NO, VALENTIN, MUERTITO NO VALE, VALENTIN


Me encuentro dentro del importante porcentaje de peruanos que valora el importantye esfuerzo realizado por Valentín Paniagua al frente del gobierno democrático de transición que permitió la entrada del Perú al tercer milenio en un ambiente democrático, de combate a la corrupción y de lucha contra la impunidad.

Sin embargo, el prestigio ganado por Paniagua no le ha servido de mucho hasta el momento para remontar su cuarto puesto en las encuestas, ni la sensación que su candidatura hasta el momento no levanta vuelo.

Para muchos analistas, Paniagua tuvo un gran momento de indecisión luego de renunciar a la Presidencia de Acción Popular. Lo que fue un intento de desmarque de su partido de origen para un esfuerzo de concertación más amplio culminó en una alianza de 2 partidos de centro con un grupo de tecnócratas independientes.

La alianza con Somos Perú y la Coordinadora Nacional de Independientes también le ha sido contraproducente en cierto modo. Si bien no hay cadáveres en política, para muchos Alberto Andrade “ya fue”, además que el líder de Somos Perú no logra proyectar una dimensión (política) nacional. Por su parte, Kisic le aporta los cuadros técnicos necesarios para armar un plan de gobierno consistente (en efecto, el plan de Paniagua lo es), pero no le da la empatía con los sectores populares. Quizás Paniagua hubiera ganado algo más de presencia social con Susana Villarán y Yehude Simon, pero eso sería hacer política ficción.

La audacia no es el juego de Paniagua. Sus maneras de caballero señorial de los años 50 nos recuerdan nostálgicamente a nuestros mejores catedráticos o a personas a las cuales valía la pena escuchar, pero no despierta pasiones, ni adhesiones grandes. Más aún, se le encasilla dentro de la llamada “clase política tradicional”, aquella que para la gente no podrá resolver sus problemas inmediatos, que habla demasiado de democracia e instituciones que para la mayor cantidad de personas en nuestro país son extraños o lejanos.

Lo único que le queda a Paniagua para remontar en los 70 dìas que quedan de campaña es ser más audaz. Nadie le pide que deje de ser el hombre honesto e íntegro que es, pero sí que de, alguna forma, logre el clic con la población que requiere para volver a Palacio de Gobierno. Aunque, si perdiera, no dejaría de ser la voz prudente de un ex presidente de quien, como dijimos al inicio, muchos guardamos un buen recuerdo.

(Foto: La República)

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RETOS PARA QUIEN LLEGUE A PALACIO

Reproducción de una opinión de Salomón Lerner Febres

LOS OCHO RETOS MAS IMPORTANTES PARA EL DESARROLLO EQUITATIVO Y EN PAZ

Los retos que enfrenta el Perú en su camino al desarrollo y la paz son a un mismo tiempo históricos y plenamente actuales; es decir, están vinculados con los problemas y oportunidades del mundo contemporáneo, pero también forman parte de los proyectos incumplidos del país desde que nació como Estado independiente y como democracia.

El Perú tiene que vencer un primer reto que es la consolidación de la paz después de dos décadas de un proceso de intensa violencia. Consolidar la paz no significa la suspensión de acciones armadas, actos de terrorismo, conatos de rebelión o actos de represión indiscriminada. Implica ir más allá: sacar las lecciones de la violencia para, a partir de ellas, construir una sociedad más justa, así como atender los daños concretos y las secuelas generales que dejó el conflicto interno.

Es claro que esa paz exige atender un segundo reto: el combate a la pobreza y la exclusión. Más de la mitad de la población peruana vive en situación de pobreza, y casi una cuarta parte subsiste en la miseria. Luchar contra la pobreza implica, ciertamente, buscar formas de incrementar las fuentes de ingreso y mejorar la satisfacción de las necesidades. Pero requiere, también, atacar los factores que la causan y que la hacen condición perenne para la mayoría. Esos factores se resumen en la rígida exclusión social -marginación, desatención estatal, discriminación étnica- que todavía caracteriza a nuestra sociedad.

El problema de los ingresos remite a un tercer desafío, que es el del crecimiento con empleo. El Perú ha crecido económicamente en los últimos cuatro años. Sin embargo, los peruanos no sienten mejorar sus vidas. Ello delata los caminos erráticos de nuestro crecimiento, centrado en industrias que no crean fuentes de ingreso para la población. Se debe comprender que la falta de empleos dignos no es una fatalidad, sino resultado de las decisiones de los gobiernos. Estos han de resolver si gobiernan sólo para el mejoramiento de las cifras y la atención de las deudas del Estado o para el bienestar ciudadano.

