EL PRAGMATISMO NACIONALISTA DE HUMALA

Humala no es Chávez, ni es un chavista. Más allá de los entusiasmos de algunos amigos de izquierda por una posible compra de algunos de los activos de Repsol en el Perú y de los terrores de algunos amigos de derecha que nunca terminaron de confiar en él (la mayoría votó por Keiko), Humala no es un convencido de la necesidad de un esquema socialista en el Perú.

Si uno revisa su biografía – entrevista, publicada hace algunos años, hay pocas convicciones claras en Humala. Quiere una mejoría de los sectores populares, a partir de la experiencia que tuvo como oficial del Ejército Peruano en diversas zonas del país. Tiene como mira revindicar a unas Fuerzas Armadas que quedaron maltrechas luego del colaboracionismo de sus cúpulas con el fujimorato, pero ha heredado algunos conceptos de un sector castrense – la obligatoriedad del servicio militar, la visión de los militares como “guardianes socráticos” y las “empresas estratégicas” – que marcan su actuación como presidente civil. Más que un personaje ideologizado, es un pragmático con pocas ideas propias, a quien se debe convencer de un camino para que lo tome. He allí, a la vez, su ductibilidad, pero también la principal de sus debilidades como gobernante.

Entonces, ¿por qué Ollanta Humala fue tan entusiastamente a Caracas? Hay una característica de la pareja presidencial que ha reseñado bien Rosa María Palacios hace algunos domingos: la necesidad de reconocimiento del matrimonio Humala – Heredia. La primera invitación que tuvo el dúo más poderoso del país fue a Caracas, razón por la cual estarán eternamente agradecidos. Pero no es la única razón.  Algunos allegados al partido de gobierno me indicaron que también primó el factor geopolítico. En sus palabras, “antes del fallo de La Haya, no conviene tener broncas con nadie en UNASUR, donde hay mayoría chavista”.

En esa línea, ¿por qué a Humala se le ocurrió dar el primer susto a la clase empresarial, con las conversaciones para una participación estatal en los activos que Repsol está desesperado por vender? De un lado, hay que ir nuevamente a las razones geopolíticas: en Palacio no quieren que ENAP, la empresa petrolera chilena – que anda en no pocos problemas – entre a este negocio. Pero también hay que tener en cuenta que, en su lógica, cierta intervención del Estado en el manejo de recursos naturales no es vedada. Humala no es, como algunos reclaman, un liberal o un ortodoxo en materia económica, aunque sí parece ser consciente, hasta ahora, de las bondades de mantener cierto orden macroeconómico.

El presidente de la República también sabe que un sector de peruanos no está en contra de una mayor intervención del Estado en la economía. Datos del libro de Alfredo Torres sobre opinión pública: 50% está a favor de una economía donde convivan empresas estatales y privadas, existe una tendencia favorable a la regulación de precios en mercados como la gasolina y un sector amplio de peruanos, sobre todo en los sectores populares, ven con desconfianza a las inversiones chilenas. Estos datos deben ser tomados en cuenta por los amigos liberales, pues, a pesar de más de dos décadas de instauración del modelo económico que hoy tenemos, estas ideas permanecen como parte del status quo.

Y si Humala no es Chávez ni volverá a La Gran Transformación (esto lo reconoce hasta gente de izquierda como Nicolás Lynch) ¿por qué tanta histeria? Hay, sin duda, legítimas preocupaciones por la vuelta a un pasado estatista que poco bien le hizo a la economía peruana o por la corrupción en una entidad que, recordando los dos últimos gobiernos, financió una remodelación de Palacio de Gobierno en tiempos de la etiqueta azul y fue el centro del mayor escándalo de corrupción del segundo quinquenio aprista. Pero también hay otro tipo de cuestiones que dan vueltas. En su columna del viernes en El Comercio, en forma intuitiva, Juan Manuel Robles señalaba que existía un nuevo peruano que:

piensa positivo. Siempre. De hecho, el pesimismo lo ofende y ha aprendido a alejarse de él. Le tiene también fobia al estatismo, porque le recuerda a las colas, y a la rebeldía, porque le recuerda a las bombas.

