vaya que le dedicó tremendos jalones de oreja editoriales. Uno de ellos, notable, ocurrió cuando Alan García fue insidioso con el gobierno de transición de Agustín Paniagua que le permitió volver, tras el -Enrique nunca lo pudo negar- tremendo favor que el Poder Judicial le otorgó al limpiarlo de todos sus pendientes juicios con la cuestionable medida de prescripción por caducidad de tiempo, mientras García se escondió fuera del Perú y fue considerado jurídicamente reo contumaz. Si Enrique Zileri simpatizó con Alan García a ese extremo, Marco Zileri no tiene que hacer lo mismo. Pero todo indica que así será el caso, particularmente con la responsibilidad que Alan García sin duda tiene sobre Petroaudios, BTR, Narcoindultos y todos los demás graves faenones por los cuales está actualmente denunciado o, al menos, en los que está seriamente implicado.

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