La Ciudad y los Perros: 42 años después

La Ciudad y los Perros

“En cada linaje el deterioro ejerce su dominio”
Carlos Germán Bellí

1962. Carlos Barral, propietario de la Editorial Seix Barral, una de las más prestigiosas de España por aquellos años, comienza a leer los borradores de novelas rechazados por sus editores. Uno de ellos le llama la atención, se llamaba “La Morada del Héroe” y había sido escrita por un joven peruano de 26 años, arequipeño, con dientes de conejo, casado con la hermana de la esposa de su tío. Mario Vargas Llosa fue contactado por Barral, quien le sugirió cambiar el nombre de la novela. Esta se titularía “La Ciudad y los Perros”, ganaría el Premio Biblioteca Breve y sería finalmente publicada en 1963.

Vargas Llosa había sido alumno del Colegio Militar Leoncio Prado, una institución donde se forma, a la manera militar, a adolescentes que cursan entre el tercer y quinto grado de Secundaria. El escritor peruano intentaba reflejar en su obra la virilidad exaltada, los códigos de honor – por ejemplo, lo mal visto que es un “soplón” entre los alumnos -, la complicidad, el descubrimiento de un mundo más amplio que los barrios de clase media de la Lima de los años cincuenta marcan a los jóvenes que viven, durante 3 años, vidas marcadas por el rigor de la disciplina, los castigos, el despertar sexual, la marginalidad, familias disfuncionales, la traición y finalmente, por la muerte.

Esto no fue entendido, aparentemente, por muchos, asociándose a Vargas Llosa con un antimilitarismo que él, en múltiples ocasiones ha rechazado. Existe la “leyenda urbana” (pues el hecho hasta hoy no ha sido comprobado) de la quema en el Colegio Militar Leoncio Prado de cientos de ejemplares de la novela. Y el llamado antimilitarismo del escritor fue usado en su contra para restarle votos en la campaña electoral de 1990.

Son tres los cadetes protagonistas:
– Alberto Fernández es conocido como “el Poeta”. No pertenece al grupo de los “bacanes” que dominan el quinto año, ni tampoco es de las víctimas de las bromas. Participa del modus vivendi de sus compañeros: estudiar disciplinadamente, fumar a escondidas durante las guardias nocturnas, escribir novelitas eróticas y poemas para sustentar sus gastos extra dentro del colegio. Su padre continuamente desaparece de casa. Fue internado en el Leoncio Prado debido a sus malas notas. Se dice que es el personaje más parecido a lo que fue el Cadete Vargas Llosa, de acuerdo a lo que relata sobre su estadía en el Colegio Militar en “El Pez en el Agua, su libro de memorias, y en la investigación de Sergio Vilela “El Cadete Vargas Llosa”.
– Ricardo Arana es el más tímido de la sección. No se acostumbra ni al rigor militar ni a las bromas de sus compañeros, las cuales lindan con el maltrato, por algo le llaman “Esclavo”. Curiosamente, es su vida familiar la más parecida a la del autor de la novela: descubre que su padre está vivo luego de varios años, viene del norte a Lima, es internado en el Colegio Militar porque su padre que le formará el carácter estar en un ambiente castrense. Su muerte es el catalizador de los conflictos que rodean la segunda parte de la novela.
– El Jaguar, cadete cuyo nombre no se conoce a lo largo de la novela. Personaje lumpen dentro de la novela. Es el líder del Círculo, el grupo de estudiantes que maneja la sección de quinto año y las violaciones al reglamento del colegio. En el bautizo de los “perros” – cadetes de tercer año, quienes son sometidos a una serie de vejaciones – se gana el respeto y el temor de todos al evitar ser bautizado. Es líder de la sección y es acompañado siempre por dos cómplices, el Boa y el Rulos.