Así como existe este modelo de peruano exitoso, intrínsecamente conservador porque el crecimiento o el desarrollo que ahora gozamos parece, a ojos vista, relativamente incierto o endeble (y que cuando le mencionas la palabra izquierda, entra en trompo), también existen otros peruanos a los que no les ha llegado los beneficios del crecimiento y a los que esta discusión le importa poco. Si es privado o estatal, no importa, mientras tenga un producto barato y de buena calidad.

Y claro está, están los entusiastas de las empresas públicas, quienes quieren darles una segunda oportunidad, a pesar que el mayor modelo de ellas en el país, llamado Petroperú, no tiene los mecanismos de buen gobierno necesarios para una gestión racional de nuevas actividades vinculadas al sector hidrocarburos. En el fondo, este sector, ya fuera del gobierno, quisiera que Humala diera este paso, no para una gran transformación, sino para “irritar a la derecha”. En esta conjunción de intereses e ideas contrapuestas se explica la virulencia de la discusión sobre el caso Repsol en esta semana.

De vuelta al Presidente, dicho lo anterior, ¿por qué Humala tiene tanta aprobación? No solo se debe a los programas sociales o a la buena marcha de la economía. Hay un factor del que todos hablan, pero pocos reparan en él como causa de su alta popularidad: Nadine Heredia. Estamos ante una familia presidencial modélica para un importante sector de peruanos: un jefe de familia parco y que transmite cierta imagen de autoridad al hablar duro, una esposa que está a su lado como compañera, sutil asesora cama adentro y apoyo principal y tres hijos pequeños. Es, ciertamente, una imagen conservadora, pero, en ese plano, la pareja presidencial ha sido clara, desde la campaña electoral. Y eso gusta tanto arriba como abajo, razón por la cual no nos despejarán la duda sobre una posible candidatura de Nadine, además de encontrarnos ante el primer presidente troll del siglo XXI.

Y por ello es que un personaje en tantos problemas como Alan García intenta golpear en estos puntos. “Cuidado con el chavista que quiere la reelección conyugal y que intenta volver al estatismo”. Este es el resumen del mensaje de un político en serios problemas por las narcoconmutaciones.

En el sector empresarial que votará por Alan antes que por Keiko (“para que conservador autoritario si tenemos uno que es democrático y caudillista a la vez” piensa un sector de la CONFIEP) esta frase es suscrita letra por letra. El problema está en que, como señala Álvaro Vargas Llosa, precisamente es García un personaje con poca credibilidad para sostener este mensaje, luego de lo que fue un primer gobierno estatista y un segundo gobierno donde, si bien era capitalista, tuvo todos los pecados del converso, entre ellos:

Una forma ideológica donde el mundo se divide entre exitosos y derrotados. En efecto, lo que se trata para García, a lo largo de sus numerosos discursos, el tema es pensar en grande. El que no lo hace es lo que el mismo García ha llamado un perro del hortelano: Alguien que no solamente es un derrotado como persona, sino que, según esa lógica quiere que todo el resto sea igualmente derrotado.

Lejos del chavismo y cerca de un pragmatismo que resulta ser una masacota aún ininteligible, esta última es la razón principal por la cual un presidente como Ollanta Humala debe ser fiscalizado todo el tiempo, lejos de la autocomplacencia nacional, arrastrada desde el segundo alanismo.

10 thoughts on “EL PRAGMATISMO NACIONALISTA DE HUMALA

  1. REPSOL PONE EN VENTA PARTICIPACION PAMPILLA POR QUE ESTA QUEBRADA COMO ESTA BBAV Y ESPANA CON PANDEMIA DE LA QUITA, NACIONALISTA HUMALA TIENE EL RESPALDO PARA ESTA COMPRA DE LOS GARANTES MARIO VARGAS LLOSA Y ALEJANDRO TOLEDO.+FACEBOOK MARIANO LOO

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  2. Lo mejor del artículo:
    Lejos del chavismo y cerca de un pragmatismo que resulta ser una masacota aún ininteligible, esta última es la razón principal por la cual un presidente como Ollanta Humala debe ser fiscalizado todo el tiempo, lejos de la autocomplacencia nacional, arrastrada desde el segundo alanismo.
    Añadido:
    El Perú carece de políticos inteligentes porque simplemente no hay formación en ese sentido y los partidos políticos con mayúscula no existen. Son agrupaciones que renacen cuando se aproximan las elecciones.
    Como no tienen aún programa “politico específico buscan aparecer hoy con historia de la sra de presidente que para nosotros solo tiene la capacidad y mérito de ser la mujer del que dirige el país.

