OTRAS VOCES SOBRE LA CAMPAÑA (2)

Gustavo Gorriti, co director de “La República”, es uno de los periodistas a quien más admiro, tanto por su capacidad de análisis como por los valores y principios que ha defendido a lo largo de su carrera. Gorriti formó parte del puñado de hombres de prensa que practicaron un periodismo independiente durante el fujimorato y que se enfrentó a la dictadura desde sus primeros momentos.

En su columna habitual de los domingos, Gorriti nos alertó sobre el peligro autoritario que representa Ollanta Humala y sobre la necesidad que la transición democrática pueda ser salvada. Este artículo es que presentamos a continuación.

GUSTAVO GORRITI (¡Vivan las Cadenas! – La República 19.03.06)

Si Alberto Fujimori hubiera tenido éxito en la audaz maniobra de aproximarse a Perú desde Chile, hoy amenazaría la toma del poder en medio de elecciones tumultuosas. ¿Que no? Que sí. Deprimente, pero sí.

Pero la cárcel ha operado en Fujimori un tránsito veloz de la amenaza a la inocuidad. El inquilino del sistema penitenciario chileno parece haber cambiado de prioridades y estar ahora más preocupado por su libertad que por el poder.

Todo indica que ante los dilemas que plantea el interrogatorio judicial Fujimori ya escogió la amnesia. Igual que Pinochet: la técnica Alzeheimer modificada. Es un medio patético pero probable de lograr la libertad declarando la impotencia. Claro que eso es más fácil para un octogenario que para un sesentón con novia, pero ahí están, juntos otra vez en el método, Pinochet y Chinochet, en el intento de gambetear la reja con la coartada de la ignorancia y el olvido.

En eso, en impotencia manifiesta ha terminado aquí la candidatura de sus apoderados: un bailongo entre triste y grotesco, donde hasta la señora Satomi Kataoka aprovecha su estadía en el Perú para explorar el ridículo. Hace el avioncito, toma el avión. Hoy por hoy los fujimoristas en campaña no constituyen ni siquiera una fantasía de poder sino una cercanía embarazosa.

Pero no hay razón para celebrar.

Porque mientras se esfuma (por lo menos por ahora) la amenaza fujimorista, surge otra más peligrosa aún para la democracia peruana: el humalismo.

Sostengo que el humalismo es más peligroso que el fujimorismo porque éste es conocido en su trayectoria, sus métodos y sus trucos. Aquél, como sucede con los virus nuevos, engaña las defensas, confunde los entendimientos y hasta seduce a alguna gente de ambiciones largas, entendimientos cortos y moral complaciente.

Hace menos de seis años las fuerzas democráticas en el Perú llevaron a cabo, no en un solo día sino en varios meses, las acciones que culminaron en la caída del fujimorato. Tomó ocho años librarse de una dictadura corrupta que en determinado momento consiguió apoyo popular mediante las usuales falacias de ley, orden y eficacia que manejan los regímenes autoritarios y especialmente los fascistoides.

No fue fácil terminar con el fujimorato. Fue indispensable lograr, entre otras cosas, una coalición amplísima de todas las fuerzas democráticas, desde empresarios hasta la CGTP; desde el PPC hasta los comunistas; desde jubilados hasta estudiantes; desde fuerzas nacionales hasta regionales. Y fue vital que todas se movilizaran con entrega, persistencia e intensidad y fueran convocadas con imaginación, originalidad y fuerza. Que sintiera la gente un liderazgo unificado, decidido y sin miedo alguno frente al que se consideraba entonces muy poderoso enemigo.

Aun así, lo digo ahora, la victoria fue casi por puesta de mano. Montesinos pudo haber ganado. Y no hubiera sido imposible, para nada, que ahora estuviera preparando otra re-re-reelección o entrenando a una nueva marioneta, tipo Boloña, para hacer una pantomima de transferencia de poder.

Y no estuvo a punto de ganar solo por tener la fuerza (que era ciertamente un factor), sino sobre todo por el porcentaje de oportunistas y corruptos listos a allanarse y violar la palabra y la verdad en la esperanza de conseguir un beneficio. La siempre reencarnada alcahuetocracia, presta a posar las veinte uñas, a contorsionar hasta el sofisma, si de ello emergía la posibilidad, y a veces solo la ilusión, de cercanía o beneficio.