Esto plantea, como cuarto reto, el desarrollo institucional. Se ha hablado mucho en los últimos quince años sobre reforma del Estado. Pero ésta ha sido abordada de una manera tecnocrática, sin dar atención a los fines de una reforma. En un país de tan hondas desigualdades como el nuestro, no basta con «poner a punto» la administración para que funcione con eficiencia. Más importante es dar una guía ética y política a esa administración. Esa guía son las instituciones democráticas, instancias donde el Estado se expresa como servidor de una nación.

Un quinto reto es el desarrollo de un sistema político funcional a la democracia y el desarrollo. El Perú vive en una suerte de «informalidad política» desde hace casi quince años. En ausencia de un sistema de partidos bien definido, no hay forma de tomar decisiones públicas sólidas y legítimas orientadas al bien común. El predominio de organizaciones oportunistas e improvisadas en la vida política es uno de los principales obstáculos para que se adopten decisiones de Estado, del tipo de las requeridas para enfrentar la pobreza. Por el contrario, lo que el estado de cosas actual promueve es un peligroso desin¬terés de la población en la democracia.

En sexto lugar, el Perú tiene el reto de fortalecer sus organizaciones sociales. Una sociedad civil robusta es el correlato indispensable de un Estado promotor del bien común. Es, también, garantía de democracia. La historia de la violencia en el país muestra dramáticamente las consecuencias de una sociedad desestructurada. Por el contrario, una sociedad organizada es mejor defensora de los derechos de todos y obliga al Estado a responder por sus acciones cotidianamente.El robustecimiento de esa sociedad civil ha de llevar a afrontar mejor un séptimo reto: el desarrollo sostenible. Este significa, en primer lugar, garantizar nuestras posibilidades futuras con una protección del medio ambiente y, en segundo lugar, garantizar la continuidad de los esfuerzos realizados mediante participación de la población en la transformación de sus propias vidas.

Finalmente, el Perú enfrenta un octavo reto: hacer más democrático y eficiente el gobierno mediante una descentralización bien pensada política y técnicamente. La historia reciente de la descentralización no ha sido muy afortunada. Es necesario, ahora que ella avanza, tomar las precauciones para que ésta no sea un camino de frustración, sino de realización, no sólo distribuyendo competencias y recursos, sino también fortaleciendo capacidades para que los diversos pueblos del Perú puedan tomar en sus propias manos su desarrollo.

PLANES DE GOBIERNO

Aunque se que en el Perú generalmente votamos por carisma, por anti-todo, o por cualquier cosa menor por propuestas, creo que es importante evaluar que proponen los candidatos presidenciales más importantes, a fin de tener una mejor idea de que es lo que piensan hacer durante los próximos 5 años (y para fiscalizar sus futuros cumplimientos o incumplimientos).

Así, pongo a su disposición los links para que, a la hora de hacer clic, puedan acceder a las páginas de los partidos y así apreciar los planes de gobierno o completos, o los resúmenes ejecutivos, que siempre hay para los que no tienen o no quieren leer los planes completos.

Hago la atingencia que comentaré los aspectos más importantes de los planes conforme se acerquen las elecciones y (espero) la campaña se centre más en las propuestas de los candidatos.

P.D.: Aunque el APRA aun no presenta su plan, pongo su página web por si algun día se animan a publicarlo.

P.D. 2: Aunque Humala ha dicho que no tiene plan de gobierno ni piensa tenerlo, al menos pongo su página web para que observen las 4 o 5 generalidades que piensa aplicarnos de llegar a ser gobierno (Dios nos libre).

P.D. 3: No he excluido a la candidata fujimorista a propósito. Ni Cambio 90, ni Nueva Mayoría, ni Sí Cumple tienen página web.

Unidad Nacional (Lourdes Flores)
APRA (Alan García)
Partido Nacionalista Peruano – Unión por el Perú (Ollanta Humala)
Frente de Centro (Valentín Paniagua)
Concertación Descentralista (Susana Villarán)
Partido Socialista (Javier Diez Canseco)
Fuerza Democrática (Alberto Borea)
Justicia Nacional (Jaime Salinas)
Perú Posible (Rafael Belaúnde)
Alianza para el Progreso (Natale Amprimo)

UNA MUJER CON CORAZON Y PANTALONES

Razones por las cuales Chile tiene una presidenta de lujo

La temporada electoral en América Latina se abrió con la segunda vuelta presidencial chilena. Como ya es por todos conocido, Michelle Bachelet triunfó y con ello la Concertación de Partidos por la Democracia, formada por los otrora opositores al dictator Augusto Pinochet, alcanzó su cuarto periodo consecutivo.