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  3. Yo tambien lo pienso asi al menos por ahora. El problema en todo caso no es que Ollanta sea o no sea tal o cual sino lo que hay atraz de el o a su costado. Mientras siga gobernando “el” estara bien, salvo algunos tropiesos como esto con la peninsula espanola.

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  4. “¿Sabe usted con quién está hablando?” (Alberto Vergara Paniagua)

    Me pregunto con genuina intriga si los peruanos estamos más cerca de la jerarquía o de la horizontalidad, del estamento o de la democracia.

    En los años sesenta, el politólogo argentino Guillermo O’Donnell comparó las relaciones entre clases sociales en Río de Janeiro y Buenos Aires y constató que las clases altas cariocas cuando quieren poner en su sitio a alguien, le espetan: “¿Sabe usted con quién está hablando?”, mientras que en Buenos Aires esta forma de emplazamiento era infructuosa pues el presuntuoso desafiante era cortado de plano con un porteño: “¿Y a mí qué carajo me importa?”. Detrás de estas actitudes cotidianas, decía O’Donnell, descansaban una sociedad con jerarquías claras (la carioca) y otra igualitaria que no las toleraba (la bonaerense).

    Desde hace un tiempo me pregunto con genuina intriga si los peruanos estamos más cerca de la jerarquía o de la horizontalidad, del estamento o de la democracia. La intriga proviene de los cambios acelerados que sufre la sociedad peruana recientemente. ¿Cómo negar que esta es cada vez más próspera y que barrios enteros que hasta hace poco parecían condenados a la pobreza perenne hoy se convierten en espacios donde se erigen cafés y multicines, gimnasios y centros comerciales, dando lugar así, por primera vez, a una vida urbana en el país? Y se expanden servicios que antes estaban reservados a ciertos sectores: clínicas exclusivas estrenan locales en el interior del país y se alzan academias de inglés —como el enorme y moderno local del Británico en San Juan de Lurigancho—, gracias a las cuales miles de personas accederán a un idioma que hasta hace muy poco era privilegio exclusivo de una minoría.

    Sin embargo, tampoco podemos negar que esta ampliación de servicios y mejora en la calidad de vida de los estratos bajos y medios de las ciudades también vienen acompañadas del recrudecimiento de comportamientos que uno desearía enterrados. Hace muy poco, en el edificio de un amigo, los propietarios sometieron a votación si las trabajadoras domésticas tenían derecho a usar el ascensor, ya que algunos propietarios preferían reservarles únicamente las escaleras; en cada nueva camioneta cuatro por cuatro que atora el tráfico limeño veo en el asiento trasero una “nana” bien vestidita de azul; hay una vuelta desagradable de páginas y páginas de “sociales” con sus fiestas caucásicas; y cuando ves los planos de un departamento limeño, aparece un cuadradito llamado “depósito”, que es donde habrá de vivir una empleada doméstica (es ilegal que cualquier cosa de ese tamaño sea llamado “habitación”), pero el vendedor hace mutis sobre el “depósito” y el comprador tampoco pregunta, y así vamos por la vida haciéndonos los cojudos con prácticas que bien podrían aparecer en el sur estadounidense de Faulkner.

    Así que no sé. ¿Estamos más cerca del carioca o del porteño que observó O’Donnell? Me gustaría explorar la cuestión con tres libros recientes (dos del 2010 y uno del 2007), dirigidos al público en general y que suelen ser utilizados en los debates públicos en el país. Por cuestiones de espacio, no puedo hacer un comentario minucioso de cada uno y privilegiaré sus argumentos centrales sin entrar a los matices de estos tres interesantes libros.