A ellos se suman, como personajes principales, el Teniente Gamboa y Teresa, una joven que vive en las inmediaciones del colegio. Gamboa es el teniente pegado al reglamento, inflexible hasta con sus superiores, admirado por los cadetes por su sentido de la disciplina. Como curiosidad, debemos anotar que la frase “que me mira cadete, quiere que le regale una fotografía mía calato”, pronunciada por Gustavo Bueno, quien interpreta a Gamboa en la película de Francisco Lombardi, no aparece en la novela. Teresa es el eje romántico de la historia, de clase media baja, en tres momentos distintos es el centro de atracción de los 3 cadetes protagonistas. Lombardi sólo desarrolló en su película el conflicto moral de “El Poeta”, quien le gana la chica al “Esclavo”.

La trama central de la novela es la siguiente. El Círculo, encabezado por el Jaguar, manda a uno de los suyos a robar el examen de química. El robo es detectado por los oficiales y los cadetes de quinto año son castigados sin salida el fin de semana hasta que se descubran a los ladrones. Arana, el “Esclavo”, delata al ladrón, para poder salir a ver a Teresa, chica de la que había quedado prendado, pero a la cual ya su amigo “Poeta” enamoraba. Pasados unos meses, durante maniobras militares, Arana muere, en circunstancias no aclaradas. El Poeta sospecha de la gente del Círculo, a la que acusa ante Gamboa de todo lo que pasa en las cuadras (robo de exámenes, venta de cigarros, ingreso de licor, escapadas del colegio). Se inicia una investigación sobre el presunto asesinato del Esclavo, debido a la presión de Gamboa pero, posteriormente, el Poeta es presionado para que se rectifique en sus declaraciones y la investigación es archivada.

Hay varios valores en la novela que merecen ser resaltados.

El texto es transgresor en su contenido. Vargas Llosa denuncia los defectos y seudo valores de la institución militar, como el “espíritu de cuerpo” cuando se comete un error, la severa disciplina, el cuadriculamiento de la vida, el trauma que supone para un joven vivir, en esos años, una vida tan sometida a un rigor no acostumbrado para los civiles. Pero, sobre todo, Vargas Llosa induce, a través de sus personajes, a rechazar el machismo que caracteriza a casi todos los personajes y los signos externos de una virilidad, que hoy, a nuestros ojos, parece anacrónica, pero que explica muchos de los traumas de una sociedad donde el respeto a los derechos de los demás no ha sido la constante.

“La Ciudad y los Perros” es una novela de iniciación. Asistimos a la integración de un grupo de jóvenes al mundo de los adultos. Estamos ante ambientes contrastados. El mundo casi idílico de la vida de Alberto en Miraflores, rodeado de la típica “mancha” de chicos y chicas, con los enamoramientos románticos de aquella época, las comodidades de una familia de clase media. La vida delincuencial del Jaguar, la mediocridad de la vida de Teresa, quien vive con una tía excesivamente protectora. Y el drama familiar de Arana, quien ve con la llegada del padre rota la burbuja y la mentira que era su vida familiar.

Se presenta otra constante en la obra futura de Vargas Llosa: la derrota de las utopías. En este caso, es la utopía personal de Gamboa, fascinado por mejorar su institución hasta la perfección, la cual termina con un cuasi exilio a provincia. Lo mismo ocurrirá con Zavalita en “Conversación en La Catedral”, donde el personaje pasa de ser un idealista comunista en un mediocre periodista; o con Antonio El Consejero, quien lidera la rebelión contra la recién nacida República de Brasil a finales del siglo XIX; o en Pantaleón Pantoja, otro obsesionado con la mejora de su institución, empeñado en constituir el mayor prostíbulo selvático; o en los asesinos de Trujillo en “La Fiesta del Chivo”, quienes ven al ex fantoche del dictador, Joaquín Balaguer, convertido en un autócrata reelegido constantemente; o en Flora Tristan y Paul Guaguin, quienes no alcanzan la sociedad perfecta ni el cuadro perfecto en “El Paraíso en la Otra Esquina”. Esto es curioso en un escritor que ha abrazado la causa de la libertad política y económica como una utopía propia, la cual, cuando quiso llevarla a la práctica en una .

