LA CAIDA, EICHMANN Y LOS NACIONALISMOS

Reflexiones sobre los cruentos efectos de los nacionalismos

De manera no buscada, en las últimas semanas he podido revisar dos obras que nos enfrentan, desde distintos puntos de vista y distintas artes, con las nefastas consecuencias que ha causado el nacionalismo en el siglo XX. Me refiero a “La Caída”, película aun en cartelera, y “Eichmann en Jerusalén”, libro de la filósofa alemana y judía Hannah Arendt.

“La Caída” nos muestra a un Hitler humanizado, pero no por ello menos terrible. Todo lo contrario. Este retrato de los últimos días del líder nazi, alojado en su bunker, nos muestran cuan alejado de la realidad estaba el Führer: da órdenes sin que se cumplan, varios de sus colaboradores lo traicionan o no cumplen sus mandatos, manda a defender Berlín a divisiones que solo existen en su imaginación, su mujer Eva Braun organiza fiestas mientras que los jefes militares sucumben al alcoholismo. Lo peor de todo: no se arrepiente de nada de lo que ha hecho. En suma, un líder patético mostrado en toda su dimensión, desde la visión de su secretaria personal.

Por su parte “Eichmann en Jerusalén” nos presenta el proceso seguido por el Estado de Israel a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS alemanas y encargado de deportaciones y ejecuciones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Hannah Arendt nos hace ver, a partir de este caso particular, como los principales colaboradores del nazismo se ven sumidos en una lógica fanática, donde lo que dice Hitler no solo es tenido como dogma, sino que fundamenta el ordenamiento legal. Al mismo tiempo, cuestiona los métodos empleados por los israelitas para procesar a este criminal de guerra y responsable de crímenes de lesa humanidad. Lo principal del libro es mostrar como para Eichmann lo que se hacía estaba bien y era acorde con el ordenamiento jurídico de la Alemania Nazi, no importándole al ejecutor nazi cuantas vidas se perdían como consecuencia de la aplicación de esta polìtica.

Vale recordar como y en que circunstancias llega Adolf Hitler al poder. Alemania vivía una crisis económica que había llevado a la pobreza a más de la mitad de su población. Los políticos y la debilitada República de Weimar no habían podido hacer funcionar de manera adecuada las instituciones consagradas en la Constitución de 1919. Los líderes militares presionaban por una revancha por la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial y no reconocían su responsabilidad por dicha derrota ni por los crímenes cometidos durante la guerra. Hitler ganó las elecciones parlamentarias y es nombrado Canciller (Primer Ministro) alemán, pero al fallecer el emperador alemán y al provocar el incendio del Reischtag (culpando a los judíos), el poder del líder del Partido Nacional Socialista Alemán pasó a ser casi absoluto. ¿No les recuerda, salvando las distancias la historia de varios países, incluyendo el nuestro?

En su ensayo “Balas al Alba”, Alberto Vergara hace una comparación entre el totalitarismo nazi y el proyecto totalitario de Sendero Luminoso. Vergara sentencia, con razón, en dicho ensayo: “una cierta Alemania produjo el nazismo, un cierto Perú produjo a Sendero”. Si bien el proyecto de Sendero como proyecto político y militar ha sido derrotado, han surgido nuevos movimientos políticos en América Latina y en el Perú que toman las banderas nacionalistas con mediano éxito popular, lo que ha hecho que algunos políticos y partidos antiguos pretendan retomar estas banderas. Un país que ha perdido la esperanza y que aun conserva muchos de los problemas que hicieron surgir a Sendero está produciendo este fenómeno político, que cuenta con serias posibilidades de llegar al poder, con las mismas dudas sobre sus calidades democráticas si llega a Palacio de Gobierno.

Como lo mencionamos la semana pasada, no creemos que este tipo de proyectos nacionalistas sean la solución a los problemas de inequidad y desigualdad que enfrentan nuestras sociedades latinoamericanas y, en particular, la peruana. Por el contrario, agrava los conflictos sociales latentes en nuestra sociedad, aspira a construir una sociedad sobre una discriminación (en este caso, sobre quienes más tienen o son más instruidos), intenta señalar que todo lo foráneo es malo y que lo “nacional” (¿alguien me puede decir como se define en abstracto un elemento que está en constante redefinición en todos los países?) es lo único bueno.

No confundamos nacionalismo con amor a la patria, chauvinismo con legítimo patriotismo, deseo de salir adelante con revancha. Si bien los regímenes que hoy se proclaman nacionalistas no llegan a los extremismos hitlerianos, queda claro que sí restrigen los derechos de su población y la condenan al aislamiento. Ser nacionalista es ser conservador, es seguir aplicando discriminación en un país calificado por algunos como una “Sudáfrica asolapada”, es seguir construyendo caudillos que, al final, harán pagar a las siguientes generaciones por sus errores.

Pensemos bien antes de votar.

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