    El primero es Al medio hay sitio del especialista en márketing Rolando Arellano (Arellano Marketing y Planeta, 2010). Su libro es un optimista recuento del desarrollo del mercado en el Perú urbano contemporáneo. Según su diagnóstico, la sociedad peruana se ha igualado radicalmente en los últimos años, ya que ni los ricos son ya tan ricos ni los pobres, tan pobres. De ahí su insistencia en que ya no contamos con una “pirámide” social sino con un “rombo” social pues la clase media se ha ensanchado. Ante semejante transformación igualitaria de la sociedad peruana, es un error, asegura Arellano, analizarla y diferenciarla a partir de los clásicos niveles socioeconómicos (los populares A, B, C, D, E) y lo que correspondería ahora es, más bien, hacerlo por los hábitos que poseen los individuos: sus “estilos de vida”. La distancia social en el Perú ya no está signada por los bolsillos, sino por las costumbres. Hoy, por ejemplo, tanto el dueño de una flota de treinta camiones como un taxista que alquila su auto diariamente pueden comprar el mismo diario y tener las mismas aspiraciones en la vida, por lo cual “quizás antes existían diferencias radicales en el pensamiento político de ricos y pobres, pero es evidente que con los movimientos sociales eso cambió” (p. 176).

    Arellano excluye de su preocupación cualquier consideración por el mundo rural (p. 75); a él le interesa la nueva vida urbana e igualitaria, donde ya no es extraño que las familias tradicionales de Lima “tengan amigos que viven en Los Olivos” (p. 46). Su libro es tan entusiasta que no duda en utilizar un ejemplo traído de Suecia (el país democrático por naturaleza) para ilustrarnos sobre cómo en el Perú también los consumidores son muy similares entre ellos (p. 146). En resumen, el libro de Arellano está abocado a subrayar los gigantescos cambios en la sociedad peruana identificándolos como un proceso en el que los peruanos hemos ido haciéndonos cada vez más iguales (lo cual podríamos asimilar a la construcción de una comunidad más democrática). El libro es, en resumen, una Peruvian success story (me disculpan, pero el márketing convoca al inglés).

    La otra mejilla de la historia la encontramos en Nos habíamos choleado tanto del psicoanalista Jorge Bruce (USMP, 2007), libro que dio origen a un rico debate. En este texto también estamos situados ante la nueva Lima boyante, pero ya no para celebrarla sino para enjuiciarla. Si Arellano está abocado a subrayar los cambios, Bruce prefiere desnudar aquello que “se ha resistido a evolucionar” (p. 15): el racismo y la desigualdad social. El primer capítulo comienza con unos jóvenes en una exclusiva playa de Lima burlándose del mozo que los atiende. Vale decir, la escena explicita lo que atravesará todo el libro: a pesar de los cambios económicos y sociales que hemos vivido (el enriquecimiento de la ciudad, las nuevas playas exclusivas), el clasismo y el racismo perviven “como uno de los ingredientes más característicos de nuestro lazo social” (p. 45), el cual posee “una dimensión estructurante” para los peruanos (p. 112). Y puesto que Bruce es psicoanalista, registra con más agudeza la perseverancia del racismo en las “mentalidades” de la gente. Estas persistentes manifestaciones de la desigualdad en el Perú dan lugar a que llevemos una vida democrática llena de sobresaltos (de Sendero Luminoso a la emergencia de outsiders poco comprometidos con las instituciones democráticas). También es interesante notar que si Arellano utilizaba un ejemplo sueco para ilustrar lo que sucede en el Perú contemporáneo, Bruce nos dice que el Perú está cerca de una “Sudáfrica solapa” (p. 111). No se podría haber encontrado mejores y más contrapuestos símiles para ilustrar ambas tesis: la igualdad de los peruanos, el primero, y la desigualdad, el segundo. En resumen, para Jorge Bruce, el Perú está muy lejos de poseer una sociedad democrática compuesta, como quería Tocqueville, par des semblables (me disculpan, pero el psicoanálisis convoca al francés).

    ¿Pueden tener razón ambos libros al mismo tiempo? Tal vez sí, si reacomodamos la terminología de las diferencias. Quizá Arellano está constatando mucho más la “modernización” de la sociedad peruana que su “democratización”. Es decir, el país va dejando de ser “tradicional”, por lo cual lo urbano se ha impuesto sobre lo “rural” y en estas ciudades los pobres ya no son tan pobres (“los pobres peruanos son la verdadera clase media”, dice Arellano, p. 143), y entonces ahora tienen acceso a salarios y servicios que les permiten vivir decorosamente. Pero… ¿es esto equivalente a decir que nuestra sociedad está compuesta masivamente por individuos “iguales”? Y del lado de Bruce, tal vez a fuerza de buscar una sociedad igualitaria y democrática en la vida cotidiana (sobre todo en las clases altas y tradicionales), no repara en los grandes cambios modernizadores en el conjunto de la sociedad que son indispensables para poder conseguir la sociedad democrática que todos queremos. Acaso ambos autores olvidan —cada uno desde su perspectiva— que toda sociedad democrática es moderna pero no toda sociedad moderna es democrática.