En términos estilísticos, la novela nos presenta a un narrador fascinado por las descripciones, herencia de Gustave Flaubert en “Madame Bovary”, las cuales acompañan y ayudan a comprender el ambiente que viven los personajes. Pero, sobre todo, se comienza a notar la estructura típica de las novelas de Vargas Llosa: la narración no es continua, los saltos en el tiempo y el espacio son constantes (eso será llevado hasta el extremo en “Conversación en la Catedral” y “La Guerra del Fin del Mundo”, las mejores novelas del autor), las diferentes distancias que toma el narrador (se alterna la primera, la segunda y la tercera persona). Comienza el autor con la búsqueda de una utopía literaria: la “novela total”, aquella que narre desde todos los puntos de vista posibles una misma historia, tomando en cuenta las visiones personales y las acciones de sus personajes. Búsqueda que se repetirá en 4 novelas: “La Casa Verde”, “Conversación en la Catedral”, “La Guerra del Fin del Mundo” y “La Fiesta del Chivo”. Y la novela total sólo será posible con los saltos temporales y espaciales que permiten distinguir los distintos puntos de vista de los personajes.

Tengo conocimiento de la existencia de dos versiones cinematográficas de esta novela. La primera, conocida por todos y ya señalada, es la de Francisco Lombardi, filmada en 1985. Juan Manuel Ochoa era el Jaguar, Pablo Serra el Poeta, Eduardo Adrianzén el Esclavo y Gustavo Bueno era Gamboa. He visto la película 3 veces y puedo decir que refleja sólo en parte el espíritu de la novela: el paso de la complicidad a la traición, marcado por la muerte de Arana, es el momento que debiera ser el clímax de la cinta, pero no llega a serlo. Hubiese sido interesante explorar más en las historias familiares y de Miraflores, para hacer un mejor contraste. Encuentro, además, problemas en el casting. Ni Serra ni Adrianzén llegan a dar la talla para sus dos personajes, asunto contrario ocurre con Ochoa y Bueno quienes están bien en esta película. La otra versión fílmica la descubrí hace 2 días, cuando, en una página web muy completa sobre Mario Vargas Llosa encontré que en la Unión Soviética se había filmado “Jaguar” en 1986. Debo decir que, hasta hoy, no encuentro una versión de alguna novela de Vargas Llosa (ni la de “La Tía Julia”, adaptada en Nueva Orleans y protagonizada por Keanu Reeves, ni las dos de Pantaleón) que me haya satisfecho como lector y cinéfilo, lo cual es una paradoja para un escritor que tanto aprecia el cine como el Cadete.

Hoy, el Colegio Militar Leoncio Prado ya no es el mismo que Vargas Llosa describió. Conozco a dos buenos amigos egresados de las aulas de esta institución y las distancias entre lo que vivieron ellos y presenció Vargas Llosa son abismales. Pero no olvidemos, ante todo, que la novela es una gran mentira disfrazada de verdad y que, si bien se toman hechos de la realidad, el autor recrea, inventa, perfecciona, aumenta, exagera lo que son vivencias, sin sacrificar la verosimilitud de la historia. No estamos ante un retrato exacto de un colegio, pero sí ante una descripción de cómo el sistema educativo peruano arrastra muchas falencias desde hace varias décadas; no estamos ante un documento histórico sobre la vida de los jóvenes limeños de los cincuenta, pero nos acercamos más a ellos que en un estudio sociológico sobre el tema; no estamos ante un episodio de la vida de Mario Vargas Llosa tal cual lo vivió, estamos ante una novela que no ha envejecido y que nos sigue mostrando como la represión, el encubrimiento y la dureza de la vida no son patrimonio de nuestro tiempo.

En resumen, “La Ciudad y los Perros” fue el inicio de una carrera brillante, de la que seguimos esperando buenas novelas, compartamos o no las ideas del más célebre de nuestros escritores.

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