La lucha electoral, por segunda elección consecutiva, no ha sido fácil. Al igual que en la elección de Ricardo Lagos, se tuvo que ir a una segunda vuelta, donde la Concertación enfrentó a un candidato de la derecha chilena. En este caso, fue Sebastíán Piñeira, representante de la facción más moderna de la derecha chilena, digno perdedor de esta contienda.

¿Por qué los chilenos eligieron a Bachelet?

Una primera razón es la satisfacción que en general se tiene con los gobiernos de la Concertación, los cuales han sido siendo mejores con el transcurrir de los periodos. Ricardo Lagos está culminando su mandato con 70% de aprobación, porcentaje que cualquier gobernante envidiaria. Chile, durante los gobiernos de la Concertación, ha logrado su espectacular crecimiento económico y la reducción de la pobreza al 19% de la población. Asimismo, ha firmado un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (y cinco tratados más de este tipo), ha consolidado un sistema democrático estable y comenzó con el procesamiento judicial de los casos de corrupción y violaciones a los derechos humanos ocurridos durante la dictadura militar.

Bachelet pertenece a una generación distinta de chilenos y en su campaña ha procurado reflejar ese hecho. Su perfil de mujer trabajadora, víctima de la dictadura (su padre, oficial de la Fuerza Aérea, fue asesinado por sus compañeros de armas y ella misma fue torutrada en Villa Grimaldi, un conocido centro de torturas), separada y con 3 hijos representan la otra cara de un Chile percibido como el país más conservador de Latinoamérica. Su gestión como Ministra de Salud y de Defensa ha sido bien valorada por la opinión pública.

Finalmente, las propuestas de Michelle Bachelet han logrado calar en la población. El cuarto gobierno de la Concertación pretende tener un acento más social, enfatizando en la reforma del sistema de pensiones, en la mejora de la cobertura y calidad de la salud y educación, en continuar con las políticas de reparaciones a las víctimas de violaciones a los derechos humanos y, sobre todo, reducir las brechas entre ricos y pobres en Chile. Si bien, como mencionamos anteriormente, este país ha logrado reducir sus índices de pobreza, se ha convertido en el país más desigual de la región luego de Brasil.

Con relación al Perú, se espera tener una relación más fluida que durante el gobierno de Lagos. Quedan como temas pendientes la delimitación de la frontera marítima, la posibilidad de suscribir un Tratado de Libre Comercio y la extradición de Alberto Fujimori. Sin embargo, el futuro de estas buenas relaciones dependerá no solo de la buena voluntad de la presidenta Bachelet, sino también del resultado de las elecciones peruanas, donde hay candidatos que construyen su discurso en base a los odios y rivalidades que aún despierta el vecino del sur en nuestro país.

Retos difíciles tendrá que enfrentar la nueva presidenta. El tiempo responderá si llevará a Chile a su Bicentenario (2010) con un mejor panorama social que el actual.

ESQUIZOFRENIA ZURDA

Una mirada a las izquierdas peruanas en esta elección

Las democracias más o menos consolidadas tienen 4 o 5 posturas ideológicas encarnadas en igual número de partidos políticos, lo que les permite tener cierta estabilidad. Como hemos podido ver en las últimas semanas, nuestro país no tiene corrientes ideológicas claras, ni tampoco partidos políticos más o menos sólidos (con excepción de 3 ó 4). La avalancha de postulantes a la presidencia (que quedaría, tachas mediantes, en alrededor de 20) así lo demuestra.

A ello no solo contibuyen la lluvia de advenedizos e improvisados que van a poblar en su mayoría la cédula electoral (salvo excepciones, claro está), sino también aquellos personajes que, de alguna manera o otra, forman parte del elenco estable de la política peruana. Hoy nos ocuparemos de las izquierdas peruanas, y digo izquierdas porque nuestros políticos parecen tener 2 y hasta tres maneras de ver este término.