    Un tercer libro de reciente aparición que me parece una suerte de diagnóstico intermedio entre los dos precedentes es Opinión pública 1921-2021 de Alfredo Torres (Aguilar, 2010). Es un recorrido ameno por el proceso de modernización de la sociedad peruana desde 1921 hasta nuestros días, siguiendo con atención la construcción de la “esfera pública” peruana. Alfredo Torres se esfuerza reiteradamente por mostrarnos que la “opinión pública” en el Perú está llena de diferencias, contradicciones y distancias. El libro es menos limeño-céntrico que los dos precedentes. Si me permiten traducir su tesis al tema del que he venido hablando aquí: ni somos la sociedad igualitaria donde las clases sociales ya no importan (solo si cuajase una clase media en las próximas décadas —dice Torres en debate con Arellano— podríamos abandonar los criterios socioeconómicos y comenzar a segmentar la vida peruana desde otros criterios, p. 197-8) ni seguimos siendo irremediablemente virreinales. Por el contrario, en el recuento de Alfredo Torres vemos que la sociedad peruana se ha modernizado y que la opinión pública se ha democratizado. Sin embargo, este proceso es incompleto y desigual y en muchas partes del libro el autor está abocado a mostrarnos las brechas que marcan nuestra opinión pública: los Tratados de Libre Comercio, por ejemplo, son mayoritariamente apoyados en Lima pero rechazados en el sur del país; lo mismo sucede con la exportación del gas, aplaudida en Lima pero abucheada en el sur (p. 158). Y así, a pesar de la modernización de muchos sectores de la sociedad, sobrevive la tentación “autoritaria” y la “paternalista”, lo que lo lleva a concluir, a la manera de un claroscuro angustioso, que “la democracia liberal solo es atractiva para una minoría en el Perú” (p. 173).

    Más que una reseña de libros, el objetivo de esta columna es preguntarnos por el rumbo que va adoptando nuestra sociedad y procurar que se discutan los temas fundamentales que estos textos abordan. Lo que queda claro es que no falta trabajo para los científicos sociales. ¿Al modernizarnos nos acercamos necesariamente a la democracia? ¿O acaso al modernizarnos solo vamos convirtiéndonos en una sociedad tradicional con más plata? ¿Estamos más cerca de Suecia o de Sudáfrica? ¿O no será, tal vez, que las desigualdades se hacen patentes y odiosas justamente en sociedades que ya no son tan dispares? Y, finalmente, si a usted mañana le disparan un “¿Sabe usted con quién está hablando?”, ¿se queda de una pieza o responde: “A mí qué carajo me importa”?

    http://www.poder360.com/article_detail.php?id_article=5125

    Nota: Lee mas a Alberto vergara y deja de tomar en serio a “opinologos” que al guiarse por pasiones o intereses particulares nunca la chuntan: Fernando Rospigliosi, Pedro tenorio y Cecilia Blume.

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  5. No se confunda, Ollanta

    El presidente Humala está muy confundido si de verdad cree que comprar La Pampilla y más de 300 grifos puede ser una gesta, un golpe a la oligarquía, un llamado de atención al mundo sobre la vigencia de “la gran transformación”.

    Hay mucho por hacer en el Perú. El gobernante que crea que lo suyo es ser simplemente un administrador más o menos eficiente del statu quo está condenado al fracaso o a sumar al embalse de irritación que aún se aprecia a nivel ciudadano.

    Presidente, si usted quiere convertir al Estado en un agente decisorio, tiene a su disposición sinfín de otras tareas infinitamente más relevantes. Emprenda, por ejemplo, señor Humala, la reforma en serio del desastre educativo. Arriésguese, rompa esquemas, marque la pauta, enfréntese a los poderes existentes. ¿Por qué no revisa, el esquema de distribuir cupones de subsidio a los ciudadanos, directamente, sin intermediación de las burocracias del Ministerio de Educación para que cada peruano decida dónde pone a sus hijos a estudiar? Eso sería audaz y exigiría enormes energías políticas.