La democracia empezó bien. Valentín Paniagua entró al gobierno de transición, si no me equivoco en el recuerdo, con alrededor del 50% de aprobación y entregó el poder con más del 80% de aprobación. Y eso fue porque hizo lo que es de esperar que haga un gobernante democrático. Luego, el régimen de Toledo asumió el rostro del presidente piñata y la bancarrota política se dio junto con el crecimiento económico.

En ese contexto creció el fascismo humalista. Y digo fascismo porque tiene todos los elementos que así lo definen: la movilización de reservistas; el uso en la vida civil de parafernalia militar; el discurso racista, violento, excluyente, azuzador de viejas frustraciones e iras nuevas, dándoles enemigos concretos a quienes odiar, por raza, apellido, ocupación; el culto al líder; los esquemas corporativos que requieren verticalidad, represión y tiempo para realizarse; el simplismo intelectual que solo se sostiene con la cachiporra o la pistola en la mano; la agresividad gritona y matonesca en la competencia política.

Cierto que Ollanta Humala mantuvo alguna distancia (generalmente muy poco convincente) de los mayores excesos de su hermano Antauro. Pero nada hubiera logrado Ollanta sin Antauro, que le hizo una campaña de cinco años, completada con un levantamiento sangriento, mientras aquel alimentaba el mito con la lejanía.

Con el hermano en la cárcel, Ollanta Humala se presentó como la versión light de la panaca fascista, lo suficiente como para cortejar a la alcahuetocracia y que ésta pudiera disfrazar su ambición con alguna retórica seudo nacionalista que baraja mal el hambre de poder y sus privilegios.

Pero la entraña autoritaria de Humala no está manifiesta solo en su origen y estructura sino en quiénes lo apoyan, en el Perú y fuera de él. Cualquiera que haya recorrido el Perú puede percatarse de la extensa maquinaria política y propagandística del humalismo. ¿Y de dónde salen los recursos? “Solo Dios lo chávez”, me dijo un antiguo político. Hay un apoyo claro y explícito del dictador venezolano a su cachorro peruano. Y Chávez, que aprendió de los errores de sus maestros Fujimori y Montesinos, amenaza con la perpetuidad de su gobierno en Venezuela. ¿Podemos pensar que Humala no hará lo mismo y aun más? ¿Podemos pensar que el capitán Carlos va a manejar el Perú con más justicia que la que utilizó en Madre Mía?

En medio de un proceso de crecimiento que solo se mantiene por la estúpida ceguera de los partidos democráticos, que buscan hundirse entre sí mientras se olvidan del enemigo que entre tanto se desarrolla, ya campean los oportunismos y complicidades. Altos mandos militares (muy altos, de hecho) conversan con Humala por lo bajo y cooperan con él ya hasta por el medio. El sueño del régimen cívico-militar está cercano. Qué decir de generales hipermontesinistas, como Abraham Cano Angulo, el antiguo protector de Humala, que debe sentir la posibilidad de triunfo de su protegido no solo como pasaporte a la libertad sino de retorno a cuotas aceptables de poder.
Algunos diplomáticos que en el pasado le doblaron la rodilla a Hermoza ya están buscando canales y ofreciendo colaboraciones. De otro lado, y por increíble que suene, gente de Perú Posible, nada menos, colabora también con el humalismo.

Por último, la ceguera o la cortedad de juicio de algunos políticos e intelectuales, que presentan la próxima elección como una confrontación entre una supuesta “derecha” y otra más supuesta “izquierda”, en lugar de un plebiscito entre democracia y dictadura, le abona el camino al humalismo.

¿Alarmista? Para nada. La democracia que tanto costó conquistar se encuentra en serio peligro ahora. Estamos todavía a tiempo de defenderla y de conjurar la amenaza, pero eso depende de una decisión conjunta y mayoritaria de las fuerzas democráticas en el Perú.

¿Cómo? Hay muchos pasos que se pueden y deben dar, y volveré sobre ello. Pero lo inmediato es centrar el discurso en el enfrentamiento democracia-dictadura.

Soy consciente de que este artículo se acerca más a la proclama que al análisis o comentario. Pero he visto lo que hacen las dictaduras con el periodismo y la libertad de expresión. Sin democracia no hay periodismo libre. Y prefiero mil veces proclamar el peligro ahora que asistir después al comienzo de un largo y doloroso invierno autoritario, mientras se escucha a alguna gente engañada que sigue el coro de idiotas y bribones que gritan, “¡vivan las cadenas!”

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