Desde mediados de los años 60 hasta los años 80, la izquierda peruana en todas sus variantes, divisiones y facetas tuvo un fuerte crecimiento, tanto en apoyo en sectores movilizables (sindicatos, campesinos, estudiantes universitarios) como en votación popular. La importante votación de la izquierda en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1978 hizo que los esfuerzos de unidad se vieran cristalizados en lo que fue Izquierda Unida, que se convirtió durante la mayor parte de la década de 1980 en la segunda fuerza electoral del país.

Izquierda Unida fracasó básicamente por la tensión entre sus dos grandes bloques: los radicales y los moderados. Sus posiciones sobre el gobierno de Alan García (que los descolocaba al asumir sus banderas radicales como la estatización de la banca) y, principalmente, sobre Sendero Luminoso (o, en otros términos, definir si optaban o no por la lucha armada, con la cual no deslindaron claramente como lo señaló la CVR), sumado a los apetitos personales de sus líderes terminaron con este proyecto de unidad.

De allí en más, con la caída del muro de Berlín, la asunción del Consenso de Washigton y el debilitamiento de las organizaciones sindicales y de base, la izquierda perdió terreno y representación. Sin embargo, un bolsón importante de personas se proclama de izquierda en el Perú, siendo un segmento de la población que, a fin de estabilizar la democracia peruana, debiera estar representado de mejor forma.

Tres candidatos presidenciales pertenecen a este segmento político: el llamado Frente Amplio de Izquierda, que reune a los otrora opuestos Partidos Comunistas “Patria Roja” y “Unidad”, el Partido Socialista de Javier Diez Canseco y la alianza Concertación Descentralista liderada por Susana Villarán.

El Frente Amplio de Izquierda parece haberse quedado en sus consignas previas a 1989: cambio de la política económica, refundación del país mediante una nueva Constitución “que reconozca los derechos de las grandes mayorías”, vuelta a la polìtica laboral previa a los 90, poca búsqueda de consensos, poca capacidad de autocrítica con su pasado y un radicalismo político que los llevó a coquetear abiertamente con Ollanta Humala durante meses (y también hace unos pocos días).

Javier Diez Canseco es quien padece la mayor dosis de “esquizofrenia” política. No sabe si ser el estadista moderado que daría la imagen de gobernar el Perú de manera más o menos ordenada, o ser el radical congresista, combativo y fiscalizador que ha sido por cerca de 30 años. Aplaude de la misma manera a Chávez y Castro que a Lagos y Lula, lo que demuestra que aun no define quien quiere ser y ha sido utilizado por Ollanta Humala para un intento de formar un bloque de izquierda (por cierto, Humala no es izquierda, ni derecha, es simple y llanamenete autoritarismo). Una lástima, pues Diez Canseco tiene valores importantes como político (la decencia y la honradez son dos de ellos) y un equipo interesante de gente que lo rodea (como Humberto Campodónico o Nicolás Lynch), pero sus indefiniciones lo han terminado despintando.

Susana Villarán aparece con una propuesta más moderada, una suerte de “social democracia” a la europea o a la chilena. Pero tiene que enfrentar que su carisma se asocia más a actividades de activismo en derechos humanos, lo que implica que su perfil sea màs de ministra de algo que de presidenta. Lamentablemente para Villarán, muchos de los temas que ella tiene como base de su propuesta (Comisión de la Verdad, lucha anticorrupción) no son los preferidos por una población desesperada por trabajo y dinero. Ello demuestra, a la vez, la dificultad que mis amigos de la llamada “izquierda caviar” tienen para colocar creativamente su interesante agenda en la mesa y la poca cultura política que tienen nuestros ciudadanos.

¿Intentos de unidad? No se darán en esta elección, pero creo que las opciones antes presentadas podrían madurar de mejor manera, siempre y cuando sus líderes sean consecuentes y practiquen hacia adentro la democracia que pregonan hacia afuera. Y, sobre todo, que sean lo suficientemente creativos para conectarse con la población. Como se dice en términos televisivos, la izquierda “no pasa el vidrio” y sus posibilidades son, sin duda, menores en esta campaña. Pero es un espacio interesante que no debe ser descuidado por nuestros políticos, sea cual fuere el resultado del 9 de abril.

LA CAIDA, EICHMANN Y LOS NACIONALISMOS

Reflexiones sobre los cruentos efectos de los nacionalismos

De manera no buscada, en las últimas semanas he podido revisar dos obras que nos enfrentan, desde distintos puntos de vista y distintas artes, con las nefastas consecuencias que ha causado el nacionalismo en el siglo XX. Me refiero a “La Caída”, película aun en cartelera, y “Eichmann en Jerusalén”, libro de la filósofa alemana y judía Hannah Arendt.