    Atrévase a despedir a decenas de miles de zánganos que anidan en el sector público y con ese dinero mejore radicalmente la infraestructura hospitalaria y de postas médicas. O entregue tales establecimientos en concesión, con resultados exigibles, metas cuantificables.

    Respire hondo y arremeta contra la mafia policial. ¿Se atreverá usted a sacar a los policías corruptos del país? ¿Se animará a ponerle candado a los procesos de compras militares y policiales, nido de fortunas injustificables? Para eso se necesitan pantalones de verdad, no para comprar grifos, presidente.

    Quizás, Ollanta, a usted le moleste la banalidad nociva de ciertas cúpulas empresariales. Pues que sientan la mano. ¿Por qué no se atreve, por ejemplo, a eliminar la obligatoriedad de aportes a las AFP y crea un libre mercado real? ¿O por qué no detiene la salvaje manera con que muchos bancos, aseguradoras y las mencionadas AFP vulneran los derechos ciudadanos?

    ¿Está harto de que los oligopolios farmacéuticos hagan lo que les da la gana en contra del bolsillo de los pobres? Pues permita, agresivamente, una mayor competencia. O si quiere que el Estado tenga algo que decir, de cuerpo presente, asegure la provisión masiva de genéricos en las farmacias de EsSalud o del ministerio. Va a ver cómo se agitan los mercantilistas.

    Y si de acotar el mercado de combustibles se trata, pues baje los impuestos (es un escándalo lo que se recauda vía las gasolinas), favorezca la libre importación y, sobre todo, impida que los lobbies griferos refrenen mediante argucias legales en las ventanillas municipales que se abran más grifos. Métale una cuadrada al jefe del Indecopi, que se hace de la vista gorda al respecto.

    Siga usted poniéndole coto al desmadre de muchos pesqueros que creen que el mar es suyo, que no le tiemble la mano a la hora de sancionar a las empresas que violan los contratos laborales (ojo con las miles empleadas domésticas sometidas a yugos coloniales), a las mineras que contaminan impunemente, a las empresas de transporte que causan miles de muertes en las carreteras. Avance más señor presidente. Atrévase a romperle el espinazo a las políticas de discriminación racista y clasista que signan nuestra sociedad. Derribe los muros de la vergüenza, que expropian parques, playas y cerros para beneficio de unos pocos.

    Tiene mucho por hacer señor Humala. No pierda su vena contestataria, que ella es bienvenida en una sociedad disfuncional como la peruana. No se deje seducir por los cantos de sirena de la derecha borrica del país, pero, por favor, que su fastidio contra ese orden de cosas no se devalúe a través de iniciativas francamente pueriles y absurdas. Tome las banderas de la libertad económica y con ellas enfrente a pie firme las mañas de los grupos de poder mercantilistas. Si eso es lo que quiere en serio, le van a faltar horas de su tiempo. No cometa la torpeza de resucitar al Estado empresario. Eso no es de izquierda ni es revolucionario. Es un capricho populista, frívolo y abusivo. Hay mejores formas de pasar a la historia.

    http://revistavelaverde.pe/2013/04/29/no-se-confunda-ollanta/revistavelaverde

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  6. ESTATISMO, PRIVATISMO Y MAMARRACHOS RETRÓGRADOS (I) (Jose Villaorduna)

    Si algo ha producido más histeria en el Perú que la poco transparente elección de Nicolás Maduro en Venezuela, es la ahora casi segura compra de los activos de Repsol por parte del gobierno peruano (bueno, tal vez ésto produjo más histeria). Y aunque parecía que en este tema íbamos a mostranos más reflexivos, aunque no hay aún una ola de suicidios tras las declaraciones de Ollanta Humala, ya salió la Confiep a decir que estamos camino a convertirnos en Cuba. ¿Es cierto? ¿Se nos viene encima la Gran Transformación? ¿Humala es el nuevo Hugo Chávez? Lamentablemente, en este tema parece que nos estamos guiando más por lo que dice el manual que por lo que enseña la realidad.

    1. La razón por la que los liberales nos solemos oponer a un Estado empresario no es por la existencia de un mandato cuasi religioso, tallado en piedra por los padres del liberalismo, que lo prohíba. Actuar de ese modo, como de hecho han actuado muchos de los escandalizados con los coqueteos del gobierno para comprar los activos de Repsol, no nos diferenciaría en absoluto de los fanáticos religiosos que se oponen a que se enseñe evolucionismo en los colegios.

    (A juzgar por las últimas portadas de Perú21, Fritz debe estar vendiendo sus casas y autos, y rematando sus acciones en la BVL después de la entrevista de ayer a Humala… naaaaaaaaah)

    La razón de dicha oposición es más bien práctica: los incentivos de un empresario privado vs. los incentivos del Estado, suelen determinar diferencias en la eficiencia de sus respectivas gestiones empresariales. El mayor incentivo del dueño de una empresa privada es ganar plata, mientras que el mayor incentivo de las personas que están a cargo del Estado (es decir, de los gobernantes de turno) es ganar votos. Si tú manejas una empresa con la idea de ganar plata vas a tener resultados muy diferentes que si la manejas con la idea de ganar votos. Y esa ha sido la razón por la que nuestra experiencia con el Estado haciéndola de empresario ha sido desastrosa.

    ¿Eso significa que jamás una empresa estatal podrá ser igual o incluso más eficiente que una empresa privada? Para nada. Estar consciente de los diferentes incentivos entre gobernantes y privados puede llevar a neutralizar los incentivos perversos que llevarían a una mala gestión empresarial, a través del diseño institucional. Pero recalco el condicional: “podría“.

    2. Un ejemplo de cómo el diseño institucional puede neutralizar los incentivos perversos de nuestros gobernantes es nuestro elogiado Banco Central de Reserva. Si puede parecer peligroso un Estado empresario, más pavor debería producir un Estado con la potestad de emitir billetes. Cualquiera que haya vivido la experiencia de ir al mercado o intentado conservar sus ahorros a finales del primer gobierno de Alan García, puede recordar ese terror. Y es que la forma en la que un gobierno suele pretender ganarse las simpatías de sus gobernados (y sus votos) es regalando muchas cosas. Y para comprar esos muchos regalos, el recurso más inmediato es imprimir mucho dinero. Eso produce inflación y ya conocemos sus resultados (hoy, esa situación la conocen sin necesidad de acudir a libros de texto, venezolanos y argentinos). Por esta razón, economistas liberales como Friedrich A. Hayek proponían eliminar el monopolio de la banca central y permitir que cada banco privado emita su propio dinero, pues para él los gobiernos solían ser inmorales y decepcionantes como emisores de dinero.

    Para Hayek y muchos economistas de la escuela austriaca, la emisión de dinero era cosa de empresarios privados, y lo que era más bien una aberración es que sea el Estado el que fabrique dinero. De hecho, hace 200 años no era raro que fuesen los bancos privados los encargados de emitir billetes, hasta que entre fines del siglo XIX e inicios del XX el sistema de la banca central se impuso. Durante el siglo XX vimos pésimos ejemplos de funcionamiento de la banca central, con hiperinflaciones como la alemana en 1923 o la peruana del primer gobierno de García.

    Sin embargo, y pese a esos y otros casos en que el Estado demostró ser lo inmoral y decepcionante que decía Hayek, el camino no fue vetar al Estado de la banca central, sino crear un diseño institucional que garantizara el bloqueo de todos los incentivos perversos que lo puedan llevar a generar inflación. Entonces, aunque la teoría liberal diga que el rol de imprimir billetes debe ser entregado a la banca privada porque el Estado siempre será un pésimo emisor, un sistema de candados institucionales puede convertir al Estado en un buen banquero central. Nuestro BCR es un ejemplo a nivel mundial de un buen diseño institucional. Si eso se puede conseguir en un negocio tan complicado y peligroso como la emisión de dinero, ¿por qué no se podría lograr lo mismo en otros rubros?