“La Caída” nos muestra a un Hitler humanizado, pero no por ello menos terrible. Todo lo contrario. Este retrato de los últimos días del líder nazi, alojado en su bunker, nos muestran cuan alejado de la realidad estaba el Führer: da órdenes sin que se cumplan, varios de sus colaboradores lo traicionan o no cumplen sus mandatos, manda a defender Berlín a divisiones que solo existen en su imaginación, su mujer Eva Braun organiza fiestas mientras que los jefes militares sucumben al alcoholismo. Lo peor de todo: no se arrepiente de nada de lo que ha hecho. En suma, un líder patético mostrado en toda su dimensión, desde la visión de su secretaria personal.

Por su parte “Eichmann en Jerusalén” nos presenta el proceso seguido por el Estado de Israel a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS alemanas y encargado de deportaciones y ejecuciones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Hannah Arendt nos hace ver, a partir de este caso particular, como los principales colaboradores del nazismo se ven sumidos en una lógica fanática, donde lo que dice Hitler no solo es tenido como dogma, sino que fundamenta el ordenamiento legal. Al mismo tiempo, cuestiona los métodos empleados por los israelitas para procesar a este criminal de guerra y responsable de crímenes de lesa humanidad. Lo principal del libro es mostrar como para Eichmann lo que se hacía estaba bien y era acorde con el ordenamiento jurídico de la Alemania Nazi, no importándole al ejecutor nazi cuantas vidas se perdían como consecuencia de la aplicación de esta polìtica.

Vale recordar como y en que circunstancias llega Adolf Hitler al poder. Alemania vivía una crisis económica que había llevado a la pobreza a más de la mitad de su población. Los políticos y la debilitada República de Weimar no habían podido hacer funcionar de manera adecuada las instituciones consagradas en la Constitución de 1919. Los líderes militares presionaban por una revancha por la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial y no reconocían su responsabilidad por dicha derrota ni por los crímenes cometidos durante la guerra. Hitler ganó las elecciones parlamentarias y es nombrado Canciller (Primer Ministro) alemán, pero al fallecer el emperador alemán y al provocar el incendio del Reischtag (culpando a los judíos), el poder del líder del Partido Nacional Socialista Alemán pasó a ser casi absoluto. ¿No les recuerda, salvando las distancias la historia de varios países, incluyendo el nuestro?

En su ensayo “Balas al Alba”, Alberto Vergara hace una comparación entre el totalitarismo nazi y el proyecto totalitario de Sendero Luminoso. Vergara sentencia, con razón, en dicho ensayo: “una cierta Alemania produjo el nazismo, un cierto Perú produjo a Sendero”. Si bien el proyecto de Sendero como proyecto político y militar ha sido derrotado, han surgido nuevos movimientos políticos en América Latina y en el Perú que toman las banderas nacionalistas con mediano éxito popular, lo que ha hecho que algunos políticos y partidos antiguos pretendan retomar estas banderas. Un país que ha perdido la esperanza y que aun conserva muchos de los problemas que hicieron surgir a Sendero está produciendo este fenómeno político, que cuenta con serias posibilidades de llegar al poder, con las mismas dudas sobre sus calidades democráticas si llega a Palacio de Gobierno.

Como lo mencionamos la semana pasada, no creemos que este tipo de proyectos nacionalistas sean la solución a los problemas de inequidad y desigualdad que enfrentan nuestras sociedades latinoamericanas y, en particular, la peruana. Por el contrario, agrava los conflictos sociales latentes en nuestra sociedad, aspira a construir una sociedad sobre una discriminación (en este caso, sobre quienes más tienen o son más instruidos), intenta señalar que todo lo foráneo es malo y que lo “nacional” (¿alguien me puede decir como se define en abstracto un elemento que está en constante redefinición en todos los países?) es lo único bueno.

No confundamos nacionalismo con amor a la patria, chauvinismo con legítimo patriotismo, deseo de salir adelante con revancha. Si bien los regímenes que hoy se proclaman nacionalistas no llegan a los extremismos hitlerianos, queda claro que sí restrigen los derechos de su población y la condenan al aislamiento. Ser nacionalista es ser conservador, es seguir aplicando discriminación en un país calificado por algunos como una “Sudáfrica asolapada”, es seguir construyendo caudillos que, al final, harán pagar a las siguientes generaciones por sus errores.

Pensemos bien antes de votar.