    3. Por eso, antes que estarnos rasgando las vestiduras frente a lo que parece ser una decisión ya tomada por este gobierno y que en otros países (como en nuestro admirado vecino del sur) no mueve ni un pelo a sus economistas, deberíamos estar preocupados por crear un buen diseño institucional para un Estado que de hecho ya actúa como empresario. Es decir, lo que es un mamarracho retrógrado es seguir negando una realidad de nuestro país y del mundo en general, cuando deberíamos estar pensando en cómo podemos neutralizar los incentivos perversos que guían a cualquier gobierno-empresario hacia el clientelismo o la irresponsabilidad.

    4. Dicho lo anterior, y dejando claro que no me escandaliza que el Estado compre una empresa privada, pienso que no está claro que la compra de los activos de Repsol sea un buen negocio para el Estado (aunque tampoco está claro que no lo sea). Y digo además que si es cierto que no tenemos suficientes recursos como para pagar mejor a maestros, médicos y policías, ¿por qué estamos gastando los pocos recursos que tenemos en una actividad que no parece prioritaria ni muy rentable? Es decir, parafraseando a Ricardo Arjona, el problema no es que el Estado invierta en una empresa, el problema es ¿necesitamos que invierta precisamente en esa empresa?

    5. Si Humala hubiese salido a decir que está decidido a invertir todos los recursos del Estado en que tengamos las mejores escuelas públicas de la región, o del mundo incluso, y que el Estado va a salir a competir, leal o deslealmente, con las escuelas y universidades privadas, de manera que tengamos tan buenas instituciones educativas públicas que terminará siendo un mal negocio tener un colegio o universidad privada, porque hasta los ricos van a sacar a sus hijos de sus carísimos colegios para ponerlos en las competitivas y eficientes escuelas públicas, pues yo mismo saldría mañana con mi letrero a marchar para pedir un Estado intervencionista y gigante en el sector educación, y me importaría un carajo que la competencia del Estado haga quebrar a colegios y universidades privadas. Es decir, que el Estado invierta, gaste, compre, contrate todo lo que quiera, pero ¿por qué no lo hace en lo que es verdadera y absolutamente necesario?

    6. Pero OK, eso es soñar. Revolucionar la educación en el Perú es algo que no lo va hacer Humala. En cambio sí va a comprar los activos de Repsol. Así que mejor dejemos de llorar y exijamos un buen diseño institucional para esa compra y para esa empresa, de manera que si Alan García y el Apra vuelven al poder, o a Castañeda le liga por fin y sale presidente con su band… perdón, con su equipo, ni siquiera en esos casos las empresa estatales puedan convertirse en un botín. Después de todo, siendo el Apra y Alan García un ejemplo de “gallina que come huevo”, ni siquiera ellos pudieron tomar por asalto al BCR en el segundo aprismo. Aunque ganas no les faltaron.

    http://dedomedio.com/destacados/estatismo-privatismo-y-mamarrachos-retrogrados-i/
    http://pedrofrancke.blogspot.com/2004/12/el-apra-y-el-bcr.html
    http://gestion.pe/economia/estado-todavia-dueno-35-empresas-que-operan-pais-2064695

    http://www.panamaamerica.com.pa/notas/521284-enap-de-chile-invertira-33-millones-de-dolares
    http://www.larepublica.pe/columnistas/contracandela/empresas-publicas-por-que-no-27-04-2013
    http://elcomercio.pe/actualidad/1570147/noticia-confiep-hemos-salido-hoja-ruta-verguenza?ft=grid

    Nota: Hace falta clases de economia e institucionalidad (buen gobierno) para todo el mundo.

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  7. Godoy: no hay pragmatismo en Humala, es demasiado optimista de tu parte. Se trata de un individuo que no tiene la menor idea de cómo proceder en cuestiones importantes, mira que ya retrocedió en la compra de Repsol alegando “razones técnicas” y demostrando que 1)propuso la compra de los activos de Repsol sin haber siquiera indagado sobre la conveniencia de la compra, o 2)hizo sus indagaciones previas y luego se asustó por la mala reacción de la Confiep. En ambos casos el gobierno hace el ridículo. Y Ollanta Humala se perfila como un influenciable por las circunstancias, con unas pocas metas claras pero sin plan alguno para llegar a ellas, o sea, resulta ser un simple “jefe indeciso” y no un líder. Y eso es preocupante para un individuo que está metido en la política nacional hace más de una década.

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